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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 53 – Asedio – Día 1

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 53 – Asedio – Día 1

Kairós salió del templo.

El cielo seguía gris, inmutable. Pero el horizonte… el horizonte ya no era horizonte. Era una masa negra y movediza. Una marea de cuerpos, garras, ojos y hambre.

Los perros.

Los malditos perros sin ojos. Los Excavadores. Los mismos que había enfrentado en el claro, los mismos que casi lo mataron cuando aún no sabía nada. Pero ahora había cientos. Miles. Cubrían el suelo como una alfombra de pesadilla, moviéndose en oleadas lentas pero inexorables.

Kairós se quedó quieto un momento, mirándolos.

Y sonrió.

No era una sonrisa de felicidad. Era una sonrisa de hierro. De reto.

—Los conozco —murmuró—. Sé cómo se mueven. Sé cuándo atacan. Sé sus debilidades.

Eso no importa —dijo el Diario—. ¡Hay demasiados!

—Lo sé.

¡No puedes pelear contra eso!

—Lo sé.

¡Entonces sonríes por qué!

—Porque no tengo que pelear contra todos. Solo tengo que sobrevivir.

El Diario se calló un momento.

…eso es una idiotez.

—Puede ser.

Kairós miró a su alrededor. La ciudadela era enorme. Imposible de defender. No podía proteger nada. No podía hacer nada más que una cosa.

Correr.

—Siete días —susurró—. Siete noches. No sé cuánto duran aquí. Pero tengo que durar más que ellos.

¿Y cómo piensas hacer eso?

—Como siempre. Moviéndome.

Y empezó a correr.

—

La primera oleada lo alcanzó a los diez minutos.

No eran los perros grandes. Eran los pequeños, los rápidos, los que mordían los tobillos y trepaban por las piernas. Kairós los esquivó, los pisoteó, los cortó cuando no tuvo remedio. La espada se movía casi sola—los días de entrenamiento, las horas en el Campo, las lecciones del chico misterioso. Todo fluía.

Pero eran muchos.

Una garra le abrió la pierna. La misma pierna, la dislocada, la que apenas le respondía. Sintió el ardor, la sangre caliente, pero no se detuvo.

Siguió corriendo.

Buscó las calles estrechas, los pasadizos que había explorado antes. Los perros eran torpes en espacios cerrados. Sus cuerpos pesados no giraban bien. Los dejó atrás, ganando segundos, minutos.

Pero siempre aparecían más.

Oye —dijo el Diario mientras corría—. La táctica de separarlos. Con las moles funcionó.

—Lo sé. Pero las moles eran pocas. Esto… —esquivó un zarpazo—. Esto es diferente.

Inténtalo. Separa a los rápidos de los lentos. Mata primero a los que puedan alcanzarte.

—No es mala idea.

Kairós se metió en un callejón estrecho. Los perros lo siguieron, pero como esperaba, los más grandes se quedaron atascados en la entrada. Solo los pequeños y ágiles pasaron.

Tres. Seis. Nueve.

Kairós se giró. La espada en alto.

—Vamos.

Los nueve atacaron a la vez.

No los mató a todos. No podía. Pero mató a cinco. Los otros cuatro le dejaron marcas—un mordisco en el brazo, un arañazo en el costado, una dentellada en la pierna buena.

Sangraba. Pero seguía en pie.

Salió del otro lado del callejón. Los perros grandes aún intentaban pasar, atascados, rugiendo de frustración.

—Funciona —jadeó—. Funciona.

Claro que funciona. Ahora repite.

Y repitió.

—

Las horas pasaron.

Kairós ya no las contaba. Solo existía el movimiento. Correr, encontrar un callejón, matar a los rápidos, salir, correr otra vez.

Los perros caían. Decenas. Quizás cientos. Pero siempre había más.

Su brazo derecho seguía inútil, colgando. La pierna dislocada le ardía. El costado, abierto, le recordaba con cada paso que la vida se le escapaba.

Pero seguía.

Kairós —dijo el Diario en una pausa—. Tu aura. Ha subido un poco.

—¿Cuánto?

3%. Todo este peligro… te está dando aura. Pero la estás gastando en moverte, no en curarte.

—No puedo parar. Si paro, me matan.

Si no te curas, también.

Kairós apretó la mandíbula. Tenía razón.

Encontró un edificio con una entrada pequeña, casi un agujero. Se metió dentro. Oscuridad. Silencio. Por ahora.

Instintivamente, buscó las sombras. Ese manto oscuro que lo había protegido antes. Pero no pasó nada. Solo era un hombre en la oscuridad, no parte de ella. La maldición. El fragmento. Ya no podía esconderse.

—Mierda —susurró, pero no había tiempo para lamentarse.

Cerró los ojos. Buscó el aura dentro de sí. 3%. Una miseria.

La expandió por el costado. La herida más grave. El calor llegó, el ardor, el dolor de siempre. La carne empezó a cerrarse, lentamente.

El aura bajó. 2%. 1%. 0%.

—Ya está —jadeó—. No más.

¿El costado?

—Mejor. No bien. Pero mejor.

Salió del edificio. Los perros ya lo esperaban.

—Otra vez —murmuró.

Y corrió.

—

El edificio tembló.

Kairós abrió los ojos de golpe. Había estado sumido en ese estado de semiinconsciencia que no era sueño ni vigilia, solo el agotamiento extremo de quien ha estado horas huyendo y matando.

El temblor vino otra vez. Más fuerte.

Se arrastró hasta el borde de la cornisa y miró abajo.

Los perros se estaban amontonando. Unos encima de otros. Sus cuerpos grises y retorcidos formaban una pila viviente que crecía, crecía, crecía. Ya llegaban a la mitad del edificio. Pronto estarían a su altura.

—No —susurró—. No, no, no.

Parece que han visto tus días de gladiador y han decidido innovar —dijo el Diario, con ese tono suyo—. Están haciendo una escalera. Con ellos mismos. Qué creativos.

Kairós no respondió. Miró sus manos. Temblaban. Miró su cuerpo. Sangraba por mil sitios. La pierna, el costado, el brazo inútil. Cada músculo era una agonía.

Pero seguía vivo.

Y entonces, como un latigazo, le llegó el recuerdo.

Elyra. Siete días y siete noches defendiendo esta misma ciudadela. Las hordas enemigas rompiéndose contra su lanza una y otra vez. Y cuando se retiraron, cuando cualquier otro habría descansado, ella se lanzó tras ellos.

Los persiguió. Los cazó. Los mató a todos.

Nadie sabe cuántos enemigos cayeron esa noche. Solo se sabe la cantidad de heridas con las que regresó.

“Debes hacer lo mismo que yo hice. Defender esta ciudadela durante siete días y siete noches.”

Kairós apretó la mandíbula.

—Siete días —murmuró—. Siete noches.

Sí. Y tú llevas uno. Bueno, medio. Y ya estás hecho mierda.

—Lo sé.

¿Y qué vas a hacer? ¿Huir otra vez? ¿Correr como la primera vez que entraste a esta fisura?

Kairós sintió el peso de esas palabras.

Había entrado aquí con una meta. Llegar al templo. Matar a las moles. No le importaba el riesgo. Sabía que el aura se regeneraba con el peligro, que podía autosustentar su lucha. Y lo había logrado. Sus estadísticas habían subido. Era más rápido, más ágil, más fuerte que cuando entró.

Pero en cuanto las cosas se pusieron realmente feas… ¿qué hizo?

Huyó.

Como en el callejón aquella primera noche. Como cuando las moles lo persiguieron. Como tantas veces.

Y entonces lo entendió.

—Mi suerte —susurró—. Mi maldita suerte negativa.

¿Qué pasa con ella?

—Influye más cuando huyo. Cuando tengo miedo. Cuando dudo. —Se tocó el pecho, donde el corazón le golpeaba—. Pero cuando enfrento el peligro de frente… cuando me lanzo sin pensar… entonces la suerte no importa. Solo importa lo que hago.

Y ya no podía huir aunque quisiera. Las sombras ya no lo querían. Solo le quedaba el frente.

Eso es… terriblemente estúpido. Y terriblemente cierto.

Kairós sonrió. Una sonrisa rota, ensangrentada, pero real.

La pila de perros estaba a punto de alcanzarlo. Sus cabezas, sus ojos, sus bocas abiertas. Lo olían. Lo sabían. Estaban a segundos.

Kairós se incorporó.

No huyó.

Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Sintió el peso de la espada en su mano. Sintió el eco de Elyra en su pecho.

Y saltó.

—

La caída fue un instante eterno.

El viento silbaba a su alrededor. La luna—esa luna pálida y enfermiza de la fisura—lo iluminaba. Y su cuerpo… su cuerpo brillaba.

El fragmento de Elyra en su bolsillo irradiaba una luz tenue pero inconfundible. Era un faro. Una estrella.

Ya no podía esconderse. Pero quizás no necesitaba hacerlo.

Y todas las bestias, abajo, levantaron la vista al unísono.

Lo vieron caer.

Y por un instante, solo un instante, hubo silencio.

Luego, Kairós impactó.

No contra el suelo. Contra la masa de cuerpos. La espada, extendida, cortó a los primeros antes de tocar nada. Y entonces sus pies golpearon, sus piernas se doblaron, y la danza comenzó.

No era una pelea. Era un baile.

Kairós se movía como si la espada fuera una extensión de su brazo. Los perros saltaban, y él giraba. Mordían, y él esquivaba. Atacaban, y él respondía.

Cada golpe era una muerte. Cada muerte, un espacio. Cada espacio, un respiro.

Pero también cada movimiento era una herida.

Una garra le abrió el brazo. Sintió el ardor, la sangre caliente, pero no se detuvo. Siguió girando. Otro perro le mordió la pierna—la buena, la que aún respondía—y él lo mató sin mirar, sintiendo cómo los dientes se clavaban, cómo la carne cedía.

El aura subía.

3%. 5%. 8%. Cada segundo de peligro la alimentaba. Y él, sin pensarlo, la usaba. No en la espada. En sí mismo. En las heridas.

El calor recorría su cuerpo, cerrando las heridas más graves mientras otras se abrían. Era un ciclo eterno. Dolor, curación, más dolor, más curación.

Los perros no entendían. La presa no caía. La presa sangraba, pero no moría.

Kairós gritó.

No era un grito de dolor. Era un grito de guerra. De rabia. De vida.

La espada describió un arco amplio y cinco cabezas volaron.

Los perros, por un instante, dudaron.

Kairós no dudó.

Avanzó. Siempre avanzó. La danza continuaba. Sus pies—esos pies que Yet le había enseñado a mover—encontraban los huecos, los espacios, las oportunidades. Su cuerpo—ese templo forjado en combate—se doblaba, giraba, saltaba.

La luna lo iluminaba. Su brillo lo delataba. Pero también lo guiaba.

Los perros caían. Decenas. Luego docenas. Luego cientos.

Kairós perdió la cuenta. Solo existía el momento. El siguiente perro. El siguiente golpe. El siguiente paso.

El aura subía y bajaba como un latido. 10%. 3%. 15%. 1%. Cada herida la gastaba, cada momento de peligro la regeneraba. Su cuerpo era un campo de batalla en sí mismo, sangrando y sanando al mismo tiempo.

El dolor era indescriptible. Pero ya no le importaba. Lo había aceptado. Lo había hecho suyo.

Gritó otra vez. Y otra. Y otra.

Cada grito era un perro menos.

—

Cuando la luna empezó a declinar, cuando las horas se habían fundido en una sola masa de movimiento y muerte, Kairós se detuvo.

No porque quisiera. Porque no quedaban más.

A su alrededor, un círculo de cuerpos. Cientos. Miles, quizás. Formaban una muralla de carne y sangre negra que lo rodeaba por completo.

Estaba de rodillas. La espada aún en la mano. La sangre—la suya y la de ellos—cubría todo su cuerpo. Goteaba de su barbilla, de sus codos, de la punta de la espada.

Pero seguía vivo.

Respiraba. Jadeaba. Temblaba.

AURA: 0%

VIDA: 23%

—Lo hice —susurró—. Un día.

…un día —repitió el Diario, la voz temblorosa—. Has matado… no sé. Muchos.

—No suficientes.

Miró a su alrededor. Los perros que quedaban—los que habían huido—estaban al borde de la luz, en las sombras. No atacaban. Solo miraban.

Y en sus ojos… Kairós vio algo.

No era miedo. Era otra cosa. Era… promesa.

Volveremos, decían esas miradas. Esto no ha terminado.

Kairós asintió.

—Lo sé —dijo en voz alta—. Os espero.

Se incorporó. La pierna le falló. Cayó. Se incorporó otra vez. Se apoyó en la espada.

Y cojeó hacia las sombras, buscando un lugar donde esconderse antes de que la siguiente oleada llegara.

La primera noche había terminado.

Quedaban seis días.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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