Fragmento de lo Infinito - Capítulo 8
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8: Capítulo 8: El Trato 8: Capítulo 8: El Trato La tensión en la cámara subterránea dejó de ser una sensación para convertirse en un peso físico.
El Caballero Oscuro avanzó, y con cada paso, su armadura ornamentada crujía rompiendo el silencio sepulcral.
Su espada, formada por energía crepitante, zumbaba con una amenaza letal.
Kael fue el primero en romper la parálisis del miedo.
—¡No permitan que se acerque a Biel!
—rugió el guía.
Desenvainó su vieja espada con un movimiento fluido.
Al contacto con el aire, el acero desgastado se transformó: una llamarada intensa envolvió la hoja, iluminando la caverna con un resplandor anaranjado que luchaba contra la luz roja del Sello.
—¡Atrás!
—gritó Kael, interceptando la carga del Caballero Oscuro.
El choque fue brutal.
El acero ardiente de Kael se encontró con la energía oscura del caballero, provocando una onda de choque que sacudió el polvo del techo.
Acalia, Easton y Xanthe reaccionaron al instante.
—¡Cubran los flancos!
—ordenó Acalia, sumándose a la ofensiva con estocadas rápidas y precisas.
Xanthe convocó lenguas de fuego que danzaron alrededor del enemigo para distraerlo, mientras Easton golpeaba el suelo, enviando estacas de hielo buscando las articulaciones de la armadura.
Sin embargo, el Caballero Oscuro se movía con una destreza que desafiaba su tamaño.
Bloqueó el hielo con el antebrazo y dispersó el fuego de Xanthe con un simple movimiento de su mano libre.
Pero cuando Kael volvió a arremeter, el Caballero detuvo su espada de energía contra la hoja de fuego y se quedó inmóvil, como si estuviera analizando el impacto.
—Esa técnica…
—la voz del Caballero Oscuro resonó profunda y metálica, ignorando a los demás para centrarse en el anciano—.
Ese acero canta una canción familiar…
pero tú no eres él.
No te recuerdo a ti, humano.
Kael apretó los dientes, sosteniendo el bloqueo con fuerza sobrehumana.
—Te diré la verdad, espectro —gruñó Kael, el sudor corriendo por su frente—.
Esta espada no me pertenece.
Fue una herencia.
El Caballero Oscuro inclinó ligeramente el yelmo.
—Entiendo.
El espadachín que blandió esa hoja originalmente era un hombre formidable…
Mis recuerdos son borrosos, como cristales rotos, pero tu postura…
se me hace dolorosamente parecida a la de él.
Kael no respondió en voz alta.
Empujó con todas sus fuerzas para separar las espadas y ganar distancia, pero su mente viajó un instante al pasado, cargada de melancolía.
«Será mejor así…
Que no sepa quién soy realmente.
¿No era eso lo que querías, amigo Lorian?
Que tu legado viviera en silencio…» La batalla se reanudó con ferocidad.
Los compañeros miraban con asombro; el anciano que los había guiado no solo sabía el camino, sino que luchaba al nivel de un monstruo antiguo.
Pero Biel no podía moverse.
Estaba paralizado, no por el miedo a la batalla, sino por la intensidad de lo que ocurría en su propio pecho.
Mientras el acero chocaba y la magia estallaba a su alrededor, él solo tenía ojos para el Sello en el pedestal.
El objeto que llevaba oculto bajo su ropa —el misterioso collar— comenzó a calentarse contra su piel.
Parecía pulsar al mismo ritmo que el Sello del Rey Demonio, como dos corazones separados que latían al unísono, llamándose el uno al otro a través del caos.
Su resplandor se intensificaba con cada segundo, exigiendo ser liberado.
—¿Qué…
qué está pasando?
—murmuró Biel, con la mirada vidriosa, dando un paso hipnótico hacia el pedestal.
—¡Biel, aléjate de ahí!
—gritó Easton, lanzando una ráfaga de hielo para intentar bloquearle el paso, pero el ataque se deshizo antes de tocar al chico.
Era inútil.
Biel no escuchaba.
Sus piernas se movían solas, arrastradas por una gravedad invisible que solo él podía sentir.
En el momento en que sus dedos rozaron la superficie fría del Sello, el mundo estalló en silencio.
Una columna de oscuridad pura surgió del pedestal, envolviendo el cuerpo de Biel en un torbellino de sombras violentas que aullaban como almas en pena.
La fuerza de la energía empujó a Acalia, Xanthe y Easton hacia atrás, obligándolos a cubrirse los rostros.
—¡Biel!
—gritó Xanthe, con las lágrimas de impotencia surcando su rostro iluminado por el resplandor negro.
En el centro de la cámara, el combate se detuvo de golpe.
Kael bajó su espada de fuego, olvidando la defensa, sus ojos abiertos de par en par mientras observaba el remolino oscuro que emanaba del chico.
—¡Resiste, muchacho!
—exclamó el anciano, con una mezcla de terror y reverencia en la voz—.
Esto no es coincidencia…
Si el Sello responde así ante ti, entonces las profecías no mentían.
Tú realmente eres…
Pero lo más impactante no fue la reacción de Kael.
El Caballero Oscuro, esa máquina de matar que segundos antes los había dominado a todos, detuvo su espada de energía en el aire.
Al sentir la vibración de esas sombras específicas, el espectro retrocedió temblando.
Lentamente, con un chirrido metálico de su armadura, el guardián hincó una rodilla en el suelo e inclinó la cabeza, reconociendo una autoridad superior a la suya.
Acalia, con el rostro endurecido por la preocupación pero la mente trabajando a mil por hora, miraba la escena impotente.
—Biel…
¿qué demonios eres?
—susurró para sí misma.
Dentro del torbellino, la consciencia de Biel fue arrancada de su cuerpo.
Abrió los ojos.
El techo de la caverna, sus amigos y el caballero habían desaparecido.
Ahora se encontraba de pie en un vasto plano espiritual.
No había cielo, solo una bruma grisácea, y el suelo estaba cubierto por un océano infinito de cenizas blancas que se arremolinaban alrededor de sus tobillos.
El aire era frío, estático, muerto.
Frente a él, la oscuridad comenzó a condensarse hasta tomar forma.
Una figura alta y majestuosa emergió de entre las sombras.
Llevaba una armadura negra, antigua y desgastada por mil batallas olvidadas, y una capa que parecía hecha de humo.
No llevaba casco, revelando un rostro pálido y severo, con dos ojos rojos que brillaban con una intensidad capaz de quemar el alma.
—Finalmente, nos encontramos —dijo la entidad.
Su voz no resonaba en el aire, sino directamente en los huesos de Biel, grave y absoluta como un trueno lejano—.
Soy Monsfil, el Rey Demonio de la Destrucción Eterna.
Biel retrocedió un paso, sintiendo cómo el miedo le helaba la sangre, pero su corazón latía con una extraña familiaridad.
—¿Monsfil?
—preguntó, con la voz temblorosa—.
¿Tú…
tú eres quien me llamó?
Monsfil escuchó el reclamo del chico y una sonrisa lenta, cargada de una melancolía infinita, se dibujó en su rostro pálido.
—Así es…
—susurró la entidad, su voz resonando como el viento en un mausoleo—.
He estado esperando este momento durante siglos.
—¿Qué quieres de mí?
—preguntó Biel, alzando la voz para combatir el miedo que le helaba los huesos—.
¡Aléjate!
¡Eres una amenaza!
¡No quiero tener nada que ver con un monstruo como tú!
Monsfil soltó una carcajada profunda y seca mientras miraba hacia el cielo nublado de aquel plano espiritual, como si buscara estrellas que ya no existían.
—Ah…
así que esa es la versión que perduró.
“El Gran Villano”.
Maldito seas, Héroe…
qué bien has reescrito nuestra historia —dijo, con un tono que oscilaba entre el rencor y una extraña admiración—.
Aunque…
no puedo culparlo del todo.
Si las cosas terminaron así, hubo una razón.
Es una pena que mis recuerdos de ese día estén fragmentados; el Sello no solo encadenó nuestros cuerpos, también rompió nuestra memoria.
La entidad bajó la vista, clavando sus ojos rojos en Biel.
La presión en el aire aumentó, obligando al joven a retroceder.
—Escucha, muchacho.
Quiero que entiendas la verdad antes de juzgarme.
Quiero que sepas quién soy realmente.
Biel, aunque receloso y temblando, asintió levemente.
—Está bien.
Habla.
Monsfil dio un paso al frente, y las cenizas bajo sus botas se apartaron como si le temieran.
Su tono cambió, volviéndose solemne y antiguo.
—Hace doscientos años, yo no era un carnicero.
Fui un protector.
Mi dominio era la Destrucción, sí, pero no como un fin, sino como un medio para preservar.
Las plagas incurables, las guerras estancadas, la corrupción que pudría la tierra…
yo destruía lo que amenazaba el equilibrio para que la vida pudiera florecer de nuevo.
Yo era el fuego que quema el bosque enfermo para que nazca uno nuevo.
Hizo una pausa, y su expresión se endureció con amargura.
—Pero los mortales son criaturas de miedo.
No lo entendieron.
Me odiaron.
—Monsfil cerró los ojos un instante—.
En aquella época, conocí a un hombre…
un Héroe.
Para los dioses, la eterna lucha entre el Héroe y el Rey Demonio es el pan de cada día, un entretenimiento cíclico.
Pero él fue diferente.
Él no me vio como a un monstruo.
Monsfil abrió los ojos de nuevo, y por un segundo, la luz roja pareció suavizarse.
—Él me dijo que ese título de “Destructor” era una carga necesaria que solo yo podía llevar.
Vio en mí algo especial cuando el resto del mundo solo veía oscuridad.
Éramos…
camaradas en la soledad.
Pero hubo un incidente.
Un error que separó ese vínculo y convirtió al Héroe en mi verdugo.
Cuando intenté defender mi verdad…
fui sellado.
Biel escuchó en silencio, sintiendo cómo sus propias emociones se dividían.
La voz de Monsfil no sonaba a engaño; sonaba a dolor puro.
—Tu historia…
es trágica —admitió Biel finalmente, bajando la guardia—.
Pero si eras un protector, si eras necesario…
¿por qué no lo demostraste?
¿Por qué el mundo te recuerda como una pesadilla?
—¿Cómo podría haberlo demostrado?
—respondió Monsfil, con una tristeza infinita en su mirada—.
Cuando todo lo que hacía, por más justo que fuera, era visto por el mundo como un mal necesario.
La historia la escriben los que temen al poder, no los que lo comprenden.
La entidad extendió una mano cubierta de guanteletes negros hacia Biel.
—Ahora, lo único que puedo hacer es confiar en ti.
Quiero hacer un trato.
—¿Qué clase de trato?
—preguntó Biel, retrocediendo un paso, su voz cargada de una desconfianza instintiva.
—Quiero que uses mi poder para reescribir mi legado —dijo Monsfil con firmeza—.
Yo no pude usarlo correctamente; fui impulsivo, y por eso fui catalogado como un destructor y encerrado.
Pero tú…
tú tienes la oportunidad de cambiar esa historia.
Sé la destrucción que salva, no la que condena.
Biel frunció el ceño, procesando la oferta.
—¿Y cómo sé que no planeas controlarme?
—cuestionó—.
¿Cómo sé que no intentarás apoderarte de mi cuerpo en cuanto acepte?
Monsfil soltó una risa breve y sincera, un sonido grave que hizo vibrar el suelo de ceniza.
—No soy como mis hermanos, muchacho.
Hablo en serio.
Mi esencia física está sellada, pero mi consciencia ahora reside en el fragmento que cargas en tu cuello.
Solo puedo ser una voz, un guía para ayudarte a entender la carga que llevas.
El timón es tuyo.
—Entonces…
¿estás dentro de mi collar?
—preguntó Biel, sorprendido, llevándose la mano al pecho.
Monsfil asintió lentamente, y su figura comenzó a desvanecerse en humo.
—Así es.
Y confío en que usarás este poder con sabiduría.
Ahora despierta, portador.
Ya tendremos tiempo para hablar.
De repente, la oscuridad estalló y se disipó como niebla ante un vendaval.
Biel abrió los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire desesperada.
Ya no estaba en el vacío gris; estaba de vuelta en la cámara subterránea, de pie e intacto.
El torbellino negro había desaparecido.
—¿Estás bien?
—preguntó Acalia de inmediato, sujetándolo por los hombros con fuerza para asegurarse de que era real—.
¡Habla, Biel!
—Sí…
—jadeó él, parpadeando mientras los colores de la realidad volvían a sus ojos—.
Creo que sí…
El sonido metálico de una armadura golpeando la piedra resonó en la cámara, silenciando a todos.
El Caballero Oscuro, esa máquina de guerra que había luchado sin piedad contra Kael y los demás, dejó caer su espada de energía, que se disipó al tocar el suelo.
Lentamente, con una solemnidad absoluta, el guardián hincó ambas rodillas en la tierra y bajó la cabeza ante el joven.
—El Sello ha reconocido a su maestro —dijo el caballero con voz profunda y reverente—.
Mi guardia ha terminado.
Tú eres el Elegido.
El silencio que siguió fue absoluto.
Kael miraba con la boca abierta; Acalia, con el ceño fruncido; y Xanthe y Easton, totalmente atónitos.
Biel, confundido, agotado y sin saber cómo procesar el cambio radical de los acontecimientos, miró al gigante arrodillado y soltó lo único que su cerebro pudo formular: —¡¿Q-Qué…?!
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