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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 7

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7: Capítulo 7: Los Reyes Demonios y la Búsqueda del Fragmento 7: Capítulo 7: Los Reyes Demonios y la Búsqueda del Fragmento El grupo avanzaba con calma por el sendero que serpenteaba hacia Zerpia.

La metrópolis se alzaba imponente entre colinas verdes, abrazada por un río cristalino que fluía a su alrededor como un protector natural y milenario.

Todos contemplaban fascinados aquella maravilla; Biel, en particular, no podía evitar el asombro ante la magnificencia de las torres que arañaban el cielo, resplandeciendo bajo la intensa luz del sol.

—Bienvenidos a Zerpia —anunció Acalia, deteniéndose un instante para observar la ciudad—.

La ciudad de intercambio para aventureros, comerciantes…

y problemas.

—Suena encantador, amiga —comentó Xantle con una sonrisa ligera, intentando aligerar el ambiente.

—No somos amigos —cortó Acalia de inmediato, su voz carente de cualquier calidez—.

Solo estoy aquí para proteger a este chico de cualquier amenaza hasta que se pueda valer por sí mismo.

No confundas las cosas, niña.

Xantle enmudeció, borrando su gesto amable ante la dureza de la respuesta.

Easton se inclinó hacia ella, posando una mano protectora en su hombro.

—Tranquila, hermana —susurró él—.

Tal vez esté de mal humor y por eso te habló así.

—No lo parece —murmuró Xantle, bajando la mirada—.

Sus palabras suenan reales.

Biel, testigo de toda la escena, se aproximó a Acalia con el ceño fruncido.

—¿Por qué le dijiste eso?

—le recriminó—.

No era necesario ser tan dura.

Acalia sostuvo su mirada con seriedad absoluta.

—Estoy aquí por ti.

Mi deber es protegerte hasta que te acostumbres a este mundo.

Los terceros no me importan.

—Pero aun así, no debiste tratarla de esa forma —insistió él, aunque sabía que discutir con ella era difícil.

Biel se volvió hacia Xantle, intentando suavizar el momento incómodo.

—No pasa nada.

Creo que así es su carácter —explicó, buscando una excusa—.

Desde que la conocí, siempre ha sido muy fría con los demás.

Kael, quien había observado el intercambio en silencio, decidió intervenir para centrar al grupo.

—Les pido que sean precavidos —advirtió, bajando el tono—.

Este lugar está lleno de misterios.

Gard podría estar cerca; después de todo, él también sabe que aquí se encuentra uno de los cinco fragmentos.

Incluso puede que ya estén infiltrados en esta ciudad.

Acalia asintió levemente y el grupo se adentró en la urbe con los sentidos en alerta máxima ante cualquier señal de peligro.

Calles empedradas, mercados vibrantes y una mezcla de olores a especias, hierro y comida recién hecha les dieron la bienvenida.

Sin embargo, la atmósfera, aunque animada, escondía un trasfondo inquietante.

Biel percibía las miradas curiosas, y a veces hostiles, que se clavaban en ellos a medida que avanzaban entre la multitud.

—Siento que nos acechan —susurró Biel al grupo, inquieto—.

Tenemos que movernos rápido y encontrar un lugar seguro por ahora.

—No se preocupen —respondió Kael con seguridad—.

Ya tengo un sitio donde estaremos a salvo por el momento.

Siguiendo al guía, se dirigieron hacia una posada discreta donde pasarían la noche.

Allí, al resguardo de las miradas indiscretas, Kael prometía revelar una historia intrínsecamente ligada a todo lo que estaba ocurriendo.

Al llegar, se acomodaron alrededor de una mesa de madera desgastada.

El ambiente en la posada era tenue, propicio para confidencias.

Kael rompió el silencio, su rostro adoptando una expresión solemne.

—Tengo que contarles algo —inició, captando la atención de todos—.

Algo que está relacionado con los cinco fragmentos, con los cinco reyes demonios sellados y con este chico.

Al decir esto, extendió un dedo, apuntando directamente a Biel.

El joven se sobresaltó.

—¿Dijiste reyes demonios?

¿En este mundo existen?

—inquirió Biel, atónito.

—Existían, pero fueron sellados hace mucho tiempo —aclaró Kael—.

Son seres a los que no les importa nada, solo causar caos, aunque había uno que era diferente…

A todo esto, joven Biel, ¿cómo sabes de los reyes demonios o qué son?

Sé perfectamente que no eres de este mundo, que apareciste de la nada.

Easton y Xantle abrieron los ojos de par en par, intercambiando miradas de incredulidad; hasta ese momento, ignoraban por completo el origen de su compañero.

—Espera, ¿no eres de este mundo?

—preguntó Easton, sin poder ocultar su asombro.

Biel se rascó la nuca, con una sonrisa nerviosa.

—Jeje, no les había contado, creo que se me pasó desapercibido —admitió con timidez—.

Bueno, les contaré.

Sí, yo no soy de este mundo; yo vengo de otra tierra.

Por accidente fui enviado a este mundo junto con mi mejor amigo, pero él no apareció conmigo.

Cuando desperté, estaba aquí y una entidad se me apareció, me dijo que nos volveríamos a ver y desapareció.

Horas después apareció Acalia y me dijo que me ayudaría a comprender este mundo…

y bueno, ahora estoy aquí.

Hizo una pausa antes de añadir: —Y, por cierto, sobre los reyes demonios…

los conozco pues en mi mundo existe algo llamado anime, donde se mencionan los reyes demonios y esas cosas.

—Fascinante —murmuró Kael, acariciándose la barbilla—.

Tu historia es muy peculiar.

Xantle lo miró con un aire de compasión.

—¿Y no extrañas tu mundo?

—preguntó suavemente.

—Claro que sí, pues tengo una hermana menor —confesó Biel, y su voz se tiñó de melancolía—.

Quisiera volver, pero es imposible, pues no conozco nada de este mundo.

Ojalá no se preocupe tanto por mí.

—Lamentablemente no te puedo ayudar con eso, discúlpame —dijo Kael, bajando la cabeza en señal de respeto.

—No pasa nada —respondió Biel, intentando recuperar el ánimo.

Kael retomó su postura erguida y su tono de narrador.

—Bueno, vamos directo al grano.

Les contaré sobre los reyes demonios sellados.

Esta historia es cierta y ocurrió hace 200 años.

Eran entidades reales, muy fuertes; gobernaron este mundo y sembraron el caos tanto en este mundo como en el plano espiritual.

—¿Qué es el plano espiritual?

—interrumpió Xantle, curiosa.

—El plano espiritual es un lugar distinto a este —explicó el anciano—, donde seres de luz como los ángeles, espíritus y elfos viven.

También es el lugar donde los que mueren van para ser juzgados, para determinar si van al cielo o al infierno.

Hizo una pausa dramática antes de continuar.

—Pero no todos eran malos; había uno que era diferente al resto, buscaba el equilibrio, aunque sus métodos fueran incomprensibles para los mortales.

Entre ellos, estos cinco destacaban por encima de otros; cada uno dominaba un aspecto fundamental del universo.

Kael comenzó a enumerarlos, contando con los dedos: —Del primero no sé el nombre, pues nunca estaba presente; era el Rey Demonio del Caos Divino.

Después estaba Karia, la Reina Demonio del Conocimiento Prohibido; ella, a diferencia de sus hermanos, no estaba tan asociada con el caos ni nada por el estilo.

Ella y su hermano Monsfil, el Rey Demonio de la Destrucción Eterna, eran polos opuestos.

A diferencia de ellos dos, estaban Quizza, Reina Demonio de la Ambición Desmedida, y Tahiel, Rey Demonio de la Oscuridad Primordial.

Ellos dos eran los peores demonios que han existido en este mundo; sus acciones no tienen perdón.

Mientras hablaba de los últimos dos, Acalia notó un cambio físico en el narrador: sus manos se cerraron, apretando los puños con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos.

—Sabes mucho sobre esos reyes demonios para ser una historia de hace 200 años —observó Acalia con agudeza, clavando sus ojos en él—.

E incluso parece molestarte.

Kael soltó una risa seca, carente de alegría.

—Jojojo…

es algo personal, pero creo que los odio, después de todo.

—Eso no responde mi pregunta —insistió ella, implacable—.

Me pareces sospechoso.

¿Qué más nos estás ocultando?

Kael suspiró, un sonido cargado de años y fatiga.

—Esta historia no es algo que pueda contar a cualquiera; después de todo, no es una con un final feliz.

Si sospechas de mí, entonces mátame.

Después de todo, ya viví demasiado y estoy cansado.

Acalia relajó ligeramente su postura, aunque su mirada siguió siendo fría.

—No te asesinaré —sentenció—.

Solo que todavía no confío del todo en ti.

Kael retomó el relato, su voz grave llenando la estancia.

—Esos reyes eran tan fuertes que incluso los dioses temían su influencia.

Fue entonces cuando surgió un héroe: un humano que vino de otro mundo, un mortal elegido por los fragmentos, quien logró sellarlos.

Lamentablemente, el precio a pagar fue la muerte.

Pero, al parecer, el sello no fue del todo perfecto, pues ha empezado a debilitarse con el paso de los años.

Es por eso que Gard los busca.

Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar aquello.

—¿Por qué Gard los busca ahora?

¿Qué pretende lograr?

—preguntó con temor.

—Gard no solo busca los sellos de los reyes demonios —respondió Kael con severidad—.

Él cree que, al unir los cinco sellos, podrá reclamar ese poder y reescribir las reglas del universo.

Si supiera qué son realmente esas cosas, ningún humano intentaría reunirlos.

Acalia entrecerró los ojos, analizando cada palabra del anciano.

—Hablas con demasiada familiaridad, como si hubieses estado allí cuando fueron sellados, como si conocieras realmente a esos reyes demonios —señaló con desconfianza.

—Es cuestión de perspectiva —se defendió Kael con calma—.

He leído las historias que dejó la gente de esa época, y la forma en que hablan de esas entidades simplemente me hace pensar cosas muy feas sobre ellos.

Biel decidió intervenir para volver al presente.

—A todo esto que nos has contado…

¿qué hacemos precisamente en Zerpia?

¿Qué se oculta en este lugar?

—En este lugar, precisamente en las catacumbas de Zerpia, un sitio oscuro y olvidado que yace bajo la ciudad, se encuentra el sello de uno de esos reyes demonios —reveló Kael.

Todos se sorprendieron, a excepción de Acalia, que se mantenía impasible.

—¿Cómo es posible que en este lugar se encuentre un sello?

—cuestionó Easton, incrédulo.

—¿Cómo sabes que está aquí?

—añadió Xantle.

—Investigué todo sobre este lugar cuando estaba con Gard —explicó Kael—.

Sé que debajo de nosotros se encuentra una antigua ciudad, y es allí donde reposa el sello.

—Entonces vamos antes de que Gard empiece a moverse y lo encuentre —instó Acalia, poniéndose de pie.

Biel, aún confundido por la mecánica del plan, preguntó: —Oye, espera.

Y si encontramos el sello, ¿qué hacemos con él?

—Lo tomaremos y lo llevaremos lejos para que Gard no lo encuentre —sentenció Kael.

—¿Y cómo vamos a encontrar ese lugar?

—insistió Biel.

Kael señaló hacia una esquina discreta del establecimiento.

—En esta misma posada hay una escalera oculta que conecta con ese lugar.

Por allí nos adentraremos.

Sin perder más tiempo, el grupo se dirigió hacia la entrada de las catacumbas.

A medida que descendían por las escaleras antiguas y mal iluminadas, el aire se volvía más pesado, impregnado de un olor penetrante a moho y antigüedad.

—Esto no me gusta —susurró Xantle, aferrándose a su bastón con fuerza.

—No tiene por qué gustarte —respondió Easton, siempre pragmático—, solo tenemos que salir vivos.

Biel, que iba al frente, sintió de repente que algo dentro de él resonaba.

Era como un eco distante, una vibración invisible que lo llamaba desde las profundidades.

Finalmente, emergieron en una amplia cámara bañada por un resplandor rojizo.

En el centro, sobre un pedestal de piedra, descansaba el sello.

Su luz pulsaba rítmicamente, como un corazón vivo, saturando la sala con una energía opresiva y densa.

—Ahí está —anunció Kael, con un hilo de voz—.

El Sello del Rey Demonio de la Destrucción Eterna.

Biel dio un paso al frente, atraído magnéticamente por el objeto, pero se detuvo en seco al escuchar una voz irrumpir dentro de su cabeza.

Era profunda, resonante y cargada de una autoridad abrumadora.

«¿Eres tú mi portador?», retumbó el eco en su mente.

Biel sintió cómo su cuerpo se congelaba.

Las palabras parecían provenir no solo del sello, sino de algo mucho más grande y antiguo que desafiaba su comprensión.

Acalia, siempre atenta a los detalles, notó su rigidez repentina.

—¿Te encuentras bien?

—le preguntó a Biel, preocupada.

Pero antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió los cimientos de la cámara.

De las sombras más profundas emergió una figura imponente: un caballero oscuro cubierto por una armadura ornamentada, cuyos ojos brillaban con un rojo intenso y letal.

—Nadie tomará el sello —sentenció el Caballero Oscuro, desenvainando una espada que parecía forjada de pura energía crepitante.

El grupo se puso en guardia al instante, preparándose para luchar, conscientes de que este sería su mayor desafío hasta la fecha.

Y en el centro del caos inminente, Biel sintió que el sello llamaba su nombre, atándolo a un destino inevitable, como si solo él pudiera decidir el desenlace de este enfrentamiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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