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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 El poder también te puede corromper
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24: Capítulo 24: El poder también te puede corromper 24: Capítulo 24: El poder también te puede corromper La tensión en el campo de batalla se había vuelto casi sólida.

Biel y el guardián se observaban fijamente, midiendo en ese silencio sepulcral lo que les restaba de fuerzas.

Sobre ellos, el cielo se ocultaba tras un manto de nubes cenicientas que parecían imitar la violencia del enfrentamiento; el aire, denso y cargado de polaridades opuestas, convertía cada bocanada de oxígeno en un esfuerzo titánico.

Biel, con la mirada encendida por un fulgor sombrío, comenzó a canalizar su última esperanza.

Las Espinas de Penumbra se manifestaban a su alrededor, una técnica perfeccionada en el rigor de su entrenamiento pero jamás ejecutada a semejante escala.

Frente a él, el guardián —una presencia imponente cuya armadura negra parecía devorar cualquier rastro de luz— iniciaba el conjuro de su Límite Breaker.

Su voz, grave y cavernosa, hacía que el suelo vibrara con cada sílaba pronunciada.

Desde la distancia, Raizel sintió un escalofrío punzante recorrerle la columna.

Con el corazón latiendo desbocado, fue testigo de cómo la tierra empezaba a sacudirse violentamente, como si el mundo mismo protestara ante la magnitud del impacto inminente.

—¡Están locos!

—gritó ella, con la voz quebrada por la desesperación—.

¡Van a destruirlo todo!

Sin embargo, su advertencia fue devorada por el rugido del poder acumulado.

Las Espinas de Penumbra brotaron del suelo como colmillos negros y letales, retorciéndose con una velocidad sobrenatural.

Al mismo tiempo, el Límite Breaker desató una marea de energía devastadora que parecía rasgar los límites del espacio.

El choque resultó en una explosión colosal; una columna de humo y escombros se elevó hacia el cielo, sepultando todo rastro de visibilidad.

El sismo se intensificó.

Raizel cayó de rodillas, incapaz de mantener el equilibrio mientras los árboles circundantes se arqueaban bajo la presión de la onda de choque.

El aire se llenó de un silbido agudo y lacerante que amenazaba con desgarrar sus oídos.

—¡Vas a morir, sucio humano!

¡Tú y esa raza demoníaca desaparecerán aquí!

—rugía el guardián, con una voz que resonaba como un trueno sobre el caos.

Una sonrisa cruel deformaba su rostro, delatando el placer sádico que sentía al ver a su enemigo tambalearse entre los escombros.

Biel, jadeando y con la visión nublada, respondió con una firmeza que desafiaba su inminente colapso: —Yo no moriré en este lugar…

aunque ya esté muerto.

Sin embargo, su cuerpo finalmente cedió.

La forma de Rey Demonio imperfecto se desvaneció como humo entre sus dedos, dejándolo vulnerable y completamente agotado.

Sus extremidades temblaban violentamente, marcadas por heridas que sangraban con lentitud sobre la tierra sagrada.

Al notar su fragilidad, el guardián ensanchó su sonrisa y comenzó a condensar su energía para asestar el golpe definitivo.

El ataque impactó a Biel de lleno, levantando una nueva y asfixiante columna de polvo.

Cuando el estruendo cesó y el silencio regresó al campo de batalla, Biel yacía inmóvil en el suelo.

Pero, en lo más profundo de su ser, un eco vibrante comenzó a arrastrarlo lejos del dolor, hacia las profundidades de su propio subconsciente.

En aquel espacio etéreo y oscuro, Biel se encontró una vez más frente a Monsfil.

El paisaje era un vacío infinito; un horizonte donde la luz y la tiniebla danzaban en un equilibrio frágil.

A lo lejos, el murmullo de voces distantes parecía susurrar memorias de vidas olvidadas desde las sombras.

—Has caído de nuevo, joven portador —sentenció Monsfil con su voz grave, despojada de reproche pero cargada de solemnidad.

Sus ojos rojos brillaban con una mezcla de severidad y compasión—.

Solo hay una manera de regresar, pero el camino será tortuoso para ti.

Biel, consciente de que no quedaba tiempo, respondió sin un ápice de duda: —Tengo que regresar.

Dime qué debo hacer.

Monsfil lo estudió en silencio antes de emitir su advertencia.

—Libera tu forma semiperfecta.

Pero ten cuidado: ese estado te hará perder el control.

¿Crees poder dominarla?

Biel apretó los puños, dejando que la resolución iluminara su mirada.

Su voz, aunque cargada de cansancio, sonó llena de fuego: —Si es la única manera, lo haré.

Tengo que hacerlo.

Monsfil asintió lentamente, permitiendo que la energía fluyera.

—Entonces ve y reclama ese poder, joven portador.

Pero recuerda: el poder es un arma de doble filo.

No permitas que termine por consumirte.

Esta tercera parte es el clímax de la transformación, donde Biel deja de ser una víctima para convertirse en una fuerza de la naturaleza.

He trabajado en la fluidez para que la transición de su agonía al estallido de poder sea impactante, resaltando el terror del guardián y la pérdida de humanidad en Biel.

Aquí tienes la propuesta de edición: Biel recuperó la consciencia en el campo de batalla, apenas capaz de sostener el peso de su propio cuerpo.

Cada respiración era un aguijonazo de dolor y la sangre comenzaba a encharcar la tierra bajo sus heridas.

Frente a él, el guardián avanzaba con pasos pesados, proyectando una sombra amenazante que sentenciaba el final del combate.

—Tendremos que hacerlo…

—murmuró Biel para sí mismo, mientras una energía oscura y densa empezaba a brotar de sus poros.

De pronto, el cielo se cerró en un luto repentino.

Las nubes se arremolinaron con violencia, formando un vórtice que parecía devorar la poca luz que quedaba, mientras una densa aura negra envolvía a Biel en un círculo perfecto que pulsaba con un poder descontrolado.

El guardián se detuvo en seco; su arrogancia fue reemplazada por un terror primario.

—¡Imposible!

¡¿Cómo es posible que este sucio humano siga con vida?!

—exclamó, retrocediendo instintivamente mientras el aire empezaba a crepitar.

Una explosión de energía oscura sacudió los cimientos del lugar, lanzando por los aires tanto al guardián como a la indefensa Raizel.

Los árboles centenarios fueron arrancados de raíz como si fueran simples malezas y el suelo se resquebrajó bajo la presión del poder desatado.

Cuando el humo finalmente se disipó, Biel permanecía de pie, completamente transformado.

Su apariencia había cambiado de forma drástica: su forma semiperfecta emanaba un aura de pura destrucción, sus heridas se habían cerrado en un instante y su ropaje ahora lucía alterado por la energía.

Sin embargo, lo más aterrador eran sus ojos; en ellos ya no quedaba rastro de Biel.

Había perdido el control por completo.

La transformación era un espectáculo de pesadilla.

Su piel destellaba con un resplandor oscuro y runas antiguas aparecieron grabadas a fuego en sus brazos y torso.

La energía que emanaba no solo destruía, sino que distorsionaba la realidad misma; el aire se volvió denso como el plomo y el suelo comenzó a derretirse bajo sus pies.

—Furia del Vacío —susurró Biel con una voz que no parecía humana.

Una deflagración de oscuridad arrasó con todo lo que rodeaba al joven portador.

El guardián, ahora completamente aterrorizado y superado, tomó la desesperada decisión de huir, alzando el vuelo para escapar de aquel demonio desbocado.

Pero Biel no lo permitiría.

Alzó su mano y su voz resonó con la potencia de un trueno: —Espinas del Vacío.

De su palma brotaron zarzas oscuras que se retorcían en el aire, persiguiendo a su presa con una velocidad implacable.

Las espinas alcanzaron al guardián en pleno vuelo, perforando su corazón con precisión quirúrgica.

El cuerpo del guerrero sagrado cayó inerte contra el suelo; su vida se extinguió en el mismo instante en que tocó la tierra que juró proteger.

En medio de la devastación absoluta, Biel sonrió.

No era la sonrisa de un guerrero que celebra la victoria, sino un gesto sádico y cargado de una oscuridad insondable.

En ese instante, la línea que separaba al héroe del monstruo terminó de desdibujarse, revelando el verdadero y amargo precio de haber reclamado aquel poder.

El campo de batalla quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de los troncos carbonizados y el eco de una energía que aún vibraba en el aire, negándose a desaparecer.

Desde la distancia, Raizel contempló con horror la figura en la que Biel se había convertido; en su fuero interno, supo que algo se había roto para siempre.

Con pasos inseguros y el pulso tembloroso, ella comenzó a acercarse mientras el viento, cargado de cenizas y hollín, le golpeaba el rostro.

Sus ojos se inundaron de lágrimas que nacían tanto del terror como de una profunda melancolía.

—Biel…

¿Qué has hecho?

—murmuró, con la voz quebrada por la emoción y el peso de la incertidumbre.

Pero él no respondió.

Permaneció inmóvil, con la mirada clavada en el horizonte infinito.

Sus ojos ya no eran los mismos; en ellos se reflejaba un triunfo gélido mezclado con algo mucho más aterrador: una sombra creciente que, poco a poco, comenzaba a consumirlo desde adentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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