FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 54 – Asedio – Día 2
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 54 – Asedio – Día 2
La luz llegó sin permiso.
No era un sol. Era esa claridad grisácea que siempre envolvía la ciudadela, como si el cielo mismo estuviera enfermo. Pero para Kairós, después de una noche de infierno, era el amanecer más hermoso que había visto.
Estaba vivo. Otro día más.
Se incorporó lentamente desde el hueco entre dos rocas donde había pasado las últimas horas. El cuerpo le gritó. Cada músculo, cada tendón, cada hueso. Había partes de su cuerpo que dolían de formas que ni siquiera sabía que existían.
Las piernas… las piernas respondían. Milagrosamente. Pero la espalda… la espalda era un solo grito. Zonas cercanas a los riñones, los omóplatos, la base del cuello. Todo ardía.
—Cómo duele —susurró.
Duele porque estás vivo —respondió el Diario—. Si no doliera, estarías muerto.
—Gracias por la filosofía barata.
Para eso estoy.
Kairós se arrastró hasta el borde de las rocas y miró hacia abajo. La ciudadela se extendía ante él, gris, hermosa, antigua. Los edificios, las calles, las plazas. Todo vacío. Todo en silencio.
Pero no por mucho tiempo.
Se tocó el pecho. El fragmento de Elyra seguía ahí, caliente. Su maldición. Su faro. Su condena.
—Mi vida —pidió.
El Diario se abrió. La interfaz apareció.
VIDA: 23%
—Igual que anoche.
Has logrado mantenerte. Es un milagro.
—¿Aura?
AURA: 2%
—Casi nada.
Es lo que hay. No has parado de moverte. No has tenido tiempo de regenerar.
Kairós asintió. Guardó el libro. Se levantó con esfuerzo. La pierna—la que había estado dislocada—protestó, pero lo sostuvo.
—Vamos —dijo—. Hay que moverse.
Saltó de roca en roca, buscando siempre las alturas, los lugares donde pudiera ver sin ser visto. La ciudadela era enorme. Había recorrido kilómetros durante la noche, huyendo, matando, sobreviviendo. Ya no sabía dónde estaba el templo. Ya no sabía dónde estaba nada.
Solo sabía que tenía que seguir.
—
Las primeras en aparecer fueron las ratas.
Las malditas ratas.
Kairós las vio asomarse entre los edificios, primero una, luego diez, luego cien. Sus cuerpos esféricos, sus patas de aguja, sus cientos de ojos diminutos. Las criaturas más débiles de la fisura. Las que morían de un solo golpe.
Las que más odiaba en todo el puto mundo.
No sabía por qué. Quizás era su número. Quizás era su insistencia. Quizás era que, aunque fueran débiles, siempre volvían. Siempre estaban ahí. Como las malas hierbas.
—Otra vez vosotras —murmuró, y la espada ya estaba en su mano.
Las ratas lo vieron. Sus ojos brillaron. Y cargaron.
Kairós no huyó.
Bajó de las rocas de un salto y se plantó en medio de la calle. La primera rata saltó. Su espada la partió en el aire. La segunda, también. La tercera, también.
Pero eran muchas. Siempre muchas.
Una le mordió el tobillo. Sintió los dientes diminutos clavándose, el ardor, la sangre. La aplastó con el pie. Otra le trepó por la pierna. La cortó. Otra le saltó a la cara. La esquivó.
Las mataba. Una tras otra. Pero siempre había más.
Y entonces, algo cambió.
Kairós levantó la vista y vio una sombra.
No era una sombra normal. Era una rata. Pero no estaba en el suelo. Volaba.
—¿Qué…?
Otra. Y otra. Y otra.
Las ratas voladoras. No muchas, quizás una de cada veinte. Pero estaban ahí, en el aire, planeando con unas alas diminutas y deformes que Kairós no había visto antes. Sus cuerpos, antes torpes, ahora eran ágiles en el cielo. Sus ojos lo miraban desde arriba.
—No —susurró—. No, no, no.
Parece que han evolucionado —dijo el Diario—. O quizás siempre estuvieron ahí y no te habías fijado. Felicidades. Ahora tienes enemigos aéreos.
—¡No es momento para tu sarcasmo!
Es el único momento para mi sarcasmo.
Una rata voladora se lanzó en picado. Kairós la esquivó por centímetros. Otra. Otra. Otra. Ya no podía concentrarse solo en el suelo. Ahora tenía que mirar arriba.
Las ratas de tierra aprovecharon. Una le mordió la pierna. Otra le saltó a la espalda. Sintió las patas de aguja clavándose en su carne ya herida.
Gritó.
No de dolor. De rabia.
La espada giró. La rata de su espalda cayó partida. Las de sus piernas, también. Pero las voladoras seguían ahí, esperando, buscando el momento.
Kairós corrió.
No podía quedarse en terreno abierto. Necesitaba un lugar con techo. Con protección. Con…
Un edificio. Allí. Con una entrada estrecha.
Corrió hacia él. Las ratas lo persiguieron. Las voladoras se lanzaron. Una le rozó la cara. Otra le arañó el hombro.
Llegó. Se metió dentro. El edificio era pequeño, oscuro, pero tenía techo. Las ratas voladoras no podían entrar.
Las de tierra sí.
Kairós se giró. La entrada era estrecha. Solo podían pasar de una en una.
Sonrió.
—Vamos —dijo.
Y empezó a matar.
—
Pasaron horas. O minutos. Kairós perdió la cuenta.
Las ratas entraban. Él las mataba. Entraban. Las mataba. Una y otra vez. Como un ritual. Como una condena.
Su brazo derecho seguía inútil, colgando. Pero el izquierdo—el que sostenía la espada—se movía solo. Tajo. Tajo. Tajo.
El dolor era constante. Cada músculo, cada hueso, cada herida. Pero no podía parar. Si paraba, moría.
AURA: 1% … 2% … 1% … 3% …
Subía y bajaba con cada momento de peligro. No lo usaba. No podía. Lo guardaba para cuando realmente lo necesitara.
Las ratas de tierra empezaron a escasear. Las voladoras, afuera, esperaban. Kairós las oía chillar, revolotear, impacientes.
Pero no entraban.
—Estúpidas —murmuró—. No pueden entrar.
Pero te esperan. Cuando salgas, estarán ahí.
—Lo sé.
Se sentó en el suelo. La espada cruzada sobre las piernas. Cerró los ojos un momento. Solo un momento.
Intentó fundirse con las sombras. Ese viejo truco que tanto le había costado aprender. Pero no pasó nada. Solo era un hombre cansado en un rincón oscuro. La maldición del fragmento lo había convertido en una estrella. Las estrellas no se esconden.
VIDA: 21%
Había bajado un 2%. Las heridas acumuladas.
—Dos días —susurró—. Dos días.
Quedan cinco.
—Lo sé.
Afuera, las ratas chillaban. Esperaban.
Kairós abrió los ojos.
—Que esperen.
Y sonrió.
….
Las ratas de tierra dejaron de entrar.
Kairós se quedó quieto un momento, la espada en alto, esperando. El silencio era absoluto. Solo su respiración agitada y el latido de su corazón.
—¿Ya? —susurró.
Parece que has matado a las que querían entrar —dijo el Diario—. Las demás… no sé. Quizás se han rendido.
—No me hagas reír. Estas cosas no se rinden.
Se asomó a la entrada. El exterior estaba vacío. Las ratas voladoras habían desaparecido. Los perros, también. Solo quedaban los cuerpos, cientos de ellos, apilados en la calle.
—Qué raro —murmuró.
¿Raro? Has matado a todas las que intentaron entrar. Comaprado con el primer día, esto ha sido… casi fácil.
Kairós frunció el ceño.
—Sí. Es raro. Normalmente la dificultad siempre aumenta al pasar los días, ¿no?
Puede ser. O puede que te estés volviendo más fuerte.
—O puede que estén preparando algo. —Hizo una pausa—. O puede que mi suerte -1 solo afecte cuando huyo, no cuando peleo de frente. Como anoche.
O puede que sí. O puede que no. O puede que…
—Diario.
¿Qué?
—Te recomiendo que mejor te calles.
¿Por qué?
—Porque con mi suerte, en cuanto diga que esto es fácil, todo se irá a la mierda.
Ah. La suerte. Claro.
Kairós sonrió. Una sonrisa tensa, pero sonrisa al fin.
Iba a decir algo más cuando lo oyó.
Un rugido. Lejano, pero reconocible. Los perros. Y no era uno. Eran muchos. Demasiados.
Se asomó otra vez. El horizonte, antes vacío, ahora era una masa negra y movediza. Los perros volvían. Miles. Y con ellos, las ratas voladoras, que descendían en picado hacia los edificios, hacia las entradas, hacia él.
—Mierda —susurró.
Mierda —confirmó el Diario—. Tienes que salir de aquí. Ahora.
Kairós miró a su alrededor. El edificio ya no era un refugio. Las ratas voladoras empezaban a embestir las ventanas, las grietas, cualquier hueco por pequeño que fuera. Los perros, abajo, se amontonaban, empezaban a trepar.
No podía quedarse.
Pero tampoco podía salir a lo loco.
—Divide y vencerás —murmuró.
¿Qué?
—Tengo que separarlos. Los perros son rápidos en terreno abierto, pero torpes en espacios cerrados. Las ratas vuelan, pero son frágiles. Si los mezclo, estoy muerto. Si los separo…
¿Cómo piensas hacer eso?
Kairós miró a su alrededor. La ciudadela era un laberinto. Calles estrechas, plazas abiertas, edificios derruidos. Podía usarlo.
—Sí —dijo—. Puedo.
Y salió.
—
El exterior era un infierno.
Los perros lo vieron nada más asomarse. Cargaron. Las ratas voladoras se lanzaron en picado. El aire se llenó de chillidos, rugidos, hambre.
Kairós no huyó.
Avanzó.
Directo hacia ellos. La espada en alto. Los ojos fijos en un punto: una calle estrecha, a cincuenta metros. Si llegaba allí, los perros tendrían que entrar de uno en uno. Las ratas voladoras no podrían maniobrar bien.
Pero había que llegar.
Una rata voladora se lanzó a su cara. La espada se levantó. La rata cayó partida.
Tres perros lo flanquearon. Los esquivó. Dos cayeron. El tercero le mordió el brazo—el bueno, el izquierdo. Sintió los dientes, el ardor, la sangre. Lo mató con un golpe de espada.
Siguió avanzando.
Las ratas voladoras eran peor que los perros. Rápidas, impredecibles, siempre en movimiento. Kairós no podía concentrarse en una porque otra ya estaba encima. Sus brazos, su espalda, su cabeza… todo era un blanco.
Una le abrió la mejilla. Sintió la sangre caliente resbalar por su cara. Otra le clavó las patas en el hombro. La arrancó de un tirón.
Pero avanzaba.
Treinta metros. Veinte. Diez.
Un perro grande se interpuso. No era de los rápidos. Era de los pesados, de los que cargaban en línea recta. Kairós lo esquivó en el último momento, rodó por el suelo, se levantó.
Cinco metros.
Llegó.
La calle estrecha. Perfecta.
Se metió en ella. Los perros, como esperaba, no podían pasar más de uno a la vez. El primero entró. Kairós lo mató. El segundo. Lo mató. El tercero. Lo mató.
Las ratas voladoras, arriba, no podían bajar. El espacio era demasiado angosto para sus alas.
Kairós sonrió.
—Divide y vencerás —dijo en voz alta.
Y siguió matando.
—
Pasaron horas. O minutos. Kairós perdió la cuenta.
Los perros entraban. Él los mataba. Entraban. Los mataba. Una y otra vez. Como un ritual. Como una condena.
Su brazo derecho seguía inútil, colgando. Pero el izquierdo—el que sostenía la espada—se movía solo. Tajo. Tajo. Tajo.
El dolor era constante. Cada músculo, cada hueso, cada herida. Pero no podía parar. Si paraba, moría.
AURA: 1% … 2% … 1% … 3% …
Subía y bajaba con cada momento de peligro. No lo usaba. No podía. Lo guardaba para cuando realmente lo necesitara.
…
Kairós mató al último perro que intentó pasar. Su cuerpo cayó sobre el montón de cadáveres que ya bloqueaba casi toda la entrada. Detrás, los demás perros se detuvieron. Olfatearon el aire. Miraron la pared de cuerpos que sus compañeros habían formado.
Y por primera vez en horas, dejaron de venir.
Kairós esperó. Un minuto. Dos. Cinco.
Nada.
—¿Ya? —susurró.
Parece que han decidido que no vale la pena —dijo el Diario—. O quizás están reorganizándose.
—Da igual. Tengo que moverme.
Miró la pared de cadáveres. Era alta, sólida, repugnante. Pero le había dado tiempo. Tiempo para pensar, para respirar, para seguir vivo.
Salió por el otro extremo de la calle. La ciudadela estaba en silencio. Los perros, por ahora, habían desaparecido. Las ratas voladoras, las pocas que quedaban, se alejaban en el horizonte.
Kairós no se lo pensó. Buscó el edificio más alto que vio, una torre semi derruida pero con una base sólida. Comenzó a escalar.
Cada movimiento era una agonía. El brazo derecho colgaba inútil. La pierna—la dislocada—apenas respondía. La espalda era un solo grito. Pero subió. Agarrando salientes, apoyándose en grietas, arrastrándose cuando no podía más.
Tardó lo que pareció una eternidad.
Cuando llegó a la cima, se dejó caer sobre la piedra fría. Jadeando. Temblando. Vivo.
El cielo empezaba a oscurecerse. La segunda noche caía sobre la ciudadela.
Kairós miró sus manos. Temblaban. Miró su cuerpo. Sangraba por mil sitios. Miró a su alrededor. Los cadáveres, abajo, eran una mancha oscura e informe.
—¿Cuántos? —susurró.
No lo sé —respondió el Diario—. Yo también perdí la cuenta.
—Yo también.
Había llevado la cuenta al principio. En el primer día, sabía cuántos había matado. Cientos. Pero hoy… hoy había sido diferente. La estrategia de dividir y vencer, de usar el terreno, de no enfrentarse a todos a la vez… había funcionado. Pero también había hecho que la matanza fuera mecánica. Interminable. Incontable.
—El aura —dijo—. ¿Cuánto tengo?
El Diario se abrió.
AURA: 4%
—¿Solo cuatro?
Sí. Has estado en peligro constante, sí. Pero tu estrategia… mantener a raya a los enemigos, no exponerte al máximo… ha hecho que el aura no suba tanto. Estás vivo, pero no al borde de la muerte. Y el aura premia el borde de la muerte.
—Ya.
Cerró los ojos un momento. Sintió el viento en la cara. Fresco. Casi agradable.
Cuando los abrió, la noche había caído del todo.
Y entonces lo vio.
El cielo.
Había estrellas. Más que la noche anterior. Muchas más. Pequeñas, tenues, pero ahí. Salpicaban la oscuridad como diminutos faros.
Por un instante, le pareció que brillaban con más fuerza. Como si lo estuvieran mirando. Como si alguien, desde algún lugar, estuviera conteniendo el aliento.
Y la luna. Esa misma luna pálida de la fisura. Estaba casi llena. Le faltaba poco. Su luz bañaba la ciudadela, los edificios, los cadáveres, todo.
Kairós se quedó mirándola un largo rato.
—Leinett —susurró—. Liana.
El viento se llevó las palabras.
—Las extraño.
Silencio.
El Diario no dijo nada. Por una vez, no tuvo un comentario sarcástico.
Kairós se recostó sobre la piedra. La luna lo miraba. Las estrellas lo acompañaban.
—Un día más —murmuró—. Quedan cinco.
Y cerró los ojos.
La noche lo envolvió.
Por : Hanzonex
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