Fragmento de lo Infinito - Capítulo 83
- Inicio
- Fragmento de lo Infinito
- Capítulo 83 - Capítulo 83: Capítulo 82: El Legado del Nombre Sagrado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 83: Capítulo 82: El Legado del Nombre Sagrado
Después del emotivo anuncio que selló oficialmente su ingreso al Instituto, muchos estudiantes corrieron a dar la noticia a sus familias. Las voces emocionadas se esparcían como luciérnagas por los jardines encantados, llenando el aire de risas, abrazos y promesas de un futuro brillante.
Pero no todos celebraban de la misma forma.
Biel se separó del grupo en silencio. Sus amigos lo vieron marcharse sin decir palabra, y aunque Acalia frunció el ceño como queriendo ir tras él, Sarah la detuvo con un gesto suave.
—Déjalo. Necesita ese momento… —dijo, con una intuición que venía de algo más profundo que la razón.
Mientras los demás se iban con sus familias, Biel se dirigió hacia las afueras de la ciudad. No por nostalgia, sino por necesidad. Su mirada se alzaba con calma, como si cada edificio y cada piedra del camino le hablara directamente al alma.
Y es que, en cierto modo… lo hacían.
Sus pasos lo guiaron por calles que no había recorrido antes, adoquinadas con símbolos arcanos que brillaban levemente al contacto con su maná. La brisa de la tarde acariciaba su cabello, y el cielo artificial de Renacelia comenzaba a teñirse de naranjas y dorados suaves, como si la ciudad misma supiera que estaba por presenciar algo íntimo.
A medida que avanzaba, sus ojos no podían dejar de observarlo todo con una mezcla de asombro y respeto. Era como ver dos mundos fundidos en uno solo: la majestuosidad de un reino medieval y el ingenio de una civilización tecnológica. Torres flotantes cubiertas de hiedra mágica, puentes de cristal que vibraban con la energía de maná, estatuas que narraban historias cuando uno se acercaba… y entre todo eso, la calidez de una ciudad viva.
—Esto es… una locura hermosa —murmuró para sí, alzando la vista hacia una torre que parecía respirar.
Cada rincón tenía detalles que hablaban de una intención amorosa. Esta no era una ciudad común. No había sido construida por nobles para gobernar, ni por magos para encerrarse. Esta ciudad tenía alma. Y él la sentía… porque la conocía.
Él era la razón de que existiera.
Porque doscientos años atrás, cuando ya era alguien temido y respetado en todo el continente, cuando su poder había eclipsado incluso a los dioses… ellos llegaron.
Sus antiguos compañeros de colegio.
No lo hicieron buscando poder. No llegaron para pelear. Cruzaron mundos, portales y abismos con una sola razón: verlo. Estar con él. Entender lo que había pasado.
Y al ver en quién se había convertido Biel… no huyeron.
Se quedaron.
Y decidieron construirle un hogar.
Renacelia nació de ese amor silencioso, de esa lealtad que no necesitaba palabras. Los años pasaron. Fundaron familias. Tuvieron hijos. Enseñaron, rieron, vivieron. Y al final, uno a uno… murieron de vejez.
Pero la ciudad quedó.
Una promesa suspendida en el tiempo, esperando su regreso.
—Ustedes… realmente lo hicieron. —susurró Biel, con una sonrisa triste.
Mientras pasaba junto a una pequeña plaza rodeada de faroles encantados, se detuvo frente a un escaparate de vitrales danzantes. Era una tienda de ropa encantada, y tras el cristal, un hombre mayor lo observaba con curiosidad. Tenía barba blanca perfectamente recortada y ojos que parecían contener más de un siglo de historias.
El hombre salió de la tienda, apoyado en un bastón encantado que dejaba destellos dorados con cada paso.
—Jovencito… —dijo con tono afable—. Veo que eres nuevo por aquí. ¿Te has quedado impresionado por la belleza de la ciudad, ¿verdad?
Biel parpadeó, aún hipnotizado por lo que lo rodeaba.
—Sí… es hermosa. Es como si dos épocas se tomaran de la mano. Medieval y tecnológica, magia antigua y ciencia avanzada. Como si alguien hubiera querido conservarlo todo… y lo hubiera logrado.
El anciano sonrió, con un brillo nostálgico en los ojos.
—Efectivamente, joven. Esta ciudad nació hace doscientos años… cuando un grupo de jóvenes y sus familias llegaron desde otro mundo. Vinieron aquí por una sola razón: honrar al héroe del eclipse.
Los ojos de Biel se entrecerraron.
—¿Desde otro mundo…?
—Así es. Eran compañeros del héroe. Compañeros de escuela, según cuentan los archivos más antiguos. Cuando llegaron, él ya era una leyenda viviente. Lo vieron. Vieron lo que se había convertido… y aun así no lo temieron. Lo reconocieron. Y con lágrimas y orgullo… decidieron quedarse.
El viejo apuntó con su bastón hacia una avenida al este, donde una cúpula luminosa marcaba el horizonte.
—Construyeron esta ciudad para él. Para que algún día, si regresaba, tuviera un lugar que lo recordara… que lo recibiera como hogar. Aunque ellos ya no estén, su voluntad sigue viva aquí. Sus nombres están inscritos en los pilares del museo mágico. Y también… el mensaje final del héroe.
Biel sintió un estremecimiento. Una ola de recuerdos se agitó dentro de él, como un eco que había esperado siglos para despertar.
“Así que… lo guardaron. Ese mensaje.”
—Vaya… es interesante. Deberé ir algún día. —dijo en voz baja.
—Tienes alma curiosa, muchacho. Me agradas. ¿Cómo te llamas?
Biel miró al cielo, donde nubes de maná danzaban lentamente como plumas flotantes en el aire.
—Mi nombre es Biel.
El bastón del anciano se detuvo.
Su rostro se transformó lentamente: de amable a perplejo, de perplejo a emocionado, de emocionado a reverente.
—¿Biel…? ¿Tu nombre es Biel?
—Así es.
El hombre bajó la cabeza por un momento, como si ofreciera respeto silencioso. Luego, susurró:
—Nunca imaginé que llegaría a conocer a alguien con ese nombre… Llevar el nombre del héroe es algo grande. Jovencito… haz el bien por ese nombre. No lo uses jamás para el mal.
Biel sostuvo su mirada y respondió con voz firme:
—Lo haré. No solo por el nombre… sino por quienes lo crearon con tanto amor.
El anciano asintió lentamente.
—Entonces… ya estás en casa. Cuídate, Biel. Y no olvides visitar el museo. Allí también está… la promesa.
—Nos veremos, señor. Gracias por todo.
Biel retomó el paso, y mientras avanzaba, notó que el viento acariciaba su rostro con la suavidad de un suspiro antiguo. Como si alguien, en algún rincón del pasado, lo hubiera estado esperando todo este tiempo.
La ciudad no solo era hermosa.
Era una carta de amor escrita en piedra y magia.
Y él… por fin estaba leyendo la respuesta.
Las puertas de Renacelia se alzaban frente a él como gigantes dormidos, talladas con símbolos antiguos que brillaban sutilmente con la luz de la tarde. El portón que se abría hacia el mundo exterior estaba custodiado por dos guardias, cubiertos con armaduras encantadas que respondían al pulso mágico de la ciudad.
Biel llegó hasta ellos con paso sereno, aunque sus pensamientos danzaban como llamas inquietas dentro de su pecho.
Uno de los guardias, un hombre robusto con barba corta y ojos vigilantes, dio un paso adelante y alzó la mano con respeto, pero sin perder el tono protocolar.
—¿A dónde se dirige, joven?
Biel levantó la mirada, su tono fue tranquilo pero firme.
—Voy a las afueras de la ciudad. Necesito… aire.
El guardia lo miró de arriba abajo. Aunque su ropa era sencilla, había algo en su presencia que no podía explicarse con palabras. Una gravedad silenciosa. Un aura que no se veía, pero que obligaba a respetarlo.
—Tenga mucho cuidado. A veces puede ser peligroso allá afuera. —bajó un poco la voz, como si compartiera un secreto del mundo—. Magische Bestien rondan por esos caminos. No siempre, pero cuando aparecen… no hay música que las calme.
Biel asintió.
—Tendré cuidado.
Sin más, las puertas se abrieron lentamente con un gemido de piedra viva. El viento del exterior sopló con una libertad distinta, menos pulida, más cruda. Como si dijera: “Aquí afuera no hay leyes, solo instinto.”
Biel cruzó el umbral y, en cuanto lo hizo, la ciudad quedó a su espalda como un recuerdo contenido en cristal.
El camino era irregular, rodeado de montes verdes, campos de energía latente y cielos que ya no estaban cubiertos por la armonía artificial del instituto. Aquí el viento era salvaje, y las nubes se formaban como dragones de vapor, rugiendo mudos mientras giraban sobre cumbres lejanas.
Se dirigió hacia las montañas del este, donde alguna vez se habían sellado fragmentos de poder caótico en el antiguo mundo. Aunque todo había sido reconstruido, las cicatrices del universo seguían hablando… en susurros que solo algunos sabían escuchar.
Mientras avanzaba, Biel pensó en lo que el guardia había mencionado: las Magische Bestien.
—¿Qué son exactamente? —murmuró mientras sus botas levantaban polvo de maná dormido—. ¿Criaturas mágicas… nacidas después de la reconstrucción?
Y entonces lo recordó.
Cuando él reconstruyó el universo, no todo volvió como antes. Las piezas se reordenaron, sí… pero el alma del mundo se reescribió. En ese proceso, surgieron nuevas razas, nuevas bestias… nuevas voluntades.
Las Magische Bestien eran una de ellas. Criaturas nacidas del exceso de maná condensado. Bestias sin dueño, sin propósito, moldeadas por emociones salvajes, ruinas olvidadas o simples deseos atrapados en la reconstrucción del plano espiritual.
Seres que no debían existir… y sin embargo, existían.
Y no estaban solos.
Junto a ellas, había razas nuevas. Algunas surgidas de las cenizas. Otras, de la misma esperanza.
Los demonios, por ejemplo, casi desaparecieron tras la destrucción del Reino Demoníaco a manos de Khios. Fue un cataclismo que dejó marcas en la tierra… y en el alma del plano etéreo. Pero no se extinguieron. Evolucionaron.
De los demonios… nacieron los Archadeamon. No tenían cuernos ni alas. No los necesitaban. Su sola presencia era una presión invisible que doblaba el aire a su alrededor, como si el mundo mismo contuviera el aliento al verlos pasar. Vestían sombras como si fueran seda, caminaban con pasos que no dejaban huella, y sus ojos —profundos como abismos conscientes— eran capaces de ver más allá del alma.
No eran monstruos. Eran nobleza infernal.
Sabios por el sufrimiento. Elegantes en su letalidad.
Cada palabra que pronunciaban parecía una sentencia.
Y aun así… no buscaban la guerra. Solo equilibrio.
El cataclismo que destruyó su reino no los quebró.
Los refinó.
Los espíritus tampoco se mantuvieron igual. La reconstrucción los envolvió y los elevó. Dejaron atrás su forma etérea y nacieron como Sylphid, seres de viento cristalino y voz de ecos múltiples. Vivían entre planos, como si la gravedad no pudiera atarlos.
Y los elfos, guardianes del equilibrio, sintieron el llamado de la renovación. Sus cuerpos y mentes se fusionaron con las antiguas raíces del nuevo bosque madre. Así nacieron los Eldrath: elfos de piel de savia, mirada de galaxia y corazones en sincronía con los ciclos de la vida universal.
Sin embargo, no todos cambiaron.
Los humanos continuaron siendo como siempre: versátiles, caóticos, emotivos.
Los ángeles siguieron caminando entre la fe y la duda.
Los vampiros, eternos testigos del tiempo, mantuvieron sus pactos de sombra y elegancia.
Los espíritus élficos, puentes vivos entre dos mundos, conservaron su forma híbrida, mitad tierra, mitad éter.
Y además… nacieron nuevas razas.
Las primeras en aparecer fueron las hadas, como cenizas de estrellas revividas. Pequeñas, relucientes, capaces de curar con sus canciones o maldecir con una sola risa. Flotaban sobre los campos aún humeantes del nuevo mundo, trayendo esperanza donde solo quedaba ruina.
Luego, los cielos rugieron.
No eran dragones… no exactamente.
Eran los Drakeryanos: humanoides de sangre dracónica. Alas que brillaban como forjas ardientes, escamas relucientes como armaduras sagradas. Eran memoria viva del linaje perdido. Orgullo alado buscando propósito.
En lo profundo de la tierra, despertaron los nuevos enanos. Pero estos no eran forjadores comunes. Eran artesanos del alma. Su piel grabada con runas. Su voz, un eco de martillo y espíritu. Capaces de moldear energía pura como si fuera acero líquido.
Y no eran los únicos.
De la primera luna negra, surgieron los Umbrelianos. Figuras de sombra densa, sin boca, sin voz, pero con pensamientos que se proyectaban como susurros mentales. Su piel era humo, y sus ojos… luciérnagas negras parpadeando en el abismo.
Del cielo descendieron los Celestborn, mezcla de ángeles y ecos espirituales. Su presencia era luz sólida. Donde caminaban, la tierra florecía. Algunos los adoraban como santos… otros los temían como heraldos de juicio.
Desde los bosques reencarnados, emergieron los Arborianos: seres mitad árbol, mitad espíritu. De sus hombros crecían ramas. De su aliento, brotaba clorofila. Eran los oradores de la naturaleza… y la selva les respondía.
De los océanos renacidos salieron los Marevios, criaturas acuáticas de piel tornasolada y canto hipnótico. Gobernaban las aguas con elegancia salvaje. Sus ciudades de coral eran como catedrales líquidas que solo los elegidos podían encontrar.
Y por último, los Feralkin, tribus errantes de fusión salvaje. Mitad bestia, mitad hombre, pero con garras de honor y colmillos de sabiduría. Sus aullidos no eran guerra… eran oración.
Todas estas razas ahora convivían en este nuevo mundo.
Un mundo que Biel había reconstruido con lágrimas, poder… y amor.
Y ahora, caminaba entre sus frutos. Entre lo que había nacido… gracias a él.
Cerró los ojos por un instante, sintiendo el aire de la montaña en el rostro. El viento llevaba aromas nuevos: tierra húmeda, maná crudo, esencia de bosque espiritual.
—Este mundo… no es el mismo. —susurró.
Y sin embargo, era hermoso.
Había creado algo… vivo.
No perfecto. Pero vivo.
Y en esa vida, latían los ecos de quienes lo habían amado… y de quienes lo esperarían aún sin saber quién era.
Biel continuó su camino hacia las montañas.
Y en lo alto, entre la niebla que se deshacía como un velo… algo lo observaba.
Una figura gigantesca, de ojos dorados y pelaje como fuego negro, se ocultó entre los riscos.
Las Magische Bestien no dormían.
Pero tampoco todas eran enemigas.
Sin darse cuenta, Biel había entrado en el territorio de las Magische Bestien.
El aire cambió. Se volvió más denso, cargado de un murmullo áspero que se deslizaba entre las rocas como un susurro de muerte. Biel se detuvo un instante, sintiendo cómo el maná del lugar palpitaba de forma extraña, como un corazón roto que aún no sabía que había dejado de latir.
De pronto, un rugido cortó el silencio de la montaña.
Un rugido tan profundo que hizo temblar los riscos, desmoronó pequeñas piedras que rodaron como lágrimas por las laderas, y alcanzó incluso las puertas de Renacelia, a kilómetros de distancia.
En la entrada de la ciudad, los guardias se quedaron helados, sus rostros pálidos como cera.
—¿Acaso… acaso eso no es un rugido de esas bestias…? —preguntó uno, con la voz quebrada.
—Esa dirección… —el otro alzó la mirada, con el sudor cayendo por su frente—. Es por donde el chico de hace rato se dirigió. ¡Imposible! ¿Se habrá topado con esas criaturas?
—Nadie podría sobrevivir ahí… —murmuró el capitán, apretando los puños—. ¡Rápido, llama a un escuadrón de rescate! Que lleven el equipamiento 034 y activen operación G08… ¡ahora!
—¡Sí, señor!
—Recuerden el protocolo 354: rescate sin interacción directa. No intenten enfrentar al espécimen L835K… ¡repito, sin enfrentamiento!
El guardia salió corriendo mientras sus runas de comunicación brillaban en su muñeca. En menos de cinco minutos, diez soldados de élite aparecieron, equipados con armaduras tecnológicas que zumbaban con energía arcana. Sus rifles láser destellaban como un enjambre de luciérnagas asesinas. Las viseras de sus cascos proyectaban datos en tiempo real, y cada paso resonaba como el retumbar de un tambor de guerra.
—Operación G08 activada. —dijo uno, ajustando su guante con un clic metálico—. Objetivo: rescate de civil. Amenaza: Magische Bestien. No entablar contacto directo.
—Equipo, en marcha. —ordenó el líder.
En lo alto de la montaña, donde la niebla era tan espesa que parecía un manto vivo, Biel respiraba lento. Frente a él, cuatro Magische Bestien se arrastraban en círculo, sus cuerpos deformes brillando con líneas de maná oscuro, sus colas arrastrando chispas violetas sobre la roca. Cada paso que daban dejaba huellas ardientes, como brasas encendidas en la tierra.
Pero Biel no retrocedió.
Sus alas demoníacas se plegaron a su espalda, latentes, como dos cuchillas negras que contenían un océano de fuego.
—Así que… ustedes nacieron aquí. —murmuró, mientras sentía un temblor recorrer el suelo bajo sus pies.
Recordaba este lugar. Aquí había caído… cuando su cuerpo ya no resistía más. Aquí había desgarrado el tejido del mundo para reconstruirlo, con la última chispa de su existencia. Había liberado tanta energía que la tierra misma se había resquebrajado, dejando maná condenado, hirviendo, impregnando cada piedra, cada grieta, cada raíz.
Y en ese maná… los lobos salvajes que antes habitaban estas montañas… cambiaron.
—No tienen la culpa… —susurró Biel, con el ceño fruncido—. Todo esto… es mi culpa.
Una de las bestias saltó hacia él, dejando tras de sí un arco de fuego púrpura. Biel abrió las alas, impulsándose hacia arriba en un destello carmesí. La criatura pasó debajo de él, arañando el aire con sus garras como dagas vivas.
Otra bestia se lanzó desde un costado. Biel giró en el aire, esquivándola con un aleteo rápido que hizo temblar la niebla a su alrededor como un oleaje de sombras.
—¡RAAAAGH! —rugió la tercera, saltando desde una roca elevada, abriendo sus fauces llenas de llamas negras.
Biel apretó los puños. Bajó en picada, sus alas cortando el viento con un sonido sibilante, y aterrizó de pie sobre la roca, justo detrás de la bestia. La piedra se resquebrajó bajo su impulso, como si hubiera sido golpeada por un cometa.
—Ellas… solo pelean para sobrevivir. —dijo con un hilo de voz, mientras sentía la presión de su propio poder arder bajo la piel—. Son producto de mi magia… de mis errores…
En ese momento, un destello metálico brilló en la distancia. Biel giró el rostro, con los ojos entrecerrados: soldados armados, descendiendo por la ladera, formando un semicírculo de contención. Sus rifles de energía crepitaban. Una pantalla táctica flotaba frente a ellos, proyectando las coordenadas de Biel y las bestias.
—Esto es malo… —susurró Biel, mientras sentía un escalofrío en la columna—. Si ellos se encuentran con estas criaturas… no saldrán vivos.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Qué debo hacer…?
De pronto, una voz antigua retumbó en su mente. Era un susurro que arrastraba siglos, como un viento polvoriento que cruza un desierto sin nombre.
“Joven portador…”
Biel sintió un estremecimiento. Miró alrededor, pero no había nadie. Solo las bestias gruñendo, el rugir del viento y los ecos de su respiración acelerada.
—¿Quién… eres? —preguntó en voz baja.
“No temas… escucha el pulso de tu poder. Aquello que creaste… también puedes curarlo…”
El corazón de Biel latió con fuerza. El maná en sus venas vibró, como si una marea oculta se despertara.
—Sanar… —repitió, con un susurro cargado de duda y esperanza.
Una de las bestias cargó contra él. Su rugido fue como un trueno, el aire ardiendo a su paso. Biel extendió la mano, pero esta vez… no quiso destruir. Quiso comprender. Quiso… acoger.
—Si este mundo cambió por mí… entonces… —murmuró—. ¡También puedo cambiarlo de nuevo!
Las bestias saltaron al unísono, como sombras vivientes. Biel cerró los ojos, concentrando su maná en el pecho, dejando que se expandiera como un latido de fuego que quemaba y sanaba al mismo tiempo. Sus alas brillaron con un resplandor púrpura, y un vendaval de energía oscura y roja se extendió en círculos, empujando a las criaturas hacia atrás.
Los soldados, desde la distancia, sintieron la onda mágica como un martillazo en el pecho. Sus detectores comenzaron a emitir pitidos rojos.
—¡El nivel de maná… está fuera de escala! —gritó uno, sosteniéndose el casco.
—¡Maldición, retrocedan! ¡Retrocedan! —ordenó el capitán, con la voz ahogada por la estática.
Pero Biel no pensaba en ellos. Solo en esas criaturas. Solo en el peso de su propia historia.
—No volveré a destruir… —dijo con voz temblorosa, mientras gotas de sudor negro caían de su frente—. ¡No más!
Un círculo de runas apareció bajo sus pies, tallado en fuego y oscuridad. Biel extendió los brazos, liberando un rugido silencioso que hizo vibrar el aire. El maná corrupto que impregnaba a las bestias comenzó a desprenderse como polvo negro, flotando en chispas incandescentes que se desvanecían en la nada.
Las criaturas retrocedieron, con gemidos bajos, como si despertaran de una pesadilla.
—¡Váyanse…! —gritó Biel, con lágrimas ardiendo en sus ojos—. ¡Corran, ahora!
Y entonces… como empujadas por un viento invisible, las bestias huyeron, perdiéndose entre la niebla, dejando atrás solo sus huellas ardientes en la roca.
El silencio volvió, pesado, denso.
Biel respiró agitadamente, cayendo de rodillas. Sus alas se deshicieron en fragmentos de maná que brillaron un segundo ante de desvanecerse.
—Lo logré… —susurró, mientras sentía su pecho doler como si le hubieran arrancado un pedazo del alma—. No los maté… esta vez…
Desde la ladera, los soldados lo miraban, inmóviles, como si hubieran presenciado algo imposible.
—¿Qué… qué demonios… fue eso…? —balbuceó uno.
—No lo sé… —dijo el capitán, bajando lentamente su arma—. Pero… ese chico… ¿realmente es humano?
Y en lo alto, donde las nubes parecían tragar la cima de la montaña, un susurro se perdió entre el viento:
“Bien hecho… joven portador…”
Sin perder tiempo, los soldados corrieron hacia Biel, con sus armaduras tecnológicas zumbando como avisperos mecánicos. Aún temblaban por la onda de maná que él había liberado, pero sus miradas estaban fijas en él, con una mezcla de miedo, incredulidad y asombro.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —preguntó el capitán, sudando, con el visor del casco levantado—. ¿Cómo… cómo es posible que estés ileso tras enfrentarte solo a cuatro de esas bestias? ¡¿Quién eres en realidad?!
Biel abrió la boca, pero dudó un segundo. No pensaba que lo habían visto usar su poder… ¡Genial!, pensó amargamente, ¡estupendo Biel, tanto cuidado para nada!
—Yo… bueno… —balbuceó, rascándose la nuca.
Pero antes de que pudiera decir algo más, un viento abrasador descendió de los cielos, levantando polvo y cenizas de la montaña como un remolino de brasas vivas. Un enorme dragón de escamas color celeste emergió de entre las nubes, batiendo sus alas con un estruendo que hizo vibrar los fusiles de los soldados. Su rugido retumbó en las rocas, reventando las piedras cercanas.
De pronto, su forma comenzó a encogerse y retorcerse en un remolino de luces azules. Donde antes había un dragón, ahora se alzaba una chica joven, de cabello corto y celeste, ojos azules y un traje elegante que brillaba como cristal tallado. Sus botas negras dejaban un leve halo de maná en cada paso.
Uno de los soldados retrocedió, con la voz temblando.
—E-ella es… un drakeryano… dragones humanoides…
La chica se llevó una mano a la cintura, arqueó una ceja con una sonrisa burlona y dijo con voz firme:
—¿Quién fue el que desplegó aquel poder de hace un rato?
Biel tragó saliva y alzó la mano con cautela.
—Fui yo…
La drakeryano lo miró de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—No creo que un humano sea capaz de hacer eso. Será mejor que no estés jugando conmigo, chiquillo.
Biel alzó ambas manos, haciendo un gesto de calma.
—Es la verdad… yo fui quien desplegó toda esa energía…
Ella chasqueó la lengua, exasperada, y su mirada se afiló como la hoja de una espada.
—Un humano no es…
Pero antes de que pudiera terminar, Biel liberó un leve destello de maná desde su palma, una brizna oscura que rompió la roca a su lado como si fuera de papel. El viento se alzó en espirales alrededor suyo, levantando polvo y hojas, mientras sus ojos centelleaban.
—Será mejor que se alejen de aquí… —les dijo a los soldados, con voz baja pero llena de tensión—. Esto… se pondrá un poco peligroso.
—¡Espere, joven! —gritó el capitán, estirando una mano hacia él—. ¡Usted no tiene ninguna posibilidad al enfrentar a un drakeryano! ¡Ellos son más fuertes que las Magische Bestien! ¡Son seres que nacieron después de que el héroe se sacrificara hace doscientos años! ¡Están bendecidos de magia…!
Biel pensó para sí mientras exhalaba lentamente: Si también surgieron después de mi muerte… entonces también son parte de mi magia. Así que… claro que podré ganarles.
—Descuiden… —dijo, con media sonrisa—. Por favor, váyanse de este lugar.
Los soldados dudaron, pero comenzaron a retroceder lentamente, mirando a la drakeryano con auténtico terror.
Biel la observó. La chica dragonina levantó el mentón con aire orgulloso y dijo:
—Hm… eres el primero que me habla con tanta… naturalidad. Bien. Te haré una pregunta. ¿Cómo te llamas, humano?
Biel parpadeó.
—¿Eh? …Te estaba a punto de preguntar tu nombre…
La chica abrió los ojos con sorpresa, y luego sonrió con un leve rubor en las mejillas.
—Eres la primera persona que me pregunta mi nombre… me siento halagada. Está bien… te lo diré. Me llamo Ika… y soy la princesa de los drakeryanos.
—¿Princesa? —preguntó Biel, arqueando una ceja—. Vaya… ¿y dónde queda tu reino o ciudad?
Ika hinchó el pecho con orgullo, alzando la barbilla.
—La mayoría de los drakeryanos viven en otros continentes. Pero una parte vive en este continente. A diferencia de ellos, nosotros no tenemos reinos. Nuestra especie… vive en las alturas de esta ciudad, en las cordilleras, en las grandes montañas. Somos libres, no servimos a reyes ni seguimos banderas… oye… espera… —entrecerró los ojos de repente—. ¿Por qué te estoy contando esto a un simple humano? Además… ¡aún no me has dicho tu nombre! ¡Dime cómo te llamas, humano!
Biel suspiró.
—Está bien… me llamo Biel.
Hubo un silencio. Y luego Ika comenzó a reír, con una carcajada que retumbó en las rocas.
—¡¿Qué… qué dijiste?! ¡No digas estupideces! ¡Es imposible que un humano se llame Biel! ¡Ese nombre es sagrado para todos los drakeryanos! ¡Gracias a él, los dragones evolucionamos en drakeryanos! Por eso existe un pacto de no agresión con los humanos… ¡pues aquel Biel fue un humano que alcanzó el poder de un dios!
—¿Eh? —Biel parpadeó—. ¿Así que… hay un pacto solo por… mi… nombre…?
Ika asintió con seriedad.
—Aunque en este momento… se estableció un duelo. Así que no me afecta el pacto. Puedo pelear contigo… y, además, ¡tengo que derrotarte por usar el nombre de nuestro creador!
—¿Eh…? —Biel se llevó una mano al rostro—. Espera… ¿solo vas a luchar conmigo por llevar el nombre de Biel?
Ika infló las mejillas con fastidio.
—¡Sería una deshonra que un humano lleve el nombre de nuestro creador, así como así! Demuestra que eres digno de ese nombre… ¡o te haré tragarte cada letra!
Biel suspiró de nuevo, con el ceño fruncido.
—Qué le pasa a esta loca… si supiera que el creador del que habla soy yo mismo…
Ika lo señaló con el dedo, sus ojos azules chispeando energía.
—¡Prepárate, humano! ¡Te mostraré la fuerza de los drakeryanos!
Biel se acomodó un poco, dejando caer los hombros con resignación.
—Bueno… supongo que no hay otra… —masculló con voz baja—. Tendré que luchar con ella.
En el fondo, sentía una mezcla rara de risa y fastidio. Era casi cómico… enfrentarse a alguien que lo idolatraba sin saber que él mismo era ese ídolo.
—Esto… se pondrá interesante… —murmuró, mientras un relámpago cortaba el cielo, iluminando a Ika, que ya comenzaba a invocar su poder, envolviéndose en un aura celeste que chispeaba como fuego líquido.
—¡Ven, humano Biel! ¡Demuéstrame que mereces ese nombre… o serás devorado por mis llamas celestes!
—¡Ay, dioses…! —dijo Biel, mientras adoptaba una posición de combate—. No hay quien entienda a los drakeryanos…
Y el viento silbó, levantando polvo, mientras el choque entre los dos estaba a punto de comenzar…
Los soldados regresaron corriendo a la puerta principal de la ciudad, sus armaduras rechinando mientras la tensión les helaba la espalda. Justo cuando pisaron el umbral, un estruendo sacudió el suelo, como si un gigante invisible hubiera golpeado las montañas con un martillo de puro fuego.
Los guardias que vigilaban la entrada palidecieron, llevándose las manos a los oídos mientras la tierra temblaba bajo sus pies.
—¿Qué… qué significa esto? —gritó uno, con la voz rota por el miedo—. ¿Acaso… nos está atacando algún terrorista…?
Pero fue uno de los soldados, aún con la respiración agitada, quien respondió con un hilo de voz tembloroso:
—No… no es… ningún ataque terrorista… ese chico… ¡¿qué demonios es ese chico?! —dijo, con los ojos abiertos como platos—. Está… está enfrentándose… a una de las tres especies más fuertes que existen en este mundo… ¡los Drakeryanos!
El guardia tragó saliva, incrédulo, mientras veía cómo un resplandor lejano iluminaba la cordillera.
—E-espera… ¿qué dijiste? —murmuró—. ¿Ese chico de hace rato… está luchando contra un Drakeryano…? Eso… eso tiene que ser una broma… esos seres son… son…
—¡Son recontra fuertes! —chilló el soldado, negando con la cabeza—. ¡Si no fuera por la barrera que reduce la fuerza de seres superiores a igualar el poder de un humano, todo el poder de ellos se desataría con destrucción, y aun así los estruendos llegan hasta aquí! ¡Esos no son truenos… son golpes! ¡Choques de puños… entre esas dos monstruosidades!
Los guardias se quedaron mudos, mientras un nuevo estruendo rompía la calma, sacudiendo las murallas de Renacelia como un martillo que azotara campanas gigantes.
En la cordillera, Biel se impulsaba por el aire, esquivando cada ataque que Ika lanzaba. Sus alas demoníacas cortaban el viento como cuchillas negras, dejando un rastro de chispas rojas que chisporroteaban en la penumbra.
Ika, envuelta en un aura celeste que ardía como fuego líquido, lanzaba zarpazos con la mano, creando ondas de energía que partían las rocas y quemaban el aire.
—¡Tsk… maldición… es rápida…! —murmuró Biel, mientras giraba en el aire, esquivando un tajo que desintegró un risco detrás suyo.
Ika rugió, sus ojos azules centelleando.
—¡Qué te pasa, humano! ¡Si solo esquivas… nunca podrás ganarme!
Biel apretó los dientes, con gotas de sudor negro resbalando por su mejilla.
—Dunkle Sphären… —susurró, mientras extendía ambas manos. De sus palmas surgieron esferas oscuras que relampagueaban con un brillo púrpura, disparándose hacia Ika como meteoritos diminutos.
Pero ella soltó una carcajada, desplazándose hacia un costado con un giro elegante, sus alas de energía envolviéndola como un escudo viviente.
—¿Es todo lo que tienes? —dijo, con burla—. ¡Puedo ver tus esferas moverse… es como esquivar luciérnagas patéticas!
Biel se mordió el labio. Su respiración era pesada, su maná hervía como lava en sus venas, pero sabía que Ika era distinta a cualquier bestia que hubiera enfrentado. Sus sentidos… eran casi perfectos.
No puedo seguir a la defensiva… si lo hago, tarde o temprano me matará…
Ika descendió con velocidad, rompiendo la atmósfera con un estruendo que hizo temblar la montaña, un puño envuelto en fuego azul listo para aplastarlo.
—¡Muere de una vez, impostor…!
Biel gritó, alzando los brazos. Un aura oscura lo envolvió, como un océano de sombras que se retorcían y chillaban en un idioma sin nombre.
De pronto, su forma cambió. Sus alas se tornaron más grandes, su vestimenta cambio por completo, elegante y llena de oscuridad. Sus ojos ardieron en púrpura, y su piel se cubrió de runas oscuras que latían como venas vivas.
La forma imperfecta del Rey Demonio se alzó. Un remolino de energía negra sacudió el campo de batalla, levantando rocas y polvo, tragando la luz del sol.
Ika se detuvo en seco, su puño a centímetros del rostro de Biel.
—¿Así que… te puedes transformar…? —susurró, con una sonrisa salvaje—. Esto se pone… ¡interesante! ¡Veo que no llevas el nombre de nuestro creador sin motivos… pero aun así…!
El aura celeste de Ika creció como un mar de fuego, iluminando el cielo nublado.
—¡Sigue siendo una ofensa… que un simple humano, que usa magia de oscuridad común… cargue con el sagrado nombre de Biel!
Biel la miró, con el ceño fruncido. Sus alas se sacudieron, liberando chispas rojas que crepitaban en el aire como brasas vivientes.
—Este nombre… me lo dieron mis padres… —dijo con voz firme, su tono cortante como un filo helado—. Es mi nombre… ¡y no pienso devolverlo!
—Tus padres… ¡bah! —rugió Ika, cargando de nuevo—. ¡No me importa de dónde salió ese nombre… un humano nunca debería…!
Biel detuvo su puño con la palma, una explosión de energía sacudió el aire, rompiendo los riscos cercanos en mil fragmentos.
—¡Cállate…! —gruñó Biel, con los ojos ardiendo—. ¡Este nombre… es mío… lo defenderé… aunque tenga que derribar montañas!
Ika retrocedió un segundo, sorprendida, pero luego sonrió, mostrando los colmillos.
—Vaya… tienes agallas, humano… ¡me gustas! Pero… ¡eso no cambiará nada!
Se abalanzó sobre él, y ambos chocaron puño con puño. Un estruendo recorrió la cordillera, agrietando el suelo y levantando un pilar de energía que iluminó el cielo nublado.
Los soldados, a lo lejos, se cubrieron los ojos ante la luz cegadora.
—¡Por… los dioses…! —susurró uno, cayendo de rodillas—. ¡Ese chico… está luchando de igual a igual con… un Drakeryano…!
El capitán tragó saliva, con las manos temblando.
—No… es… humano…
Biel se impulsó hacia atrás, jadeando, mientras su aura negra crepitaba con furia. Ika lo persiguió, sus garras cubiertas de fuego azul dejando estelas de luz en el aire. Cada choque era un trueno, cada esquive un destello que arrancaba trozos de roca de las montañas.
—¡Eres rápido… para un humano! —gritó Ika, mientras giraba en el aire y lanzaba una patada envuelta en llamas celestes.
Biel cruzó los brazos, recibiendo el golpe. Un anillo de energía explotó a su alrededor, destrozando el suelo bajo sus pies.
—¡Argh…! —escupió un hilo de sangre, pero sonrió con fiereza—. Tienes fuerza… princesa loca… pero… ¡no te dejaré ganar…!
Ika rugió, dejando escapar un estallido de chispas por su boca.
—¡Demuestra que eres digno… de ese nombre… humano…! ¡O… muere!
—¡Ya basta…! —gritó Biel, impulsándose hacia ella con un rugido propio.
Ambos chocaron en el aire, puño contra puño, creando una esfera de energía que devoró la luz del sol, mientras el viento aullaba alrededor como un coro de fantasmas.
Así que… esta es la fuerza de los Drakeryanos… pensó Biel, mientras sentía sus huesos vibrar, su sangre hervir como lava. Pero… este mundo… lo construí yo mismo… ¡y lo protegeré… incluso de ti…!
Los ojos de Biel centellearon, y con un rugido, liberó una explosión de magia oscura que hizo retroceder a Ika. Ella giró en el aire, cayendo sobre una roca, con el labio roto y una chispa de emoción salvaje en sus ojos.
—Vaya… —dijo, limpiándose la sangre con el dorso de la mano—. Así que no eres un humano común…
—Te lo… dije… —respondió Biel, con la voz ronca—. No pienso… rendirme…
El combate apenas comenzaba… y la montaña era su único testigo.
Eres fuerte, humano —dijo Ika, con la respiración agitada mientras su aura celeste crepitaba alrededor como un incendio en un bosque de maná—. Pero yo… no pienso perder.
Biel se impulsó hacia atrás, dejando un rastro de energía oscura que devoraba la luz del atardecer. Sus ojos centelleaban con determinación mientras sentía cada músculo vibrar como un tambor de guerra.
—Yo tampoco pienso perder hoy —respondió, su voz cargada de un filo que podría cortar montañas—. ¡No dejaré que me arrebates nada…!
Ika sonrió, mostrando los colmillos mientras se limpiaba la sangre del labio.
—Entonces… —murmuró—. Demos todo en un último ataque…
—Está bien… —asintió Biel—. Hagámoslo.
El aire entre ellos se tensó como un cable de acero a punto de romperse. Un viento salvaje comenzó a soplar desde las montañas, levantando escombros, polvo y fragmentos de roca que giraban en un remolino frenético, como si el mundo mismo contuviera el aliento ante lo que estaba por ocurrir.
Ika extendió los brazos, sus alas de energía desplegándose como velas de fuego azul, mientras su aura crecía, devorando cada sombra a su alrededor. Sus ojos ardieron como soles diminutos.
—¡Te mostraré… la fuerza de los Drakeryanos…! —gritó, mientras su voz retumbaba en el aire, partiendo las nubes del cielo.
Biel apretó los puños, sus alas demoníacas temblando de pura rabia contenida, mientras su maná negro surgía de su cuerpo en espirales densas, que se retorcían como serpientes hambrientas. Su mirada estaba clavada en Ika, y un rugido sordo brotó de su garganta.
—¡Ven…! —gritó—. ¡Te aplastaré… aquí y ahora…!
Ambos se impulsaron al mismo tiempo, sus cuerpos convirtiéndose en destellos de luz, uno celeste, otro negro. El choque fue tan brutal que un anillo de energía explotó entre ellos, partiendo las montañas y levantando un pilar de viento que rasgó el cielo en dos.
BOOM
El mundo tembló. El suelo se agrietó en mil direcciones. Rocas del tamaño de casas volaron por los aires como si fueran hojas, mientras relámpagos de pura energía maná brotaban en cada dirección, destrozando todo lo que tocaban.
Ika rugía mientras lanzaba puñetazos cubiertos de fuego azul que hacían vibrar el aire, rompiendo la atmósfera como vidrios estallando. Biel se movía entre sus golpes, sus alas cortando el espacio como cuchillas de obsidiana.
—¡Espinas de Penumbra! —gritó Biel, invocando cuchillas de maná negro que disparó hacia Ika.
Ella las esquivó con un giro elegante, su cuerpo danzando como un cometa de fuego celeste, mientras su voz cortaba el aire:
—¡Eso no servirá… humano! ¡Tus trucos oscuros… no podrán contra un Drakeryano…!
Biel apretó los dientes, lanzándose de nuevo contra ella, intercambiando golpes que sacudían el mundo. Cada puñetazo era un trueno, cada bloqueo un estruendo que hacía retroceder las montañas.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
—¡GRAAAAH! —gritó Ika, mientras sus garras cubiertas de fuego celeste cortaban el aire hacia el pecho de Biel.
—¡RAAAAAH! —respondió Biel, bloqueando el ataque con el antebrazo, mientras un anillo de energía negra explotaba entre ambos, haciéndolos retroceder varios metros.
El sudor de Biel se evaporaba en el aire ardiente. Su respiración era un rugido entrecortado, pero sus ojos nunca dejaron de brillar con esa chispa inquebrantable.
—Ika… —murmuró, mientras una gota de sangre caía de su labio—. ¡No… perderé…!
Ika se rio, sus ojos encendidos por la emoción salvaje de la batalla.
—¡Eso… eso me gusta… humano…! ¡Así debe ser…! ¡Ahora… recibe mi poder… absoluto…!
Ika abrió las alas al máximo, un círculo mágico celeste apareció bajo sus pies, tallado en runas dracónicas que chisporroteaban electricidad pura. Biel sintió un escalofrío recorrerle la columna mientras la presión mágica aumentaba como una marea infinita.
—¡Desaparece… ante el rugido celestial…! —gritó Ika, mientras un pilar de fuego azul surgía de su cuerpo, devorando todo a su alrededor.
Biel apretó los puños, su maná oscureciéndose hasta volverse un pozo de pura sombra.
—¡No… lo permitiré…! —rugió, mientras su aura explotaba como un sol negro, creando un torbellino de energía que chocó contra el pilar de fuego azul.
El choque fue titánico. Un rugido sordo llenó todo, mientras las montañas se partían, y las nubes eran barridas del cielo como humo ante un huracán. Un haz de luz celeste y otro negro se empujaban mutuamente, chocando en el centro en una tormenta de relámpagos y energía cruda.
Ika gritaba con todas sus fuerzas, mientras Biel apretaba los dientes, sintiendo sus huesos crujir, su carne rasgarse, su sangre hervir.
—¡NO… PERDERÉ…! —gritó Biel, mientras un rugido demoníaco escapaba de su garganta.
Un destello púrpura brotó de su pecho, expandiéndose como un relámpago que devoró el cielo. Ika abrió los ojos con sorpresa, sintiendo cómo la presión oscura de Biel la empujaba hacia atrás.
—¡¿Qué… qué es este poder…?! —rugió, mientras el suelo bajo ella se desintegraba en polvo.
—¡Yo… soy… Biel…! —gritó él, con la voz rota—. ¡Y no perderé… ante nadie…!
Con un rugido final, Biel liberó todo su maná. Un torrente de sombras, fuego púrpura y relámpagos devoró el ataque de Ika, rompiendo su pilar de fuego celeste como si fuera cristal.
Ika gritó mientras era arrastrada por la energía, estrellándose contra la montaña con un estruendo que sacudió el mundo.
BOOOOOOOM
Un silencio pesado cayó, mientras polvo y escombros cubrían todo. El viento sopló suavemente, llevando consigo cenizas negras que flotaban como pétalos muertos.
Biel respiraba con dificultad, de pie entre un cráter humeante. Su aura se desvanecía lentamente, sus alas rompían en fragmentos de energía que se deshacían en el aire.
—Lo… logré… —murmuró, mientras sentía su cuerpo temblar.
Entre los escombros, Ika se levantó lentamente, sus alas desapareciendo, su cuerpo herido, pero su sonrisa intacta.
—Tienes razón… humano… —dijo con voz débil pero firme—. No… eres… un simple humano…
Biel la miró, sus ojos aun ardiendo, pero su voz sonó suave, cargada de cansancio y algo parecido a respeto.
—Gracias… Ika…
Y entonces, ambos cayeron de rodillas, exhaustos, mientras el sol volvía a asomar entre las nubes rotas.
La batalla había terminado… pero algo nuevo… apenas comenzaba.
Biel e Ika yacían en el suelo, ambos respirando como si hubieran corrido mil batallas en un instante. El polvo aún flotaba en el aire como cenizas de un incendio recién apagado, mientras las nubes fragmentadas dejaban pasar la luz del sol, bañándolos en destellos dorados.
Ika rió suavemente, su voz temblando entre jadeos.
—Eres… impresionante, Biel… —dijo, con un suspiro cargado de cansancio—. Eres la primera criatura en darme una buena pelea… nunca pensé que llegaría a perder en este mundo… vaya que confundida estaba… pero bueno… —sonrió, con un brillo salvaje en los ojos—… tienes una gran determinación… que me gustaría tener… Sin embargo, no te confíes del todo —añadió, recobrando un poco de su altivez—. Ganaste porque hay una barrera que equilibra el nivel de poder de los seres fuertes, obligándolos a estar a la par de los humanos. Si te hubiese enfrentado fuera de esta zona, el resultado sería otro muy distinto.
Biel guardó silencio un segundo, asimilando la revelación. Sus ojos recorrieron los edificios circundantes, como si buscara los hilos invisibles de esa limitación.
—Así que fue eso… —murmuró Biel, cruzándose de brazos—. Ya presentía que había algo raro en esta ciudad. Las fuerzas se sentían… artificiales.
Ika asintió levemente, reconociendo la intuición de su oponente.
—Igual, de todos modos —concluyó ella, sin quitarle mérito—, posees un gran poder. Para haber aprovechado esa paridad y vencerme… definitivamente eres un humano especial.
Biel la miró, arqueando una ceja mientras se sentía entre halagado y exhausto.
—Tch… si me sigues halagando… podría enrojecer, princesa —dijo en voz baja, intentando levantarse.
Ika soltó una carcajada y se incorporó lentamente, sacudiendo el polvo de su ropa.
—Nos volveremos a ver, Biel… —murmuró, mientras una ráfaga de viento celeste giraba a su alrededor. Su cuerpo comenzó a brillar, transformándose de nuevo en un dragón majestuoso de escamas celestes. Sus alas se extendieron, cubriendo el cielo por un instante.
—Hasta entonces… no mueras… —rugió, mientras batía las alas y se elevaba, dejando un remolino de hojas y polvo en su partida.
Biel la siguió con la mirada, suspirando.
—Así que… esa es la fuerza… de una de las razas que nacieron… por mi poder y eso que están siendo equilibradas por esta barrera… —susurró, sintiendo un leve escalofrío al recordarlo.
Entonces, una energía oscura brotó de su pecho, envolviéndolo como un manto protector. Sus heridas comenzaron a cerrarse, la sangre desapareció como tinta borrada, y sus huesos crujieron mientras se alineaban de nuevo. Biel se incorporó, sacudiéndose los restos de polvo de su hombro con un gesto despreocupado.
—Bueno… tendré que volver a la ciudad… —dijo, chasqueando la lengua—. Quería relajarme un poco, pero… creo que no pude relajarme ni un segundo…
En la entrada de Renacelia, los soldados seguían ahí, nerviosos, sus fusiles láser en la mano mientras observaban con incredulidad el camino destrozado que subía a la montaña.
—¿Escuchas eso…? —susurró uno, mientras un leve temblor sacudía el suelo.
De pronto, Biel apareció caminando entre la polvareda, con las manos en los bolsillos y una sonrisa cansada en el rostro. Parecía un joven normal… salvo que detrás de él, una montaña entera estaba partida en dos, como si un dios furioso la hubiera cortado con un cuchillo de luz.
—¡Oye… chico…! —gritó el capitán, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Quién… eres…?
Biel se detuvo, alzando una ceja con una mueca divertida.
—Solo soy un humano… común y corriente… —respondió con fingida inocencia.
—¡¿Humano común y corriente…?! —chilló el soldado, señalando la montaña partida—. ¡Un humano común y corriente no puede hacer ESO…!
Biel giró el rostro, viendo la montaña partida en dos, y tragó saliva.
—Ehh… bueno… yo… esto… —balbuceó, buscando excusas que nunca llegaban.
El capitán dio un paso adelante, con el rostro desencajado.
—Pero lo más inquietante… —dijo, con la voz temblando—… ¡es que derrotaste a un Drakeryano! ¡Eso es imposible… los Drakeryanos son veinte… ¡treinta veces más fuertes que las Magische Bestien! Ningún humano… podría hacer eso…
Biel rascó su nuca, soltando una risa incómoda.
—Bueno… yo… supongo que… entrené… mucho… —dijo, intentando sonar humilde.
—¡Tú no eres de este mundo…! —gritó el soldado, mientras los otros asentían nerviosos—. ¡Nadie puede hacer eso…!
Antes de que pudieran seguir, una figura se materializó suavemente junto a ellos. Era la directora, Enit, envuelta en un leve resplandor de maná blanco que ondulaba como una llama serena. Su cabello plateado flotaba ligeramente, como si la gravedad dudara en atreverse a tocarla.
—¿Qué hace alguien tan importante aquí…? —preguntó un guardia, con la voz trémula.
Enit sonrió, como si la pregunta fuera una suave caricia.
—Vengo… por ese chico —dijo, apuntando a Biel—. Lo llevaré al Instituto de Historia Mágica… es uno de nuestros alumnos… y creo que… se ha metido en algunos problemas.
—¡Entonces… usted… se va a hacer cargo de él…! —gritó el capitán, boquiabierto—. Ese chico… derrotó a un Drakeryano… ¡no puede ser humano…!
—Lo sé —respondió Enit con un susurro cargado de dulzura—. Lo vi… todo.
—¡Lo… lo vio… todo…?! —dijeron los guardias, en un coro de incredulidad.
—En fin… —dijo Enit, girándose hacia Biel—. Vámonos, Biel.
Biel suspiró, encogiéndose de hombros.
—Está bien… ya voy… —respondió con tono resignado.
Mientras caminaban juntos hacia el Instituto, la luz del sol comenzaba a ponerse, tiñendo las calles de Renacelia de un naranja cálido. El aire olía a polvo, magia… y a algo parecido a tranquilidad.
—Ese combate contra la Drakeryano… —dijo Enit, con una leve sonrisa juguetona—… sí que fue impresionante…
Biel desvió la mirada, sonrojándose un poco.
—No está molesta… porque haya revelado… un poco de mi poder… ¿verdad…?
Enit se llevó un dedo a los labios, con un brillo pícaro en sus ojos dorados.
—Para nada… —dijo, acercándose un poco a él, tanto que Biel sintió su perfume, un aroma suave a flores del bosque—. De hecho… me siento… emocionada… de haberte visto en acción…
Biel tragó saliva, con un escalofrío recorriéndole la espalda.
—O-oye… Enit… no me mires así… —murmuró, apartando la vista mientras sus orejas se ponían rojas.
—¿Así… cómo…? —preguntó ella, ladeando la cabeza, dejando que un mechón plateado le rozara la mejilla—. Solo… estoy admirando al chico… que tanto me interesa…
—¡P-para…! —dijo Biel, levantando las manos como si enfrentara un monstruo peor que Ika—. ¡No digas cosas así… tan de repente…!
Enit rio suavemente, su risa era como un campanilleo cristalino que hizo vibrar el aire.
—Eres tan adorable… cuando te sonrojas… —susurró, mirándolo con dulzura—. Quizás… debería verte pelear más seguido…
—¡No, no, no…! —dijo Biel, con las mejillas ardiendo—. ¡No uses mi sufrimiento como entretenimiento…!
—Bueno… —dijo Enit, acariciando su cabello con suavidad—. Entonces… quédate conmigo… para que pueda… protegerte…
Biel se congeló, mientras un cosquilleo le subía por la espalda como un enjambre de mariposas.
—E-enit… —murmuró, desviando la mirada mientras su corazón golpeaba en su pecho—… no juegues conmigo… así…
—No estoy jugando… —susurró ella, con un leve rubor en sus mejillas mientras entrelazaba su mano con la de Biel—. Después de todo… no pienso… dejarte ir…
Biel abrió la boca, pero las palabras no salían. Por un instante, el mundo pareció detenerse, con solo el sonido de sus latidos llenando el aire.
—Vamos… —dijo Enit finalmente, con una sonrisa llena de ternura—. Aún tenemos… un largo camino juntos…
Biel tragó saliva y asintió, con el rostro aún encendido.
—S-sí… —susurró—… vamos…
Mientras caminaban hacia el Instituto, las estrellas comenzaron a asomar en el cielo, titilando como testigos silenciosos de un futuro que apenas comenzaba a escribirse… lleno de magia, amor… y un destino que nadie… ni siquiera los dioses… podían prever.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com