Fragmento de lo Infinito - Capítulo 31
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31: Capítulo 31: Regreso a casa 31: Capítulo 31: Regreso a casa El cuerpo de Biel Laurentis se desplomó contra el suelo con un golpe sordo, dejando tras de sí un rastro de sudor y aliento entrecortado.
La batalla final contra Maelista había exigido hasta la última gota de su voluntad.
Sus compañeros corrieron a su lado de inmediato, con expresiones que oscilaban entre la angustia y el terror puro.
—¡Biel!
—Charlotte fue la primera en arrodillarse, sacudiéndolo con una mezcla de ternura y desesperación—.
¡Por favor, responde!
Ryder y Raizel se unieron al instante, formando un círculo de incertidumbre alrededor del joven caído.
—No puede ser…
No después de todo lo que hemos superado —susurró Ryder, apretando los puños mientras contenía la rabia de sentirse impotente.
Raizel se inclinó sobre él, buscando con su mirada penetrante cualquier indicio de vida en ese rostro ahora sereno.
Al tocar su mejilla con una mano temblorosa, sintió un frío que le heló la sangre.
—Sigue vivo, pero su energía ha sido drenada hasta el vacío absoluto —murmuró Raizel, con una voz que apenas superaba el susurro del viento en el salón.
—Debe haber algo que podamos hacer —suplicó Charlotte, alzando la vista hacia los demás con ojos empañados.
Fue entonces cuando la Diosa Enit —conocida por todos como la Reina Yael— dio un paso al frente, irradiando una presencia que calmó instantáneamente el caos emocional del grupo.
Su mirada, cargada de una sabiduría milenaria, se posó sobre el cuerpo de Biel.
—Tranquilos —su voz resonó con una armonía absoluta que silenció el temor—.
Él estará bien.
Solo ha caído ante el agotamiento tras canalizar un poder que desafía los límites de lo humano.
Yo puedo ayudarlo.
Charlotte la miró con una esperanza renovada.
—Por favor, se lo ruego.
No podemos perderlo ahora que la paz ha vuelto.
Yael asintió con una suavidad maternal y extendió su mano sobre Biel.
Una luz dorada y pura brotó de sus dedos, envolviendo al joven en un resplandor cálido que parecía lamer sus heridas.
—Como Diosa de los Espíritus, te devuelvo la esencia y la vitalidad que entregaste en batalla —declaró Yael con una solemnidad divina—.
Tu sacrificio ha salvado este plano, y es justo que recibas el don de la vida.
La luz se intensificó, formando espirales de energía que danzaban en el aire al ritmo de un canto celestial invisible.
Momentos después, Biel abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la imagen de su hermana, cuyo rostro estaba bañado en lágrimas de puro alivio.
—¿Qué…
qué sucedió?
—logró articular con voz débil pero consciente.
Charlotte soltó una risa entrecortada y lo abrazó con una fuerza que le devolvió el aliento.
—Hermanito, llegaste a tu límite…
Tu energía se agotó por completo, pero la Diosa intervino para traerte de vuelta.
Biel cerró los ojos un instante, refugiándose en la calidez de su hermana antes de mirar a su alrededor y encontrarse con las miradas de Raizel y Ryder.
—Veo que…
seguimos todos aquí —susurró, esbozando una sonrisa cargada de gratitud.
Finalmente, dirigió su atención a Yael, quien lo observaba con un respeto que no había mostrado antes.
—Reina Yael…
Diosa Enit…
—hizo una pausa para recuperar el aire—.
¿Me concedes ahora el derecho de regresar al mundo humano?
La Diosa guardó silencio, midiendo la trascencia de sus siguientes palabras.
—Biel Laurentis, no solo te otorgo el derecho de regresar —su voz se elevó, proyectándose hacia cada rincón de su reino—.
Hoy, por tu valor, decreto un nuevo pacto.
El odio del pasado morirá con las cenizas de Maelista.
De ahora en adelante, los humanos y los espíritus podrán cruzar las fronteras entre mundos libremente.
El aislamiento ha terminado.
Un murmullo de asombro recorrió el salón.
Ese decreto no solo era un premio para Biel, sino un cambio radical que alteraría el destino de la creación para siempre.
Biel respiró hondo, sintiendo cómo su corazón latía con una esperanza que nunca imaginó alcanzar.
Su viaje aún no terminaba, pero este era, sin duda, el comienzo de una era legendaria.
Mientras el destino se decidía en las tierras espirituales, en el mundo humano la tensión era casi sólida, una cuerda a punto de romperse.
Acalia y el resto del grupo formaban un círculo defensivo alrededor del cuerpo inerte de Biel Laurentis, actuando como el último escudo contra la amenaza que emergía de la espesura.
Frente a ellos, una unidad de asesinos de élite enviados por Gard recortaba distancias; al frente marchaba Kurusume, cuya presencia gélida dictaba el ritmo del avance con la intención clara de arrebatar el Sello del Rey Demonio.
—Entreguen el sello que porta ese cadáver y les perdonaré la vida —sentenció Kurusume con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito.
Su mirada, sin embargo, permanecía fija en Biel con una ambición inquebrantable.
Acalia dio un paso al frente, desenvainando su acero.
La hoja vibró con una luz tenue, reflejando su voluntad indomable.
—No permitiré que pongas una sola mano sobre Biel —desafió ella, con la voz firme a pesar del agotamiento.
Kurusume soltó una risa seca, desprovista de humor.
—¿Por qué desperdiciar sus vidas por un muerto?
Los que cruzan ese umbral no regresan.
Entréguenme el sello y prometo que podrá tener una sepultura digna.
Al final, murió intentando protegerte…
o eso es lo que prefieres creer.
Un escalofrío recorrió la columna de Acalia, pero sus pies no retrocedieron ni un centímetro.
La fe en su compañero era ahora su única armadura.
—Él volverá.
Lo sé en mi corazón —afirmó ella.
Kurusume entrecerró los ojos, analizando la seguridad en sus palabras.
—Ya veo…
Confías en que la Reina de los Espíritus escuchará tus ruegos.
Es un pensamiento ingenuo; esa diosa desprecia tanto a los hombres como a los engendros del abismo, y tu amigo encarna ambas cosas.
No habrá regreso para él.
El asesino deslizó su mano sobre la empuñadura de su katana con una lentitud deliberada.
—Tendré que arrancárselo a su cadáver, entonces.
Antes de que Kurusume pudiera dar el paso definitivo, Ylfur, el Caballero Oscuro, se interpuso como una muralla de acero negro.
Su pesada espada golpeó el suelo, levantando una nube de polvo mientras su mirada ardía con una lealtad absoluta.
—Nadie profanará el descanso de mi amo mientras yo respire —sentenció Ylfur.
A su lado, Easton, Xanthe y Sarah se posicionaron en guardia, uniendo sus voces en un solo juramento: —¡Protegeremos a Biel a toda costa!
—¡Interesante!
—exclamó Kurusume con una sonrisa cargada de malicia—.
Veo que hay nuevos reclutas con un maná prometedor, dispuestos a morir por un vínculo tan reciente.
Esto será, al menos, entretenido.
La batalla estalló como un rayo.
El metal chocó contra el metal y la magia iluminó el campo con destellos violentos de energía destructiva.
A pesar de que los aliados de Biel lucharon con una ferocidad desesperada, Kurusume demostró por qué era el arma predilecta de Gard.
Tras un intercambio brutal, los cuerpos de Easton, Xanthe y Sarah quedaron tendidos, inconscientes por el peso del combate.
Solo Acalia y Ylfur permanecían en pie, con las respiraciones pesadas y heridas que teñían sus ropajes.
Kurusume limpió un rasguño superficial en su mejilla, mofándose de su resistencia.
—Son los más fuertes de este grupo, lo admito.
Pero hoy su viaje termina aquí; soy mucho más poderoso que en nuestro último encuentro.
Acalia, aunque tambaleante, aferró su espada con ambas manos, canalizando hasta la última chispa de su fuerza.
—No importa tu poder.
Mi único deber es proteger a Biel.
—Has cambiado, Acalia —observó Kurusume con curiosidad—.
Antes eras un témpano de hielo, eficiente y vacía.
¿Qué rompió esa armadura de frialdad?
—Se rompió la necesidad de ocultar quién soy —respondió ella—.
Soy humana, y los sentimientos no son una debilidad, sino la razón por la que no seré derrotada hoy.
Protegeré a Biel porque es lo que me hace sentir viva.
Con un rugido de furia, Ylfur se lanzó en una carga final.
—¡Gracias por esta oportunidad, señorita!
¡Me dio el tiempo que necesitaba para servir a mi amo!
—gritó el Caballero Oscuro antes de ser derribado por un golpe devastador de Kurusume que lo dejó inmóvil en el suelo.
Kurusume sacudió la cabeza con desdén, caminando hacia la figura solitaria de la joven.
—Solo quedas tú, Acalia.
Tomaré el sello y esta farsa terminará.
El destino de Biel Laurentis colgaba de un hilo invisible mientras Kurusume alzaba su arma.
Sin embargo, de vuelta en el reino espiritual, la Diosa Enit observaba a Biel con una resolución solemne.
—Yo misma te escoltaré de regreso al mundo de los hombres —anunció Yael—.
Es mi deuda por haberme liberado de las sombras de Maelista.
Biel asintió, sintiendo cómo el tiempo se agotaba en ambos mundos.
La urgencia quemaba en su pecho; sabía que el verdadero combate estaba a punto de comenzar.
De acuerdo.
Entonces, es momento de volver al mundo humano —anunció Biel, mirando a su grupo—.
Charlotte, Ryder…
y también tú, Raizel.
Raizel parpadeó, atrapada por la sorpresa.
Sus alas vibraron levemente ante la mención de su nombre; no esperaba que Biel deseara llevarla consigo a un reino tan ajeno al suyo.
—¿Estás seguro de que quieres que te acompañe a tu mundo?
—preguntó ella, con una nota de incertidumbre tiñendo su voz.
Antes de que Biel pudiera articular una respuesta, Charlotte intervino con una sonrisa traviesa que iluminó su rostro cansado.
—¡Es obvio, Raizel!
¡Mi hermano está perdidamente enamorado de ti!
—soltó sin filtros—.
Por eso no soporta la idea de dejarte aquí.
Raizel sintió que su rostro ardía al instante, sus mejillas encendiéndose en un carmesí profundo que contrastaba con su aura celestial.
—¡Charlotte, deja de decir tonterías!
—protestó Biel, visiblemente avergonzado mientras intentaba mantener la compostura—.
No es por eso…
Bueno, no solo por eso.
Raizel fue un pilar fundamental para sobrevivir en este plano, y su poder será vital para lo que está por venir.
Charlotte cruzó los brazos, manteniendo una expresión de total satisfacción.
—No me engañas, hermanito.
Pero está bien, guardaré el secreto…
por ahora.
En ese momento, una figura emergió de las sombras del palacio: Rizeler, el segundo guardián.
Su presencia seguía siendo imponente y su mirada, cargada de una seriedad protectora, se clavó en Biel.
—Laurentis, más te vale cuidar de mi hermana —sentenció con un tono que rozaba la amenaza—.
Si permites que una sola pluma de sus alas sea dañada, te las verás conmigo personalmente.
Biel sostuvo la mirada del guardián con una firmeza inquebrantable y asintió.
—Protegeré a Raizel con mi propia vida si es necesario —prometió.
Raizel, que ya estaba abrumada por el sonrojo, sintió que su corazón daba un vuelco ante la intensidad de esas palabras.
Charlotte, disfrutando del espectáculo, se inclinó hacia Ryder con un susurro cómplice.
—Eso, definitivamente, es amor.
Ryder soltó una risa suave, asintiendo con la cabeza.
—Sin duda alguna.
—¡Ya basta, todos!
—exclamó Biel, cubriéndose el rostro con frustración ante las burlas de sus amigos.
Sin embargo, la atmósfera ligera se rompió cuando Yael, quien había observado la escena con una paciencia divina, intervino con un tono cargado de urgencia.
—Debemos darnos prisa.
Algo terrible está ocurriendo en tu hogar.
De repente, pantallas de energía espiritual se materializaron frente a ellos, mostrando visiones en tiempo real del mundo humano.
En ellas, Biel vio con horror a Acalia, Ylfur y los demás luchando desesperadamente.
Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas y el agotamiento era evidente.
Frente a ellos, una figura oscura y familiar se alzaba como un verdugo: Kurusume.
Los ojos de Biel se encendieron con una rabia fría.
—Otra vez ese maldito…
Pensé que nos habíamos librado de él.
Al ver la desesperación en el rostro de Acalia, el corazón de Biel se aceleró.
No había espacio para más despedidas.
—¡Tenemos que irnos ya!
—rugió con determinación—.
No voy a permitir que les arrebate la vida.
Yael asintió y extendió sus brazos, generando un resplandor blanco que comenzó a consumir el salón.
—Muy bien, Biel Laurentis.
Es hora de reclamar tu lugar.
Volvamos al mundo de los hombres.
Mientras tanto, en las Tierras Oscuras del dominio del Rey Vampiro Lip, Acalia cayó finalmente al suelo, inconsciente.
Su cuerpo exhausto apenas lograba procesar el oxígeno tras la brutal paliza.
Kurusume la observó con una sonrisa triunfal y comenzó a caminar lentamente hacia el cuerpo inerte de Biel.
—Ahora tomaré el sello y me marcharé de este agujero miserable —murmuró, extendiendo su mano enguantada hacia el pecho del joven.
Sin embargo, antes de que sus dedos rozaran el sello, una explosión de luz cegadora estalló desde el cuerpo de Biel.
El resplandor fue tan intenso que las sombras perpetuas de las tierras oscuras se disiparon, haciendo que el entorno pareciera estar bajo el sol del mediodía.
Kurusume retrocedió instintivamente, cubriéndose los ojos mientras su confianza se transformaba en puro desconcierto.
—¡¡¿Qué demonios es esto?!!
—gritó, aterrado por la pureza del poder que emanaba de aquel que creía muerto.
De la luz cegadora comenzaron a emerger siluetas que cortaban la bruma de las Tierras Oscuras.
Primero aparecieron Charlotte, Ryder y Raizel, con rostros endurecidos por una determinación inquebrantable.
Tras ellos, una presencia majestuosa hizo que el aire mismo se volviera pesado: la Diosa Enit se manifestó en el plano humano.
Su aura divina emanaba una energía abrumadora que hacía palidecer las sombras del dominio del Rey Vampiro Lip, mientras su mirada gélida se clavaba en Kurusume.
—Humano…
—su voz resonó con un eco celestial que sacudió los cimientos de la tierra—.
¿Eres tú quien ha osado atacar a los compañeros de Biel?
Kurusume sintió un escalofrío eléctrico recorriéndole la espina dorsal.
Por primera vez en su carrera como asesino, las palabras se atascaron en su garganta; su cuerpo, entrenado para la matanza, temblaba incontrolablemente ante la proximidad de lo divino.
Sin perder un segundo, Enit alzó su mano y una onda de energía curativa pura se expandió por el campo de batalla.
Bajo el roce de esa luz, los cuerpos de Acalia, Easton, Xanthe y Sarah comenzaron a sanar.
Sus heridas se cerraron como si el tiempo retrocediera y sus ojos se abrieron con absoluto asombro.
Acalia se incorporó con dificultad, tratando de asimilar la escena imposible que la rodeaba.
—¿Qué…
qué está pasando?
—murmuró, con la voz quebrada por la confusión.
Fue entonces cuando lo vio: el cuerpo de Biel, que instantes antes yacía inerte, estaba ahora envuelto por un pilar de luz incandescente.
Su corazón latió con una fuerza renovada al ver cómo él comenzaba a elevarse lentamente, desafiando la gravedad.
El resplandor alcanzó su cenit y, en medio de la explosión de poder, Biel Laurentis emergió con un aura renovada, proyectando una energía que rozaba la divinidad.
Biel abrió los ojos, ahora cargados con la claridad de quien ha caminado por el abismo, y respiró hondo antes de sentenciar: —He vuelto.
Kurusume, presa del terror, retrocedió tambaleándose.
No podía procesar la magnitud del poder que emanaba del joven que creía haber asesinado.
—¡Imposible!
¡Yo mismo vi cómo tu vida se apagaba!
¿Qué clase de monstruo eres ahora?
—gritó con voz trémula.
Lejos de allí, en su fortaleza de hierro, Gard cerró los ojos con una frustración amarga al sentir la perturbación en el flujo del maná.
—Tch…
Parece que ese tipo va a ser un dolor de cabeza una vez más —gruñó, frunciendo el ceño ante la inevitabilidad del conflicto.
Mientras tanto, en el Umbral de los Dioses, figuras eternas contemplaban el plano mortal con un interés renovado.
—Ese humano es realmente fascinante —comentó Solaryon, el Dios de la Luz, cruzando los brazos con una sonrisa intrigada.
—Incluso la Diosa de los Espíritus ha bajado a jugar —añadió Nyxaris, el Dios de las Sombras, con un tono enigmático—.
Esto cambia las reglas.
Chronasis, el Dios del Tiempo, observó las líneas temporales divergir violentamente.
—Este evento es una anomalía absoluta.
En ninguna otra probabilidad este momento llegó a existir —susurró con asombro.
Thalgron, el Dios de la Guerra, soltó una carcajada que retumbó en las esferas superiores.
—¡Excelente!
Si ese mortal sigue desafiando el destino de esa manera, la guerra que viene será la más entretenida de todas.
De vuelta en las Tierras Oscuras, Biel bajó la mirada hacia Kurusume.
Su sombra, alargada por la luz de Enit, pareció devorar al asesino.
—Dile a tu señor —su voz era un decreto letal— que no tendrá que esperar mucho.
Yo mismo iré por su cabeza.
Sin darle tiempo a reaccionar, Biel extendió su mano y una espiral de energía oscura envolvió a Kurusume.
Con un gesto displicente de su brazo, lo lanzó por los aires con una fuerza devastadora, enviándolo a kilómetros de distancia fuera del campo de batalla.
El silencio cayó sobre el lugar.
Acalia, con los ojos empañados por lágrimas de alivio, se acercó a él y se lanzó a sus brazos en un abrazo desesperado.
—Gracias por no dejarnos…
Gracias por volver —susurró contra su pecho.
Biel se tensó un momento, sorprendido por la calidez del contacto humano después de tanto tiempo en el reino espiritual, pero terminó por corresponder el abrazo con una sonrisa de gratitud.
Charlotte, observando desde un lado, se inclinó hacia Raizel con malicia juguetona.
—Vaya, parece que tienes competencia seria, Raizel —susurró.
Raizel sintió que sus mejillas ardían de nuevo y desvió la mirada, intentando ocultar su nerviosismo tras sus alas.
Ryder, por su parte, soltó una carcajada mientras observaba el reencuentro.
—Bueno —concluyó Ryder—, al menos podemos decir que las cosas se han puesto interesantes.
Biel suspiró, sintiéndose abrumado por las emociones encontradas, pero con una certeza absoluta en su corazón: la verdadera batalla por el destino de su mundo apenas comenzaba.
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