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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 51 – El peso de los recuerdos

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 51 – El peso de los recuerdos

El tiempo pasó.

Kairós no supo cuánto. Minutos, horas, días… no existían en ese lugar. Solo existía la oscuridad detrás de sus párpados y el rumor lejano de algo que podría ser el viento o podría ser su propia sangre circulando.

Despertó.

No fue un despertar limpio. Fue un arrastrarse de vuelta a la conciencia, lento, doloroso, como si cada nervio de su cuerpo protestara por tener que volver a funcionar.

Abrió los ojos.

El cielo gris de la ciudadela seguía ahí, inmutable. Pero algo había cambiado. El aire… el aire olía diferente. Más viejo. Más seco.

Kairós intentó moverse y un quejido se le escapó de la garganta. Las piernas no respondían. Literalmente no respondían. El brazo derecho colgaba como un peso muerto. Todo dolía. Todo era una sola masa de dolor.

Pero no sangraba.

Miró su cuerpo. La sangre se había secado, formando costras oscuras sobre su ropa. Y había polvo. Una capa fina de polvo gris cubría su abrigo, sus brazos, su cara.

—¿Diario? —susurró. La voz le salió ronca, cascada.

Estoy aquí.

—¿Cuánto tiempo?

No lo sé. Horas. Quizás un día. El tiempo aquí no funciona igual. —Una pausa—. Tu cuerpo… tu cuerpo ha estado usando aura. La que regenerabas, la que absorbías de la grieta. Poca, pero suficiente para que no te murieras.

Kairós asintió lentamente. Cada movimiento era una agonía.

—¿Vida?

31%.

Silencio.

Nuevo récord, Kairós. Nunca habías estado tan jodido.

—Gracias por el ánimo.

No es ánimo. Es un hecho. Estás hecho mierda. Las piernas rotas. El brazo dislocado. Costillas rotas, probablemente. Y quién sabe qué más por dentro.

Kairós cerró los ojos un momento.

—¿Cómo… cómo sobreviví?

Yo te ayudé. Canalicé un poco de aura, hice de puente. No mucho, pero lo suficiente. No me des las gracias. Lo hice por egoísmo. Si tú mueres, yo vuelvo a donde estaba.

—Lo sé.

Silencio.

El viento sopló. Polvo. Siempre polvo.

El Diario habló otra vez. Su tono era diferente. Casi… esperanzado.

Nos vamos a ir después de esto, ¿verdad?

Kairós no respondió.

He estado leyendo en mis vacaciones. Unos libros de héroes. Y en todos, en todos, hay un momento así. El héroe cae, casi muere, y luego se retira. Se recupera. Ríe con los suyos. Se prepara. Y luego vuelve.

—Diario…

Es el ciclo, Kairós. Caer, levantarse, retirarse, volver más fuerte. Es lo que hacen los héroes. Así que ahora nos retiramos, ¿no? Nos vamos a casa, te curamos, descansas, y luego…

—No.

Silencio.

¿Cómo que no?

—No vamos a volver. Te dije lo que quiero. Quiero entrar en ese templo. Quiero llegar hasta el final.

El Diario se quedó callado un largo rato. Tanto que Kairós pensó que se había ido.

Luego, una risa. Pero no era una risa divertida. Era una risa amarga. Casi desesperada.

…maldito psicópata.

—Diario…

Tanta gente en este mundo. Tanta gente cuerda, sensata, que no se mete en problemas. Y yo, yo tuve que estar ligado a ti. Mi vida y mi muerte, atadas a un suicida con complejo de héroe.

Kairós no respondió.

Estás enfermo, Kairós. ¿Lo sabes? Enfermo. Demente. Necesitas que te encierren y te tiren la llave.

—Puede ser.

No puede ser. Es. Eres un puto enfermo.

El Diario se calló.

Kairós intentó moverse otra vez. El dolor fue insoportable. Una náusea le subió por la garganta. El mundo se inclinó.

Y entonces, sin saber cómo, su mente empezó a divagar.

Imágenes. Recuerdos.

Liana.

La primera vez que se quedó en casa. Esa noche interminable, ella dibujando sin parar, los ojos brillantes, las manos volando sobre el papel. Kairós la había encontrado dormida sobre la mesa de la cocina, la mejilla apoyada en un boceto de un reloj de muñeca.

La había levantado con cuidado. Pesaba menos que una pluma. La había llevado al cuarto de invitados, la había arropado, le había quitado las gafas.

Y en ese momento, mientras la miraba dormir, había sentido algo.

Algo que no había sentido nunca.

Era como si… como si fuera su hija.

No sabía de dónde venía esa sensación. Liana no era su hija. Apenas la conocía. Pero en ese momento, viéndola dormir tan tranquila, tan confiada, tan… suya… había sentido un amor tan puro, tan absoluto, que le había dolido.

Como si fuera su padre.

Como si él fuera responsable de ella.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

No supo si era por el dolor, por el cansancio, o por ese recuerdo. Pero cayó. Y luego otra. Y otra.

—Les daré… —susurró, la voz rota—. Les daré la oportunidad de vivir esta vida cómoda.

Tosió. Escupió sangre.

—Leinett. Liana. —Cada nombre era un puñal—. Sufriré por ustedes. Pelearé por ustedes. Mataré por ustedes. Y protegeré… protegeré por ustedes.

El recuerdo se desprendió de él.

No fue como las otras veces. No fue un tirón, un arrancarse. Fue más suave. Como una despedida.

La sensación de ser padre de Liana se convirtió en energía. En aura.

AURA: 20%

Kairós sintió el poder recorrer su cuerpo. Buscó las piernas, las que no respondían, las rotas. El aura las envolvió. Dolió. Dolió como mil infiernos. Pero las piernas… las piernas empezaron a moverse.

No perfectamente. No sanadas del todo. Pero lo suficiente para doblarse. Para sostenerlo. Para cojear.

Se incorporó lentamente. El brazo derecho seguía inútil, colgando. Pero las piernas respondían.

Cojeó. Dio un paso. Otro. Otro más.

El templo estaba ahí. A lo lejos. Esperándolo.

—Vamos —dijo, la voz ronca pero firme.

…eres un enfermo. Te lo dije.

—Lo sé.

Pero también eres el puto amo.

Kairós sonrió. Una sonrisa rota, ensangrentada.

—Vamos —repitió.

Y cojeando, apoyado en su espada, se dirigió hacia el templo.

Hacia el final.

…

La entrada del templo estaba destrozada.

Kairós cojeó entre los restos de la puerta, apoyándose en su espada como si fuera un bastón. Las piernas le dolían, pero respondían. El brazo derecho colgaba inútil, pero no importaba. No ahora.

Lo primero que vio fue el cuerpo de la mole grande.

La primera que había matado esa noche. La del salto, la del tajo en la nuca. Seguía allí, inmensa, putrefacta. El tiempo en la ciudadela era extraño—horas aquí parecían días fuera, o al revés—pero el cadáver ya empezaba a descomponerse.

Kairós pasó a su lado sin detenerse. No había tiempo para mirar atrás.

Avanzó por el pasillo principal. Las columnas, antes imponentes, ahora estaban cubiertas de polvo y telarañas. El suelo, marcado por sus propias pisadas de horas antes, ya parecía intocado desde hacía décadas.

—El tiempo —murmuró—. Aquí pasa diferente.

Sí —respondió el Diario—. Y no es la primera vez que lo compruebas.

Siguió adelante.

Llegó a una sala que no había visto antes. Más profunda. Más antigua. Las paredes estaban cubiertas de grabados, igual que en la entrada de la ciudadela. Pero estos eran diferentes. Más detallados. Más… violentos.

Mientras avanzaba por el pasillo, Kairós levantó la vista sin querer. A través de una grieta en el techo, muy lejos, casi en el horizonte, algo brillaba. Un destello tenue, como un arcoíris lavado, que ondulaba lentamente. La barrera. La misma que había visto al final de su primera visita. Estaba ahí, frágil, palpitante, como un corazón de cristal a punto de romperse.

Kairós la miró un segundo. Luego siguió caminando. No era su problema, tampoco le interesaba.

Kairós se acercó.

Las imágenes mostraban a Elyra. La reconocía por la lanza, por la luz que irradiaba. Pero no era la Elyra defensora de la ciudadela. Era otra.

Era Elyra cazando.

Los grabados la mostraban adentrándose en la naturaleza, persiguiendo a las sombras que huían después de la gran batalla. Las imágenes eran brutales. Elyra, con el cuerpo cubierto de heridas, avanzando imparable. Cada paso, una muerte. Cada movimiento, un enemigo menos.

Las inscripciones, en ese idioma antiguo que Kairós ahora entendía sin esfuerzo, narraban la historia.

“Después de defender la ciudadela durante siete días y siete noches, Elyra no descansó. Vio a las sombras huir y las persiguió.”

“Se adentró en la naturaleza salvaje, donde los enemigos creían estar a salvo. Se equivocaban.”

“Mató. Asesinó. Destruyó. No dejó que ninguno escapara.”

“Cuanto más herida estaba, más poderosa se volvía. Su sangre alimentaba su furia. Su furia alimentaba su luz.”

“Nadie sabe cuántos enemigos cayeron en esa cacería. Solo se sabe la cantidad de heridas que ella tenía al regresar.”

Kairós pasó los dedos por los grabados. Las heridas de Elyra estaban marcadas en la piedra. Decenas. Quizás cientos. Un mapa de violencia.

“Después de esa batalla, Elyra regresó a la ciudadela. Y nunca volvió a irse.”

“Protegió este lugar hasta el final de sus días.”

Kairós se quedó quieto un momento, procesando.

—Esta ciudadela —dijo en voz baja—. Era la capital. La primera ciudad.

¿Qué?

—Darsaly construyó la primera ciudad. La llamó Darsalia. Luego vinieron las otras. Valderia, Elyrion, Morvandis, Serath, Aldric’s Fall, Veylantis. —Señaló los grabados—. Pero esta… esta fue la primera. La original.

¿Y cómo sabes…?

—Por los grabados. Por lo que cuentan. Y por lo que dijo El Historiador.

Empezó a caminar de nuevo, cojeando, siguiendo el pasillo.

—Elyra unificó las siete ciudades. Las convirtió en un imperio. El Imperio Darsalico. Lo que hoy llamamos Darsalia.

Entonces… ¿dónde estamos?

Kairós se detuvo frente a una puerta. Era diferente a las otras. Más ornamentada. Más solemne.

—Estamos en Los Altos.

¿Qué?

—La primera ciudad. La capital original. El lugar donde Darsaly clavó su martillo. Donde Elyra unificó todo. —Empujó la puerta—. Estamos en el corazón del imperio.

La puerta se abrió.

La sala era circular, bañada por una luz tenue que parecía venir de ningún sitio. En el centro, sobre un pedestal de mármol blanco, descansaba un ataúd de cristal. No era una caja común. Era una obra de arte: la cúpula, transparente como el agua, dejaba ver el interior sin esfuerzo. Y alrededor, esparcidas con una belleza que dolía, flores blancas y rojas. Frescas. Como si acabaran de ser colocadas. Como si el tiempo, en ese lugar, se hubiera detenido.

Kairós se acercó lentamente, casi sin respirar.

Dentro del cristal, una mujer yacía.

Era imposible apartar la mirada.

Su cabello, blanco como la luna, caía sobre sus hombros en ondas suaves. Su piel, blanca como la porcelana, parecía translúcida, como si una luz interior la iluminara desde dentro. Vestía ropas nobles, de esas que solo se ven en los retratos de los antiguos imperios. Y su rostro… su rostro era el de alguien de treinta años. Sereno. Perfecto. Como si la muerte no hubiera podido tocarla, solo susurrarle al oído que descansara.

Dios mío, pensó Kairós. Parece una diosa.

Sintió algo extraño en el pecho. Un acelerón. No era miedo. No era deseo. Era… admiración. La clase de admiración que se siente ante algo tan hermoso que duele.

—Elyra —susurró, y su propia voz le sonó a profanación.

El Diario, en su bolsillo, se estremeció. Pero no de miedo. De respeto. Como si hasta un libro supiera cuándo callar ante la grandeza.

Recordó las palabras de El Historiador.

“Murió sola. En su cama. Vieja. Rodeada de sirvientes que la cuidaban, pero sola. Sin nadie que la conociera de verdad.”

Miró a su alrededor. No había sirvientes. No había nadie.

En su bolsillo, el Diario se estremeció.

No dijo nada. No hizo nada. Pero por un instante, solo un instante, sus páginas parecieron helarse. Un frío antiguo, profundo, que no venía del exterior.

Kairós no lo notó. Estaba demasiado absorto en el esqueleto, en la historia, en todo.

—Los sirvientes —dijo, con la voz ronca—. Los que maté. Esas moles, esos lanzadores…

¿Crees que…?

—Pudieron ser ellos. Sus sirvientes. Convertidos en Disonantes después de su muerte. El trauma, la pérdida… los transformó. Pero se quedaron. Protegiendo este lugar.

O tal vez fueron invasores —sugirió el Diario, aunque su voz sonaba más apagada de lo habitual—. Vinieron a saquear, a profanar, y algo los ató. Algo los obligó a quedarse y defenderlo.

Kairós asintió lentamente.

—Da igual lo que fueran. El caso es que había algo que proteger. Algo importante. Algo por lo que valía la pena matar y morir.

Miró el esqueleto de Elyra.

—Y si lo defendieron durante tanto tiempo… es que sigue aquí.

¿El qué?

—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Se incorporó con esfuerzo. Las piernas le dolían, el brazo colgaba inútil, pero su mirada era firme.

—Vamos —dijo—. Aún no termina.

¿Cómo que no termina? ¡Ya llegamos al final! ¡Hay un esqueleto y todo!

—El final de Elyra, sí. Pero no el nuestro.

Y cojeando, apoyado en su espada, se dirigió hacia la siguiente puerta.

El Diario, en su bolsillo, seguía frío. Pero Kairós no lo notó.

La historia no había terminado.

Apenas comenzaba.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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