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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 25

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25: Capítulo 25: Control Absoluto o Amor 25: Capítulo 25: Control Absoluto o Amor En el mundo original, la atmósfera era radicalmente distinta: estaba cargada de una preocupación densa y un misterio asfixiante.

Charlotte, la hermana menor de Biel, caminaba inquieta de un extremo a otro de la sala.

El crepúsculo teñía las paredes con tonos anaranjados moribundos, mientras las sombras de los muebles se alargaban creando un ambiente sombrío que no hacía más que reflejar su propio estado de ánimo.

El aire se sentía pesado, acentuando el vacío insoportable que había dejado la ausencia de su hermano.

Ya habían pasado diez días desde que Biel se desvaneció sin dejar el menor rastro.

—¡Esto no tiene sentido!

—murmuró para sí misma, apretando el teléfono móvil con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron, como si el dispositivo pudiera escupir respuestas por pura presión.

En la pantalla, la notificación de la denuncia policial permanecía fría e inmutable, un recordatorio constante de la falta de avances.

Charlotte había agotado todos sus recursos: habló con amigos, recorrió cada lugar que Biel solía frecuentar e interrogó a todos los vecinos.

No obtuvo nada; el silencio de las respuestas era, en realidad, ensordecedor.

Se dejó caer en el sofá y buscó una foto en su galería.

En la imagen, Biel y Bastián, su mejor amigo, sonreían despreocupados durante un viaje reciente.

Ahora, ambos parecían haberse disuelto en el aire, dejando tras de sí una incertidumbre que la carcomía por dentro.

—Biel, ¿dónde estás?

—susurró, sintiendo un nudo opresivo en la garganta mientras sus ojos comenzaban a arder.

Incluso los padres de Bastián, a quienes llamó con la esperanza de una pista, estaban sumidos en la misma desesperación.

Su hijo llevaba desaparecido exactamente el mismo tiempo que Biel.

Diez días para el mundo que Charlotte conocía; tres semanas para Biel en aquel plano desconocido.

Ella aún no comprendía cómo se entrelazaban esos mundos, solo sabía que algo estaba terriblemente mal.

Cada minuto contaba, y su impotencia alimentaba una ansiedad que crecía como una sombra insaciable.

De pronto, el silencio se rompió con la violencia de un disparo: el teléfono comenzó a sonar.

Una llamada de un número desconocido iluminó la pantalla, haciendo que el corazón de Charlotte se detuviera por un instante.

—¡Por favor, que sea algo!

—exclamó en un murmullo tembloroso antes de contestar.

—¿Hola?

¿Quién habla?

—preguntó, con la voz suspendida entre la esperanza y el terror.

Del otro lado, una voz grave y pausada, con un matiz que oscilaba entre lo real y lo onírico, respondió: —Él fue visto por última vez en una tienda de rarezas.

Quizá el dueño pueda explicarte qué pasó con ellos.

Un escalofrío recorrió la columna de Charlotte.

La habitación, sumida en la penumbra, pareció volverse más fría e inhóspita de repente.

—¿Quién eres?

¿Cómo sabes eso?

—exigió, su voz elevándose por la alarma.

Hubo una pausa, como si la voz considerara sus palabras.

Luego, respondió con un tono enigmático que pareció resonar directamente en su mente: —El mundo actual no conoce la verdad.

Y, sin más, la comunicación se cortó.

Charlotte quedó paralizada, mirando la pantalla vacía mientras un millón de pensamientos cruzaban su mente como ráfagas de tormenta.

¿Quién era esa persona?

¿Qué significaba que el mundo no conocía la verdad?

Pero, sobre todo, ¿qué había ocurrido en esa tienda?

Se levantó de golpe, sintiendo cómo la adrenalina reemplazaba al miedo en sus venas.

No podía quedarse quieta ni un segundo más.

Buscaría esa tienda, confrontaría al dueño y descubriría el destino de su hermano y de Bastián, sin importar el riesgo.

La angustia de los días pasados se transformó en una determinación feroz, un fuego que ardía con fuerza en su interior.

—Biel, espérame.

No importa dónde estés, te encontraré —susurró al vacío de la sala.

Con una determinación renovada, tomó sus pertenencias y se preparó para enfrentar lo desconocido.

Charlotte cerró la puerta de su casa con un golpe seco que resonó con fuerza en la calle desierta.

Mientras caminaba, marcó apresuradamente el número de emergencias con manos temblorosas.

El operador no tardó en responder.

—Acabo de recibir una llamada anónima —comenzó ella, esforzándose por mantener la voz firme.

—Me informaron que mi hermano fue visto por última vez en una tienda de rarezas.

Necesito que envíen una patrulla de inmediato.

Tras proporcionar la dirección exacta que había localizado previamente en internet, el operador confirmó el envío de refuerzos.

Aunque le ordenaron esperar afuera, la resolución de Charlotte era inquebrantable: no pensaba quedarse al margen.

Poco después, el fulgor rojo y azul de las patrullas bañó la fachada de la tienda.

Era un edificio antiguo, de aspecto desvencijado, cuyas ventanas estaban selladas por cortinas pesadas que ocultaban cualquier secreto en su interior.

El letrero, apenas legible, emanaba una inquietante aura de otra época.

Los agentes descendieron con movimientos precisos.

Charlotte se acercó a ellos con el corazón martilleando en su pecho.

—Es aquí —declaró con voz trémula pero decidida.

—Este es el último lugar donde vieron a Biel y a su amigo.

El oficial al mando asintió con severidad y ordenó a sus hombres prepararse, instando a Charlotte a mantenerse atrás.

Ignorando la advertencia, ella observó cómo los agentes desenfundaban sus armas y forzaban la entrada.

La puerta cedió con un chirrido agudo que le heló la sangre.

—¡Policía!

¡Nadie se mueva!

—bramó el oficial mientras irrumpían en el local.

Charlotte entró tras ellos, ignorando los gritos de los agentes que intentaban detenerla.

El interior era un caos fascinante y aterrador: estanterías atestadas de objetos extraños, tomos antiguos y frascos con líquidos luminosos que bañaban la estancia en un brillo espectral.

El aire allí dentro era denso, impregnado de un misterio que parecía desafiar toda lógica.

Tras el mostrador, un hombre de cabello gris desordenado observaba la irrupción con una calma exasperante y una leve sonrisa en los labios.

—En esta tienda nadie está retenido contra su voluntad —dijo con un tono que resultaba tan pacífico como perturbador.

—¿Dónde está mi hermano?

¡Dígame qué le hizo!

—exigió Charlotte, avanzando con los ojos encendidos de furia.

El hombre inclinó la cabeza, manteniendo su enigmática sonrisa.

—No he visto a nadie que no deseara estar aquí.

—¡Miente!

—gritó ella, desbordada por la angustia.

—¡Esta tienda fue el último lugar donde los vieron!

El oficial se interpuso con voz cortante, advirtiendo al dueño que cooperara ante la gravedad de las acusaciones.

Sin embargo, el hombre simplemente alzó las manos en un gesto teatral de inocencia, invitándolos a registrar el lugar con una confianza que solo aumentaba el escalofrío de Charlotte.

—Registren todo lo que quieran —dijo el hombre, señalando las estanterías con un ademán despreocupado.

—No tengo nada que ocultar.

Los agentes se dispersaron por cada rincón del local, abriendo cajones e inspeccionando frascos entre una infinidad de objetos antiguos.

Charlotte permanecía inmóvil, sintiendo cómo cada segundo de silencio caía sobre ella con un peso insoportable mientras su corazón martilleaba con fuerza.

La tensión se rompió cuando uno de los oficiales regresó junto al oficial al mando, negando con la cabeza.

—No hay nada sospechoso hasta ahora, jefe.

Charlotte sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

—¡Eso es imposible!

—exclamó, acercándose al oficial con desesperación.

—Tiene que haber algo.

¡Miren más de cerca!.

El dueño de la tienda soltó una risa baja y gélida que le erizó la piel a la joven.

—Como ya dije, aquí nadie está secuestrado.

Pero a veces, las respuestas que buscan no están donde ustedes creen.

Algo en su tono sugería una verdad oculta que Charlotte no lograba descifrar.

La atmósfera se volvió sofocante, como si las paredes mismas custodiaran secretos que se negaban a salir a la luz.

Tras finalizar la inspección con rostros de frustración, los policías informaron que no habían hallado evidencia concreta.

—Seguiremos investigando, la mantendremos al tanto.

—¡Pero mi hermano estuvo aquí!

—gritó Charlotte, apretando los puños con rabia.

—¡No pueden marcharse así!.

A pesar de sus súplicas, el oficial insistió en que regresara a casa a descansar.

Las patrullas se retiraron, dejando a Charlotte sola frente a la fachada en penumbras.

Sin embargo, su instinto fue más fuerte que el miedo; la certeza de que las respuestas estaban allí mismo era abrumadora.

Con un suspiro tembloroso, cruzó el umbral una vez más.

El aire seguía impregnado de aquel aroma a madera vieja y algo indefinible.

Tras el mostrador, el dueño la recibió con la misma sonrisa serena que antes la había aterrado.

—¿Qué les pasó a mi hermano y a Bastián?

—preguntó Charlotte, intentando que su voz no flaqueara ante la incertidumbre.

El hombre la observó largamente en silencio antes de responder con una calma desconcertante: —Tranquila.

Él está bien.

—¿Cómo que está bien?

¿Dónde está?

¿Está oculto en esta tienda?

—insistió ella, con la voz subiendo de tono.

El anciano negó lentamente.

—Este mundo conecta con otros mundos —explicó con un tono que mezclaba sabiduría y misterio.

—Un lugar diferente a este, pero mucho más emocionante.

Aunque una parte de su mente le gritaba que el hombre estaba loco, algo en la profundidad de su mirada la obligó a seguir escuchando en silencio.

—Tu hermano se encuentra ahora en el plano espiritual —continuó el hombre—.

Está luchando por regresar a la vida.

Murió en combate Charlotte sintió que las piernas le fallaban; tuvo que apoyarse con fuerza en el mostrador para no desplomarse.

—¿Cómo que murió?

¿Qué está diciendo?

—preguntó con un hilo de voz, sintiendo que el mundo entero se tambaleaba a su alrededor.

El hombre mantuvo su mirada fija en ella, inmutable ante su dolor.

—No te preocupes —dijo con calma—.

Aún puede regresar a la vida.

Antes de que ella pudiera asimilar aquellas palabras, el anciano extrajo una esfera de cristal de un estante cercano.

El objeto brillaba con un resplandor etéreo y pulsaba rítmicamente, como si tuviera un corazón vivo en su interior.

Con un movimiento grácil, la colocó sobre el mostrador, justo frente a la joven.

—Observa —sentenció simplemente.

Con el corazón latiendo desbocado, Charlotte se asomó al interior de la esfera.

Las imágenes, inicialmente borrosas, cobraron una nitidez asombrosa: vio a Biel y a Bastián cruzando el umbral de esa misma tienda, atraídos por el brillo hipnótico del Fragmento del Infinito.

Luego, las escenas se sucedieron en una ráfaga vertiginosa: el viaje de su hermano por un mundo desconocido, los combates brutales, los aliados que forjó y los enemigos que lo acecharon.

Finalmente, la imagen se detuvo en el plano espiritual.

Allí vio a Biel transformado en una entidad monstruosa y majestuosa a la vez: el Rey Demonio semiperfecto.

Charlotte contuvo el aliento al verlo luchar con una ferocidad que jamás habría imaginado en él.

Fue testigo del instante exacto en que Biel, consumido por un poder desbordante, acabó con la vida del guardián.

—¡Mi hermano se ha convertido en un asesino!

—exclamó Charlotte, retrocediendo horrorizada mientras las lágrimas surcaban su rostro.

El anciano negó con una serenidad imperturbable.

—No.

Lo que hizo tu hermano era necesario.

Ese guardián estaba corrupto y su muerte restableció el equilibrio.

Charlotte intentó procesar la justificación, pero su angustia se centró en un detalle mucho más doloroso.

—Pero…

él perdió el control.

Esa forma…

¡Ese no es mi hermano!

—gritó con la voz quebrada.

El anciano asintió, su expresión ahora teñida de una gravedad compasiva.

—Es cierto.

En ese estado, el poder lo consume por completo.

No hay nadie a su lado para tranquilizarlo, para recordarle quién es realmente.

Charlotte lo miró con pura desesperación.

—¡Tiene que haber algo que yo pueda hacer!

¡Dígame cómo ayudarlo!

Por primera vez, la sonrisa del anciano se desvaneció, dando paso a una solemnidad que le envió un escalofrío por la espalda.

—Hay una forma —dijo con un tono que pesaba como el plomo.

Tras un silencio cargado de miedo y una pizca de esperanza, Charlotte rompió la tensión con un susurro firme: —¿Cómo puedo salvarlo?

—Debes ir tú misma —respondió el anciano, con sus ojos sabios clavados en ella—.

Como su hermana, eres quien mejor conoce su esencia.

Solo tú puedes devolverle la paz.

Charlotte frunció el ceño, abrumada por la imposibilidad de la propuesta.

—¿Es siquiera posible viajar hasta allá?

¿Y quién es usted para ofrecerme algo así?

El hombre soltó una risa suave, disfrutando del aura de misterio que lo envolvía.

—Solo soy un vendedor de rarezas —respondió con ligereza—.

Pero eso es irrelevante.

Lo único que importa ahora es: ¿Quieres salvar a tu hermano?

Charlotte no vaciló ni un segundo.

—Sí.

Es mi hermano, no puedo abandonarlo.

El anciano asintió con aprobación.

—Entonces, escucha bien.

Debes entrar en ese mundo y abrazarlo.

El amor fraternal es una fuerza más poderosa de lo que imaginas; ese vínculo será suficiente para calmar a Biel y traerlo de vuelta a su ser.

La esperanza floreció en el pecho de Charlotte, pero la gravedad en el rostro del anciano le advirtió que el camino no sería gratuito.

—Sin embargo, hay un costo —sentenció él.

Charlotte sintió que el aire se volvía pesado y difícil de inhalar.

—¿Qué costo?

El hombre la miró con una seriedad absoluta, su sonrisa ahora completamente ausente.

—Deberás permanecer para siempre en ese lugar.

No hay forma de volver; ese mundo será tu nuevo hogar de ahora en adelante.

La sorpresa la golpeó de lleno, obligándola a retroceder un paso.

Su mente se inundó de dudas y temores, pero la imagen nítida de su hermano —solo, perdido y consumido por la oscuridad— la atravesó como una daga.

Cerró los ojos, respiró hondo y enfrentó su destino.

—Acepto —dijo con una firmeza inquebrantable —.

Si eso significa salvar a mi hermano, viviré allí con él.

Él es lo más importante en mi vida.

Un destello de respeto iluminó los ojos del anciano, quien asintió lentamente.

—Perfecto.

Ve y cumple tu misión.

Alzó una mano y, con un gesto delicado, la realidad alrededor de Charlotte comenzó a disolverse.

Un resplandor intenso inundó la tienda, envolviéndola en una luz pura.

El corazón de la joven latía con fuerza, pero el miedo se había evaporado, dejando solo una determinación feroz.

—Buena suerte —susurró la voz del anciano, resonando como un eco lejano mientras Charlotte desaparecía.

Cuando la claridad se desvaneció, la tienda estaba vacía.

Charlotte había iniciado su viaje hacia lo desconocido, lista para rescatar a Biel del abismo.

El Umbral de los Dioses En el Umbral de los Dioses, un plano etéreo donde las potencias del universo vigilan el flujo del destino, una agitación inesperada rompió la calma milenaria.

Una energía nueva y vibrante había irrumpido, fracturando la armonía del lugar.

Las deidades, reunidas ante la gran esfera universal, observaron con asombro.

—¿Qué es esta energía?

—preguntó Solaryon, el Dios de la Luz, con una voz que retumbó como un trueno.

—Es distinta a todo lo conocido —respondió Nyxaris, el Dios de las Sombras, emergiendo de su penumbra —.

Pero su esencia es pura…

casi familiar.

Chronasis, el Dios del Tiempo, cerró los ojos para interpretar el flujo de aquel poder.

—Esto alterará el curso de los acontecimientos.

Una chispa de esperanza ha llegado.

Mientras tanto, en el mundo terrenal, Kaito levantó la vista al firmamento con una sonrisa leve y ojos llenos de determinación.

—Otra vez recibo tu ayuda, amigo mío —murmuró al viento, como si hablara con una presencia invisible.

El Reencuentro En el plano espiritual, Biel seguía atrapado en un torbellino de agonía.

Su forma semiperfecta de Rey Demonio se retorcía bajo gritos desgarradores; el poder desatado era una carga que su cuerpo y mente no podían soportar.

—¡No puedo…

no puedo detenerlo!

—rugió en mitad de su tormento, sintiendo que su esencia estaba a punto de colapsar.

De pronto, una luz cegadora cortó las sombras como una espada de plata, expandiéndose hasta envolverlo por completo.

De aquel fulgor emergió una figura radiante que contrastaba violentamente con la oscuridad del lugar.

Era Charlotte.

Con el cabello ondeando suavemente y una mirada cargada de amor incondicional, avanzó hacia él ignorando las ondas de energía caótica que amenazaban con destruirla.

—Hermano —dijo con una calidez que cortó el frío del abismo—.

He venido a salvarte.

Charlotte lo rodeó con sus brazos en un abrazo protector.

Al contacto, la energía destructiva comenzó a ceder, disipándose como humo arrastrado por el viento.

El temblor del cuerpo de Biel se detuvo y su mente, por fin, encontró la calma.

Biel cayó de rodillas con los ojos inundados de lágrimas.

A pesar de su imponente apariencia demoníaca, en ese instante volvió a ser solo un hermano que recuperaba su esperanza perdida.

—Hermanita…

—susurró con la voz rota—.

No creí que volvería a verte.

Charlotte acarició su cabello con ternura, dejando que sus propias lágrimas fluyeran.

—Ya no volveré a separarme de ti —prometió con firmeza—.

Estamos juntos, y juntos enfrentaremos lo que venga.

La luz a su alrededor se intensificó, respondiendo al poderoso lazo que los unía.

En ese momento sagrado, Biel ya no era el Rey Demonio ni un esclavo del poder; era simplemente Biel, encontrando su redención en el amor de su hermana.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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