Fragmento de lo Infinito - Capítulo 82
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Capítulo 82: Capítulo 81: El Legado que Vuelve a Brillar
Biel se encontraba tendido en la cama de la clínica del instituto. El suave tic-tac de un viejo reloj mágico acompañaba la calma de la noche. Aunque el lugar era tranquilo, él apenas podía dormir. Miraba el techo sin parpadear, con la mente aún revuelta por lo vivido el día anterior. La prueba práctica, la explosión del recipiente, la reacción de sus amigos… y el desmayo.
Suspiró y giró su rostro hacia la ventana.
Entonces lo vio.
Una chispa iluminó el cielo… seguida de otra. Un estallido de colores tiñó la noche de rojo, azul y dorado. Los fuegos pirotécnicos pintaban el firmamento como si alguien estuviera escribiendo con luz sobre un lienzo de oscuridad. Biel se incorporó, empujando ligeramente la sábana. Caminó hasta la ventana descalzo, sintiendo el frescor de la noche filtrarse por los cristales.
Sus ojos se agrandaron al ver la ciudad de Renacelia vibrar de vida.
—Fuegos artificiales… —susurró.
Y su memoria, como un reflejo involuntario, lo arrastró. A otra noche, en otro mundo.
Unas manos pequeñas entrelazadas con las suyas. La risa de una niña. Charlotte. Su hermana.
Ambos sentados en la azotea de su antigua casa, observando cómo las luces de Navidad estallaban en el cielo. Ella se emocionaba con cada explosión como si el universo le hablara directamente. Y él… simplemente la miraba a ella.
—Ojalá ese instante se hubiera congelado en el tiempo… —murmuró.
Sintió una punzada de nostalgia, pero no triste. Era un calor melancólico en el pecho, como una caricia que venía del pasado.
Miró al cielo y, con una sonrisa serena, dijo:
—Espero que puedan ver esto. Allá arriba… o donde sea que estén ahora. Lo lograron. Dejaron una huella en este mundo. Gracias… a todos.
Y con esas palabras, cerró los ojos y volvió a su cama. El sueño, por fin, se permitió llegar.
La mañana siguiente se presentó con una luz cálida y amable que se filtraba por las cortinas. Biel abrió los ojos, algo aturdido, y al darse cuenta de que seguía en la clínica, murmuró:
—Bueno… eso fue un descanso extraño.
Se estiró y se miró. Aún llevaba la bata de paciente, y su ropa anterior estaba sobre una silla cercana… pero completamente empapada de sudor.
—Genial… —frunció el ceño—. ¿Y ahora qué me pongo?
Como si el universo hubiera escuchado su preocupación, la puerta se abrió suavemente. Una mujer entró con paso ligero, llevando una bandeja y una caja pequeña en la mano.
—Vaya, justo a tiempo —dijo ella con una sonrisa elegante—. Veo que ya estás despierto, Biel.
Biel parpadeó.
—¿Usted es…?
—Reiko. Soy la doctora encargada de esta sección del instituto. Encantada. —Dejó la caja sobre la mesa con cuidado—. Me alegra que ya te sientas mejor.
Biel se incorporó, algo nervioso. Ella era… increíblemente guapa. Su bata blanca contrastaba con su largo cabello azabache que le caía por el hombro izquierdo como una cascada silenciosa. Sus ojos, color miel, parecían leer más de lo que decían.
—E-Encantado… yo soy Biel. —Hizo una leve reverencia con la cabeza.
Reiko soltó una risita.
—Sí, lo sé. Eres el chico de la explosión, ¿recuerdas?
Biel se rascó la nuca, incómodo.
—Eso… fue un accidente.
—Claro. Uno muy interesante —dijo con picardía.
Señaló la caja.
—Esto te lo trajo una chica anoche. Dijo que debía entregarse a un tal Biel. Supuse que eras tú.
Biel se acercó, curioso. La caja brillaba con un leve resplandor mágico. En cuanto la tocó, se activó un mensaje flotante con letras danzantes:
“Aquí te envío una muda de ropa. Sé que tu ropa anterior está sudada. Pero no creas que te lo doy porque me gustas o algo así… no lo malinterpretes.”
—Acalia.
Biel sonrió mientras se tapaba la boca para no reír fuerte.
—Gracias, Acalia… aunque no quieras que lo malinterprete, esto se siente muy tsundere de tu parte.
Reiko, con una ceja arqueada, dijo:
—¿Acaso estás leyendo un mensaje secreto?
—¡Ah! No, nada, nada. Solo… cosas de amigos. —dijo rápido, cerrando el mensaje flotante con un gesto torpe.
Dentro de la caja había un conjunto impecable: un cárdigan gris oscuro, camisa blanca con cuello reforzado, un broche en forma de nudo con piedra negra, pantalones formales con una cadena plateada que colgaba con discreción. Todo perfectamente doblado, como si Acalia hubiera hecho magia de planchado nivel experto.
Reiko asintió al ver la ropa.
—Te ves más guapo con eso que con esa bata de hospital, créeme. Pero no me mires así, no te estoy coqueteando… solo siendo honesta. —dijo guiñándole un ojo antes de salir—. Cámbiate, que te espero afuera. Invito el desayuno.
Biel se quedó paralizado unos segundos, en shock.
—¿Co-cómo que me invita? Espera… ¡ni siquiera tengo dinero!
Pero ya era tarde. La puerta se cerró con un suave click.
Biel se cambió rápidamente. La ropa encajaba perfectamente, como si Acalia hubiese tomado medidas exactas mientras dormía. Al verse en el espejo, murmuró:
—Parezco alguien importante… aunque solo soy yo.
Cuando salió, Reiko lo esperaba recargada contra la pared, brazos cruzados y sonrisa tranquila.
—¿Listo?
—Listo… y hambriento.
—Perfecto, el mejor tipo de paciente.
Mientras caminaban por los pasillos del instituto, Biel se quedó boquiabierto.
—¿Esto… también es parte del instituto?
—Ajá. Esto no es solo una escuela mágica, Biel. Es prácticamente una ciudad universitaria. Tiene cafeterías, coliseos, bibliotecas, laboratorios, jardines… hasta su propio sistema de transporte interno.
—¿Y yo solo conocí la sala de pruebas?
—Te falta mucho por explorar, futuro aspirante.
Caminaron por senderos adoquinados entre edificios que brillaban con runas flotantes y vegetación que parecía susurrar al viento. Algunos estudiantes ya caminaban hacia sus respectivas clases o edificios. El ambiente era cálido, lleno de energía y misterio.
Biel miró a su alrededor, maravillado.
—Esto es increíble…
Reiko asintió, mientras abría la puerta de una cafetería encantada.
—Bienvenido al Instituto de Historia Mágica de Renacelia. Donde lo imposible… apenas está comenzando.
El desayuno se esfumó más rápido de lo que Biel esperaba. Pan recién horneado, huevos revueltos con especias encantadas, y un jugo brillante de frutos mágicos lo dejaron lleno… y curioso. No solo por la comida, sino por lo que había fuera de su campo de visión hasta ese día.
—¿Todo esto es… parte del instituto? —preguntó mientras caminaba al lado de Reiko.
Ella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y sonrió.
—¿Recién te das cuenta? Lo de ayer fue solo la puerta. Lo que estás por ver, Biel… es Renacelia en su forma más viva.
Avanzaron por un sendero empedrado que vibraba levemente con la presencia de maná en el aire. Pronto, un edificio majestuoso emergió ante ellos como si hubiese sido esculpido por los mismísimos secretos del universo.
Torre Central “Aeternum Core”
Se alzaba como un coloso gótico de obsidiana y cristal encantado. Sus paredes eran un mosaico de vitrales animados, donde escenas del pasado se proyectaban como sueños vivos: la fundación del instituto, duelos históricos, pactos mágicos sellados con sangre y maná. Cada paso que daban hacia la entrada era como adentrarse en una historia que respiraba.
—Esto es… —Biel se detuvo— …un archivo viviente.
—Correcto —asintió Reiko—. Esta torre guarda cada registro, cada evento, cada estudiante que ha pasado por el instituto. El núcleo central, el Aeternum Core, está flotando en la cima, donde el tiempo y la memoria convergen.
Las puertas se abrieron con un leve susurro cuando Reiko pronunció su nombre junto a una fórmula mágica. Biel notó que unas pequeñas luces flotantes se alineaban con su respiración.
—Sensores de maná. El instituto te está midiendo —explicó Reiko—. No te preocupes. Solo sienten quién eres.
Al entrar, un panel holográfico se desplegó ante ellos. Flotaban estadísticas mágicas, horarios, e incluso alertas del clima. Un ascensor en espiral descendió sin que nadie lo llamara.
—Este solo responde si tu afinidad mágica es reconocida por el núcleo. Pero como ya estás registrado… —Reiko hizo una señal para que subiera—. Vamos. Esto apenas comienza.
Subieron.
Mientras tanto, Biel observaba como un niño en una feria de maravillas. Cada piso que ascendían revelaba estructuras flotantes, libros giratorios, círculos rúnicos girando alrededor de esferas de luz.
—Esto es mejor que cualquier templo o castillo que haya visto jamás… —murmuró.
Coliseo de Entrenamiento “Circulus X”
Al salir de la torre por un puente flotante, se encontraron con un estadio circular sostenido por anillos antigravitacionales. Las gradas giraban en silencio, suspendidas por magia pura. Desde afuera ya se escuchaban ecos de entrenamientos y gritos de emoción.
—Aquí se entrenan y compiten los estudiantes más avanzados —dijo Reiko—. Cada combate se adapta al estilo de los duelistas. El terreno se transforma: desiertos abrasadores, bosques sombríos, ruinas voladoras… lo que sea.
—¿Y los espectadores?
—Usan aros sensoriales. Pueden “sentir” el duelo en carne propia. El sudor, el impacto, incluso el miedo. —Sonrió—. Emocionante, ¿no?
Biel tragó saliva.
—Eso… me suena a peligroso.
—Para los débiles de corazón, sí. Para nosotros… es rutina.
Estadio de Campeonatos “NeoEclipse”
Luego caminaron hasta una estructura titánica que parecía haber sido extraída de un sueño mitológico. Piedras negras talladas con grabados dorados. Torres con cúpulas que se abrían como una flor mecánica.
—Este es el lugar de las leyendas. Aquí se celebran los campeonatos oficiales. Solo los mejores llegan.
Un rugido recorrió el aire. Biel miró hacia arriba y vio cómo la cúpula se abría… el cielo cambió, oscureciéndose, reflejando una emoción… ira. Una batalla debía estar ocurriendo en ese instante.
—El cielo reacciona al estado emocional del combate —explicó Reiko—. Es un campo de resonancia mágica. Y la IA del estadio narra los combates. La voz… te juro que hace temblar hasta a los profesores.
—¿Una inteligencia arcana? —preguntó Biel—. ¿Como un narrador viviente?
—Exacto. Y muy sarcástico, por cierto.
Jardín Ecolumínico “Alcrim Bloom”
Siguieron por un sendero lleno de raíces que vibraban bajo los pies. Al cruzar un arco de hiedra encantada, Biel se encontró en medio de un biolaboratorio viviente. Luces de maná flotaban entre flores que susurraban. Árboles milenarios proyectaban hologramas con sus historias, y unos pequeños drones-poliniza danzaban como colibríes mecánicos.
—¿Este lugar es… consciente? —preguntó, tocando una flor que brilló al contacto.
—Sí. Cada planta responde a una afinidad mágica. Si una flor reacciona, es porque te acepta.
Una flor púrpura abrió sus pétalos al paso de Biel.
—Parece que le agradas. —Reiko le guiñó un ojo.
—Espero no tener que casarme con una planta —bromeó él.
—Tranquilo. Solo las del fondo son posesivas.
Auditorio “Vox Magna”
Laboratorios “Arcanexus”
Biblioteca “Memoria de los Arcanos”
Pasaron por el majestuoso auditorio, donde se escuchaban ecos de discursos de antiguos héroes. Biel se detuvo cuando una imagen de luz mostró una batalla grabada en forma de neblina.
—¿Eso… soy yo?
—Uno de los registros antiguos. —Reiko no dijo más.
Luego bajaron a los laboratorios. El ambiente cambió a un tono más frío, más metálico, como si caminaran en una cripta sagrada de la ciencia. Círculos de contención, cristales de monitoreo, entrenadores virtuales flotaban como estatuas espectrales.
En la biblioteca, los libros flotaban y se ordenaban solos. Uno de ellos se le acercó y susurró su nombre. Biel lo miró, y el título decía: Fragmentos del Eclipse: teoría y leyendas.
—No tengo tiempo para esto… —susurró, dejando el libro flotar de nuevo.
Templo Tecnomístico “Catedral del Maná”
Finalmente llegaron a un lugar de silencio absoluto. No por reglas, sino por respeto.
El Templo del Maná.
Pilares flotantes, vitrales digitales, fórmulas que brillaban en el aire como constelaciones rotas. En el centro, un reloj astral… que no marcaba horas. Solo un símbolo, que parecía cambiar con los latidos del alma.
—¿Y esto…?
—Marca el destino, no el tiempo —respondió Reiko con un tono más solemne.
Biel sintió que algo lo observaba… o que algo dentro de él comenzaba a recordar.
—¿Crees en el destino, Reiko?
—Creo en aquellos que no lo dejan escrito en piedra —respondió ella—. Y tú, Biel… tienes cara de uno que lo reescribe con fuego.
—Me gustaría poder estudiar aquí algún día… —suspiró Biel, aún con el rostro empapado en asombro.
Reiko lo miró de reojo y soltó una risa corta y melodiosa.
—¿Cómo que algún día? Biel, tú ya estudias aquí.
—¿Eh?
—¿No viste cómo el sensor de maná te reconoció esta mañana en la torre? —explicó con una sonrisa casi burlona—. Eso solo ocurre cuando un estudiante ya ha sido aceptado oficialmente en el núcleo del instituto.
Biel abrió la boca, luego la cerró. Parpadeó dos veces.
—¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEE?
Su voz retumbó por todo el pasillo y una de las paredes de cristal encantado le devolvió un eco más dramático del necesario. Reiko se llevó la mano a la frente con resignación.
—Dramático y todo, pero sí… desde que pasaste la prueba, ya eres parte de este lugar. Felicidades, estudiante Biel —dijo, haciendo un saludo improvisado con dos dedos.
—Vaya… esto va muy rápido. —Biel se rascó la nuca—. Ayer estaba lanzando espinas en una prueba de precisión y hoy soy parte de una ciudad mágica flotante con ascensores que detectan tu alma…
—Y eso que aún no te muestro los dormitorios. —dijo Reiko, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa—. ¿Quieres verlos?
—¿Dormitorios? ¿Ya tengo habitación asignada?
—Por supuesto. Todo aquí está sincronizado con tu aura desde que entraste. Vamos, te muestro el camino.
Dormitorio de Chicas – “Albae Nox”
Pasaron primero cerca del ala norte, donde se alzaba un edificio de piedra clara con ventanales en forma de lunas crecientes. La estructura parecía extraída de una novela de fantasía gótica, pero al mismo tiempo, rebosaba de una armonía moderna y mágica.
—Aquí viven las chicas. —explicó Reiko, bajando el tono de voz como si compartiera un secreto—. Las habitaciones son compartidas por dos estudiantes, pero cada cama tiene un domo antimagia para un descanso profundo sin interrupciones. Y sus tocadores son… bueno, más listos que algunos magos.
Desde la ventana abierta, Biel escuchó una chimenea que murmuraba un cuento antiguo. Literalmente murmuraba, con voz suave y pausada.
—¿Eso es… una chimenea narradora?
—Ajá. Ideal para leer novelas encantadas mientras tomas té flotante en los sofás levitantes.
—¡Quiero una!
—No seas ridículo, esa es solo para chicas. —Le sacó la lengua—. Aunque, si insistes, puedo disfrazarte y…
—¡No gracias! —Biel dio un paso atrás.
Dormitorio de Chicos – “Draconis Ventus”
El edificio de los chicos era otra historia. Una fortaleza de piedra oscura y metal bruñido, con antorchas de energía azul ardiendo sobre los muros. Si el de las chicas era un poema, este era un grito de guerra elegante.
—Aquí es donde te hospedarás. Las habitaciones también son dobles, con armarios encantados que clasifican la ropa según tu afinidad mágica. Y sí, hay una sala común con mesas de estrategia y pantallas para ver duelos clásicos.
—Espero que mi compañero no ronque como ogro. —dijo Biel, medio en broma.
—¿Sabes usar el comando de insonorización rúnica?
—…Voy a aprenderlo.
Gran Sala de la directora – “Sala Solaris”
Pasaron por un salón circular con ventanales que proyectaban estrellas y constelaciones en movimiento. Las paredes estaban cubiertas de retratos animados de antiguos directores que a veces murmuraban consejos… o críticas.
—Este es el centro administrativo del instituto. Aquí vive la directora. —dijo Reiko con respeto.
El techo reflejaba un cielo emocional. En ese momento, una aurora color celeste danzaba lentamente.
—¿Ese color significa que está de buen humor?
—Sí. Si ves rojo, sal corriendo.
—Anotado.
Campo de Educación Física – “Terreno de Titanes”
A lo lejos, se extendía una llanura mágica que cambiaba de forma frente a sus ojos: césped que se volvía arena, luego caminos elevados, luego bloques flotantes.
—Aquí entrenamos el cuerpo. —dijo Reiko—. Sin excusas. ¿Ves esas torres? Proyectores mágicos que cambian el clima: niebla, lluvia, calor, ¡lo que sea!
—¿Y los profesores?
—Llevan brazaletes para modificarlo todo en tiempo real. Si les caes mal… te va a llover encima. Literalmente.
Gimnasio – “Fortia Maxima”
Un edificio semienterrado como una fortaleza moderna. Al entrar, Biel vio plataformas flotantes, sacos de boxeo que se defendían, pesas con runas de gravedad variable, y cámaras de presión arcana.
—Aquí vas a sudar. Mucho. —dijo Reiko, sonriendo con cierto sadismo.
—¿Eso de allá es una cinta caminadora que lanza rayos si te detienes?
—Sí, es para los flojos. ¿Te animas?
—Estoy bien con el terreno de titanes…
Restaurante del Instituto – “El Banquete de los Arcanos”
Luego llegaron al gran comedor, un salón monumental con techos abovedados, lámparas flotantes y mesas de roble encantado. Tapices animados mostraban escenas de festivales antiguos, donde comida flotaba entre magos bailando.
—Aquí puedes comer sin preocuparte de cocinar. El menú cambia según tu tipo de magia. —explicó Reiko.
—¿Comida personalizada?
—Claro. Tú, por ejemplo, tienes afinidad con oscuridad… te recomendarán platos más energéticos y densos. Yo, como usuaria de maná puro, prefiero comidas ligeras.
—Entonces tú comes ensaladas de luz y yo sopas de sombras, ¿no?
—Algo así.
En una esquina, un golem chef lanzaba ingredientes al aire mientras una cuchara mágica lo seguía dando vueltas. Biel olió un guiso que parecía tener aroma de bosque lluvioso con especias negras.
—¡Ese… huele como las sopas que hacía mi madre! —exclamó, con los ojos brillando.
—Ese plato se llama “esencia lunar”. Lo preparó el chef principal… un exalumno legendario. Dicen que su comida puede hacer llorar a un dragón.
—Quiero dos.
Zonas Especiales
Caminaron por un jardín interior con candelabros flotantes y cascadas susurrantes.
—Estas son las zonas de afinidad. Lugares donde puedes meditar o simplemente relajarte en un ambiente que coincide con tu magia.
—Me gusta esta… —dijo Biel, tocando una roca flotante envuelta en sombras suaves—. Es… acogedora.
—Bienvenido al rincón de los oscuros sensibles. —bromeó Reiko.
Pasaron por una plataforma elevada con vista panorámica del jardín Etheria.
—Ese es el sector VIP. Solo para los “Siete Santos” o eventos especiales.
—¿Y yo puedo subir?
—Cuando tengas título de santo.
—Ah, bueno. ¡En cinco años hablamos!
Finalmente, llegaron a un puesto de snacks. Dulces que levitaban, cafés que cambiaban de color, postres que cantaban melodías suaves.
—¿Sabías que hay un pastel que canta una canción cuando lo cortas?
—¿Y qué canción?
—”Bienvenido al Instituto”. —respondió Reiko con una reverencia teatral.
Biel soltó una carcajada.
—Entonces… supongo que ya soy oficialmente parte de esto.
—Así es, Biel. Bienvenido al Instituto de Historia Mágica. Aquí, tu destino… solo acaba de comenzar.
Mientras caminaban bajo un pasillo encantado cuyos vitrales vivos proyectaban escenas de antiguos duelos gloriosos, Biel, aun procesando lo visto, recordó algo que Reiko había mencionado.
—Dijiste hace rato algo sobre los VIP… ¿O sea que solo los mejores estudiantes pueden estar en ese sector? —preguntó, girando la cabeza hacia ella con curiosidad chispeando en sus ojos.
Reiko asintió con una sonrisa enigmática.
—Exacto. Aunque ese espacio no solo está reservado para los mejores… también es territorio de los Siete Santos.
Biel frunció el ceño. El nombre tenía peso.
—¿Los Siete Santos? ¿Quiénes son ellos?
—La élite del instituto. —respondió Reiko con tono solemne—. Estudiantes que han llevado a Renacelia a lo más alto en las competencias interregionales. Gente con habilidades tan extraordinarias que incluso los profesores les tienen respeto.
—¿Y esas competencias se llaman…?
—
—Vaya… hasta el nombre suena elegante. —dijo Biel, entrecerrando los ojos.
—Y peligroso. —añadió ella, bajando ligeramente la voz—. Es una plataforma donde las ciudades y reinos demuestran el verdadero potencial de sus institutos. Los mejores estudiantes compiten en pruebas mágicas, teóricas y, por supuesto, duelos frente a los representantes de todo el continente.
Biel tragó saliva. Su mente no tardó en llevarlo al pasado. Aquella guerra. Aquellas tierras…
“Claiflor…”, susurró mentalmente, al recordar el nombre.
Un reino que en su antigua vida había luchado valientemente contra Domia. Y más allá del campo de batalla, una imagen se filtró como una hoja en el viento: la princesa Keshia. Su mirada desafiante. La promesa forzada que lo convirtió en su prometido por capricho político del rey de Lunarys.
Biel suspiró con el pecho apretado por memorias que no terminaban de sanar.
—¿Y quiénes son los que compiten actualmente? —preguntó, esforzándose por mantener la voz firme.
Reiko notó el cambio en su expresión, pero no dijo nada.
—Muchas ciudades y reinos tienen sus propios institutos mágicos, similares al nuestro —explicó con una cadencia suave—. Pero los más importantes y constantes en el CADRC son cinco. Te los diré por orden en el ranking actual.
—Adelante —dijo Biel, cruzándose de brazos con leve interés. Aunque en su mente, la palabra “Claiflor” palpitaba como una herida vieja.
—En quinto lugar, está Marciler. —empezó Reiko—. Una ciudad que, aunque quedó rezagada por muchos años, recientemente ha tenido un crecimiento interesante. Sus estudiantes tienen mucha disciplina.
—Marciler… —murmuró Biel, reconociendo el nombre. Otro lugar que había quedado marcado en la historia, albergando grandes conflictos… y errores.
—En cuarto lugar, está Lunarys. —continuó—. Su sistema de enseñanza se ha modernizado, y aunque arrastran cierta arrogancia aristocrática, sus estudiantes son temidos en el campo de batalla.
Biel apretó los puños levemente.
—Sí… esa arrogancia aún no ha cambiado.
—En tercer lugar, está Etheria. —dijo Reiko.
Biel se detuvo.
—¿Etheria?
—¿Te sorprende? —preguntó ella.
—Nunca escuché de ese lugar… —murmuró. Su ceño se frunció más que nunca.
En sus recuerdos de hace doscientos años, jamás se mencionó una ciudad con ese nombre. Ni en las guerras. Ni en los consejos. Ni siquiera como aliada o enemiga. Era como si… hubiera aparecido de la nada.
—Es una ciudad muy misteriosa. —agregó Reiko, captando su desconcierto—. Se dice que su origen es más espiritual que geográfico, y que no está completamente alineada a este plano. Muchos creen que Etheria se formó a partir de antiguas raíces mágicas que estaban selladas.
—…Una ciudad que no existía… y ahora es la tercera mejor del continente. —Biel lo pensó como quien siente un presentimiento en la nuca.
—En segundo lugar, estamos nosotros: Renacelia. —dijo Reiko, volviendo a caminar—. Nuestro instituto es de los más antiguos, pero también el más flexible con los estudiantes no comunes. Y eso ha marcado una gran diferencia.
—¿Y en primer lugar?
—Claiflor. —dijo sin rodeos.
El corazón de Biel dio un pequeño salto.
—Claro… —susurró.
Reiko lo miró con algo de compasión.
—¿Tienes algún lazo con ese lugar?
Biel la miró en silencio, una sonrisa apenas visible en su rostro.
—Digamos que conocí a alguien de ahí.
—¿Importante?
—Mucho más de lo que quisiera admitir.
Ella asintió, sabiendo que no debía presionar.
—Bueno… cada uno de estos lugares cuenta con institutos mágicos como el nuestro. Con instalaciones similares, academias completas, e incluso conexiones de portales entre los núcleos de cada ciudad. Pero lo mejor…
—¿Sí?
—…es que cada cierto tiempo se realiza una reunión interinstitucional. Un evento que dura un mes completo, donde estudiantes de todas las ciudades conviven en un campo neutral a las afueras de Lunarys.
—¿Un campamento mágico? —preguntó Biel, con el tono de quien no decide si está emocionado o aterrorizado.
—Más que eso. Es una experiencia donde los mejores estudiantes del continente viven, entrenan, aprenden… y luchan. —dijo Reiko con un destello de emoción en los ojos—. Es allí donde nacen los lazos más fuertes y también las rivalidades más peligrosas.
—Eso suena… emocionante. —dijo Biel, cruzando los brazos—. ¿Y puedo participar?
—Depende de tus resultados. —respondió con una sonrisa misteriosa—. Pero si sigues así, no lo dudaría ni un segundo.
Biel miró al cielo artificial que cubría el instituto, simulando una tarde despejada. El viento soplaba suavemente, como si el mismo destino respirara junto a él.
En su mente, nombres del pasado se mezclaban con los del presente. Claiflor. Keshia. Lunarys. Marciler. Y ahora… Etheria.
Todo era distinto. Todo era nuevo. Pero una cosa estaba clara:
La historia… estaba a punto de repetirse.
Biel observaba los altos muros del instituto desde el sendero de piedra encantada que lo conducía hacia la entrada principal. El cielo brillaba con esa calma artificial que Renacelia sabía controlar tan bien, como si cada nube hubiese sido pintada en su sitio exacto. Mientras caminaba, pensaba en todo lo que había descubierto en tan poco tiempo.
—Es impresionante cómo todas las ciudades y reinos han evolucionado a lo largo de estos doscientos años… —murmuró en voz baja.
Cerca de él, Reiko lo escuchó y sonrió, con las manos tras la espalda.
—Bueno, es hora de que vayas a la entrada del instituto —le indicó con tono sereno—. Allí darán las indicaciones y normas del campus. Es algo obligatorio para todos los nuevos estudiantes.
—Entendido. —respondió Biel, con una leve reverencia.
Salió corriendo con una energía contenida, como si cada paso lo empujara a una nueva página de esta historia. Reiko lo siguió con la mirada mientras el viento jugaba con su cabello.
—Ese chico… es impresionante. —susurró.
Entonces, una figura emergió de entre las sombras, como si el aire mismo se apartara para dejarlo pasar. Llevaba una chaqueta negra sin insignias, pero con bordes encantados que emitían un fulgor azul tenue. Sus ojos eran afilados como cuchillas y su expresión, tan serena como un océano antes de una tormenta.
—¿O no lo crees… hermano? —Reiko preguntó sin girarse.
—Eso lo comprobaré cuando lo enfrente. —respondió él, con voz grave.
Y sin otro gesto, desapareció de nuevo en la bruma del corredor. Reiko negó con la cabeza, suspirando con cierta ternura.
—Takeshi… tú nunca cambias. Pero sé que él te hará cambiar de parecer.
Biel llegó jadeando a la entrada principal del instituto, donde ya se habían congregado todos los nuevos aspirantes. Allí estaban sus amigos: Acalia, Sarah, Easton, Xantle, Gaudel y Say. Los saludó con una sonrisa mientras se limpiaba el sudor de la frente.
—¡Ey! —exclamó con la voz agitada—. ¡Llegué justo a tiempo!
Acalia arqueó una ceja y lo miró de arriba abajo.
—¿Por qué vienes agitado?
—Estaba en los interiores del instituto. ¡El lugar es fascinante!
Un estudiante de brazalete azul que pasaba cerca giró su cabeza con desdén.
—Qué mentiras les dices a tus amigos… —dijo con sorna—. Solo los estudiantes del instituto pueden ver sus instalaciones. Alguien como tú, con una habilidad no común, no tiene ni el mínimo lugar aquí.
Y se alejó con paso arrogante.
Acalia hizo un gesto con la mano, como para lanzarle una piedra mágica.
—¿Y a este qué le sucede? ¿Por qué no le dijiste nada, Biel?
Pero Biel solo sonrió y se encogió de hombros.
—No me importa lo que digan. Las críticas no me llaman la atención. Prefiero gastar energía en lo que realmente importa.
Acalia lo observó con detenimiento. Su tranquilidad era contagiosa. Sarah, que estaba al lado, asintió en silencio.
—Eres un idiota noble… —murmuró Acalia.
Desde lo lejos, una mano se alzó con elegancia. Era Raizel, que saludaba a Biel con una media sonrisa. Él respondió con el mismo gesto, notando justo después una figura entre la multitud: Bastian.
El aura oscura a su alrededor era casi imperceptible, pero Biel podía sentirla como una presión en el pecho.
Y justo al lado… ella.
La chica idéntica a Yumi. Con la misma mirada, el mismo cabello, pero con otra identidad. Aún no lo comprendía del todo.
Un silencio repentino lo sacó de sus pensamientos. Todos se giraron.
La directora había aparecido.
Vestía una túnica plateada que flotaba ligeramente sobre el suelo, y su presencia imponía como una tormenta silenciosa. Sus ojos, intensos como lunas en eclipse, se posaron sobre los estudiantes.
—Bienvenidos —dijo con una voz tan cálida como firme— a todos los nuevos estudiantes del Instituto de Historia Mágica.
Un murmullo recorrió el grupo. Algunos se miraban entre sí, incrédulos.
—¿Nos dijo… “bienvenidos”? —susurró Xantle.
—¿Eso quiere decir… que aprobamos? —preguntó Sarah, con los ojos brillando.
La directora alzó una mano y habló con claridad:
—Todos aprobaron el examen. A partir de hoy, son oficialmente estudiantes del Instituto. Felicidades.
La alegría fue inmediata. Algunos se abrazaron, otros simplemente respiraron aliviados. Say levantó ambos brazos y gritó:
—¡Sí, carajo! ¡Sabía que lo lograríamos!
La directora prosiguió:
—Tendrán clases de lunes a viernes desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Luego de ese horario, el tiempo será libre para que estudien, entrenen… o simplemente disfruten su juventud.
Unas pequeñas risas se escucharon entre los estudiantes.
—Los fines de semana podrán salir del campus para visitar a sus familias o hacer sus compras. Aquí dentro encontrarán todo lo necesario: dormitorios, baños, cocina, comedores, laboratorios, salones de estudio y entrenamiento. Sus habitaciones ya están asignadas, al igual que sus compañeros de cuarto. Los uniformes se encuentran en los armarios encantados.
Reiko, desde una torre, observaba la escena. Sonreía en silencio.
—Y finalmente… —anunció la directora— quiero mencionar al estudiante que obtuvo 100% en el examen de admisión. El único en lograrlo en esta generación.
El silencio se volvió absoluto.
—Ese estudiante es… Biel.
El aire se congeló un segundo. Luego, estalló en reacciones variadas.
—¡¿Qué?! —dijo un estudiante con incredulidad.
—¡Imposible! —murmuró otro—. ¿Un no común?
—Debe ser un error del sistema.
Pero otros comenzaron a aplaudir. Raizel sonrió. Gaudel cruzó los brazos, orgulloso. Sarah lo miró con ternura. Acalia rodó los ojos, pero sonreía.
—Tsk, presumido…
Easton silbó fuerte.
—¡Eso, hermano! ¡Así se hace!
Biel solo bajó ligeramente la cabeza, sintiendo todas las miradas encima.
—No hice nada especial… —dijo en voz baja, aunque en su interior, una chispa de orgullo ardía silenciosa.
—Sí hiciste. —susurró Acalia, justo a su lado—. Nos salvaste desde el primer día.
Y entonces… el primer paso como estudiante de Renacelia estaba completo.
Pero el verdadero viaje apenas comenzaba.
El aire en Renacelia parecía distinto esa mañana. A pesar de la brisa suave y del cielo despejado, había una tensión suspendida sobre todos los estudiantes reunidos en la explanada del Instituto de Historia Mágica.
Biel caminó lentamente hacia el centro del estrado, sin buscar protagonismo, pero con una mirada decidida. A su alrededor, los murmullos aún resonaban como ecos en una cueva mágica: “¿De verdad él sacó 100%?”, “¿Ese chico de brazalete naranja?”, “Debe haber sido suerte…”.
Pero al verlo subir al escenario, poco a poco el silencio se hizo respetuoso.
El director de protocolo, un profesor de lentes flotantes y voz chillona, le entregó una pequeña runa de amplificación de sonido. Biel la sostuvo, un poco torpe al principio, luego asintió. Respiró profundo. Las palabras querían salir todas de golpe, pero las contuvo. Cerró los ojos y se conectó consigo mismo.
—Hola a todos. —comenzó con voz firme, aunque cargada de humildad—. Mi nombre es Biel… y sí, soy ese chico que obtuvo 100 puntos en el examen de admisión.
Un par de risas suaves se escaparon del público. Biel sonrió también, como si hubiera querido romper él mismo la tensión.
—Sé lo que muchos están pensando… que es raro, que es sospechoso, que es imposible que alguien con una habilidad no común esté en este escenario. Que alguien como yo… no debería estar aquí.
Guardó silencio por un segundo. Lo justo para que la brisa le acariciara el cabello y para que todos contuvieran el aliento.
—Yo también me hice esa pregunta. —dijo con honestidad—. “¿De verdad pertenezco aquí?” “¿Tengo lo necesario para estar en este lugar, con estudiantes de alto nivel, con personas admirables y poderosas, con los mejores de cada reino?”
Miró de reojo a sus amigos entre la multitud. Sarah, con los ojos grandes y brillantes. Acalia, cruzada de brazos, intentando no parecer conmovida. Easton agitando la mano como si no pudiera quedarse quieto. Xantle, dándole un pulgar arriba. Gaudel, firme como una estatua de sabiduría. Say, casi al borde de aplaudir sin permiso.
—La respuesta es sí. Sí pertenezco aquí. No porque tenga el poder más grande ni la habilidad más brillante… sino porque tengo algo que no se puede medir en una esfera mágica, ni en un examen teórico.
La runa de amplificación titiló un momento cuando su voz adquirió un matiz cálido.
—Tengo una voluntad que no se rinde. Un corazón que ha visto oscuridad… y aún así, ha decidido seguir creyendo en la luz. Tengo amigos… personas que quizás hoy no recuerdan cuánto significan para mí, pero a quienes nunca dejaré atrás. Aunque sus caminos estén cubiertos por niebla… yo estaré allí, sosteniendo una antorcha para guiarlos.
La directora, desde una torre con ventanales abiertos, lo observaba en completo silencio. Sus dedos acariciaban la barandilla, y por un momento, su expresión impenetrable se suavizó.
—Y también quiero decir esto. —prosiguió Biel, su voz más fuerte ahora—. Nadie es más o menos por tener una habilidad común o no común. Las habilidades no definen la grandeza de una persona… lo hacen sus acciones. Su coraje. Su capacidad de mirar al que tiene al lado y tenderle la mano.
Las palabras calaban como gotas de maná purificado. Uno a uno, los estudiantes comenzaron a erguirse con más atención.
—Yo he conocido personas con habilidades comunes que hicieron cosas extraordinarias. Y también conocí seres con poderes divinos que se perdieron en su propio orgullo.
Las palabras de Biel flotaban como constelaciones entre todos los presentes.
—El respeto no se exige. Se gana. Y yo no quiero que me teman… ni que me alaben. Solo quiero que luchen conmigo. Que estudien conmigo. Que crezcan conmigo. Porque si algo he aprendido es que ningún poder —por inmenso que sea— sirve de nada… si no tienes a alguien con quien compartirlo.
Un viento cálido sopló desde el jardín. Como si el mismo Árbol Luminar susurrara en aprobación.
—Así que, si alguna vez sienten que no son suficientes, que no encajan, que están solos en este inmenso universo mágico… busquen a su lado. Puede que haya alguien que, en silencio, esté dispuesto a caminar con ustedes.
Biel bajó la mirada por un momento. Y luego volvió a sonreír.
—Gracias por escucharme. Gracias por darme este lugar. Les prometo que no lo voy a desperdiciar. Porque, aunque venga de lejos… aunque haya nacido en una aldea olvidada… ahora soy uno de ustedes.
Se giró y miró hacia los estandartes flotantes del Instituto, ondeando como banderas de esperanza bajo el cielo encantado.
—Soy un estudiante del Instituto de Historia Mágica. Y haré todo lo posible por ser digno de ese nombre.
Un segundo de pausa.
Y entonces… un aplauso.
Dos.
Diez.
Cientos.
Como una lluvia de estrellas, los aplausos comenzaron a llover desde todos los rincones. Algunos con sinceridad, otros con respeto, otros simplemente contagiados por la emoción del momento.
Incluso el estudiante que antes lo había despreciado… miraba ahora en silencio, sin saber qué decir.
Sarah se limpió una lágrima con disimulo. Acalia se cruzó aún más los brazos, disimulando el leve temblor de su labio. Easton saltaba en el mismo sitio como si hubiese visto a su equipo ganar un campeonato. Y la chica parecida a Yumi… se quedó en absoluto silencio, con los ojos fijos en Biel.
Reiko, desde uno de los pasillos superiores, murmuró mientras tomaba nota en su tableta mágica:
—Y así comienza… el verdadero viaje.
Biel bajó del estrado sin prisa. Caminaba como quien sabe que no todos le han aceptado… pero que ahora al menos lo escucharon.
Y eso, en un mundo lleno de ruido, ya era un gran comienzo.
Después del emotivo anuncio que selló oficialmente su ingreso al Instituto, muchos estudiantes corrieron a dar la noticia a sus familias. Las voces emocionadas se esparcían como luciérnagas por los jardines encantados, llenando el aire de risas, abrazos y promesas de un futuro brillante.
Pero no todos celebraban de la misma forma.
Biel se separó del grupo en silencio. Sus amigos lo vieron marcharse sin decir palabra, y aunque Acalia frunció el ceño como queriendo ir tras él, Sarah la detuvo con un gesto suave.
—Déjalo. Necesita ese momento… —dijo, con una intuición que venía de algo más profundo que la razón.
Mientras los demás se iban con sus familias, Biel se dirigió hacia las afueras de la ciudad. No por nostalgia, sino por necesidad. Su mirada se alzaba con calma, como si cada edificio y cada piedra del camino le hablara directamente al alma.
Y es que, en cierto modo… lo hacían.
Sus pasos lo guiaron por calles que no había recorrido antes, adoquinadas con símbolos arcanos que brillaban levemente al contacto con su maná. La brisa de la tarde acariciaba su cabello, y el cielo artificial de Renacelia comenzaba a teñirse de naranjas y dorados suaves, como si la ciudad misma supiera que estaba por presenciar algo íntimo.
A medida que avanzaba, sus ojos no podían dejar de observarlo todo con una mezcla de asombro y respeto. Era como ver dos mundos fundidos en uno solo: la majestuosidad de un reino medieval y el ingenio de una civilización tecnológica. Torres flotantes cubiertas de hiedra mágica, puentes de cristal que vibraban con la energía de maná, estatuas que narraban historias cuando uno se acercaba… y entre todo eso, la calidez de una ciudad viva.
—Esto es… una locura hermosa —murmuró para sí, alzando la vista hacia una torre que parecía respirar.
Cada rincón tenía detalles que hablaban de una intención amorosa. Esta no era una ciudad común. No había sido construida por nobles para gobernar, ni por magos para encerrarse. Esta ciudad tenía alma. Y él la sentía… porque la conocía.
Él era la razón de que existiera.
Porque doscientos años atrás, cuando ya era alguien temido y respetado en todo el continente, cuando su poder había eclipsado incluso a los dioses… ellos llegaron.
Sus antiguos compañeros de colegio.
No lo hicieron buscando poder. No llegaron para pelear. Cruzaron mundos, portales y abismos con una sola razón: verlo. Estar con él. Entender lo que había pasado.
Y al ver en quién se había convertido Biel… no huyeron.
Se quedaron.
Y decidieron construirle un hogar.
Renacelia nació de ese amor silencioso, de esa lealtad que no necesitaba palabras. Los años pasaron. Fundaron familias. Tuvieron hijos. Enseñaron, rieron, vivieron. Y al final, uno a uno… murieron de vejez.
Pero la ciudad quedó.
Una promesa suspendida en el tiempo, esperando su regreso.
—Ustedes… realmente lo hicieron. —susurró Biel, con una sonrisa triste.
Mientras pasaba junto a una pequeña plaza rodeada de faroles encantados, se detuvo frente a un escaparate de vitrales danzantes. Era una tienda de ropa encantada, y tras el cristal, un hombre mayor lo observaba con curiosidad. Tenía barba blanca perfectamente recortada y ojos que parecían contener más de un siglo de historias.
El hombre salió de la tienda, apoyado en un bastón encantado que dejaba destellos dorados con cada paso.
—Jovencito… —dijo con tono afable—. Veo que eres nuevo por aquí. ¿Te has quedado impresionado por la belleza de la ciudad, ¿verdad?
Biel parpadeó, aún hipnotizado por lo que lo rodeaba.
—Sí… es hermosa. Es como si dos épocas se tomaran de la mano. Medieval y tecnológica, magia antigua y ciencia avanzada. Como si alguien hubiera querido conservarlo todo… y lo hubiera logrado.
El anciano sonrió, con un brillo nostálgico en los ojos.
—Efectivamente, joven. Esta ciudad nació hace doscientos años… cuando un grupo de jóvenes y sus familias llegaron desde otro mundo. Vinieron aquí por una sola razón: honrar al héroe del eclipse.
Los ojos de Biel se entrecerraron.
—¿Desde otro mundo…?
—Así es. Eran compañeros del héroe. Compañeros de escuela, según cuentan los archivos más antiguos. Cuando llegaron, él ya era una leyenda viviente. Lo vieron. Vieron lo que se había convertido… y aun así no lo temieron. Lo reconocieron. Y con lágrimas y orgullo… decidieron quedarse.
El viejo apuntó con su bastón hacia una avenida al este, donde una cúpula luminosa marcaba el horizonte.
—Construyeron esta ciudad para él. Para que algún día, si regresaba, tuviera un lugar que lo recordara… que lo recibiera como hogar. Aunque ellos ya no estén, su voluntad sigue viva aquí. Sus nombres están inscritos en los pilares del museo mágico. Y también… el mensaje final del héroe.
Biel sintió un estremecimiento. Una ola de recuerdos se agitó dentro de él, como un eco que había esperado siglos para despertar.
“Así que… lo guardaron. Ese mensaje.”
—Vaya… es interesante. Deberé ir algún día. —dijo en voz baja.
—Tienes alma curiosa, muchacho. Me agradas. ¿Cómo te llamas?
Biel miró al cielo, donde nubes de maná danzaban lentamente como plumas flotantes en el aire.
—Mi nombre es Biel.
El bastón del anciano se detuvo.
Su rostro se transformó lentamente: de amable a perplejo, de perplejo a emocionado, de emocionado a reverente.
—¿Biel…? ¿Tu nombre es Biel?
—Así es.
El hombre bajó la cabeza por un momento, como si ofreciera respeto silencioso. Luego, susurró:
—Nunca imaginé que llegaría a conocer a alguien con ese nombre… Llevar el nombre del héroe es algo grande. Jovencito… haz el bien por ese nombre. No lo uses jamás para el mal.
Biel sostuvo su mirada y respondió con voz firme:
—Lo haré. No solo por el nombre… sino por quienes lo crearon con tanto amor.
El anciano asintió lentamente.
—Entonces… ya estás en casa. Cuídate, Biel. Y no olvides visitar el museo. Allí también está… la promesa.
—Nos veremos, señor. Gracias por todo.
Biel retomó el paso, y mientras avanzaba, notó que el viento acariciaba su rostro con la suavidad de un suspiro antiguo. Como si alguien, en algún rincón del pasado, lo hubiera estado esperando todo este tiempo.
La ciudad no solo era hermosa.
Era una carta de amor escrita en piedra y magia.
Y él… por fin estaba leyendo la respuesta.
Las puertas de Renacelia se alzaban frente a él como gigantes dormidos, talladas con símbolos antiguos que brillaban sutilmente con la luz de la tarde. El portón que se abría hacia el mundo exterior estaba custodiado por dos guardias, cubiertos con armaduras encantadas que respondían al pulso mágico de la ciudad.
Biel llegó hasta ellos con paso sereno, aunque sus pensamientos danzaban como llamas inquietas dentro de su pecho.
Uno de los guardias, un hombre robusto con barba corta y ojos vigilantes, dio un paso adelante y alzó la mano con respeto, pero sin perder el tono protocolar.
—¿A dónde se dirige, joven?
Biel levantó la mirada, su tono fue tranquilo pero firme.
—Voy a las afueras de la ciudad. Necesito… aire.
El guardia lo miró de arriba abajo. Aunque su ropa era sencilla, había algo en su presencia que no podía explicarse con palabras. Una gravedad silenciosa. Un aura que no se veía, pero que obligaba a respetarlo.
—Tenga mucho cuidado. A veces puede ser peligroso allá afuera. —bajó un poco la voz, como si compartiera un secreto del mundo—. Magische Bestien rondan por esos caminos. No siempre, pero cuando aparecen… no hay música que las calme.
Biel asintió.
—Tendré cuidado.
Sin más, las puertas se abrieron lentamente con un gemido de piedra viva. El viento del exterior sopló con una libertad distinta, menos pulida, más cruda. Como si dijera: “Aquí afuera no hay leyes, solo instinto.”
Biel cruzó el umbral y, en cuanto lo hizo, la ciudad quedó a su espalda como un recuerdo contenido en cristal.
El camino era irregular, rodeado de montes verdes, campos de energía latente y cielos que ya no estaban cubiertos por la armonía artificial del instituto. Aquí el viento era salvaje, y las nubes se formaban como dragones de vapor, rugiendo mudos mientras giraban sobre cumbres lejanas.
Se dirigió hacia las montañas del este, donde alguna vez se habían sellado fragmentos de poder caótico en el antiguo mundo. Aunque todo había sido reconstruido, las cicatrices del universo seguían hablando… en susurros que solo algunos sabían escuchar.
Mientras avanzaba, Biel pensó en lo que el guardia había mencionado: las Magische Bestien.
—¿Qué son exactamente? —murmuró mientras sus botas levantaban polvo de maná dormido—. ¿Criaturas mágicas… nacidas después de la reconstrucción?
Y entonces lo recordó.
Cuando él reconstruyó el universo, no todo volvió como antes. Las piezas se reordenaron, sí… pero el alma del mundo se reescribió. En ese proceso, surgieron nuevas razas, nuevas bestias… nuevas voluntades.
Las Magische Bestien eran una de ellas. Criaturas nacidas del exceso de maná condensado. Bestias sin dueño, sin propósito, moldeadas por emociones salvajes, ruinas olvidadas o simples deseos atrapados en la reconstrucción del plano espiritual.
Seres que no debían existir… y sin embargo, existían.
Y no estaban solos.
Junto a ellas, había razas nuevas. Algunas surgidas de las cenizas. Otras, de la misma esperanza.
Los demonios, por ejemplo, casi desaparecieron tras la destrucción del Reino Demoníaco a manos de Khios. Fue un cataclismo que dejó marcas en la tierra… y en el alma del plano etéreo. Pero no se extinguieron. Evolucionaron.
De los demonios… nacieron los Archadeamon. No tenían cuernos ni alas. No los necesitaban. Su sola presencia era una presión invisible que doblaba el aire a su alrededor, como si el mundo mismo contuviera el aliento al verlos pasar. Vestían sombras como si fueran seda, caminaban con pasos que no dejaban huella, y sus ojos —profundos como abismos conscientes— eran capaces de ver más allá del alma.
No eran monstruos. Eran nobleza infernal.
Sabios por el sufrimiento. Elegantes en su letalidad.
Cada palabra que pronunciaban parecía una sentencia.
Y aun así… no buscaban la guerra. Solo equilibrio.
El cataclismo que destruyó su reino no los quebró.
Los refinó.
Los espíritus tampoco se mantuvieron igual. La reconstrucción los envolvió y los elevó. Dejaron atrás su forma etérea y nacieron como Sylphid, seres de viento cristalino y voz de ecos múltiples. Vivían entre planos, como si la gravedad no pudiera atarlos.
Y los elfos, guardianes del equilibrio, sintieron el llamado de la renovación. Sus cuerpos y mentes se fusionaron con las antiguas raíces del nuevo bosque madre. Así nacieron los Eldrath: elfos de piel de savia, mirada de galaxia y corazones en sincronía con los ciclos de la vida universal.
Sin embargo, no todos cambiaron.
Los humanos continuaron siendo como siempre: versátiles, caóticos, emotivos.
Los ángeles siguieron caminando entre la fe y la duda.
Los vampiros, eternos testigos del tiempo, mantuvieron sus pactos de sombra y elegancia.
Los espíritus élficos, puentes vivos entre dos mundos, conservaron su forma híbrida, mitad tierra, mitad éter.
Y además… nacieron nuevas razas.
Las primeras en aparecer fueron las hadas, como cenizas de estrellas revividas. Pequeñas, relucientes, capaces de curar con sus canciones o maldecir con una sola risa. Flotaban sobre los campos aún humeantes del nuevo mundo, trayendo esperanza donde solo quedaba ruina.
Luego, los cielos rugieron.
No eran dragones… no exactamente.
Eran los Drakeryanos: humanoides de sangre dracónica. Alas que brillaban como forjas ardientes, escamas relucientes como armaduras sagradas. Eran memoria viva del linaje perdido. Orgullo alado buscando propósito.
En lo profundo de la tierra, despertaron los nuevos enanos. Pero estos no eran forjadores comunes. Eran artesanos del alma. Su piel grabada con runas. Su voz, un eco de martillo y espíritu. Capaces de moldear energía pura como si fuera acero líquido.
Y no eran los únicos.
De la primera luna negra, surgieron los Umbrelianos. Figuras de sombra densa, sin boca, sin voz, pero con pensamientos que se proyectaban como susurros mentales. Su piel era humo, y sus ojos… luciérnagas negras parpadeando en el abismo.
Del cielo descendieron los Celestborn, mezcla de ángeles y ecos espirituales. Su presencia era luz sólida. Donde caminaban, la tierra florecía. Algunos los adoraban como santos… otros los temían como heraldos de juicio.
Desde los bosques reencarnados, emergieron los Arborianos: seres mitad árbol, mitad espíritu. De sus hombros crecían ramas. De su aliento, brotaba clorofila. Eran los oradores de la naturaleza… y la selva les respondía.
De los océanos renacidos salieron los Marevios, criaturas acuáticas de piel tornasolada y canto hipnótico. Gobernaban las aguas con elegancia salvaje. Sus ciudades de coral eran como catedrales líquidas que solo los elegidos podían encontrar.
Y por último, los Feralkin, tribus errantes de fusión salvaje. Mitad bestia, mitad hombre, pero con garras de honor y colmillos de sabiduría. Sus aullidos no eran guerra… eran oración.
Todas estas razas ahora convivían en este nuevo mundo.
Un mundo que Biel había reconstruido con lágrimas, poder… y amor.
Y ahora, caminaba entre sus frutos. Entre lo que había nacido… gracias a él.
Cerró los ojos por un instante, sintiendo el aire de la montaña en el rostro. El viento llevaba aromas nuevos: tierra húmeda, maná crudo, esencia de bosque espiritual.
—Este mundo… no es el mismo. —susurró.
Y sin embargo, era hermoso.
Había creado algo… vivo.
No perfecto. Pero vivo.
Y en esa vida, latían los ecos de quienes lo habían amado… y de quienes lo esperarían aún sin saber quién era.
Biel continuó su camino hacia las montañas.
Y en lo alto, entre la niebla que se deshacía como un velo… algo lo observaba.
Una figura gigantesca, de ojos dorados y pelaje como fuego negro, se ocultó entre los riscos.
Las Magische Bestien no dormían.
Pero tampoco todas eran enemigas.
Sin darse cuenta, Biel había entrado en el territorio de las Magische Bestien.
El aire cambió. Se volvió más denso, cargado de un murmullo áspero que se deslizaba entre las rocas como un susurro de muerte. Biel se detuvo un instante, sintiendo cómo el maná del lugar palpitaba de forma extraña, como un corazón roto que aún no sabía que había dejado de latir.
De pronto, un rugido cortó el silencio de la montaña.
Un rugido tan profundo que hizo temblar los riscos, desmoronó pequeñas piedras que rodaron como lágrimas por las laderas, y alcanzó incluso las puertas de Renacelia, a kilómetros de distancia.
En la entrada de la ciudad, los guardias se quedaron helados, sus rostros pálidos como cera.
—¿Acaso… acaso eso no es un rugido de esas bestias…? —preguntó uno, con la voz quebrada.
—Esa dirección… —el otro alzó la mirada, con el sudor cayendo por su frente—. Es por donde el chico de hace rato se dirigió. ¡Imposible! ¿Se habrá topado con esas criaturas?
—Nadie podría sobrevivir ahí… —murmuró el capitán, apretando los puños—. ¡Rápido, llama a un escuadrón de rescate! Que lleven el equipamiento 034 y activen operación G08… ¡ahora!
—¡Sí, señor!
—Recuerden el protocolo 354: rescate sin interacción directa. No intenten enfrentar al espécimen L835K… ¡repito, sin enfrentamiento!
El guardia salió corriendo mientras sus runas de comunicación brillaban en su muñeca. En menos de cinco minutos, diez soldados de élite aparecieron, equipados con armaduras tecnológicas que zumbaban con energía arcana. Sus rifles láser destellaban como un enjambre de luciérnagas asesinas. Las viseras de sus cascos proyectaban datos en tiempo real, y cada paso resonaba como el retumbar de un tambor de guerra.
—Operación G08 activada. —dijo uno, ajustando su guante con un clic metálico—. Objetivo: rescate de civil. Amenaza: Magische Bestien. No entablar contacto directo.
—Equipo, en marcha. —ordenó el líder.
En lo alto de la montaña, donde la niebla era tan espesa que parecía un manto vivo, Biel respiraba lento. Frente a él, cuatro Magische Bestien se arrastraban en círculo, sus cuerpos deformes brillando con líneas de maná oscuro, sus colas arrastrando chispas violetas sobre la roca. Cada paso que daban dejaba huellas ardientes, como brasas encendidas en la tierra.
Pero Biel no retrocedió.
Sus alas demoníacas se plegaron a su espalda, latentes, como dos cuchillas negras que contenían un océano de fuego.
—Así que… ustedes nacieron aquí. —murmuró, mientras sentía un temblor recorrer el suelo bajo sus pies.
Recordaba este lugar. Aquí había caído… cuando su cuerpo ya no resistía más. Aquí había desgarrado el tejido del mundo para reconstruirlo, con la última chispa de su existencia. Había liberado tanta energía que la tierra misma se había resquebrajado, dejando maná condenado, hirviendo, impregnando cada piedra, cada grieta, cada raíz.
Y en ese maná… los lobos salvajes que antes habitaban estas montañas… cambiaron.
—No tienen la culpa… —susurró Biel, con el ceño fruncido—. Todo esto… es mi culpa.
Una de las bestias saltó hacia él, dejando tras de sí un arco de fuego púrpura. Biel abrió las alas, impulsándose hacia arriba en un destello carmesí. La criatura pasó debajo de él, arañando el aire con sus garras como dagas vivas.
Otra bestia se lanzó desde un costado. Biel giró en el aire, esquivándola con un aleteo rápido que hizo temblar la niebla a su alrededor como un oleaje de sombras.
—¡RAAAAGH! —rugió la tercera, saltando desde una roca elevada, abriendo sus fauces llenas de llamas negras.
Biel apretó los puños. Bajó en picada, sus alas cortando el viento con un sonido sibilante, y aterrizó de pie sobre la roca, justo detrás de la bestia. La piedra se resquebrajó bajo su impulso, como si hubiera sido golpeada por un cometa.
—Ellas… solo pelean para sobrevivir. —dijo con un hilo de voz, mientras sentía la presión de su propio poder arder bajo la piel—. Son producto de mi magia… de mis errores…
En ese momento, un destello metálico brilló en la distancia. Biel giró el rostro, con los ojos entrecerrados: soldados armados, descendiendo por la ladera, formando un semicírculo de contención. Sus rifles de energía crepitaban. Una pantalla táctica flotaba frente a ellos, proyectando las coordenadas de Biel y las bestias.
—Esto es malo… —susurró Biel, mientras sentía un escalofrío en la columna—. Si ellos se encuentran con estas criaturas… no saldrán vivos.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Qué debo hacer…?
De pronto, una voz antigua retumbó en su mente. Era un susurro que arrastraba siglos, como un viento polvoriento que cruza un desierto sin nombre.
“Joven portador…”
Biel sintió un estremecimiento. Miró alrededor, pero no había nadie. Solo las bestias gruñendo, el rugir del viento y los ecos de su respiración acelerada.
—¿Quién… eres? —preguntó en voz baja.
“No temas… escucha el pulso de tu poder. Aquello que creaste… también puedes curarlo…”
El corazón de Biel latió con fuerza. El maná en sus venas vibró, como si una marea oculta se despertara.
—Sanar… —repitió, con un susurro cargado de duda y esperanza.
Una de las bestias cargó contra él. Su rugido fue como un trueno, el aire ardiendo a su paso. Biel extendió la mano, pero esta vez… no quiso destruir. Quiso comprender. Quiso… acoger.
—Si este mundo cambió por mí… entonces… —murmuró—. ¡También puedo cambiarlo de nuevo!
Las bestias saltaron al unísono, como sombras vivientes. Biel cerró los ojos, concentrando su maná en el pecho, dejando que se expandiera como un latido de fuego que quemaba y sanaba al mismo tiempo. Sus alas brillaron con un resplandor púrpura, y un vendaval de energía oscura y roja se extendió en círculos, empujando a las criaturas hacia atrás.
Los soldados, desde la distancia, sintieron la onda mágica como un martillazo en el pecho. Sus detectores comenzaron a emitir pitidos rojos.
—¡El nivel de maná… está fuera de escala! —gritó uno, sosteniéndose el casco.
—¡Maldición, retrocedan! ¡Retrocedan! —ordenó el capitán, con la voz ahogada por la estática.
Pero Biel no pensaba en ellos. Solo en esas criaturas. Solo en el peso de su propia historia.
—No volveré a destruir… —dijo con voz temblorosa, mientras gotas de sudor negro caían de su frente—. ¡No más!
Un círculo de runas apareció bajo sus pies, tallado en fuego y oscuridad. Biel extendió los brazos, liberando un rugido silencioso que hizo vibrar el aire. El maná corrupto que impregnaba a las bestias comenzó a desprenderse como polvo negro, flotando en chispas incandescentes que se desvanecían en la nada.
Las criaturas retrocedieron, con gemidos bajos, como si despertaran de una pesadilla.
—¡Váyanse…! —gritó Biel, con lágrimas ardiendo en sus ojos—. ¡Corran, ahora!
Y entonces… como empujadas por un viento invisible, las bestias huyeron, perdiéndose entre la niebla, dejando atrás solo sus huellas ardientes en la roca.
El silencio volvió, pesado, denso.
Biel respiró agitadamente, cayendo de rodillas. Sus alas se deshicieron en fragmentos de maná que brillaron un segundo ante de desvanecerse.
—Lo logré… —susurró, mientras sentía su pecho doler como si le hubieran arrancado un pedazo del alma—. No los maté… esta vez…
Desde la ladera, los soldados lo miraban, inmóviles, como si hubieran presenciado algo imposible.
—¿Qué… qué demonios… fue eso…? —balbuceó uno.
—No lo sé… —dijo el capitán, bajando lentamente su arma—. Pero… ese chico… ¿realmente es humano?
Y en lo alto, donde las nubes parecían tragar la cima de la montaña, un susurro se perdió entre el viento:
“Bien hecho… joven portador…”
Sin perder tiempo, los soldados corrieron hacia Biel, con sus armaduras tecnológicas zumbando como avisperos mecánicos. Aún temblaban por la onda de maná que él había liberado, pero sus miradas estaban fijas en él, con una mezcla de miedo, incredulidad y asombro.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —preguntó el capitán, sudando, con el visor del casco levantado—. ¿Cómo… cómo es posible que estés ileso tras enfrentarte solo a cuatro de esas bestias? ¡¿Quién eres en realidad?!
Biel abrió la boca, pero dudó un segundo. No pensaba que lo habían visto usar su poder… ¡Genial!, pensó amargamente, ¡estupendo Biel, tanto cuidado para nada!
—Yo… bueno… —balbuceó, rascándose la nuca.
Pero antes de que pudiera decir algo más, un viento abrasador descendió de los cielos, levantando polvo y cenizas de la montaña como un remolino de brasas vivas. Un enorme dragón de escamas color celeste emergió de entre las nubes, batiendo sus alas con un estruendo que hizo vibrar los fusiles de los soldados. Su rugido retumbó en las rocas, reventando las piedras cercanas.
De pronto, su forma comenzó a encogerse y retorcerse en un remolino de luces azules. Donde antes había un dragón, ahora se alzaba una chica joven, de cabello corto y celeste, ojos azules y un traje elegante que brillaba como cristal tallado. Sus botas negras dejaban un leve halo de maná en cada paso.
Uno de los soldados retrocedió, con la voz temblando.
—E-ella es… un drakeryano… dragones humanoides…
La chica se llevó una mano a la cintura, arqueó una ceja con una sonrisa burlona y dijo con voz firme:
—¿Quién fue el que desplegó aquel poder de hace un rato?
Biel tragó saliva y alzó la mano con cautela.
—Fui yo…
La drakeryano lo miró de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—No creo que un humano sea capaz de hacer eso. Será mejor que no estés jugando conmigo, chiquillo.
Biel alzó ambas manos, haciendo un gesto de calma.
—Es la verdad… yo fui quien desplegó toda esa energía…
Ella chasqueó la lengua, exasperada, y su mirada se afiló como la hoja de una espada.
—Un humano no es…
Pero antes de que pudiera terminar, Biel liberó un leve destello de maná desde su palma, una brizna oscura que rompió la roca a su lado como si fuera de papel. El viento se alzó en espirales alrededor suyo, levantando polvo y hojas, mientras sus ojos centelleaban.
—Será mejor que se alejen de aquí… —les dijo a los soldados, con voz baja pero llena de tensión—. Esto… se pondrá un poco peligroso.
—¡Espere, joven! —gritó el capitán, estirando una mano hacia él—. ¡Usted no tiene ninguna posibilidad al enfrentar a un drakeryano! ¡Ellos son más fuertes que las Magische Bestien! ¡Son seres que nacieron después de que el héroe se sacrificara hace doscientos años! ¡Están bendecidos de magia…!
Biel pensó para sí mientras exhalaba lentamente: Si también surgieron después de mi muerte… entonces también son parte de mi magia. Así que… claro que podré ganarles.
—Descuiden… —dijo, con media sonrisa—. Por favor, váyanse de este lugar.
Los soldados dudaron, pero comenzaron a retroceder lentamente, mirando a la drakeryano con auténtico terror.
Biel la observó. La chica dragonina levantó el mentón con aire orgulloso y dijo:
—Hm… eres el primero que me habla con tanta… naturalidad. Bien. Te haré una pregunta. ¿Cómo te llamas, humano?
Biel parpadeó.
—¿Eh? …Te estaba a punto de preguntar tu nombre…
La chica abrió los ojos con sorpresa, y luego sonrió con un leve rubor en las mejillas.
—Eres la primera persona que me pregunta mi nombre… me siento halagada. Está bien… te lo diré. Me llamo Ika… y soy la princesa de los drakeryanos.
—¿Princesa? —preguntó Biel, arqueando una ceja—. Vaya… ¿y dónde queda tu reino o ciudad?
Ika hinchó el pecho con orgullo, alzando la barbilla.
—La mayoría de los drakeryanos viven en otros continentes. Pero una parte vive en este continente. A diferencia de ellos, nosotros no tenemos reinos. Nuestra especie… vive en las alturas de esta ciudad, en las cordilleras, en las grandes montañas. Somos libres, no servimos a reyes ni seguimos banderas… oye… espera… —entrecerró los ojos de repente—. ¿Por qué te estoy contando esto a un simple humano? Además… ¡aún no me has dicho tu nombre! ¡Dime cómo te llamas, humano!
Biel suspiró.
—Está bien… me llamo Biel.
Hubo un silencio. Y luego Ika comenzó a reír, con una carcajada que retumbó en las rocas.
—¡¿Qué… qué dijiste?! ¡No digas estupideces! ¡Es imposible que un humano se llame Biel! ¡Ese nombre es sagrado para todos los drakeryanos! ¡Gracias a él, los dragones evolucionamos en drakeryanos! Por eso existe un pacto de no agresión con los humanos… ¡pues aquel Biel fue un humano que alcanzó el poder de un dios!
—¿Eh? —Biel parpadeó—. ¿Así que… hay un pacto solo por… mi… nombre…?
Ika asintió con seriedad.
—Aunque en este momento… se estableció un duelo. Así que no me afecta el pacto. Puedo pelear contigo… y, además, ¡tengo que derrotarte por usar el nombre de nuestro creador!
—¿Eh…? —Biel se llevó una mano al rostro—. Espera… ¿solo vas a luchar conmigo por llevar el nombre de Biel?
Ika infló las mejillas con fastidio.
—¡Sería una deshonra que un humano lleve el nombre de nuestro creador, así como así! Demuestra que eres digno de ese nombre… ¡o te haré tragarte cada letra!
Biel suspiró de nuevo, con el ceño fruncido.
—Qué le pasa a esta loca… si supiera que el creador del que habla soy yo mismo…
Ika lo señaló con el dedo, sus ojos azules chispeando energía.
—¡Prepárate, humano! ¡Te mostraré la fuerza de los drakeryanos!
Biel se acomodó un poco, dejando caer los hombros con resignación.
—Bueno… supongo que no hay otra… —masculló con voz baja—. Tendré que luchar con ella.
En el fondo, sentía una mezcla rara de risa y fastidio. Era casi cómico… enfrentarse a alguien que lo idolatraba sin saber que él mismo era ese ídolo.
—Esto… se pondrá interesante… —murmuró, mientras un relámpago cortaba el cielo, iluminando a Ika, que ya comenzaba a invocar su poder, envolviéndose en un aura celeste que chispeaba como fuego líquido.
—¡Ven, humano Biel! ¡Demuéstrame que mereces ese nombre… o serás devorado por mis llamas celestes!
—¡Ay, dioses…! —dijo Biel, mientras adoptaba una posición de combate—. No hay quien entienda a los drakeryanos…
Y el viento silbó, levantando polvo, mientras el choque entre los dos estaba a punto de comenzar…
Los soldados regresaron corriendo a la puerta principal de la ciudad, sus armaduras rechinando mientras la tensión les helaba la espalda. Justo cuando pisaron el umbral, un estruendo sacudió el suelo, como si un gigante invisible hubiera golpeado las montañas con un martillo de puro fuego.
Los guardias que vigilaban la entrada palidecieron, llevándose las manos a los oídos mientras la tierra temblaba bajo sus pies.
—¿Qué… qué significa esto? —gritó uno, con la voz rota por el miedo—. ¿Acaso… nos está atacando algún terrorista…?
Pero fue uno de los soldados, aún con la respiración agitada, quien respondió con un hilo de voz tembloroso:
—No… no es… ningún ataque terrorista… ese chico… ¡¿qué demonios es ese chico?! —dijo, con los ojos abiertos como platos—. Está… está enfrentándose… a una de las tres especies más fuertes que existen en este mundo… ¡los Drakeryanos!
El guardia tragó saliva, incrédulo, mientras veía cómo un resplandor lejano iluminaba la cordillera.
—E-espera… ¿qué dijiste? —murmuró—. ¿Ese chico de hace rato… está luchando contra un Drakeryano…? Eso… eso tiene que ser una broma… esos seres son… son…
—¡Son recontra fuertes! —chilló el soldado, negando con la cabeza—. ¡Si no fuera por la barrera que reduce la fuerza de seres superiores a igualar el poder de un humano, todo el poder de ellos se desataría con destrucción, y aun así los estruendos llegan hasta aquí! ¡Esos no son truenos… son golpes! ¡Choques de puños… entre esas dos monstruosidades!
Los guardias se quedaron mudos, mientras un nuevo estruendo rompía la calma, sacudiendo las murallas de Renacelia como un martillo que azotara campanas gigantes.
En la cordillera, Biel se impulsaba por el aire, esquivando cada ataque que Ika lanzaba. Sus alas demoníacas cortaban el viento como cuchillas negras, dejando un rastro de chispas rojas que chisporroteaban en la penumbra.
Ika, envuelta en un aura celeste que ardía como fuego líquido, lanzaba zarpazos con la mano, creando ondas de energía que partían las rocas y quemaban el aire.
—¡Tsk… maldición… es rápida…! —murmuró Biel, mientras giraba en el aire, esquivando un tajo que desintegró un risco detrás suyo.
Ika rugió, sus ojos azules centelleando.
—¡Qué te pasa, humano! ¡Si solo esquivas… nunca podrás ganarme!
Biel apretó los dientes, con gotas de sudor negro resbalando por su mejilla.
—Dunkle Sphären… —susurró, mientras extendía ambas manos. De sus palmas surgieron esferas oscuras que relampagueaban con un brillo púrpura, disparándose hacia Ika como meteoritos diminutos.
Pero ella soltó una carcajada, desplazándose hacia un costado con un giro elegante, sus alas de energía envolviéndola como un escudo viviente.
—¿Es todo lo que tienes? —dijo, con burla—. ¡Puedo ver tus esferas moverse… es como esquivar luciérnagas patéticas!
Biel se mordió el labio. Su respiración era pesada, su maná hervía como lava en sus venas, pero sabía que Ika era distinta a cualquier bestia que hubiera enfrentado. Sus sentidos… eran casi perfectos.
No puedo seguir a la defensiva… si lo hago, tarde o temprano me matará…
Ika descendió con velocidad, rompiendo la atmósfera con un estruendo que hizo temblar la montaña, un puño envuelto en fuego azul listo para aplastarlo.
—¡Muere de una vez, impostor…!
Biel gritó, alzando los brazos. Un aura oscura lo envolvió, como un océano de sombras que se retorcían y chillaban en un idioma sin nombre.
De pronto, su forma cambió. Sus alas se tornaron más grandes, su vestimenta cambio por completo, elegante y llena de oscuridad. Sus ojos ardieron en púrpura, y su piel se cubrió de runas oscuras que latían como venas vivas.
La forma imperfecta del Rey Demonio se alzó. Un remolino de energía negra sacudió el campo de batalla, levantando rocas y polvo, tragando la luz del sol.
Ika se detuvo en seco, su puño a centímetros del rostro de Biel.
—¿Así que… te puedes transformar…? —susurró, con una sonrisa salvaje—. Esto se pone… ¡interesante! ¡Veo que no llevas el nombre de nuestro creador sin motivos… pero aun así…!
El aura celeste de Ika creció como un mar de fuego, iluminando el cielo nublado.
—¡Sigue siendo una ofensa… que un simple humano, que usa magia de oscuridad común… cargue con el sagrado nombre de Biel!
Biel la miró, con el ceño fruncido. Sus alas se sacudieron, liberando chispas rojas que crepitaban en el aire como brasas vivientes.
—Este nombre… me lo dieron mis padres… —dijo con voz firme, su tono cortante como un filo helado—. Es mi nombre… ¡y no pienso devolverlo!
—Tus padres… ¡bah! —rugió Ika, cargando de nuevo—. ¡No me importa de dónde salió ese nombre… un humano nunca debería…!
Biel detuvo su puño con la palma, una explosión de energía sacudió el aire, rompiendo los riscos cercanos en mil fragmentos.
—¡Cállate…! —gruñó Biel, con los ojos ardiendo—. ¡Este nombre… es mío… lo defenderé… aunque tenga que derribar montañas!
Ika retrocedió un segundo, sorprendida, pero luego sonrió, mostrando los colmillos.
—Vaya… tienes agallas, humano… ¡me gustas! Pero… ¡eso no cambiará nada!
Se abalanzó sobre él, y ambos chocaron puño con puño. Un estruendo recorrió la cordillera, agrietando el suelo y levantando un pilar de energía que iluminó el cielo nublado.
Los soldados, a lo lejos, se cubrieron los ojos ante la luz cegadora.
—¡Por… los dioses…! —susurró uno, cayendo de rodillas—. ¡Ese chico… está luchando de igual a igual con… un Drakeryano…!
El capitán tragó saliva, con las manos temblando.
—No… es… humano…
Biel se impulsó hacia atrás, jadeando, mientras su aura negra crepitaba con furia. Ika lo persiguió, sus garras cubiertas de fuego azul dejando estelas de luz en el aire. Cada choque era un trueno, cada esquive un destello que arrancaba trozos de roca de las montañas.
—¡Eres rápido… para un humano! —gritó Ika, mientras giraba en el aire y lanzaba una patada envuelta en llamas celestes.
Biel cruzó los brazos, recibiendo el golpe. Un anillo de energía explotó a su alrededor, destrozando el suelo bajo sus pies.
—¡Argh…! —escupió un hilo de sangre, pero sonrió con fiereza—. Tienes fuerza… princesa loca… pero… ¡no te dejaré ganar…!
Ika rugió, dejando escapar un estallido de chispas por su boca.
—¡Demuestra que eres digno… de ese nombre… humano…! ¡O… muere!
—¡Ya basta…! —gritó Biel, impulsándose hacia ella con un rugido propio.
Ambos chocaron en el aire, puño contra puño, creando una esfera de energía que devoró la luz del sol, mientras el viento aullaba alrededor como un coro de fantasmas.
Así que… esta es la fuerza de los Drakeryanos… pensó Biel, mientras sentía sus huesos vibrar, su sangre hervir como lava. Pero… este mundo… lo construí yo mismo… ¡y lo protegeré… incluso de ti…!
Los ojos de Biel centellearon, y con un rugido, liberó una explosión de magia oscura que hizo retroceder a Ika. Ella giró en el aire, cayendo sobre una roca, con el labio roto y una chispa de emoción salvaje en sus ojos.
—Vaya… —dijo, limpiándose la sangre con el dorso de la mano—. Así que no eres un humano común…
—Te lo… dije… —respondió Biel, con la voz ronca—. No pienso… rendirme…
El combate apenas comenzaba… y la montaña era su único testigo.
Eres fuerte, humano —dijo Ika, con la respiración agitada mientras su aura celeste crepitaba alrededor como un incendio en un bosque de maná—. Pero yo… no pienso perder.
Biel se impulsó hacia atrás, dejando un rastro de energía oscura que devoraba la luz del atardecer. Sus ojos centelleaban con determinación mientras sentía cada músculo vibrar como un tambor de guerra.
—Yo tampoco pienso perder hoy —respondió, su voz cargada de un filo que podría cortar montañas—. ¡No dejaré que me arrebates nada…!
Ika sonrió, mostrando los colmillos mientras se limpiaba la sangre del labio.
—Entonces… —murmuró—. Demos todo en un último ataque…
—Está bien… —asintió Biel—. Hagámoslo.
El aire entre ellos se tensó como un cable de acero a punto de romperse. Un viento salvaje comenzó a soplar desde las montañas, levantando escombros, polvo y fragmentos de roca que giraban en un remolino frenético, como si el mundo mismo contuviera el aliento ante lo que estaba por ocurrir.
Ika extendió los brazos, sus alas de energía desplegándose como velas de fuego azul, mientras su aura crecía, devorando cada sombra a su alrededor. Sus ojos ardieron como soles diminutos.
—¡Te mostraré… la fuerza de los Drakeryanos…! —gritó, mientras su voz retumbaba en el aire, partiendo las nubes del cielo.
Biel apretó los puños, sus alas demoníacas temblando de pura rabia contenida, mientras su maná negro surgía de su cuerpo en espirales densas, que se retorcían como serpientes hambrientas. Su mirada estaba clavada en Ika, y un rugido sordo brotó de su garganta.
—¡Ven…! —gritó—. ¡Te aplastaré… aquí y ahora…!
Ambos se impulsaron al mismo tiempo, sus cuerpos convirtiéndose en destellos de luz, uno celeste, otro negro. El choque fue tan brutal que un anillo de energía explotó entre ellos, partiendo las montañas y levantando un pilar de viento que rasgó el cielo en dos.
BOOM
El mundo tembló. El suelo se agrietó en mil direcciones. Rocas del tamaño de casas volaron por los aires como si fueran hojas, mientras relámpagos de pura energía maná brotaban en cada dirección, destrozando todo lo que tocaban.
Ika rugía mientras lanzaba puñetazos cubiertos de fuego azul que hacían vibrar el aire, rompiendo la atmósfera como vidrios estallando. Biel se movía entre sus golpes, sus alas cortando el espacio como cuchillas de obsidiana.
—¡Espinas de Penumbra! —gritó Biel, invocando cuchillas de maná negro que disparó hacia Ika.
Ella las esquivó con un giro elegante, su cuerpo danzando como un cometa de fuego celeste, mientras su voz cortaba el aire:
—¡Eso no servirá… humano! ¡Tus trucos oscuros… no podrán contra un Drakeryano…!
Biel apretó los dientes, lanzándose de nuevo contra ella, intercambiando golpes que sacudían el mundo. Cada puñetazo era un trueno, cada bloqueo un estruendo que hacía retroceder las montañas.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
—¡GRAAAAH! —gritó Ika, mientras sus garras cubiertas de fuego celeste cortaban el aire hacia el pecho de Biel.
—¡RAAAAAH! —respondió Biel, bloqueando el ataque con el antebrazo, mientras un anillo de energía negra explotaba entre ambos, haciéndolos retroceder varios metros.
El sudor de Biel se evaporaba en el aire ardiente. Su respiración era un rugido entrecortado, pero sus ojos nunca dejaron de brillar con esa chispa inquebrantable.
—Ika… —murmuró, mientras una gota de sangre caía de su labio—. ¡No… perderé…!
Ika se rio, sus ojos encendidos por la emoción salvaje de la batalla.
—¡Eso… eso me gusta… humano…! ¡Así debe ser…! ¡Ahora… recibe mi poder… absoluto…!
Ika abrió las alas al máximo, un círculo mágico celeste apareció bajo sus pies, tallado en runas dracónicas que chisporroteaban electricidad pura. Biel sintió un escalofrío recorrerle la columna mientras la presión mágica aumentaba como una marea infinita.
—¡Desaparece… ante el rugido celestial…! —gritó Ika, mientras un pilar de fuego azul surgía de su cuerpo, devorando todo a su alrededor.
Biel apretó los puños, su maná oscureciéndose hasta volverse un pozo de pura sombra.
—¡No… lo permitiré…! —rugió, mientras su aura explotaba como un sol negro, creando un torbellino de energía que chocó contra el pilar de fuego azul.
El choque fue titánico. Un rugido sordo llenó todo, mientras las montañas se partían, y las nubes eran barridas del cielo como humo ante un huracán. Un haz de luz celeste y otro negro se empujaban mutuamente, chocando en el centro en una tormenta de relámpagos y energía cruda.
Ika gritaba con todas sus fuerzas, mientras Biel apretaba los dientes, sintiendo sus huesos crujir, su carne rasgarse, su sangre hervir.
—¡NO… PERDERÉ…! —gritó Biel, mientras un rugido demoníaco escapaba de su garganta.
Un destello púrpura brotó de su pecho, expandiéndose como un relámpago que devoró el cielo. Ika abrió los ojos con sorpresa, sintiendo cómo la presión oscura de Biel la empujaba hacia atrás.
—¡¿Qué… qué es este poder…?! —rugió, mientras el suelo bajo ella se desintegraba en polvo.
—¡Yo… soy… Biel…! —gritó él, con la voz rota—. ¡Y no perderé… ante nadie…!
Con un rugido final, Biel liberó todo su maná. Un torrente de sombras, fuego púrpura y relámpagos devoró el ataque de Ika, rompiendo su pilar de fuego celeste como si fuera cristal.
Ika gritó mientras era arrastrada por la energía, estrellándose contra la montaña con un estruendo que sacudió el mundo.
BOOOOOOOM
Un silencio pesado cayó, mientras polvo y escombros cubrían todo. El viento sopló suavemente, llevando consigo cenizas negras que flotaban como pétalos muertos.
Biel respiraba con dificultad, de pie entre un cráter humeante. Su aura se desvanecía lentamente, sus alas rompían en fragmentos de energía que se deshacían en el aire.
—Lo… logré… —murmuró, mientras sentía su cuerpo temblar.
Entre los escombros, Ika se levantó lentamente, sus alas desapareciendo, su cuerpo herido, pero su sonrisa intacta.
—Tienes razón… humano… —dijo con voz débil pero firme—. No… eres… un simple humano…
Biel la miró, sus ojos aun ardiendo, pero su voz sonó suave, cargada de cansancio y algo parecido a respeto.
—Gracias… Ika…
Y entonces, ambos cayeron de rodillas, exhaustos, mientras el sol volvía a asomar entre las nubes rotas.
La batalla había terminado… pero algo nuevo… apenas comenzaba.
Biel e Ika yacían en el suelo, ambos respirando como si hubieran corrido mil batallas en un instante. El polvo aún flotaba en el aire como cenizas de un incendio recién apagado, mientras las nubes fragmentadas dejaban pasar la luz del sol, bañándolos en destellos dorados.
Ika rió suavemente, su voz temblando entre jadeos.
—Eres… impresionante, Biel… —dijo, con un suspiro cargado de cansancio—. Eres la primera criatura en darme una buena pelea… nunca pensé que llegaría a perder en este mundo… vaya que confundida estaba… pero bueno… —sonrió, con un brillo salvaje en los ojos—… tienes una gran determinación… que me gustaría tener… Sin embargo, no te confíes del todo —añadió, recobrando un poco de su altivez—. Ganaste porque hay una barrera que equilibra el nivel de poder de los seres fuertes, obligándolos a estar a la par de los humanos. Si te hubiese enfrentado fuera de esta zona, el resultado sería otro muy distinto.
Biel guardó silencio un segundo, asimilando la revelación. Sus ojos recorrieron los edificios circundantes, como si buscara los hilos invisibles de esa limitación.
—Así que fue eso… —murmuró Biel, cruzándose de brazos—. Ya presentía que había algo raro en esta ciudad. Las fuerzas se sentían… artificiales.
Ika asintió levemente, reconociendo la intuición de su oponente.
—Igual, de todos modos —concluyó ella, sin quitarle mérito—, posees un gran poder. Para haber aprovechado esa paridad y vencerme… definitivamente eres un humano especial.
Biel la miró, arqueando una ceja mientras se sentía entre halagado y exhausto.
—Tch… si me sigues halagando… podría enrojecer, princesa —dijo en voz baja, intentando levantarse.
Ika soltó una carcajada y se incorporó lentamente, sacudiendo el polvo de su ropa.
—Nos volveremos a ver, Biel… —murmuró, mientras una ráfaga de viento celeste giraba a su alrededor. Su cuerpo comenzó a brillar, transformándose de nuevo en un dragón majestuoso de escamas celestes. Sus alas se extendieron, cubriendo el cielo por un instante.
—Hasta entonces… no mueras… —rugió, mientras batía las alas y se elevaba, dejando un remolino de hojas y polvo en su partida.
Biel la siguió con la mirada, suspirando.
—Así que… esa es la fuerza… de una de las razas que nacieron… por mi poder y eso que están siendo equilibradas por esta barrera… —susurró, sintiendo un leve escalofrío al recordarlo.
Entonces, una energía oscura brotó de su pecho, envolviéndolo como un manto protector. Sus heridas comenzaron a cerrarse, la sangre desapareció como tinta borrada, y sus huesos crujieron mientras se alineaban de nuevo. Biel se incorporó, sacudiéndose los restos de polvo de su hombro con un gesto despreocupado.
—Bueno… tendré que volver a la ciudad… —dijo, chasqueando la lengua—. Quería relajarme un poco, pero… creo que no pude relajarme ni un segundo…
En la entrada de Renacelia, los soldados seguían ahí, nerviosos, sus fusiles láser en la mano mientras observaban con incredulidad el camino destrozado que subía a la montaña.
—¿Escuchas eso…? —susurró uno, mientras un leve temblor sacudía el suelo.
De pronto, Biel apareció caminando entre la polvareda, con las manos en los bolsillos y una sonrisa cansada en el rostro. Parecía un joven normal… salvo que detrás de él, una montaña entera estaba partida en dos, como si un dios furioso la hubiera cortado con un cuchillo de luz.
—¡Oye… chico…! —gritó el capitán, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Quién… eres…?
Biel se detuvo, alzando una ceja con una mueca divertida.
—Solo soy un humano… común y corriente… —respondió con fingida inocencia.
—¡¿Humano común y corriente…?! —chilló el soldado, señalando la montaña partida—. ¡Un humano común y corriente no puede hacer ESO…!
Biel giró el rostro, viendo la montaña partida en dos, y tragó saliva.
—Ehh… bueno… yo… esto… —balbuceó, buscando excusas que nunca llegaban.
El capitán dio un paso adelante, con el rostro desencajado.
—Pero lo más inquietante… —dijo, con la voz temblando—… ¡es que derrotaste a un Drakeryano! ¡Eso es imposible… los Drakeryanos son veinte… ¡treinta veces más fuertes que las Magische Bestien! Ningún humano… podría hacer eso…
Biel rascó su nuca, soltando una risa incómoda.
—Bueno… yo… supongo que… entrené… mucho… —dijo, intentando sonar humilde.
—¡Tú no eres de este mundo…! —gritó el soldado, mientras los otros asentían nerviosos—. ¡Nadie puede hacer eso…!
Antes de que pudieran seguir, una figura se materializó suavemente junto a ellos. Era la directora, Enit, envuelta en un leve resplandor de maná blanco que ondulaba como una llama serena. Su cabello plateado flotaba ligeramente, como si la gravedad dudara en atreverse a tocarla.
—¿Qué hace alguien tan importante aquí…? —preguntó un guardia, con la voz trémula.
Enit sonrió, como si la pregunta fuera una suave caricia.
—Vengo… por ese chico —dijo, apuntando a Biel—. Lo llevaré al Instituto de Historia Mágica… es uno de nuestros alumnos… y creo que… se ha metido en algunos problemas.
—¡Entonces… usted… se va a hacer cargo de él…! —gritó el capitán, boquiabierto—. Ese chico… derrotó a un Drakeryano… ¡no puede ser humano…!
—Lo sé —respondió Enit con un susurro cargado de dulzura—. Lo vi… todo.
—¡Lo… lo vio… todo…?! —dijeron los guardias, en un coro de incredulidad.
—En fin… —dijo Enit, girándose hacia Biel—. Vámonos, Biel.
Biel suspiró, encogiéndose de hombros.
—Está bien… ya voy… —respondió con tono resignado.
Mientras caminaban juntos hacia el Instituto, la luz del sol comenzaba a ponerse, tiñendo las calles de Renacelia de un naranja cálido. El aire olía a polvo, magia… y a algo parecido a tranquilidad.
—Ese combate contra la Drakeryano… —dijo Enit, con una leve sonrisa juguetona—… sí que fue impresionante…
Biel desvió la mirada, sonrojándose un poco.
—No está molesta… porque haya revelado… un poco de mi poder… ¿verdad…?
Enit se llevó un dedo a los labios, con un brillo pícaro en sus ojos dorados.
—Para nada… —dijo, acercándose un poco a él, tanto que Biel sintió su perfume, un aroma suave a flores del bosque—. De hecho… me siento… emocionada… de haberte visto en acción…
Biel tragó saliva, con un escalofrío recorriéndole la espalda.
—O-oye… Enit… no me mires así… —murmuró, apartando la vista mientras sus orejas se ponían rojas.
—¿Así… cómo…? —preguntó ella, ladeando la cabeza, dejando que un mechón plateado le rozara la mejilla—. Solo… estoy admirando al chico… que tanto me interesa…
—¡P-para…! —dijo Biel, levantando las manos como si enfrentara un monstruo peor que Ika—. ¡No digas cosas así… tan de repente…!
Enit rio suavemente, su risa era como un campanilleo cristalino que hizo vibrar el aire.
—Eres tan adorable… cuando te sonrojas… —susurró, mirándolo con dulzura—. Quizás… debería verte pelear más seguido…
—¡No, no, no…! —dijo Biel, con las mejillas ardiendo—. ¡No uses mi sufrimiento como entretenimiento…!
—Bueno… —dijo Enit, acariciando su cabello con suavidad—. Entonces… quédate conmigo… para que pueda… protegerte…
Biel se congeló, mientras un cosquilleo le subía por la espalda como un enjambre de mariposas.
—E-enit… —murmuró, desviando la mirada mientras su corazón golpeaba en su pecho—… no juegues conmigo… así…
—No estoy jugando… —susurró ella, con un leve rubor en sus mejillas mientras entrelazaba su mano con la de Biel—. Después de todo… no pienso… dejarte ir…
Biel abrió la boca, pero las palabras no salían. Por un instante, el mundo pareció detenerse, con solo el sonido de sus latidos llenando el aire.
—Vamos… —dijo Enit finalmente, con una sonrisa llena de ternura—. Aún tenemos… un largo camino juntos…
Biel tragó saliva y asintió, con el rostro aún encendido.
—S-sí… —susurró—… vamos…
Mientras caminaban hacia el Instituto, las estrellas comenzaron a asomar en el cielo, titilando como testigos silenciosos de un futuro que apenas comenzaba a escribirse… lleno de magia, amor… y un destino que nadie… ni siquiera los dioses… podían prever.
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