FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 47 – Y yo responderé a su llamado
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 47 – Y yo responderé a su llamado
La habitación estaba en silencio.
Kairós estaba sentado en el borde de la cama, la mirada fija en el suelo. La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando sombras alargadas en la madera. No se movía. Apenas respiraba.
Llevaba así un rato. No sabía cuánto. El tiempo se había vuelto elástico, como tantas otras cosas en su vida.
Sus ojos se movieron lentamente hacia la izquierda.
La espada estaba apoyada contra la pared, en su rincón habitual. La hoja, dentro de la vaina, parecía descansar. Esperar.
Kairós se levantó. Fue hacia ella. La cogió con ambas manos, sintiendo el peso familiar. Se sentó en la cama otra vez y la puso sobre sus piernas.
Desenvainó.
La hoja brilló bajo la luz de la luna. Acero limpio, sin una mancha. Pero él la limpió igual. Pasó el trapo suavemente, una y otra vez, recorriendo cada centímetro del metal. La punta. El filo. La base.
No era necesario. Pero era un ritual. Una forma de conectar.
Cuando terminó, la envainó. La puso a un lado. Luego cogió la vaina y la limpió también. El cuero, las costuras, la pequeña hebilla que la sujetaba al cinto.
Todo en silencio. Todo con calma.
Terminó. Dejó la espada apoyada contra la cama. Se levantó.
Fue al armario. Abrió la puerta.
Dentro, su ropa de siempre. El abrigo gris con marrón, gastado por los años. Las camisas. Los pantalones.
Pero también, en un rincón, colgaba el abrigo negro. El de las batallas. El que había usado en la Fisura. El que aún tenía marcas de garras.
Kairós lo miró un momento. Luego metió la mano en el bolsillo trasero y sacó el Diario.
—Abre —susurró.
El libro se abrió solo. Sus páginas, en la penumbra, parecían brillar con una luz tenue.
Kairós cogió el abrigo negro. Lo dobló con cuidado. Lo dejó caer sobre las páginas. El libro se lo tragó sin ceremonias.
Luego la máscara. La superficie rugosa, los orificios vacíos. También desapareció entre las páginas.
—Gracias —murmuró.
El Diario no respondió. Pero Kairós sintió su presencia. Su aprobación.
Lo guardó de nuevo en el bolsillo.
Luego se vistió con su ropa de calle. La de siempre. La gris y marrón. La que no llama la atención.
Se miró en el pequeño espejo de la habitación. Un desconocido le devolvió la mirada. Pero esta vez… esta vez los ojos eran diferentes.
Bajó la vista hacia la mesilla. El reloj de su padre estaba ahí, como siempre. Las manecillas, quietas en las 3:07. Lo cogió. Lo sostuvo un momento. Sintió su peso, su frío, su silencio.
Se lo guardó en el bolsillo del pecho.
Luego cogió el Diario otra vez. Lo abrió. Hojeó las páginas hasta la sección de la interfaz.
COMPRENSIÓN DEL MUNDO: 4.35% (anteriormente 4.25%)
—Subió —murmuró.
Siguió leyendo.
RECUERDOS FUNDACIONALES: 7 (anteriormente 5)
RECUERDOS EMOCIONALES: 38 (anteriormente 30+)
RECUERDOS TRIVIALES: 62 (anteriormente 50+)
Y al final, un mensaje. Pequeño, casi tímido:
“Tu aura se ha afilado.”
Kairós sonrió. Una sonrisa pequeña, sin alegría.
El Diario se abrió un poco más, como si quisiera decir algo.
—Sigue en tus vacaciones —dijo Kairós en voz baja.
El libro dudó un momento. Luego, una línea apareció:
Okay. Pero no me pegues así.
Kairós cerró el libro con cuidado. Se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
Luego se quedó quieto en medio de la habitación.
Cerró los ojos.
Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.
El aire entró. El aire salió. Nada más.
Abrió los ojos.
Estaba calmado.
—
Bajó las escaleras.
El taller estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por la ventana. Los relojes marcaban horas distintas. Como siempre.
Liana estaba en su silla, con el cuaderno abierto y un lápiz en la mano. Al oír sus pasos, levantó la vista.
Y se quedó quieta.
Kairós bajaba los escalones con una postura que no le había visto antes. La espalda recta. Los hombros hacia atrás. La mirada al frente. Cada paso sonaba firme, decidido, como si supiera exactamente adónde iba y por qué.
No era el mismo hombre que había visto esa mañana. No era el mismo que cojeaba por las heridas, que se quejaba del dolor, que se dejaba caer en la silla con cansancio.
Este era otro.
Parecía un caballero con una poderosa armadura. Aunque solo llevara su ropa de siempre.
—¿Jefe? —preguntó Liana, y su voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. ¿Se va?
Kairós asintió. Llegó al final de las escaleras y se plantó frente a ella.
—Vuelvo a la madrugada.
Liana parpadeó. Iba a preguntar, pero algo en su mirada la detuvo. No era la misma mirada de otras noches. Era más… tranquila. Más firme. Más… definitiva.
—Cierra cuando quieras —dijo Kairós—. Si te quedas más tiempo, le he avisado a Leinett. Y hoy… —sacó unas monedas del bolsillo y las dejó sobre el mostrador—. Toma el doble de tu paga. Por el tiempo extra.
Liana miró las monedas. Luego lo miró a él.
—Jefe…
—Nos vemos.
Kairós se giró y caminó hacia la puerta. Sus pasos sonaron firmes sobre la madera. No dudó. No miró atrás.
La campanilla tintineó. La puerta se cerró.
Liana se quedó sola, mirando las monedas, preguntándose qué acababa de pasar.
Y en su mente, una imagen: la espalda de Kairós, recta, alejándose. Como si fuera a la guerra.
—
La calle estaba fría.
Kairós caminaba con paso firme, las manos en los bolsillos, la espada golpeándole suavemente la cadera. La noche de Ferren lo envolvía con su olor a metal y humo, su rumor lejano de fábricas, su cielo sin estrellas.
Pero esta vez no le importaba.
Sabía dónde iba.
El callejón. La zona donde había encontrado la fisura. El lugar donde todo había empezado.
Caminó con cuidado. Esquivaba las farolas de vapor, pegándose a las sombras. Miraba atrás de vez en cuando. Escuchaba. Esperaba.
Nadie.
Siguió avanzando.
El reloj de su padre, en el bolsillo del pecho, estaba helado. Más frío que nunca. Eso significaba que iba en la dirección correcta.
Llegó al callejón. Estrecho. Oscuro. Vacío.
Pero el reloj señalaba más allá. Más lejos que la última vez. La fisura se había movido.
—Mejor —susurró.
Siguió caminando.
Las calles se volvieron más estrechas, más oscuras. Los edificios, más viejos. Las farolas, más escasas. Pronto no hubo ninguna. Solo la luna, cuando se asomaba entre las nubes.
Kairós se detuvo un momento. Escuchó. Nada.
Miró atrás. Nada.
Sacó el Diario del bolsillo. Lo abrió.
—El abrigo —dijo—. La máscara.
El libro se abrió más. Sus páginas se volvieron un pozo sin fondo. Primero apareció el abrigo negro, luego la máscara.
Kairós se vistió rápido. El abrigo le quedó como siempre. La máscara, en su cara, lo separó del mundo.
Guardó el Diario.
Siguió caminando.
El aire se volvió más frío. Más denso. Como si la atmósfera misma estuviera cambiando.
El reloj, en su pecho, estaba tan frío que casi quemaba.
Kairós sonrió bajo la máscara.
Y siguió caminando.
Hacia la oscuridad.
Hacia la fisura.
Hacia el abismo.
….
El otro lado era diferente.
Kairós parpadeó, ajustando la vista a la nueva realidad. No era la misma ciudadela de la vez anterior. Esta era diferente. Más pequeña. Más… íntima. Las calles eran más estrechas, los edificios más bajos. El cielo seguía siendo esa bóveda gris sin sol, pero aquí la luz era más tenue, más mortecina.
La fisura se había movido. Y con ella, el mundo al que daba acceso.
Kairós desenvainó la espada. El metal brilló con un destello tenue. La sostuvo con ambas manos, lista. Luego empezó a caminar.
Sin rumbo fijo. Al menos al principio.
Solo explorar. Sentir. Recordar.
Las calles estaban vacías. No había ratas. No había lanzadores. Solo silencio y piedra antigua. Kairós avanzaba con paso lento, la espada siempre lista, los ojos moviéndose sin descanso. Cada esquina. Cada sombra. Cada recoveco.
Nada.
Pero él sabía que algo estaba ahí. En algún lugar. Esperando.
Siguió caminando.
Y entonces empezó a verlos.
Grabados. En las paredes de los edificios. En las columnas caídas. En los suelos de piedra. Al principio eran solo formas, dibujos abstractos que no entendía. Pero cuanto más avanzaba, más claros se volvían.
Escenas de batallas. Figuras humanas luchando contra sombras. Guerreros con espadas y lanzas. Y en el centro de todas ellas, una figura recurrente: una mujer. Con una lanza. Con una luz que irradiaba de su cuerpo.
Elyra.
Kairós se acercó a uno de los grabados. Pasó los dedos por la piedra. Las figuras eran toscas, antiguas, pero tenían un detalle que le llamó la atención. El idioma. Las inscripciones que acompañaban a las imágenes.
No lo conocía. No debería conocerlo.
Pero lo entendía.
Las palabras fluían en su mente como si siempre hubieran estado ahí. Como si fueran su lengua materna.
“Los dioses están muertos.”
Kairós retiró la mano como si la piedra quemara.
—¿Qué? —susurró.
Volvió a leer. Sí. Ahí estaba. Grabado en la piedra, con esa letra antigua y desgastada:
“Los dioses están muertos. Solo queda el hombre. Y su voluntad.”
Kairós sintió un escalofrío que no venía del frío.
Siguió caminando. Más grabados. Más inscripciones. Y cuanto más avanzaba, más claro se volvía el idioma. Como si una parte de él, una parte olvidada, estuviera despertando.
Llegó a una plaza. En el centro, una estatua. No era Elyra. Era otra figura. Un hombre, con una espada levantada al cielo. La estatua estaba partida por la mitad, la cabeza en el suelo, los brazos rotos.
Alrededor, más grabados. Estos contaban una historia.
Kairós se detuvo a leer.
Narraba un combate. Un combate que no había visto en ningún libro, que no había oído en ninguna leyenda. Elyra la Veloz, sí, pero no en las historias que conocía. Esta era diferente.
“Siete días y siete noches duró la batalla. Las sombras llegaron como una marea, negras como la noche, innumerables como las estrellas. Los guerreros caían. Las murallas temblaban. Pero Elyra no se rindió.
Su lanza brillaba con la luz de mil soles. Cada vez que una sombra caía, dos más ocupaban su lugar. Pero ella seguía. Una y otra vez. Sin descanso. Sin piedad.
Al séptimo día, cuando el sol se alzó sobre la ciudadela, las sombras huyeron. La batalla había terminado. Elyra había protegido el fuerte.”
Kairós leyó las palabras una vez. Dos veces. Tres veces.
Levantó la vista. La plaza. Los edificios alrededor. Las calles que había recorrido.
Esta era la ciudadela. La misma que Elyra había defendido. La misma que, según el grabado, había protegido durante siete días y siete noches.
Y ahora… ahora albergaba monstruos.
Kairós soltó una risa. Corta. Amarga.
—Qué ironía —murmuró—. Ella protegió este lugar. Y ahora es una madriguera de bestias.
Siguió caminando.
Los grabados se volvían más frecuentes. Más detallados. La historia de Elyra se desplegaba ante él como un libro de piedra. Batallas. Victorias. Pérdidas. La muerte de Kael. Su soledad final.
Kairós lo leyó todo. Lo absorbió todo. Y cuando llegó al final, cuando las inscripciones se desvanecieron en piedra desgastada, levantó la vista.
Frente a él, una puerta.
La entrada al templo.
La misma de la vez anterior. Pero diferente. Esta era más pequeña, más modesta. Las marcas de las garras de las moles aún estaban en las paredes, pero parecían antiguas, como si hubieran pasado años desde entonces.
Kairós apretó la espada en la mano.
—Vamos —susurró.
….
Kairós levantó la mano para empujar la puerta del templo.
—Oye.
La voz del Diario resonó en su mente, clara como siempre. Kairós se detuvo.
¿Sabes qué?
—¿Qué?
Que la última vez que estuvimos aquí casi nos morimos.
Kairós no respondió.
Y también fallaste de manera horrible tu super ataque final. Ese que ensayaste tanto. Ese que iba a ser épico. —Una pausa—. De hecho, ¿qué hacemos aquí?
Kairós se quedó quieto un momento. La mano aún suspendida frente a la puerta.
—Hacer mi vida menos aburrida —dijo al fin. La voz le salió tranquila. Casi divertida—. Supongo.
El Diario no respondió inmediatamente. Luego, un suspiro metafórico.
Eres idiota.
—Lo sé.
Kairós aprovechó para sacar el Diario del bolsillo. Lo abrió. La interfaz apareció.
VIDA: 75%
Suficiente. Más que suficiente para lo que planeaba.
Guardó el libro. Empujó la puerta.
—
El interior del templo era diferente.
No la disposición. Esa era la misma. Las mismas columnas. El mismo altar al fondo. La misma oscuridad densa.
Pero la piedra… la piedra parecía más antigua. Más gastada. Como si hubieran pasado siglos desde la última vez que estuvo allí, no solo unos días. Las marcas de su espada en el suelo, donde había fallado el ataque, estaban cubiertas de polvo y telarañas.
Kairós avanzó. La espada en alto. Los sentidos alerta.
Y entonces lo oyó.
Un ruido. Arriba.
Levantó la vista.
Diez rocas. Negras. Brillantes. Flotando en el aire, a punto de caer.
No dudó.
Se lanzó hacia adelante, la espada describiendo un arco. La primera roca se partió antes de tocar el suelo. La segunda, también. La tercera, también.
Pero eran muchas. Demasiadas.
Una roca impactó contra el suelo a su izquierda. Se rompió. Y de los fragmentos, empezaron a surgir formas.
Ratas. Las malditas ratas de muchos ojos.
Kairós no retrocedió.
Avanza, dijo una voz dentro de él. No era el Diario. Era otra cosa. Algo más profundo.
Avanzó.
La primera rata saltó. Su espada la partió en el aire. La segunda, también. La tercera, también.
Pero una le alcanzó la pierna. Las patas de aguja se clavaron en su pantorrilla. Dolió. Dolió como la primera vez.
Kairós no se detuvo. Pisoteó a la criatura, sintiendo cómo se deshacía bajo su bota, y siguió avanzando.
Otra rata. Otro golpe. Otra herida en el brazo.
Siguió avanzando.
Las ratas caían. Una tras otra. Pero él no miraba atrás. No contaba. Solo avanzaba.
Hacia los lanzadores.
Allí estaban. En las sombras, al fondo del templo. Sus siluetas alargadas, sus brazos listos para lanzar más piedras.
Kairós apretó la espada.
Y corrió.
Por : Hanzonex
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