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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 87

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Capítulo 87: Capítulo 86: Un Mundo que Despierta

El silencio entre Biel y Fernt fue tan denso como el cielo previo a una tormenta, apenas roto por las explosiones que estallaban a lo lejos como ecos de un mundo en llamas.

—¿Qué estará pasando por allá…? —musitó Biel, frunciendo el ceño mientras sus ojos se perdían en el horizonte rasgado por la guerra.

Fernt, con las manos aún bajas tras el duelo que habían librado, respondió con tranquilidad, pero sin quitar la vista del campo de batalla distante:

—Ha de ser mi hija… y mis subordinados. Están enfrentando a esos chicos… los que llaman “los Santos”.

Biel dio un paso hacia adelante, sorprendido.

—¿Los Santos? Entonces… ¿ellos también están luchando?

Fernt asintió, con una calma que contrastaba con la violencia que los rodeaba.

—Pero no te preocupes. Ya di la orden de que no los maten. Después de todo, el conflicto era solo contigo, mi señor.

Biel frunció el ceño al escuchar ese título que aún le incomodaba. Antes de poder replicar, Fernt continuó:

—En cuanto a nuestro combate… debo decir que eres extremadamente fuerte. Pero aún no estás a la altura de ellos a menos que luchen dentro de esta barrera.

—¿”Ellos”? —repitió Biel, confundido.

Fernt cruzó los brazos, su tono teñido de una honestidad que parecía pesarle.

—Y sobre todo tu poder aún no está completo. Aunque seas nuestro creador, tu poder sigue sellado. Aun así… ellos son más poderosos. Me cuesta admitirlo, pero son la raza más fuerte después de nosotros y los Celestborn.

Biel giró la cabeza lentamente hacia él, sus ojos cargados de desconcierto.

—¿La raza más poderosa? ¿No eran ustedes los más fuertes?

Fernt suspiró. Su mirada no era arrogante, sino melancólica.

—Al principio, sí. Pero con el paso de los años… ellos llevaron sus cuerpos al límite, trascendiendo lo conocido. Alcanzaron un nuevo estado. Son los Archadeamon. Renacieron en el nuevo mundo que tú creaste, mi señor.

Un escalofrío recorrió la espalda de Biel.

—¿Un nuevo estado de fuerza…?

—No es magia común, ni siquiera magia prohibida —dijo Fernt—. Es un estado de conciencia. Un regalo del cielo. Una evolución natural. Una respuesta del mundo a sus espíritus inquebrantables.

Biel escuchaba como quien oye una melodía que jamás había sido compuesta.

—Lo llaman el Instinto de Conciencia Fortalecida… o ICF.

Fernt alzó su mano y la cerró lentamente en el aire, como si atrapara algo invisible.

—El ICF combina tres fuerzas: el instinto puro, la conciencia energética y la sincronización dimensional. El portador no piensa… simplemente reacciona. Pero lo hace con una precisión que parece divina.

—¿Reacción sin pensamiento…? —repitió Biel, entre curioso y perturbado.

—Exacto —dijo Fernt—. Perciben el maná, la intención, las emociones… incluso las alteraciones del espacio. Cada movimiento se alinea con el flujo del mundo. Es como si bailaran con la realidad misma.

Una pausa cargada de significado los envolvió. Luego Fernt prosiguió:

—Ese estado se alcanza por etapas. Primero, el despertar, cuando el usuario siente el hilo del mundo. Luego, la resonancia, donde expande su conciencia sin perder su identidad. Y por último, la fusión… cuando su instinto y la realidad se mueven como uno solo.

—¿Y hay algo más allá…? —preguntó Biel, su voz baja, casi temblorosa.

—Sí —respondió Fernt, bajando la mirada—. El Eco del Infinito. Cuando el portador se convierte en un punto de convergencia. El mundo… responde a su voluntad.

Biel dio un paso atrás, con la respiración agitada.

—Eso… no existía hace doscientos años.

—Nació después de tu reconstrucción del mundo —afirmó Fernt—. Y no fue exclusivo. Los Archadeamon compartieron su conocimiento con otras razas. Querían que la armonía entre pueblos se sostuviera también en igualdad de poder.

Biel recordó entonces los rostros de Palser y Calupsu, sus sacrificios, su lealtad ciega… su destino truncado por Khios en el Inframundo. ¿Qué habría sido de ellos si hubieran tenido acceso a esa fuerza?

Pero Fernt interrumpió su cadena de pensamientos.

—Y eso no es todo.

Biel lo miró, aún con el corazón enredado en memorias y futuros posibles.

—¿A qué te refieres?

—El ICF no puede despertarse tan fácilmente en cualquier especie. Exige una adaptación biológica para soportar la sobrecarga sensorial… y una voluntad inquebrantable para mantener la identidad en medio del caos de la expansión.

Fernt hizo una pausa, como quien escoge cuidadosamente la siguiente revelación.

—Hasta hoy… solo diez personas en todo el mundo han alcanzado el ICF fuera de los archadeamon. Entre ellas, una joven espadachina… cuya precisión es considerada la más letal de su generación.

Biel parpadeó.

—¿Una espadachina? ¿Sabes quién es?

—No. Desconozco su nombre. Pero sé lo que hizo.

El aire se volvió pesado, como si las palabras que seguían contuvieran el peso de una historia olvidada.

—Hace un año, esa joven sola… derrocó un régimen entero. Salvó una ciudad aislada en los confines del continente. Miles de soldados no pudieron detenerla. Cortó con su espada la bandera que representaba la opresión, y la hizo caer como si fuera papel.

Biel sintió un estremecimiento profundo. La imagen se clavó en su mente como un presagio.

—Y desde entonces… nadie sabe dónde está —concluyó Fernt.

El viento sopló con una cadencia extraña, como si el mundo entero hubiera contenido la respiración. Biel apretó los puños, su mirada fija en las sombras del horizonte.

La guerra seguía sonando a lo lejos.

Pero en el corazón de Biel, algo más acababa de despertarse.

Fernt se giró hacia Biel, con una media sonrisa que no lograba ocultar el peso de los siglos en sus ojos.

—A lo largo de estos doscientos años, todo ha cambiado —dijo, su voz grave resonando como un tambor lejano—. Incluso muchas cosas que conocías en aquella época han quedado atrás. Pero no te preocupes, mi señor… aún eres joven. Tienes tiempo de sobra para aprender lo nuevo de este mundo que recreaste.

Biel lo observó con una mezcla de recelo y curiosidad.

—¿Y cómo se supone que voy a aprender todo eso?

Fernt ladeó la cabeza, como quien prepara una revelación.

—Este instituto será tu gran fuente de aprendizaje, mi señor.

Los ojos de Biel se entrecerraron.

—¿Acaso… sabes de este instituto?

—Claro que sí —replicó Fernt, con un deje de orgullo—. Tiene una historia extensa, y sé que ahí te enseñarán las bases del ICF. También comprenderás a la perfección este mundo… o al menos, todo lo que sus muros alcancen a mostrarte.

Un destello burlón cruzó su mirada.

—Bueno… será mejor que me retire. Solo vine a causar un poco de alboroto. —Soltó una risa ronca—. Después de todo, quería comprobar quién era ese humano que usaba el nombre de nuestro creador. Nunca imaginé que fuera el verdadero en persona.

Biel no respondió; sus ojos seguían midiendo cada palabra.

Fernt inclinó la cabeza, como si escuchara algo en la distancia.

—Por cierto… el combate allá adelante está en su punto más alto. Vaya… esos Santos son más fuertes de lo que creía. Y el que está enfrentando a mi hija… es extremadamente fuerte. Ten cuidado, mi señor.

Biel lo miró con incredulidad.

—No es posible que Ika esté perdiendo… cuando la enfrenté, era increíblemente fuerte.

Fernt soltó una carcajada breve.

—No te preocupes. Le dije que se contuviera… y que solo usara la mitad de su poder. Pero ese Santo… es un oponente digno. Aunque será mejor que intervenga. Mi hija está perdiendo la calma.

Biel cerró los ojos por un instante, sintiendo el cambio. El aire se volvió más denso, cargado de un filo invisible.

—Su energía… está aumentando demasiado. Por favor, deténla —dijo Biel con firmeza—. Su aura se está volviendo agresiva.

Fernt asintió.

—Ahora mismo.

En el campo de batalla, el suelo estaba marcado por cráteres y grietas humeantes.

Masaki y Hikari habían terminado con los guardias drakeryanos, pero cada respiración les pesaba como plomo.

A pocos metros, Takeshi e Ika seguían enfrascados en un duelo feroz.

—Vaya… así que este es el poder de un drakeryano —jadeó Takeshi, con una sonrisa temeraria—. Pensé que serían más fuertes, según decían.

—¿Qué demonios dices, humano? —replicó Ika, su mirada ardiendo—. No eres ni la sombra de nuestro creador. Ese título de “Santo” te queda grande. Si no fuera por esta barrera ya estarías muerto. Y viendo cómo jadeas… no me quiero imaginar qué pasaría si te enfrentaras a los Archadeamon.

—Sé que son extremadamente fuertes —respondió Takeshi—. Usan una fuerza distinta a la nuestra. Pero yo puedo acceder a una mínima parte de ese poder… y eso me hace digno de aprender el ICF.

Ika chasqueó la lengua.

—No digas estupideces. El ICF es una joya de los Archadeamon. Sí, es posible que otras razas lo aprendan… pero no sin años de entrenamiento. Como esa chica espadachina que lo dominó a los doce años. Ella sí es un prodigio… y hoy es mucho más fuerte.

Takeshi negó con la cabeza, su voz teñida de orgullo.

—Ella lo logró porque convivió con demonios. Solo por eso lo aprendió. Si no, sería otra más con habilidades no comunes.

El rostro de Ika se endureció, su voz se volvió un rugido contenido.

—No sabes nada de ella. Ni de su pasado, ni de su historia. No hables como si la conocieras.

Ambos se lanzaron al mismo tiempo, puños envueltos en energía, dispuestos a estrellar el mundo entre sus golpes.

Pero antes de que el impacto ocurriera, una sombra se interpuso.

Fernt apareció entre ellos y detuvo ambas ofensivas como si fueran hojas al viento.

Takeshi apenas alcanzó a preguntar:

—¿Quién eres tú…?

No hubo respuesta. Su cuerpo cedió al agotamiento y cayó inconsciente.

Ika tambaleó, murmurando con voz apagada:

—Perdóneme, papá… rompí mi promesa.

Fernt la sostuvo entre sus brazos.

—Tranquila, hija. Sé que, si hubieras usado todo tu poder, ellos ya no estarían aquí. Descansa.

—Sí… papá… —susurró, antes de perder el sentido.

Fernt la acomodó sobre su hombro y giró hacia Biel.

—Mis disculpas, mi señor. Nos retiramos. Nos veremos pronto.

Ah… y dígale a Yael que le mando saludos.

—Claro… se lo diré —respondió Biel.

En un parpadeo, Fernt se transformó en un dragón colosal. Sus alas cortaron el viento y su silueta se convirtió en un destello que ascendió hacia los cielos.

Biel siguió con la mirada la estela luminosa del dragón hasta que se perdió entre las nubes.

Al bajar la vista, encontró los ojos de Hikari y Masaki clavados en él.

—Vaya… sobreviviste —dijo Masaki con media sonrisa—. Así que ese drakeryano no te asesinó.

Biel seguía mirando el cielo, como si buscara aún la sombra de Fernt.

—Era el rey drakeryano —dijo con calma—. Más fuerte incluso que su hija.

Hikari alzó una ceja.

—¿Y cómo puedes saberlo si ni siquiera lo enfrentaste? Si Takeshi casi derrotó a Ika… no son tan impresionantes como dices.

Un murmullo interrumpió la tensión. Takeshi se incorporaba lentamente, exhausto… hasta que su mirada se posó en Biel.

En su mano, Biel sostenía una espada.

No era una espada cualquiera. Su forma, su filo, su aura…

Takeshi la reconoció al instante.

Sus ojos se abrieron de par en par.

El mundo pareció encogerse alrededor de ese acero.

—Oye tú… —dijo Takeshi, apuntando con el dedo a Biel—, ¿por qué tienes esa espada?

Biel ladeó la cabeza con inocencia fingida.

—¿Qué espada? ¿Esta? La compré en una herrería muy buena. El herrero hace un trabajo impecable.

Takeshi frunció el ceño, acercándose un paso.

—¿Qué rayos dices? ¡Si esa espada es…!

Pero se detuvo en seco. Un destello de duda cruzó su mirada.

La hoja no era igual a la que había reconocido en un principio.

—… ¿Eh? No, espera. No es la misma —murmuró, rascándose la cabeza—. Por un momento pensé que era la legendaria espada del héroe. ¿Cómo iba a pensar que un “no común” podría empuñar la gran espada Aine?

Soltó una risa cansada y se giró hacia los demás.

—Mejor me voy, estoy agotado. Oigan, ustedes, vámonos. El “no común” está vivo.

Hikari y Masaki lo siguieron sin mirar atrás. En pocos segundos, las tres siluetas desaparecieron rumbo al instituto.

Biel se quedó en el mismo lugar, dejando que el silencio cubriera la tierra devastada.

Entonces, una voz suave y femenina resonó en su mente:

—¿Por qué me pediste que cambiara mi forma así, de repente?

—Para que no descubrieran quién soy en realidad —respondió Biel con calma—. No quiero que sepan que reencarné… ni que soy aquel héroe que tanto veneran.

La voz dejó escapar un suspiro que parecía contener siglos de paciencia.

—Pero… ¿viste cómo te trató ese tipo? ¿Quién se cree?

Biel esbozó una sonrisa amarga.

—Déjalo. El desprecio… y el odio… son cosas que no se borran ni siquiera reiniciando el mundo. Lo sé bien.

Hubo un breve silencio. Y entonces, la espada comenzó a brillar.

Su forma se retorció como luz líquida, hasta que frente a Biel apareció una mujer de cabello plateado y ojos que guardaban la memoria de mil batallas. Sin decir nada, se lanzaron a un abrazo.

—Qué gusto me da volver a verte, mi querido Biel —susurró ella, cerrando los ojos.

—Igualmente, Aine. Han pasado… demasiados años.

—Muchos más de los que quisiera. —Ella sonrió con nostalgia—. Después de aquel día, hace doscientos años, me quedé justo donde me dejaste. Incrustada… imposible de que alguien me moviera.

Pasaron diez años. Luego cincuenta. Doscientos… hasta que la cuenta dejó de tener sentido. Vi esta civilización transformarse en una ciudad que jamás imaginé… y, al final, volviste.

—Tenía que volver —respondió Biel, suavemente—. Mis amigos también están aquí.

Aine abrió los ojos, sorprendida.

—¿Ellos… también reencarnaron? Qué alegría… Me encantaría volver a ver a Sarah y a las demás chicas. Me llevé tan bien con ellas que las consideré mis amigas.

—Están en el instituto —explicó Biel—, pero aún no han recuperado todos sus recuerdos. Algunos ni siquiera te reconocen todavía.

La reencarnación fue diferente para ellos. A mí me sellaron la memoria, pero la recuperé de golpe. En su caso… los sellos se rompen poco a poco. Solo recuerdan fragmentos.

—Ya veo… —Aine asintió, confiada—. Bueno, no será difícil volver a ser su amiga.

Biel soltó una risa breve.

—Jajajaja, sí… Bueno, será mejor que regresemos.

Pero antes de dar un paso, una voz femenina y segura se dejó oír a su espalda:

—Vaya… así que también estás aquí, Aine.

Aine se tensó.

—¿Quién eres?

—No te preocupes, soy yo… Enit.

La figura de Enit emergió de entre la bruma. Sus ojos de un verde profundo recorrieron la escena antes de hablar con un tono casi juguetón:

—Vaya… sí que dejaron este lugar hecho trizas.

—Fernt es muy fuerte —respondió Biel.

—Y un idiota imprudente —replicó Enit, cruzándose de brazos.

Aine, aún sin soltar del todo a Biel, arqueó una ceja.

—Biel… ¿ella quién es?

—Ella es Enit. Reina… y diosa de los espíritus. —Biel la miró de reojo—. No sé si la recuerdas, pero ella y el dios del tiempo me ayudaron a renacer.

—Ya lo recuerdo… —Aine sonrió con picardía—. Es la mujer guapa de aquel entonces. Y… ¿qué hace aquí?

Enit sonrió de medio lado.

—Me mudé a la Tierra. Estuve esperando a que Biel regresara.

Aine entrecerró los ojos.

—Oye… ¿acaso estás enamorada de Biel?

Enit parpadeó, y por primera vez en siglos, un rubor se encendió en sus mejillas.

—¿Qué dices, Aine? —rio nerviosa.

—¡Aine! —protestó Biel—. ¿Qué estás insinuando? ¡Ella es una diosa!

—Sí, soy una diosa —interrumpió Enit, con una sonrisa traviesa—. Pero también tengo derecho a amar, ¿no crees?

Biel se quedó congelado.

—¿Qué…?

Aine se volvió hacia él con una sonrisa de triunfo.

—¿Ves? ¡Te dije que está enamorada de ti, querido Biel!

—¡Oye, Aine! No malinterpretes las cosas…

Enit ya no pudo contener la risa, y su melodiosa carcajada se mezcló con la expresión confundida de Biel y la sonrisa pícara de Aine.

En medio de las ruinas, y por un instante, la guerra quedó a un lado.

El regreso de Biel al instituto fue como la entrada de un guerrero que venía de otra era.

Su ropa estaba hecha jirones: la camisa reducida a retazos colgando como cenizas de tela, el pantalón rasgado y marcado por manchas de sangre seca. Cada paso resonaba en el silencio del campus como un eco de batalla.

Los estudiantes lo miraban desde los pasillos, murmurando entre sí. Muchos aún recordaban el instante en que un rayo lo había alcanzado, lanzándolo varios metros por los aires.

Y, sin embargo, Biel había resistido. Su cuerpo no mostraba más que arañazos superficiales, como si la furia del cielo hubiera rebotado contra algo imposible de quebrar.

De pronto, su resistencia se quebró: Biel cayó de rodillas, y su cuerpo se desplomó.

—¡Querido Biel! —exclamó Aine, corriendo hacia él.

Enit se adelantó y la sostuvo por el hombro. Su voz, tranquila, era como un río que amortiguaba la tensión.

—Tranquila. Solo está agotado. De hecho, me sorprende que haya podido caminar hasta aquí después de todo.

Alzó la voz y señaló a un grupo de estudiantes que observaban asustados.

—¡Ustedes! Llévenlo a la enfermería, ahora mismo.

Los jóvenes reaccionaron de inmediato, cargando con cuidado el cuerpo inconsciente de Biel. Aine se quedó mirando cómo lo alejaban, con el corazón apretado.

—Espero que se recupere pronto… —susurró.

—Se recuperará —dijo Enit, firme—. Biel es fuerte. Esto solo fue un colapso tras la pelea.

Ven, Aine. Hay algo que debemos conversar.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, desconfiada.

—A mi oficina. Necesito hablar contigo a solas.

Mientras tanto, en los dormitorios femeninos, la atmósfera era otra. Las chicas se habían reunido, la tensión del día todavía ardiendo en sus voces.

Acalia fue la primera en romper el silencio:

—Recién llegamos a este lugar y ya hemos pasado por demasiados conflictos. Y todos, de alguna manera, giran en torno a Biel… primero con los Santos, ahora con el rey drakeryano. Ese chico se mete en problemas sin querer… o los problemas lo buscan.

Sarah se acomodó el cabello y asintió, aunque sus ojos parecían mirar más allá de la habitación.

—No es casualidad. Ya arrastraba problemas desde su vida anterior. Tengo recuerdos borrosos… fragmentos de lo que pasó hace doscientos años.

—Yo también —agregó Camila, pensativa—. No son recuerdos completos, pero… algo de lo que dice Sarah me suena familiar.

Xantle y Raizel se miraron confundidas.

—¿Recuerdos? —preguntó Xantle, arqueando una ceja—. ¿Qué están diciendo?

Acalia inspiró hondo antes de responder:

—Son… recuerdos de nuestro pasado. De otra vida.

—¿¡Qué!? —exclamó Xantle, incrédula—. ¿Están hablando de reencarnación?

—Sí —dijo Acalia con seriedad—. Yo, Sarah, Camila, Gaudel… y también Biel. Todos vivimos hace doscientos años. Y ahora hemos renacido en esta época. No recuerdo todos los detalles, pero… lo sé en lo profundo de mí.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Raizel, en silencio, repitió la palabra en su mente: reencarnación. Pero antes de poder procesarla, un dolor lacerante le atravesó la cabeza. Cayó de rodillas, sujetándose las sienes.

—¡Raizel! —gritó Acalia, corriendo hacia ella.

—No… puedo… —Raizel temblaba, las lágrimas resbalando por sus mejillas—. ¡Me duele mucho!

—No puede ser… —murmuró Acalia—. ¿Tú también…?

Entonces, como una compuerta que se abre de golpe, los recuerdos la inundaron.

La memoria del plano espiritual.

El día en que Biel la había salvado de los elfos que la atacaban.

La batalla contra su hermano, Rizeler.

El instante en que decidió unirse al viaje de Biel.

Las aventuras, las risas, las heridas compartidas…

Su ascenso a arcángel, desplegando cuatro alas majestuosas que brillaban como espejos de luz.

Las batallas que desgarraron cielos y tierras.

Su muerte.

Cuando el dolor cesó, Raizel ya no era la misma. Lágrimas corrieron libremente por su rostro.

—Esos recuerdos… esa vida… todo lo que Biel vivió… —su voz temblaba—. Fue demasiado duro. Y, aun así, sigue adelante…

Xantle la miraba boquiabierta.

—¿Tú también… tienes esos recuerdos de los que ellas hablan?

Raizel levantó la vista, con ojos enrojecidos.

—Sí… y no solo eso. Tú también estabas ahí, Xantle.

El corazón de Xantle dio un vuelco.

—¿Yo? No… no puede ser… yo no recuerdo nada.

Pero el eco de las palabras quedó en la habitación, como un llamado que tarde o temprano tendría respuesta.

Mientras Biel permanecía inconsciente en la clínica del instituto, pasaron cinco días.

Cinco días en los que su cuerpo descansó, pero el mundo afuera comenzó a convulsionar.

Eran como piezas de dominó cayendo una tras otra: cada evento encendía otro, cada nombre se repetía en los rincones más lejanos del continente. El mundo estaba cambiando.

Iskaria

Había pasado un año desde que la nación se liberó de la tiranía de .

El día de la caída del reinado fue recordado con festejos, cantos y lágrimas de esperanza: el fin de tres décadas de opresión. Y la hazaña fue obra de una sola persona: la chica espadachina, cuya espada había derribado no solo a diez mil hombres, sino al peso de todo un imperio.

Pero con el paso de los meses, el júbilo dio paso a las dudas.

Las ruinas del antiguo reinado aún permanecían, y la sombra de la opresión se convirtió en un vacío de poder.

Algunos nobles que habían sobrevivido al cambio comenzaron a tejer conspiraciones en silencio. Familias enteras que habían perdido privilegios clamaban venganza. Las ciudades más alejadas del centro se sentían abandonadas, y pequeños grupos armados comenzaron a disputarse territorios bajo la bandera de la “restauración”.

El pueblo, al que una vez unió la esperanza, ahora se encontraba dividido entre la fe en un futuro distinto y el temor a caer en otro ciclo de guerra.

Y en medio de todo, un nombre seguía resonando:

—La chica espadachina… ¿dónde está?

—¿Acaso nos abandonó después de salvarnos?

—¿Volverá para guiarnos, o solo fue un rayo fugaz en la tormenta?

El recuerdo de aquella joven era más fuerte que la realidad presente. Muchos la veneraban como heroína, pero otros comenzaban a verla como una figura incómoda: un símbolo de libertad que también evidenciaba lo que aún faltaba por construir.

Y entre los grandes poderes del mundo, las preguntas eran aún más inquietantes:

—¿Acaso domina el ICF?

—¿Será una de las diez que alcanzaron ese estado?

—Si pudo derrotar a un reino entero, ¿qué más podrá lograr?

La liberación de Iskaria había encendido la chispa de un nuevo futuro… pero también había dejado un vacío peligroso.

Un país tambaleante entre la esperanza y la crisis, y un símbolo —la espadachina— que se había convertido tanto en la mayor fortaleza como en la mayor incógnita.

País de Valtoria

En el imponente palacio de mármol negro, los nobles cuchicheaban nerviosos sobre la espadachina. Su nombre aún era un misterio, pero sus actos resonaban como un trueno.

En la sala del trono, una sombra se encontraba sentada. Su presencia era tan pesada que volvía el aire denso. Su voz, calmada y venenosa, rompió el murmullo:

—El mundo… siempre con sus sorpresas. La chica espadachina que liberó Iskaria, y ese muchacho que logró empatar con mi hermano en Renacelia… Vaya, vaya.

Se inclinó hacia adelante, dejando escapar una risa oscura.

—Aunque, claro… un empate contra mi hermano no es gran cosa. Después de todo, es el más débil de los cuatro y con esa barrera que recubre todo el país.

Su risa retumbó por las paredes del trono.

—Jajajajaja…

Un subordinado entró a toda prisa, inclinando la cabeza.

—Mi señor, llegaron más detalles del combate. Los informes dicen que el joven tiene apenas dieciocho años… y que usó una transformación desconocida.

La sombra se detuvo.

—¿Una transformación? Interesante… —susurró, con un destello de interés en la voz—. No creía que los humanos pudieran manipular algo así.

Luego agitó la mano con desdén.

—Pero si solo empató con mi hermano más débil, no es nada del otro mundo. Ya tendré ocasión de conocerlo en persona. Y ese día… lo pondré en su lugar.

Volvió a reír, esta vez más bajo, como un trueno en la distancia.

Sants Smire

El país de los Archadeamon. Una tierra que hace doscientos años había visto el renacer de esa raza, desplazándose por el mundo como semillas del caos y la fuerza.

Hoy, en tiempos modernos, Sants Smire era su capital y su orgullo: un territorio donde archadeamon convivían con humanos, umbrelianos, marevios y otras especies bajo una bandera común.

, corazón palpitante del país, se había reunido . ocupaban sus asientos en la colosal sala circular, iluminada por cristales de maná que latían como corazones.

La sesión se abrió con un rugido de voces.

La liberación de Iskaria.

El misterioso empate en Renacelia entre el rey drakeryano y un novato de poderes desconocidos.

El avance tecnológico y militar de la nación de Monotia.

Cada palabra era una chispa que podía encender una guerra.

Y mientras las discusiones subían como olas, en lo profundo de cada mirada brillaba lo mismo: miedo.

Miedo al cambio que se avecinaba.

Porque en menos de un año, dos nombres se habían convertido en el eje de todas las conversaciones:

El muchacho desconocido de Renacelia.

Y la espadachina de Iskaria.

Ambos, piezas nuevas en un tablero que estaba a punto de romperse.

En una isla apartada, bañada por las aguas cristalinas de Iskaria, la calma parecía un espejismo.

El mar, con espuma dorada bajo el sol, rompía contra la orilla como si quisiera arrullar a quien allí descansaba.

Y en medio de esa postal paradisíaca estaba Lilyn.

Su cabello largo, naranja con reflejos rosados, ondeaba al ritmo del viento marino. Sus ojos ámbar, intensos y encantadores, tenían el brillo de una joya robada. Su piel clara, sus gestos elegantes, su figura ligera como el movimiento de un gato seguro de sí mismo: todo en ella parecía hecho para llamar la atención… y para disfrutarlo.

Con apenas diecisiete años, había marcado la historia al liberar a Iskaria. Y, aun así, allí estaba, recostada en una hamaca, sorbiendo un batido de frutas con una sonrisa traviesa.

Su túnica blanca y plateada brillaba bajo el sol, las botas relucían y, a su costado, la funda de su espada reposaba como si fuera otro de sus juegos.

Mientras hojeaba un periódico arrugado, soltó una carcajada coqueta.

—A ver, a ver… ¿qué tenemos por aquí? —sus ojos bailaban sobre las letras—. El consejo archadeamon, bla bla bla, discusiones políticas, aburrido. ¡Ah! Pero esto sí que me gusta…

Sus labios se curvaron con picardía al leer la noticia de Renacelia.

—Un estudiante que empató con el mismísimo rey drakeryano… vaya, vaya. Y yo que pensaba que los chicos interesantes estaban en peligro de extinción.

Mordió la pajilla de su batido, jugando con ella.

—¿Así que hay un muchacho capaz de plantarle cara a un rey drakeryano? —chasqueó la lengua, atrevida—. Si es fuerte, ya me da curiosidad.

Si además resulta guapo… pues, pobrecito, ya no tendrá escapatoria.

Se echó a reír, vivaz y ligera, como si todo el mundo fuera un escenario hecho para sus bromas.

—Creo que participare después de todo en ese torneo entre institutos… aunque sea para ver si el chico es tan rudo como dicen. Y si no lo es… bueno, al menos me entretendré un rato.

Se incorporó con un estiramiento felino, dejando que el sol acariciara su figura, y lanzó un beso al aire hacia el horizonte.

—Prepárate, Renacelia… Lilyn está en camino. Y yo, cuando me aburro… tiembla hasta el mundo.

Mientras tanto, en Renacelia, Biel dormía. Su cuerpo aún se agitaba en sueños, preso de recuerdos y batallas que lo habían marcado. Cada respiro suyo era una promesa de que el despertar traería consigo tormentas.

Lejos, en un paraje donde la luz parecía haber muerto hacía siglos, una figura encapuchada avanzaba.

El aire estaba impregnado de un hedor antiguo, como si las piedras mismas respiraran ceniza. Cada paso resonaba con un eco profundo, semejante al retumbar de un tambor de guerra que nunca debía volver a sonar.

Las ruinas estaban cubiertas de símbolos arcanos que parecían sangrar oscuridad.

No eran simples grabados: se retorcían bajo la mirada, como si quisieran escapar de la piedra y arrastrar consigo a quien los contemplara demasiado.

La figura se detuvo frente a un altar desquebrajado. El lugar parecía un corazón muerto, y sin embargo latía con un pulso sombrío que vibraba en las entrañas.

El encapuchado inclinó la cabeza, y con voz rasgada —mezcla de reverencia y delirio— pronunció:

—Por fin… te encontré.

Rey demonio de la oscuridad primordial.

Al instante, las sombras se estremecieron.

Las columnas crujieron como si despertaran de un letargo milenario. El aire se volvió pesado, casi imposible de respirar, y un murmullo gutural emergió de la penumbra, no con palabras, sino con la sensación inequívoca de que algo antiguo y prohibido había escuchado.

Era como si el mundo entero hubiese contenido el aliento.

Como si las tinieblas hubieran abierto los ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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