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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capítulo 50 – El baile de Kairós

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 50 – El baile de Kairós

Confianza.

Tan solo eso era lo que necesitaba.

Cuando Kairós salió de las sombras y cargó de frente contra las dos moles, estas se detuvieron en seco.

Un instante. Solo un instante.

Pero suficiente para verlo en sus ojos—esos ojos brillantes y vacíos—: desconcierto. Confusión. Miedo.

¿Por qué no huye? debían estar pensando. ¿Por qué viene directo hacia nosotras? ¿Es una trampa?

No lo era. Pero ellas no lo sabían.

Las moles rugieron y se lanzaron.

Kairós corrió más rápido.

El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que parecía querer romperle las costillas. Pero no era miedo. Era otra cosa. Era el motor. La máquina.

Los ojos. Las manos. La mente. El cuerpo.

Todo era uno solo.

La respiración. El aire entrando y saliendo. El sonido de sus propios latidos. El peso de la espada en su mano. La máscara pegada a su cara. El abrigo negro ondeando tras él.

Todo uno.

El aura… el aura estaba en cero. No le quedaba nada. Pero no importaba.

Porque esto no era cuestión de aura. Era cuestión de fe.

Fe en sí mismo.

Las moles estaban a veinte metros. Quince. Diez.

Kairós no desvió la mirada. Buscaba el hueco. Ese espacio mínimo entre ambas bestias. El punto exacto por donde pasar sin ser alcanzado.

Si lo lograba, el peligro—el peligro extremo, mortal—recargaría su aura hasta casi el cien por cien.

Si fallaba…

Instakill.

La palabra del Diario resonó en su mente.

Muerte instantánea.

Kairós sonrió bajo la máscara.

—Vamos —susurró.

El Diario, en su bolsillo, enloqueció.

¿¡QUÉ HACES!? ¡NOS VAS A MATAR! ¡LITERALMENTE NOS VAS A MATAR!

Por un instante, todo se detuvo. No el tiempo. Otra cosa. Kairós sintió el peso de los días, de los meses, de los años. Toda una vida a la defensiva. Esquivando. Aguantando. Obedeciendo. Los Galenos. Los impuestos. Los enemigos que creía imaginarios. Siempre reaccionando. Siempre huyendo.

Pero ahora no.

Ahora elegía.

Elegía correr hacia ellas. Elegía arriesgarlo todo. Elegía su propio destino.

Y por primera vez, supo lo que era sentirse vivo.

Kairós no respondió.

¡SON DOS! ¡DOS MOLES! ¡TE VAN A HACER PURE! ¡INSTAKILL, IDIOTA! ¡INSTAKILL!

Cinco metros.

¡PARA! ¡FRENA! ¡HAZ ALGO! ¡NO PUEDO MORIR ASÍ, TRAGADO POR UNA MOLE, DEVORADO, DIGERIDO DURANTE SIGLOS! ¡YA PASÉ POR ESO! ¡NO QUIERO VOLVER!

Kairós apretó la mandíbula. El mundo se ralentizó.

Vio los brazos de las moles levantarse. Vio sus garras abrirse. Vio el espacio entre ellas, estrecho, casi inexistente.

Tres metros.

—Ahora.

Se lanzó.

No hacia adelante. Hacia un lado. Una fracción de segundo antes del impacto, giró el cuerpo, se hizo más pequeño, más delgado, más… nada.

La garra de la mole izquierda pasó a un centímetro de su cara. Sintió el viento. La garra de la mole derecha arañó su abrigo, rasgando la tela, pero no la carne.

Pasó.

Estaba al otro lado.

El poder brotó de su interior como un géiser. No lo vio, pero lo sintió. El aura—ese 0%—se disparó. 10%. 20%. 30%. 40%. 50%.

Pero no se detuvo.

Kairós no se detuvo.

Aplicó el aura en las piernas. Instintivamente. Sin pensar. Como si siempre hubiera sabido hacerlo.

Las piernas respondieron con una fuerza que nunca había sentido. Dio tres zancadas imposibles, ganando velocidad, ganando altura.

Llegó a una pared. Apoyó un pie. Se impulsó.

Y voló.

El Diario gritó:

¡MALDITO SUICIDAAAAA!

Kairós volaba por los aires, girando sobre sí mismo, la espada en alto. Las moles, abajo, tardaban en reaccionar. Sus cuerpos pesados no podían seguir ese ritmo.

—Tu suerte es de -1 —susurró el Diario, casi sin aliento—. Y ya la estás tentando…

Kairós cayó.

Directo hacia la mole de la izquierda.

La espada, imbuida de todo el aura que acababa de ganar, bajó como un rayo.

Y el baile continuó.

….

La espada cayó.

Todo el aura—ese 50% que había brotado de su interior en el momento de máximo peligro—se concentró en la hoja. No era una luz blanca como antes. Era otra cosa. Más pura. Más intensa. Quemaba.

Kairós lo sintió en la mano. El calor, la energía, la promesa de destrucción.

La mole de la izquierda levantó la vista. La vio venir. Y en sus ojos—esos ojos brillantes y vacíos—ya no había furia. Ya no había hambre.

Había miedo.

La espada alcanzó su cabeza.

No cortó. No partió. Simplemente… desapareció. La mitad superior del cráneo de la bestia se desintegró en el impacto, como si la luz blanca la hubiera borrado de la existencia. El resto de la cabeza, la mandíbula inferior, el cuello, todo salpicó en todas direcciones.

El cuerpo de la mole cayó.

En ese instante, las estrellas fulguraron. No fue un destello cualquiera. Fue una explosión de luz fría que iluminó toda la ciudadela por una fracción de segundo. La luna, testigo eterno, pareció sonreír. O eso pareció. Como si desde el firmamento alguien hubiera aplaudido.

Kairós también.

El impacto contra el suelo fue brutal. Había volado demasiado alto, demasiado rápido. La caída le sacudió cada hueso, cada músculo, cada fibra. Rodó por la piedra, sintiendo cómo las esquirlas se clavaban en su espalda, en sus brazos, en sus piernas.

Se detuvo boca arriba, mirando el cielo gris de la ciudadela. Jadeando. Temblando.

Vivo.

El Diario gritó en su mente:

¡¿LO VISTE?! ¡¿LO VISTE?! ¡VOLASTE MEDIA CABEZA! ¡CON UN SOLO GOLPE! ¡ESO NO ES NORMAL! ¡ESO NO ES…

No terminó.

La segunda mole no se quedó paralizada.

No huyó. No dudó. Reaccionó.

Kairós la vio incorporarse. Sus ojos—esos ojos que había aprendido a leer—no mostraban miedo. Mostraban otra cosa.

Adrenalina.

La bestia había visto a su compañera morir. Y en lugar de huir, en lugar de congelarse, había entendido algo.

Este humano es demasiado peligroso. Tengo que matarlo ahora. O moriré.

Se lanzó.

Kairós se incorporó como pudo. La espada aún en la mano. El aura… el aura estaba en cero. Otra vez.

No importaba.

Esquivó.

La garra pasó a un centímetro de su cara. Sintió el viento, el calor, el hedor. Pero la esquivó.

Otra. Otra. Otra.

Las garras llovían sobre él. Rápidas. Precisas. Letales. La mole había aprendido. Ya no cargaba a lo loco. Ahora boxeaba. Ahora calculaba.

Kairós esquivaba. Solo esquivaba.

El cansancio le pesaba como una losa. Las piernas le temblaban. Los brazos le ardían. La respiración se le escapaba a bocanadas.

Pero algo extraño estaba pasando.

El mundo se estaba ralentizando.

No de verdad. Era otra cosa. Una sensación. Como si el tiempo se hubiera vuelto miel. Cada movimiento de la mole, cada garra, cada rugido… todo llegaba más lento. Más claro.

Kairós podía verlos. Podía anticiparlos.

El Diario habló, pero su voz llegaba distorsionada, como desde el fondo de un pozo.

…esto… éxtasis… vacío…

Arriba, la luna pareció hincharse. Las estrellas, miles de ellas, destellaron al unísono, como si una multitud invisible contuviera el aliento. No era imaginación. El cielo mismo vibraba. Las sombras de los árboles, de las ruinas, de todo, danzaban más rápido. Como si alguien, desde algún lugar, estuviera viendo el combate y no pudiera evitar emocionarse.

Kairós no lo vio. Estaba demasiado concentrado en esquivar. Pero lo sintió. Un cosquilleo en la nuca. Una presencia. Como si miles de ojos lo miraran y, en lugar de juzgarlo, lo animaran.

Kairós no entendía. Pero no necesitaba entender.

Solo necesitaba moverse.

Esquivó otra garra. Y otra. Y otra.

El cuerpo le ardía. Cada músculo, cada tendón, cada fibra gritaba. Pero no era dolor. Era otra cosa. Era… vida.

La vida al límite.

Miró su brazo. La manga del abrigo estaba desgarrada. La piel, moretones. La sangre, seca. Pero el brazo se movía. Respondía.

Miró su pierna. Igual. Moretones. Sangre. Pero se movía.

Todo su cuerpo era un mapa de heridas y cicatrices recientes. Un templo forjado en combate. Cada marca, una lección. Cada dolor, un recuerdo.

Y ahora, en este momento, todo ese templo resonaba.

VIDA: 45%

La cifra bailó en su mente. No sabía de dónde venía. Pero la vio. La sintió.

Menos de la mitad. Pero suficiente.

La mole rugió. Atacó otra vez.

Kairós sonrió bajo la máscara.

—Vamos —susurró.

Y siguió bailando.

…

El ritmo cambió.

Kairós dejó de esquivar. Empezó a bloquear.

La primera garra cayó. Él levantó la espada. El impacto le recorrió el brazo como un latigazo, pero la hoja aguantó. Desvió el golpe. No perfecto, pero suficiente.

La mole rugió. Otra garra. Otro bloqueo. Otro impacto.

Los brazos le temblaban. Los músculos ardían. Pero recordaba. Las posturas. Los libros. Las enseñanzas del chico. Todo fluía.

Bloqueó otra vez. Y otra. Y otra.

Las garras de la mole ya no eran solo un peligro. Ahora también eran una oportunidad. Cada vez que impactaban contra su espada, la bestia dejaba un espacio abierto. Un hueco. Una posibilidad.

Kairós aprovechó una. La espada buscó la pierna de la mole. El corte fue superficial, pero el líquido negro brotó. La bestia rugió, esta vez de dolor.

—¡¿Duele?! —gritó Kairós, la voz ronca, desgarrada—. ¡¿Duele, hijo de puta?!

La mole respondió con un zarpazo que le abrió el brazo. La sangre brotó. Kairós sintió el ardor, pero no se detuvo.

Bloqueo. Corte. Bloqueo. Corte.

Las heridas en sus brazos y piernas se acumulaban. La sangre—la suya—empapaba su ropa. Pero las heridas de la mole también crecían. Más profundas. Más graves.

El aura subía y bajaba como un latido. 10%. 5%. 15%. 8%. Cada momento de peligro la recargaba. Cada golpe la gastaba.

Los corazones de ambos combatientes latían al unísono. Dos máquinas de destrucción, dándolo todo.

La mole lanzó un ataque doble. Garras cruzadas. Kairós no pudo bloquear las dos. Una le alcanzó el costado. Sintió cómo las garras se hundían en su carne, cómo la sangre brotaba caliente.

Gritó.

No de dolor. De rabia.

—¡AAAAAAH!

Su espada buscó el brazo de la mole. El tendón. El punto débil. El corte fue limpio. El brazo colgó inútil.

La mole gritó. Un sonido desgarrador, como mil engranajes triturándose.

Pero seguía en pie.

Kairós sintió que el aura caía. 3%. 2%. 1%. 0%.

Y la mole seguía ahí.

Su brazo derecho, el que sostenía la espada, temblaba sin control. La sangre le brotaba del costado a borbotones. La pierna izquierda apenas le respondía—algo estaba roto, o dislocado, no lo sabía. La sangre le corría por la comisura de los labios. Había mordido algo por dentro.

Pero la mole seguía ahí.

Y entonces, como un reflejo, como un instinto más antiguo que su propia voluntad, algo dentro de él se abrió.

Un recuerdo.

Liana. Sus ojos brillando detrás de esas gafas rotas. La primera vez que vio el libro de diseños que Leinett había traído. Su emoción. Sus manos volando sobre el papel. Su voz: “¡Jefe, mire, mire lo que dibujé!”

Una de tantas noches. Una de tantas sonrisas.

La sensación se desprendió de él. Se convirtió en energía. En aura.

AURA: 10%

Kairós no lo pensó. No tuvo tiempo.

La espada brilló. Cortó la otra pierna de la mole. Más profundo. Hasta el hueso. Los tendones se partieron.

La bestia rugió y se tambaleó.

Pero no caía.

Otro recuerdo. Liana, de pie frente al mostrador, con dos monedas de plata en la mano. Su primera venta. Su sonrisa. Su “¡Lo hice, jefe! ¡Lo hice!”

AURA: 18%

La espada buscó el otro brazo de la mole. El tendón. El punto débil. El corte fue limpio. El segundo brazo colgó inútil.

La mole gritó. Un sonido que era puro dolor.

Pero seguía en pie. Sus piernas, destrozadas, apenas la sostenían. Pero seguía.

Tercer recuerdo. Leinett, aquella madrugada. Cuando volvió de la Fisura, herido, casi muerto. Ella estaba en la silla del mostrador, dormida, esperándolo. Había pasado toda la noche allí. Temiendo lo peor. Pero esperando.

AURA: 25%

Kairós atacó las piernas otra vez. Un corte más profundo. Las rodillas de la mole cedieron.

La bestia cayó hacia adelante.

Pero antes de que su cuerpo golpeara el suelo, su brazo—el único que aún conservaba algo de movimiento—se levantó en un último ataque desesperado.

Kairós lo vio venir. Su cuerpo, agotado, encontró una reserva de energía que no sabía que tenía. Rodó hacia un lado. La garra pasó a centímetros de su cara.

Se puso de pie. Tambaleándose. La pierna dislocada casi no le respondía. El brazo derecho colgaba inútil. La sangre le brotaba de mil heridas.

Pero estaba de pie.

La mole, en el suelo, intentaba girarse. Sus ojos lo buscaban. Su boca se abría en un rugido silencioso.

Kairós la miró.

Y vio algo en sus ojos.

No era furia. No era hambre. Era… ¿miedo?

Estas cosas. Estas bestias. Creían que sería fácil. Creían que por su fuerza, por su tamaño, sería rápido. Se reían de él en la otra vida. Se burlaban. Creían que se quedaría ahí, esperando a que lo mataran.

Pues que se jodieran.

Un recuerdo especial. De esos que dolían más. De los emocionales.

Yet, en el banco del Campo, con las costillas hinchadas, diciéndole: “Llevo cinco años aquí. Cinco años fracasando. Pero mi padre me dijo que no abandone mi sueño. Y no pienso hacerlo.”

AURA: 40%

Kairós sintió el poder recorrer su cuerpo. Pero también sintió la pérdida. Un vacío nuevo. Pequeño, pero real.

No importaba.

Corrió hacia la mole. Su pierna—la dislocada—le respondió. El dolor era insoportable. Pero la adrenalina era más fuerte. El tiempo se ralentizó. Los movimientos de la mole, torpes, lentos. Los suyos, rápidos, precisos.

Era una danza.

Como aquella noche. Cuando salió de la Fisura, herido, y fue al Campo a despejar la mente. Las sombras de los árboles bailando bajo la luz de la luna. Ese momento de paz.

Ahora era lo mismo. Pero con muerte.

Saltó.

…

La espada, imbuida con toda esa aura, describió un arco perfecto.

El corte fue limpio. La cabeza de la mole voló por los aires, girando una vez, dos veces, antes de caer contra el suelo.

El cuerpo se desplomó.

Silencio.

Kairós cayó de rodillas. Jadeando. Temblando. Sangrando.

El brazo derecho colgaba inútil a su costado. La pierna izquierda, dislocada, apenas lo sostenía. La sangre le brotaba de la boca, de la nariz, de mil heridas.

Pero estaba vivo.

AURA: 0%

Vacío.

Pero victorioso.

El Diario, en su bolsillo, susurró:

…lo hiciste. Lo hiciste, idiota.

Kairós sonrió. Una sonrisa rota, ensangrentada.

—Esas cosas —jadeó—. Creían que sería fácil. Creían que por su fuerza, por su tamaño, sería rápido.

Escupió sangre.

—Se reían de mí. Se burlaban. Creían que me quedaría ahí, esperando a que me mataran.

Se incorporó con esfuerzo. La pierna le falló. Cayó. Lo intentó otra vez. Se sostuvo en la espada.

—Pues que se jodan.

Miró a su alrededor. Los cuerpos yacían esparcidos por la explanada frente al templo.

A su izquierda, a unos quince metros, el cuerpo de la Mole 2. La que había matado con ese golpe devastador al principio, cuando voló media cabeza con aura pura. No había podido recoger sus fragmentos porque la Mole 3 atacó inmediatamente.

A su derecha, a pocos pasos, el cuerpo de la Mole 3. La acababa de matar. Su sangre negra aún humeaba.

—Los fragmentos —murmuró, la voz ronca—. Tengo que… recoger los fragmentos.

Estás como una regadera —dijo el Diario—. Sangrando, casi muerto, y piensas en los fragmentos.

—Claro que pienso. Son mi vida ahora.

Se arrastró primero hacia la Mole 3. La más cercana. Cada movimiento era una agonía. La pierna dislocada le gritaba. El brazo inútil colgaba. Pero avanzó.

Entre los restos del cuello, algo brillaba. Nueve pequeñas gemas. Las cogió con manos temblorosas. Las apretó contra el pecho.

—Nueve —susurró—. De la derecha.

Luego miró hacia la izquierda. Quince metros. Una eternidad.

Empezó a arrastrarse.

El dolor era insoportable. La sangre dejaba un rastro oscuro tras él. La respiración se le escapaba en jadeos cada vez más débiles.

Pero avanzó.

Llegó al cuerpo de la Mole 2. Sus fragmentos también brillaban. Siete. Los recogió uno a uno.

—Siete. La izquierda.

Los juntó con los otros en su mano ensangrentada. Dieciséis fragmentos. Solo de estas dos.

El Diario, en su bolsillo, habló:

¿Llevas la cuenta, idiota?

—Llevo… —jadeó—. La mole grande del templo: diez. La del callejón: seis. Los lanzadores: cuatro. Las ratas: uno. —Hizo una pausa, tosiendo sangre—. Más estos… nueve y siete. Total…

Veintiuno más diecisiete… treinta y ocho. Treinta y ocho fragmentos en una noche. Más los que tenías.

—Treinta y ocho —repitió Kairós, con una sonrisa débil.

Eres una bestia. Ahora, date prisa. No sé cuánto tiempo tienes antes de que…

No terminó la frase.

Kairós intentó levantarse. La pierna no respondió. El mundo se inclinó.

—Diario —susurró—. Los fragmentos…

Abrió el libro con la última fuerza que le quedaba. Dejó caer los dieciséis fragmentos en sus páginas. Desaparecieron.

Luego, sin mediar palabra, se desplomó.

El cuerpo cayó contra el suelo. Los ojos se le cerraron. La respiración se hizo lenta, apenas perceptible.

El Diario, desde el bolsillo, susurró:

…descansa, idiota. Te lo has ganado.

Arriba, en el cielo de la ciudadela, la luna seguía brillando. Pero su luz, ahora, era más suave. Más cálida. Como si alguien, después de contener el aliento durante toda la batalla, por fin hubiera exhalado. Las estrellas parpadeaban con una cadencia nueva. No era indiferencia. Era… alivio. O quizás, esperanza.

La noche—o lo que fuera aquello—lo envolvió.

Kairós Thornen yacía inconsciente frente al templo, rodeado de los cuerpos de sus enemigos.

Había ganado.

Pero el precio… el precio aún estaba por pagarse.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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