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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 84

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Capítulo 84: Capítulo 83: Donde la Magia Respira y el Dolor Calla

No existe un amanecer igual en Renacelia.

Allí, la luz no solo despierta al mundo: lo bendice.

Desde el horizonte, cuando el sol aún bosteza en tonos ámbar y coral, una sinfonía de energía y arquitectura florece como una flor que nunca se cierra. Es la danza de una ciudad que respira entre la memoria de las ruinas y el futuro de los sueños. Una urbe donde el mármol ancestral se funde con cristal sintiente. Donde los templos cantan al pasado y las torres titilan con vida propia. Renacelia no fue construida… fue soñada, y luego tejida con la aguja invisible de los imposibles.

En el centro de esta maravilla vive la Plaza del Vínculo Eterno, un cruce de almas y símbolos. Cada losa del suelo está tallada con runas antiguas que parpadean con una luz sutil, como si la ciudad misma respirara bajo los pies. Por la noche, esas runas se iluminan con el latido emocional de los transeúntes: los más felices ven colores dorados; los melancólicos, azul noche; los enamorados, rojo carmesí.

Rodeando la plaza se alzan templos de piedra negra, retorcidos como enredaderas sagradas, con vitrales encantados que no narran historias fijas, sino pasajes del alma de quien los mira. En primavera, las escenas suelen mostrar nacimientos, danzas, comienzos; en invierno, despedidas, promesas, esperanza en medio del frío. Cada vidrio, una emoción atrapada en luz.

Y en el centro, como si el cielo hubiese plantado su bandera en la tierra, se alza el Templo del Alba. Parece esculpido no por manos humanas, sino por la brisa de una aurora celestial. Su cúpula flota, suspendida sobre columnas que no la tocan, mantenida en el aire por magia pura condensada. Cada mañana, al primer rayo de sol, la cúpula emite un haz de luz pulsante que recorre toda la ciudad como un corazón que palpita energía vital. Es la bendición diaria de Renacelia: un pulso de renacimiento eterno.

Más allá del núcleo, las torres del distrito tecnomágico se elevan como cuerdas de un arpa que el viento toca. Estas construcciones no son solo edificios: respiran. Hechas con aleaciones biotecnológicas, ajustan la temperatura y la humedad interna según el estado de ánimo de sus habitantes. Su piel metálica florece o se contrae con los ciclos lunares.

Pasarelas flotantes cruzan entre las torres como hilos invisibles. Por ellas se deslizan aerocarros de levitación, que dejan estelas de luz mientras serpentean por el aire con gracia de libélulas. Y entre ellos, como mensajeras del nuevo mundo, vuelan drones en forma de golondrina mecánica, cargando mensajes, libros o incluso pétalos encantados para ocasiones románticas.

Por las calles, pantallas de niebla mágica proyectan arte en movimiento, proverbios antiguos, mapas emocionales, o noticias traducidas a lenguaje de signos, canto o imagen. Todo fluye con naturalidad: en Renacelia, la magia no asusta y la ciencia no enfría. Ambas conviven como hermanas nacidas del mismo sueño.

Las calles no son simples caminos, son cintas de piedra azul oscuro entretejidas con filamentos de luz sensorial. Esta red luminosa no solo guía el paso de los caminantes, sino que responde a su estado emocional. ¿Estás perdido y ansioso? Las luces se vuelven verdes y trazan la ruta más tranquila. ¿Estás enamorado? Se tornan rosadas y te conducen por senderos florales. ¿Tienes prisa? Parpadean en amarillo y te abren atajos insospechados.

Las farolas medievales que bordean las calles no tienen velas ni electricidad. Flotan pequeñas esferas de luz blanca en su interior, que se encienden solas al anochecer como luciérnagas obedientes, mediante hechizos cronomágicos.

En los barrios mixtos, la arquitectura no compite: conversa. Casas de tejados góticos con gárgolas vivas —sí, vivas, parlantes y chismosas— miran desde las alturas con ojos brillantes. Se cuelgan de los aleros, se burlan entre ellas, y cuentan cuentos a los niños que no pueden dormir. A su lado, estructuras minimalistas de paredes translúcidas crecen con jardines verticales, donde mariposas bio-lumínicas revolotean sin miedo.

La Torre de los Ecos, con sus cien pisos, es una biblioteca que huele a tiempo. En sus niveles bajos hay libros de papel y tinta viva; en los intermedios, hologramas interactivos; en los superiores, guardianes espirituales que te susurran fragmentos de conocimiento olvidado. Subir cada piso es como atravesar eras distintas del saber.

El Santuario del Hálito, en cambio, es otro mundo. Suspendido entre las ramas de un árbol milenario artificial, una selva interior florece perpetuamente. Lianas que vibran con energía arcana, aves elementales que entonan canciones curativas, y plataformas flotantes donde monjes-tecnobotánicos meditan en paz, se integran en un equilibrio tan delicado que parece tejido por la propia Naturaleza.

Renacelia aún conserva sus murallas… pero las ha reimaginado.

Altas, sí. Ciclópeas, sí. Pero ahora están recorridas por gólems centinela, criaturas de obsidiana y hueso mágico que marchan sin pausa, revisando el horizonte con ojos de rubí. Las torres de vigilancia levitan suavemente, moviéndose para obtener mejores ángulos, y sus escudos de energía brillan en tonos ámbar cuando detectan alteraciones.

El Arco de los Portales, la entrada principal a la ciudad, es una maravilla en sí. Cristales dimensionales flotan incrustados en su superficie y responden a palabras clave grabadas en el alma del viajero. Si tienes permiso, puedes abrir desde allí portales temporales o cruzar a regiones lejanas en segundos.

El cielo de Renacelia nunca está solo.

Durante el día, aeronaves etéreas cruzan el firmamento en silencio. Algunas son transporte; otras, patrullas celestiales. También hay ballenas bio-etéricas que flotan a gran altura, como nubes vivientes, esparciendo partículas purificadoras. Estas criaturas no tienen nombre… porque solo responden a los sueños.

De noche, una bóveda artificial invisible se activa. Un domo traslúcido cubre la ciudad sin bloquear el cielo estrellado, protegiéndola de amenazas y regulando la temperatura si hay peligro. Si alguien la toca desde fuera sin permiso, lo único que verá será su propio reflejo, multiplicado en mil fragmentos.

Bajo tierra, el Corazón del Núcleo palpita. Es un reactor de fusión tecnomágica que alimenta toda la ciudad. No emite humo ni ruido, solo una vibración profunda y cálida, como el suspiro de un dios dormido. Doce guardianes llamados Los Custodios del Pulso cuidan de él, y solo pueden entrar aquellos con conexión directa al alma de Renacelia.

Renacelia está organizada en tres anillos concéntricos, cada uno con su propio pulso.

El Anillo Interior es puro misticismo: academias de magia, el Palacio de Cristal de los Sabios, el Templo del Alba, y la imponente Torre del Tiempo Inverso, donde un reloj titánico gira hacia atrás y abre portales al pasado. Este anillo es donde los pensamientos y los milagros se cruzan.

El Anillo Medio, la Zona de Convergencia, es donde florece la vida común. Gremios de ingeniería arcana, estaciones de tren levitante, plazas donde las vitrinas te susurran lo que guardan, cafés que predicen tu orden antes de que hables. Es el corazón cotidiano de la ciudad.

Y en el Anillo Exterior, el Cinturón del Pueblo, la energía es más terrenal. Granjas flotantes que recolectan niebla, canales con mercados móviles, casas adornadas con murales encantados. Aquí la vida es simple, pero no menos mágica. Los vecinos se saludan con gestos que activan luces; las madres cocinan con ingredientes que cantan si están envenenados.

Renacelia no divide la ciencia y la magia: las fusiona en una sola filosofía conocida como Tecnomaquia. Las escuelas más prestigiosas la enseñan:

El Instituto de Historia Mágica, donde los mejores estudiantes ingresan y desarrollan sus habilidades mágicas.

La Universidad de las Siete Lunas, donde se combinan teoría del alma digital con física cuántica y filosofía de la materia.

El Claustro de la Melodía Rúnica, donde los instrumentos musicales alteran la realidad con sinfonías mágicas.

Las celebraciones no son menos impresionantes. Durante el Despertar del Núcleo, se liberan partículas lumínicas que flotan sobre la ciudad como luciérnagas de cristal. En la Noche de las Mil Llamas, los tejados se convierten en altares de fuego, y las sombras danzan con sus ancestros. Y cuando llega el Eclipse de los Arcanos, todo se apaga: tecnología y artefactos se duermen, obligando a la ciudad a depender solo de la magia ancestral, como un ritual de humildad.

Renacelia no es solo una ciudad. Es una promesa.

Una declaración viva de que magia y lógica no son opuestas… sino hermanas de un mismo destino.

Allí, cada amanecer no es una repetición: es una nueva oportunidad para comenzar de nuevo.

Y aunque aún nadie lo sabía, muy pronto… la ciudad del Eterno Amanecer sería testigo del reencuentro de héroes.

Pasó una semana desde que Biel dio el examen de admisión, y por fin el ansiado momento había llegado: el inicio oficial de clases en el Instituto de Historia Mágica. La ciudad entera respiraba con más intensidad esa mañana. El cielo parecía más azul de lo habitual, como si incluso la atmósfera se emocionara ante la idea de nuevos inicios.

Los nuevos aspirantes debían acercarse al Instituto para recibir la información de sus dormitorios, ya que vivirían internamente durante toda la duración de su formación. El sistema era claro: habitaciones compartidas de a dos, divididas por sexo. Los chicos vivirían en el edificio C y las chicas en el edificio S. Cada edificio tenía 250 habitaciones, lo que convertía a ambos complejos en gigantes verticales de tecnología y magia.

Biel fue el primero en presentarse. Ya se encontraba dentro del instituto desde días atrás, pero no pudo evitar sentir un cosquilleo extraño mientras caminaba hacia el centro de asignaciones. Tal vez era ansiedad, o tal vez era esa intuición que sólo se despierta cuando algo importante está por comenzar.

Un encargado, de apariencia humana, pero con ojos como fragmentos de ópalo, le entregó una llave metálica negra con una runa luminosa en el centro.

—Habitación 16 C, segundo piso. Bienvenido oficialmente, Biel —dijo con una ligera sonrisa.

El joven giró la llave entre sus dedos, observándola con una mezcla de curiosidad y silencio.

—Así que… aquí voy a vivir —susurró, mientras se dirigía al edificio C. El aire era fresco, perfumado por jardines suspendidos que colgaban entre las torres. Desde una distancia prudente, se escuchaba el canto suave de una fuente encantada.

Cuando cruzó el umbral de entrada, Biel se detuvo. Lo que tenía ante sus ojos no era un simple dormitorio, sino un complejo residencial que parecía sacado de una visión imposible. Los pasillos eran amplios, adornados con luces flotantes que danzaban levemente al ritmo de las emociones cercanas. Las paredes estaban hechas de piedra luminosa mezclada con cristal mágico, y el techo parecía un cielo estrellado que seguía el horario real del firmamento.

—Esto es más moderno que las habitaciones de los edificios de mi mundo… y más grande —pensó, con cierto desconcierto.

En su vida anterior, en aquella Tierra con automóviles, pantallas táctiles y ciudades de acero, había conocido rascacielos y apartamentos con paredes grises y ascensores comunes. Pero esto… esto era otra cosa. Era como si alguien hubiera mezclado el diseño de un hotel de lujo con los sueños de un arquitecto mágico.

Se acercó al mostrador. Un recepcionista de cuerpo delgado, como tallado en ónix pulido, le hizo una leve reverencia.

—Nombre y habitación —pidió con una voz suave, casi líquida.

—Biel. Habitación 16 C —respondió con calma.

—Puede subir por el ascensor encantado. Segundo piso, el pasillo izquierdo. Bienvenido al Edificio C.

El ascensor tenía forma de loto cerrado. Al entrar, los pétalos se cerraron suavemente, y una luz azulada lo envolvió. Sintió un cosquilleo leve en los pies cuando la plataforma se elevó sin sonido alguno, flotando con una suavidad casi maternal.

Cuando las puertas se abrieron, Biel salió con paso firme. El pasillo era silencioso, envuelto en un ambiente cálido. Las puertas estaban hechas de madera viva con filamentos de luz que serpenteaban en la superficie, cada una con un número flotante que parecía flotar como una luciérnaga.

Llegó a la 16 C y giró la llave.

Un clic suave, un destello blanco… y la puerta se abrió.

Lo que vio dentro lo dejó inmóvil por varios segundos.

La habitación era enorme. Mucho más amplia que cualquier apartamento que hubiera conocido en su mundo anterior. Había dos camas ubicadas a los extremos del cuarto, separadas por una división de energía cristalina que podía volverse opaca con solo un pensamiento. Un ventanal gigante ofrecía una vista a los jardines verticales del instituto, con canales de agua suspendida que caían en cascadas flotantes. En el centro, un escritorio doble con terminales mágicas, libros flotantes y cristales de almacenamiento vibraba suavemente.

Incluso el baño tenía una fuente interior, y el aire olía a canela y luz.

—Vaya… esto es otra liga —dijo, con un suspiro asombrado. —Y eso que va a ser compartido…

Se dejó caer sobre la cama más cercana, que se ajustó a su cuerpo con una reacción instantánea, como si lo reconociera. Cerró los ojos solo un momento, pero el sonido de voces acercándose por el pasillo lo hizo levantarse.

Salió justo a tiempo para ver una figura conocida: Gaudel, quien venía arrastrando una maleta que se tambaleaba con torpeza.

—¡Biel! ¡Ah, menos mal! Pensé que no iba a conocer a nadie este primer día. Me tocó justo al lado, habitación 15 C —dijo, entre jadeos.

—Parece que el destino no quiere separarnos —sonrió Biel—. Bienvenido al piso.

Gaudel soltó una risa corta y se apoyó contra la pared.

—Tú ya estabas aquí desde antes, ¿no? No te da un poco de vértigo todo esto. Yo todavía estoy convencido de que me estoy soñando todo esto.

—A veces me pasa —dijo Biel, observando el techo—. Pero luego veo los techos flotantes, los muros que respiran, y el aroma del aire… y me doy cuenta de que no, no estoy soñando. Solo estoy en un lugar donde lo imposible dejó de tener sentido.

—Me gusta cómo suena eso —asintió Gaudel—. Aunque yo sigo sin entender cómo funciona el baño encantado. Me habló cuando entré.

—¿Te habló?

—Sí. Me preguntó si quería “niebla de lavanda o espuma de loto”. Casi salgo corriendo.

Ambos rieron. Y por primera vez en días, Biel sintió algo parecido a calma.

Mientras tanto, en el piso 3, otros compañeros llegaban.

Easton, habitación 23 C, caminaba recto y en silencio. Su mirada seria parecía absorber cada rincón del pasillo. Siempre alerta.

Say, en la 28 C, pasó sin decir mucho, solo asintió con una mirada tranquila.

Bastián, habitación 35 C, venía intentando controlar una caja que levitaba con movimientos erráticos. Al parecer, había activado un hechizo de levitación por error y su equipaje ahora tenía voluntad propia.

En el complejo vecino, las chicas también empezaban a instalarse.

Acalia, en la 12 S, ya había desplegado cartel de privacidad. En su puerta colgaba un letrero: “Decorando. Entra y te lanzo una silla.”

Sarah y Xantle, en la 18 S, estaban en plena discusión sobre qué zona decorar con luces o si sería mejor poner una red para dormir sobre las camas.

Raizel, en la 29 S, se sentó en el alféizar de su ventana con un libro, ignorando el bullicio a su alrededor.

Y la misteriosa chica que tenía un parecido innegable con Yumi, se instaló en la 35 S sin decir palabra, pero con una presencia que incluso los muros parecieron notar.

Cerca del anochecer, una voz femenina y serena resonó por todo el complejo:

—Aspirantes del primer ciclo, bienvenidos al Instituto de Historia Mágica. Esta noche pueden disfrutar de todas las comodidades que les brinda este instituto. Mañana, al primer canto de las torres, darán inicio las clases. Que sus mentes estén abiertas, y sus almas en paz.

Desde su ventana, Biel observó el cielo de Renacelia encenderse en tonos violáceos. Las torres se iluminaban como constelaciones vivas, y una brisa cruzaba los jardines con el aroma de una promesa nueva.

No sabía qué clase de desafíos le esperaban. Pero por primera vez en mucho tiempo, se permitió una sonrisa.

El ciclo había comenzado.

Habían pasado tres horas desde la asignación de los dormitorios. El cielo comenzaba a oscurecerse, y la ciudad de Renacelia se sumía lentamente en una noche bordada por luces flotantes. Los ventanales se teñían de un azul profundo, y los jardines suspendidos encendían sus luces como luciérnagas mágicas.

En la habitación 16 C, Biel se encontraba recostado, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Observaba el techo encantado, que simulaba un cielo nebuloso en movimiento. Las estrellas sobre él giraban lentamente, como pensamientos suspendidos entre la calma y la duda.

No sabía aún quién sería su compañero de habitación. La idea le resultaba incómoda, pero también inevitable. Prefería que fuese alguien con brazalete naranja, como él. Aquellos con habilidades no comunes. Poderes que, si bien escasos y difíciles de categorizar, eran genuinos… incluso si parte del instituto los despreciaba por ello.

La discriminación no era explícita, pero se sentía. En las miradas, en los comentarios disfrazados de bromas, en la forma en que algunos evitaban cruzarse con los no comunes. Los brazaletes azules, que representaban habilidades “tradicionales”, eran mayoría. Y entre ellos, había quienes se consideraban guardianes de una supuesta pureza mágica.

Biel suspiró. No buscaba confrontaciones, pero tampoco huiría de ellas.

Fue entonces que la puerta se abrió con un leve zumbido mágico. Biel giró la cabeza.

Un chico de cabello oscuro, ojos afilados y presencia orgullosa cruzó el umbral arrastrando una mochila flotante. Apenas lo vio, frunció el ceño con desgano.

—No puede ser… —murmuró con asco contenido—. ¿Por qué me tocó compartir habitación con un no común?

Biel no se movió. Solo lo observó desde la cama sin mostrar emoción.

El chico dejó caer su mochila con un golpe seco, sin disimular su fastidio.

—Oye, tú. No común. ¿Qué haces aquí? Esta habitación no es para gente como tú.

Biel respondió con calma:

—Mi nombre es Biel. Y estoy aquí porque esta habitación me fue asignada, como a ti.

—Tch… —el otro bufó, cruzando los brazos—. No te creas tanto por haber destruido esos recipientes defectuosos en el examen. Estaban dañados. Cualquiera lo habría hecho.

Biel se sentó, con expresión seria.

—¿Recipientes defectuosos?

—Así es —respondió con arrogancia—. No fue mérito tuyo. Esos cuerpos ya estaban inestables. Tu “poder” no tuvo nada que ver. Solo fue suerte.

El ambiente se tensó. Una corriente invisible recorrió la habitación, como si los muros mismos contuvieran el aliento.

—Alguien con una habilidad no común no podría hacer eso —agregó el chico, levantando una mano. En ella, se encendió una llama estable y cálida—. Esto… esto es magia real. Magia común. Algo que tú no tienes. Solo esa cosa oscura… esa baratija.

Los ojos de Biel se entornaron.

—¿Baratija?

—Sí. Tu oscuridad no pertenece a ninguna de las ramas aceptadas. Es algo anómalo, sucio. No sé cómo lograste que te admitieran, pero si crees que vas a durar aquí, estás soñando. Dos semanas, como mucho. Luego, estarás de regreso en tu agujero.

La calma en Biel se agrietó.

—Entonces… ¿eso crees? —preguntó con voz baja, pero firme.

—Lo afirmo —dijo el otro, encendiendo su llama con más intensidad—. Soy Liam, por cierto. Recuerda ese nombre cuando estés recogiendo tus cosas para irte.

Pero en ese momento, la expresión de Liam se congeló.

Un aura oscura comenzó a surgir del cuerpo de Biel. No era fuego, ni hielo, ni electricidad. Era otra cosa. Una sombra densa, envolvente, que parecía crecer desde su espalda como alas líquidas. Y tras él, una silueta imponente se alzó en el aire, flotando como un reflejo descompuesto en un lago agitado.

—¿Qué… qué es eso…? —murmuró Liam, retrocediendo un paso.

Su llama titiló, pero no se apagó. Hasta que una voz etérea resonó desde lo alto de la habitación.

—Está prohibido pelear en los dormitorios. Este sector está protegido por un campo antimagia. Cualquier conjuro será anulado inmediatamente.

La llama en la mano de Liam se extinguió de golpe, como si hubiese sido absorbida por el aire. Sin embargo, el aura de Biel seguía allí. Intacta. Vibrante. Amenazante.

—¿Por qué… por qué no desapareció eso…? —preguntó Liam, con la voz más baja.

—Porque esto —dijo Biel, de pie ahora, mirando al frente— no es magia. No es un conjuro. No es una habilidad.

La silueta detrás de él se desvaneció lentamente, como humo disipado por el viento. El aura se deshilachó hasta desvanecerse por completo. Biel se sentó de nuevo en la cama y cerró los ojos.

—Es solo… mi presencia.

Liam no respondió. Se quedó allí, inmóvil, sintiendo todavía el eco de aquella energía que le había erizado la piel.

Intentó mantener la compostura. Apretó los puños. La rabia hervía dentro de él como una olla sellada.

—No quiero que me hables, no común —dijo finalmente, con los dientes apretados—. No quiero saber nada de ti, ni de tu poder, ni de los como tú.

Sin más, dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un golpe seco.

Biel no se movió. Se quedó mirando el reflejo de la ciudad en el ventanal, con la silueta de las torres recortadas contra un cielo de terciopelo oscuro. A lo lejos, una bandada de criaturas aladas cruzaba el cielo como tinta en agua.

—¿Por qué tanto odio…? —susurró.

No era la primera vez que lo sentía, pero dolía igual. Como una espina vieja que nunca termina de salir. Sabía que sus habilidades no eran originalmente de él, si no que eran de su maestro Monsfil el rey demonio de la destrucción eterna, si reencarno y las reglas de este mundo ya no eran iguales, no tenía la culpa de aquello. Él no eligió nacer con un brazalete naranja.

Y a usarla, si era necesario.

Cerró los ojos. Sabía que su estancia en el instituto no sería sencilla.

Pero no estaba allí para agradar a todos.

Estaba allí para superarse.

Y para proteger aquello que el mundo aún no comprendía.

La habitación estaba en silencio.

Tras la confrontación con Liam, Biel no dijo nada más. Se limitó a observar el reflejo de la ciudad en el ventanal, como si pudiera encontrar alguna respuesta en las luces lejanas de Renacelia. El bullicio de los pasillos había cesado. Las voces se apagaban poco a poco mientras la noche desplegaba su manto de sombras.

Fue entonces cuando lo sintió. Una vibración. No en la piel. No en los oídos.

En el alma.

Una voz —antigua, profunda, sabia— brotó desde lo más hondo de su ser.

—Joven portador…

—¿Valió la pena…?

Biel no se sobresaltó. Reconocía esa voz. La había escuchado en sueños, en batallas, en lágrimas.

—Monsfil… —susurró.

Su viejo maestro. Su guía en la oscuridad. Su faro en el abismo. Aquel que había sido su vínculo más profundo con el legado del Rey Demonio.

—Todo lo que hiciste por este mundo… —continuó Monsfil— fue en vano. Lo destruiste todo para eliminar el mal… y, aun así, el mal permanece.

Biel se quedó en silencio. Solo su respiración lenta y serena llenaba la habitación.

—El mal de las personas… no se puede erradicar —dijo finalmente—. No es un enemigo que se pueda matar. Es un sentimiento… un eco que habita en el corazón humano.

Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana, y sus ojos se perdieron en la ciudad que tanto había cambiado.

—En este mundo, la maldad… la discriminación… la desesperación… no se eliminan con fuego ni con espadas. Solo puedes mostrar que están equivocadas. Solo puedes plantar una semilla diferente. Que florezca… si el mundo está dispuesto a regarla.

Un silencio denso se formó entre ambos, aunque la voz de Monsfil resonaba aún, como un latido lejano.

—Aún recuerdo lo que me dijo Belcebú…

La sola mención de aquel nombre hacía que la atmósfera se contrajera. Era como invocar una tormenta dormida.

—Me dijo: “Tal vez nos volvamos a encontrar, Biel. Este mundo… este universo… nunca estará libre de desesperación. Algún día… podría regresar.”

Monsfil no respondió.

—Él… era formidable. Inmenso. Aun encerrado en la dimensión cero, su poder era colosal. Si hubiésemos luchado en otro plano, fuera de esa prisión, habría ganado.

La imagen de Belcebú emergió en su mente: una figura envuelta en sombras líquidas, con ojos que lloraban desesperación y una risa que corroía la esperanza.

—Su fuerza… no venía de su cuerpo. Ni de hechizos. Venía de nosotros. Del miedo humano. De la angustia. Del dolor. La desesperación humana era su alimento, y mientras esa emoción exista… él jamás desaparecerá del todo.

Monsfil habló, y su voz fue más grave, más solemne.

—La Calamidad de la Desesperación…. Una entre varias.

—Lo sé —asintió Biel—. Belcebú me habló de otras… Calamidades alimentadas por emociones puras. Rabia, rencor, traición, miedo… Sinceramente, no quiero enfrentarme a ninguna en mi estado actual.

Su mirada se volvió hacia su propia palma, cerrada, temblorosa.

—Ya no soy el mismo de hace doscientos años. Apenas domino la forma imperfecta del Rey Demonio. Y antes… ya manejaba la forma perfecta con naturalidad.

—Joven portador… —dijo Monsfil, y su tono cambió. Más personal, más directo— Aún no te has dado cuenta, ¿verdad?

Biel entrecerró los ojos.

—Sí… ya me di cuenta de algunas cosas.

Abrió la palma, mirando sus dedos con atención. Cada uno parecía igual, pero algo… algo faltaba.

—Habilidades que tenía antes… han desaparecido. “Ráfaga Ágil”, por ejemplo. Era casi una extensión de mi cuerpo. Pero ahora… no puedo invocarla. Ni sentirla.

—Eso se debe a tu reencarnación —explicó Monsfil—. Tu nuevo cuerpo no es el mismo recipiente. Tiene una estructura espiritual diferente. Y con ello… habilidades distintas.

Biel bajó la mirada, pensativo.

—Vaya, entonces por eso contra Ika utilice habilidades que nunca había utilizado, así que se debía a eso. Pero en la prueba… cuando midieron nuestras habilidades, no apareció nada. Solo… silencio.

Monsfil se quedó callado unos segundos.

—La esencia del Rey Demonio… oculta las habilidades comunes. Tu cuerpo está impregnado de una energía tan densa, tan antigua, que interfiere con los sistemas de medición mágicos actuales.

—Entonces… ¿mis habilidades están…? —preguntó Biel.

—Sustituidas. Selladas. Transformadas. Tu poder no se manifiesta en forma de conjuros simples o técnicas convencionales. Tu oscuridad… no es magia de oscuridad común. Ni siquiera se parece a ella. Es otra cosa.

Una ráfaga leve recorrió la habitación. Biel sintió su espalda estremecerse, como si algo durmiera bajo su piel.

—Entonces… ¿cuáles son esas nuevas habilidades?

El silencio se alargó. Hasta que Monsfil respondió, como si invocara nombres antiguos.

—Tu cuerpo ahora alberga habilidades ligadas al “Albor del Abismo”. Una energía que no nace de los elementos… sino del alma.

Biel alzó la cabeza.

—¿Albor del Abismo?

—Sí. Son técnicas que no destruyen con fuego ni hielo, sino con sentimientos. Tu poder no lanza rayos… lanza emociones. Y esas emociones… alteran la realidad.

Biel sintió un escalofrío. No de miedo, sino de comprensión.

—Entonces… lo que hice con Liam… esa aura…

—No era una habilidad ofensiva. Era tu esencia hablando. Una manifestación pasiva. Un aviso. Y aún no estás usando ni una fracción de lo que puedes hacer.

Biel respiró profundo. Cerró los ojos. Por dentro, sentía una tormenta silenciosa, un mar dormido que aún no había decidido despertar.

—¿Por qué yo, Monsfil? —preguntó, como un niño que aún busca sentido a un castigo.

—Porque eres el único que puede hacerlo. Porque, aunque renaciste, sigues siendo… tú.

Una chispa apareció en los ojos de Biel. Firme. Determinada.

—Entonces… aunque mi magia sea distinta… aunque mis antiguas habilidades no regresen… aprenderé a usar las nuevas. Y no solo eso.

Puso una mano sobre su pecho.

—Haré que este mundo me reconozca otra vez. No por miedo. Sino por respeto.

El silencio fue la única respuesta.

Pero a través del alma, Monsfil sonrió.

Eran las cinco de la tarde.

La luz del cielo comenzaba a suavizarse, tiñendo los muros del Instituto de Historia Mágica con un dorado tenue. Una brisa perfumada por las flores de los jardines verticales cruzaba los pasillos con delicadeza, como si la ciudad misma estuviera relajándose después de un largo día.

Biel, animado por el silencio que le había dejado su conversación interior con Monsfil, decidió reunir a sus amigos. Después de todo, aún quedaba tiempo antes del recorrido nocturno por el instituto.

Los invitó a todos a comer al restaurante del instituto, aquel lugar elegante y tranquilo donde días atrás, la doctora Reiko le había ofrecido su primer desayuno tras salir de la clínica. Las mesas flotaban a unos centímetros del suelo, y los ventanales permitían ver el reflejo del sol sobre los canales encantados que recorrían el campus.

Uno a uno, fueron llegando: Acalia, Sarah, Easton, Xantle, Gaudel y Say. Todos con hambre, algo de curiosidad… y muchas ganas de bromear.

—Este lugar se ve más fino que el comedor de la realeza —dijo Acalia, hojeando el menú flotante con ojos brillantes—. ¡Miren esto!

Menú del Restaurante del Instituto de Historia Mágica

🦴 Guiso de hueso encantado con brotes de menta roja

🍝 Pasta de cristales rúnicos con salsa de luz solar

🍗 Ave de fuego asada sobre nido de pétalos carmesí

🥩 Filete de quimera tierna con reducción de raíces antiguas

🌾 Sopa levitante de néctar vegetal

🍰 Postre de nube azucarada con esencia de memoria

🫖 Té de estrellas apagadas / 🥤 Elixir burbujeante de fruta eterna

Acalia sonrió, mordiéndose el labio.

—Voy por el filete de quimera. Si no hay riesgo, no hay gloria.

Sarah levantó una ceja.

—Mejor quédate con lo que puedas digerir. Yo pediré la sopa levitante… suena elegante y no me hará explotar.

—Yo quiero esa ave de fuego —intervino Easton—. Si sale volando del plato, mejor.

Xantle se estiró como si acabara de despertar de una siesta de tres siglos.

—Lo mío es dulce. Dame el postre de nube… y si puedo repetir, también.

—Pasta de cristales para mí —dijo Say con calma—. Aunque eso de “salsa de luz solar” suena peligroso.

—¡Guiso de hueso encantado! —gritó Gaudel como si estuviera eligiendo su última comida—. Solo por el nombre ya vale la pena.

—Yo pediré el té de estrellas —dijo Biel—. Y probaré la pasta. Lo necesito… más por el alma que por el estómago.

En pocos minutos, los platos llegaron flotando en bandejas que se movían solas. La comida emitía un brillo suave, como si cada ingrediente recordara su historia antes de ser cocinado.

Biel probó la pasta. Era suave como seda, pero cada bocado chispeaba levemente, como si activara una nota musical dentro de la lengua.

Acalia cortó el filete de quimera, que soltó un leve suspiro al abrirse.

—¿Este pedazo de carne… acaba de respirar? —preguntó, y todos estallaron en carcajadas.

Xantle tragaba su nube azucarada como si fuera la primera comida en años.

—¿Esto tiene esencia de memoria? Porque me está haciendo acordar de cuando robaba dulces de niña.

Sarah sopló su sopa levitante, y la cuchara flotó sola para alimentarla.

—Me están malcriando —sonrió.

Easton luchaba contra una ala del ave de fuego que se resistía a ser cortada.

—¿Peleas con tu cena? —le dijo Gaudel.

—Al menos me respeta más que mi primo —respondió Easton, y todos rieron otra vez.

Cuando terminaron, salieron del restaurante riendo, con el estómago lleno y el ánimo liviano. El sol ya comenzaba a ocultarse, y las primeras esferas de luz mágica flotaban sobre los caminos, encendiéndose una a una.

Caminaron juntos hasta el parque del instituto, un lugar tranquilo con bancas de madera viva, rodeadas de árboles que murmuraban entre ellos. El cielo era una paleta de colores suaves: violetas, naranjas, dorados… como si la ciudad estuviera pintada desde el alma.

Se sentaron bajo un roble que parecía cantar en silencio. Acalia fue la primera en hablar.

—Falta una hora para el recorrido nocturno… aunque tú, Biel, ya lo conoces todo. ¿Para qué vas a ir?

Biel sonrió, mirando hacia el cielo que lentamente se apagaba.

—Aquel día lo vi todo… sí. Pero me gustaría volver a verlo. Esta vez con mis amigos.

Hubo un silencio corto. Uno de esos que no es incómodo, sino cálido.

—Yo también me di un recorrido después de desempacar mis cosas —comentó Sarah.

—¡Ah! —exclamó Xantle—. Por eso desapareciste esta mañana. Pensé que te estabas ocultando del sol.

Sarah lo miró de lado, los ojos entrecerrados.

—¿Qué estás insinuando?

—Bueno… ya sabes. Vampiros. Sol. ¡Se queman! O eso dicen las historias.

Easton soltó una carcajada repentina, casi atragantándose con la risa.

—¡Xantle, por favor!

Pero la risa fue interrumpida por un leve “¡ouch!”

Sarah le había lanzado un pequeño golpe con el puño cerrado, justo en el brazo.

—Esos rumores son falsos —dijo, aun sonriendo con una mezcla de fastidio y orgullo—. Los vampiros podemos salir de día o de noche. El sol no nos daña. Eso es pura leyenda.

Xantle levantó ambas manos en señal de rendición.

—¡Perdón! No sabía cómo funcionaban los vampiros de verdad…

Sarah suspiró, cruzando los brazos.

—Está bien. Solo… no me compares con los que brillan bajo el sol como si fueran bolas de fiesta.

Todos soltaron una carcajada más. La noche ya caía.

De pronto, mientras hablaban, una figura se acercó lentamente por el camino. Una chica de cabello largo café con tonos dorados, que caminaba con pasos tranquilos y mirada firme. El viento jugaba con su melena, levantándola apenas. Sus ojos eran intensos, pero no agresivos. Y había algo en su aura… algo que no podía ignorarse.

Se parecía demasiado a Yumi.

Biel, que estaba distraído mirando el cielo, bajó la vista justo cuando ella pasaba. Y entonces sucedió.

Sus miradas se cruzaron.

Él se quedó sin palabras. Su corazón pareció dar un salto extraño, como si una campana invisible hubiese resonado dentro de él.

La chica también lo miró. No con sorpresa, ni con desdén. Sino con un silencio demasiado denso… como si también sintiera que algo, en ese instante, se había activado.

Nadie habló.

Ni una palabra.

Solo el sonido del viento, que parecía haber dejado de soplar solo para no interrumpir ese momento.

Cara a cara. Ojos con ojos. Pasado con presente.

Y entonces…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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