FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 48 – El día que el abismo sintió miedo
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 48 – El día que el abismo sintió miedo
Sí.
Miedo.
Kairós lo sintió antes de verlo. No en él. En ellos.
Los lanzadores lo vieron avanzar y, por un instante, sus cuerpos se tensaron. Esos brazos largos y grotescos, diseñados para lanzar muerte desde lejos, temblaron ligeramente. Sus ojos—esos ojos diminutos y brillantes—parpadearon al mismo tiempo, como si compartieran un mismo pensamiento.
No debería estar aquí. No debería seguir avanzando.
Pero él avanzaba.
Las ratas caían a su alrededor. Una, dos, tres. Sus patas de aguja arañaban el aire donde él ya no estaba. Sus cuerpos reventaban bajo su espada, salpicando líquido negro que se deslizaba por su abrigo sin que él lo notara.
No sentía nada. Solo el movimiento.
Los pies. Siempre los pies. Yet se lo había repetido hasta la saciedad: “Los pies ganan las batallas, no la espada.” Y ahora lo entendía. Cada paso era una decisión. Cada giro, una promesa.
Las ratas no podían con él.
Y ellas lo sabían.
Los lanzadores lo miraron. Diez metros. Ocho. Seis. Intentaron retroceder, pero sus cuerpos no respondían. Eran torpes a corta distancia. Sus brazos, antes letales, ahora solo servían para defenderse.
Kairós llegó.
El primer tajo partió a un lanzador desde el hombro hasta la cadera. La criatura ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Su cuerpo se desmoronó en dos mitades, derramando un charco negro y humeante.
El segundo intentó golpearlo con un brazo. Kairós lo esquivó sin pensar. Un paso lateral. Un giro de cadera. La espada describió un arco limpio y la cabeza del lanzador salió volando.
El tercero y el cuarto cayeron casi al mismo tiempo. Dos tajos. Dos cuerpos. Dos montones informes.
El quinto, el último, lo miró con sus ojos diminutos. Y por un instante, Kairós vio algo en ellos que no esperaba.
No era rabia. No era hambre.
Era terror.
El lanzador temblaba. Sus brazos, inútiles, se levantaron en un gesto de defensa patético. Su boca—si es que tenía boca—emitía un sonido agudo, casi lastimero.
Kairós no dudó.
La espada bajó.
Silencio.
Cuatro cuerpos. Cuatro destellos. Se agachó, cogió los fragmentos, se los guardó. Gamma. Los más bajos. Pero suyos.
Se enderezó.
Y entonces lo sintió.
El suelo tembló.
Pum.
No como antes. Más fuerte. Más cerca.
Pum.
Kairós se giró lentamente. La mano le temblaba ligeramente sobre la empuñadura. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que casi dolía.
Pum.
La mole estaba al fondo del templo. Cuatro metros de pesadilla. La misma piel gris. Los mismos ojos brillantes. La misma boca demasiado perfecta, demasiado humana.
Pero esta vez, cuando lo vio, se detuvo.
No atacó. No rugió. Solo lo miró.
Kairós sintió el peso de esa mirada. Como si la criatura estuviera decidiendo algo. Recordando algo.
—Me reconoce —susurró.
La mole inclinó la cabeza. Un gesto lento, casi curioso. Como un perro que ve a alguien conocido después de mucho tiempo.
Y entonces, sin previo aviso, embistió.
El suelo tembló con cada zancada. Sus brazos, abiertos, listos para aplastar. Su boca, abierta en un rugido silencioso.
Kairós no pensó. No tuvo tiempo.
Corrió.
Hacia atrás. Hacia la puerta del templo. Sus pies volaban sobre la piedra, pero no era suficiente. La mole ganaba terreno. La sentía en la nuca, en la espalda, en cada fibra de su cuerpo.
Cinco metros. Cuatro. Tres.
El sudor le corría por la frente. La respiración se le escapaba a bocanadas. Las piernas ardían.
Pero los ojos… los ojos no dejaban de calcular.
El ángulo. La velocidad. El espacio bajo sus patas.
Tiene que funcionar. Tiene que.
—¡AHORA!
Se lanzó.
No hacia un lado. Hacia abajo. Se tiró al suelo, deslizándose sobre la piedra, sintiendo las esquirlas clavarse en su espalda. El mundo era un borrón de movimiento y sombras. La pata de la mole pasó a centímetros de su cara. El viento de su carrera le despeinó el cabello.
Y luego, nada.
Salió al otro lado. Rodó. Se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero se sostenía.
La mole no pudo frenar. Siguió su carrera, descontrolada, y chocó contra la pared del templo con un impacto que sacudió todo el edificio.
BOOM.
Piedras cayeron del techo. El suelo se resquebrajó. La mole, aturdida, se tambaleó.
Kairós no esperó.
Corrió hacia su espalda. Los escalones. El impulso. Todo junto.
Saltó.
El Diario, en su bolsillo, gritó en su mente:
¿¡QUÉ MIERDAAAAAA!?
Kairós volaba. El aire silbaba a su alrededor. La espada, empuñada con ambas manos, buscaba el punto exacto. La nuca. La única zona vulnerable.
La hoja se hundió.
Pero no hasta la empuñadura. Solo unos centímetros.
La mole rugió. Un sonido atronador que sacudió las paredes del templo. Su cuerpo entero se convulsionó. Sus brazos—esos brazos enormes—se levantaron, buscando a su atacante, intentando arrancárselo de la espalda.
Kairós se aferró. Clavó los dedos en la piel gris, en los pliegues, en cualquier saliente. La mole giraba, se retorcía, intentaba lanzarlo contra las paredes.
—¡AGUANTA! —gritó, aunque nadie podía oírlo.
Sacó la espada. La volvió a clavar. Un tajo. Otro. Otro más.
Uno.
La mole rugió más fuerte.
Dos.
La mole se sacudió con violencia.
Tres.
La piel cedió. La carne se abrió.
Cuatro.
El líquido negro brotó a borbotones.
Cinco.
Kairós sintió que sus dedos resbalaban. La mole hizo un movimiento brutal, arqueando el cuerpo, lanzándolo por los aires.
Voló.
El mundo dio vueltas. Vio el techo del templo, las columnas, la mole tambaleándose. Y luego, el suelo.
Pero la mole no lo esperó. En su movimiento, había perdido el equilibrio. Su cuerpo enorme cayó hacia adelante, impactando contra el suelo con un temblor que sacudió todo el templo.
Kairós, desde el aire, lo vio.
La mole intentaba levantarse. Sus patas delanteras buscaban apoyo. Su cabeza, esa cabeza grotesca, se alzaba lentamente.
Y en su nuca, abierta, sangrante, estaba la herida.
Kairós cayó.
La espada, aún en su mano, buscó el arco perfecto.
El tiempo se detuvo.
Vio la nuca. La carne desgarrada. El hueso expuesto. Vio la mole intentando incorporarse. Vio sus ojos, brillantes, buscándolo.
Y entonces, el arco.
La espada silbó. El aura—ese poco que le quedaba—se derramó por la hoja. El corte fue limpio. Perfecto. La hoja atravesó la nuca, la médula, todo.
La cabeza de la mole se separó del cuerpo.
Cayó rodando.
El cuerpo, aún en movimiento, se desplomó.
Kairós cayó sobre el lomo de la bestia. El impacto fue brutal. Sintió cómo las costillas protestaban, cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Pero la carne de la mole amortiguó lo peor.
Se quedó allí, boca arriba, jadeando.
La mole estaba muerta.
El Diario, en su bolsillo, susurró:
…hostia puta. Lo hiciste. LO HICISTE.
Kairós sonrió. Una sonrisa rota, ensangrentada, pero real.
—Te dije —jadeó—. Haciendo mi vida menos aburrida.
Kairós yació un momento sobre el cuerpo de la mole, jadeando, mirando el techo del templo. El pecho le subía y bajaba con cada respiración entrecortada. Cada músculo le dolía. Cada hueso le recordaba que estaba vivo.
Pero lo había logrado.
Se incorporó lentamente. La cabeza de la mole yacía a varios metros, sus ojos aún abiertos, aún brillantes, pero vacíos. El cuerpo, inmenso, seguía emanando ese calor húmedo de las bestias recién muertas.
Kairós buscó entre los restos. Y allí estaban.
Fragmentos. Muchos. Más que nunca.
Los cogió uno a uno. Diez. Diez pequeñas gemas que palpitaban con luz propia. Las sostuvo en la mano un momento, sintiendo su calor, su poder.
—Diario —jadeó.
Sacó el libro del bolsillo. Lo abrió. Las páginas, como siempre, se abrieron a esa dimensión sin fondo.
—Toma.
Lanzó los diez fragmentos. El libro se los tragó sin ceremonia. Luego, como si nada, mostró la interfaz.
Kairós leyó rápido.
VIDA: 50%
—Cincuenta —murmuró. La mitad. Estaba a la mitad.
Siguió leyendo.
AURA: 55%
Parpadeó.
—¿Cincuenta y cinco? ¿Cómo?
El Diario no respondió. Pero Kairós entendió. Todo el peligro. Todas las acciones al borde de la muerte. Las ratas, los lanzadores, la mole. Cada instante de riesgo había generado aura. Se absorbía así. En el fragor de la batalla.
No había tiempo para celebrar.
Antes de que el Diario pudiera decir nada, Kairós cerró los ojos. Buscó dentro de sí. Esa brasa. Ese 55% de energía. Y en lugar de guardarla, la expandió.
El calor llegó. El ardor. El dolor de siempre.
Pero esta vez no se quejó.
La energía recorrió su cuerpo, buscando las heridas más graves. El corte en el costado. Los rasguños profundos. Los moretones que amenazaban con reventar. Todo empezó a cerrarse, a sanar, a calmarse.
El aura bajó. 50%. 45%. 40%.
Y entonces, los pasos.
Pum. Pum. Pum.
No eran pasos de rata. Eran pasos de mole. De más de una.
Kairós abrió los ojos.
Al fondo del templo, tres siluetas emergían de las sombras. Tres moles. Más pequeñas que la que había matado, pero igual de letales. Lo miraban. Veían el cuerpo de su compañero. Y sus ojos… sus ojos ardían con algo que Kairós reconoció.
Furia.
No dudó.
Se levantó de un salto. El cuerpo, aún dolorido, respondió. El aura había hecho su trabajo. No estaba al cien por cien, pero podía correr.
Y corrió.
Hacia la salida del templo. Hacia las calles de la ciudadela. Hacia las ruinas que conocía, los callejones que había explorado, los edificios que podían servirle de refugio.
Detrás, las tres moles rugieron y se lanzaron en su persecución.
Kairós sonrió bajo la máscara.
—Vamos —susurró—. Vamos a jugar.
Y se perdió entre las sombras de la ciudad muerta.
Las moles lo siguieron.
La cacería había comenzado.
Por : Hanzonex
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