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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 56

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Capítulo 56: Capítulo 55 – Asedio – Día 3

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 55 – Asedio – Día 3

Los brazos de Morfeo lo abrazaron con una intensidad que no había sentido en días.

Kairós cayó en el sueño como quien cae en un pozo sin fondo. No hubo transición, no hubo duermevela. Un momento estaba mirando la luna casi llena, y al siguiente estaba en la oscuridad más profunda, acunado por el agotamiento.

No soñó. O si soñó, no lo recordó. Solo existió la nada. El vacío. El descanso.

Duraba treinta minutos.

Una piedra. Pequeña. Del tamaño de un puño. Le cayó directamente en la frente.

Kairós abrió los ojos de golpe, la mano buscando la espada antes de que el cerebro terminara de procesar lo que pasaba. El dolor en la cabeza era agudo, punzante, pero ya conocía ese dolor. Ya sabía lo que significaba.

—Lanzadores —murmuró, la voz rota.

Se arrastró hasta el borde de la torre y miró abajo.

El suelo estaba cubierto. Cientos. Miles. Los malditos lanzadores, con sus brazos largos y grotescos, sus cuerpos esbeltos, sus ojos diminutos. Estaban por todas partes. Y todos lo miraban a él.

Parece que han decidido hacer una serenata —dijo el Diario, con ese tono suyo que siempre aparecía en los peores momentos—. Tú eres Julieta, ellos son Romeo. Y te están lanzando piedras en lugar de piropos.

—Cállate.

Es romántico, en cierto modo. Trágico, pero romántico.

Kairós observó con más atención. Entre los lanzadores, había siluetas más grandes. Perros. Docenas de perros. Pero no estaban en el suelo. Estaban en las azoteas, en los tejados, en las cornisas. Y en sus lomos… llevaban rocas. Grandes. Enormes. Las lanzaban con sus patas traseras, como si fueran catapultas vivientes.

—Claro —susurró—. Por supuesto. ¿Qué iba a ser fácil?

Y entonces lo vio.

Las alas.

Los perros tenían alas.

No eran alas grandes, no eran alas de águila. Eran membranas delgadas, casi transparentes, que se desplegaban de sus lomos cuando saltaban de un tejado a otro. Alas de murciélago. Alas de pesadilla.

Kairós se quedó mirando un momento. Procesando.

Buscó las sombras instintivamente. Ese viejo refugio que ya no existía. Pero no había sombras que lo quisieran. Solo su luz. Siempre su luz.

Luego se rió.

No fue una risa divertida. Fue una risa rota, histérica, de quien ha tocado fondo y descubre que el fondo tiene un sótano.

—JAJAJAJAJA —rió, sin poder parar—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Lo que me faltaba! ¡Perros con alas! ¡PERROS CON ALAS!

No te rías —dijo el Diario—. Te van a oír.

—¡QUE ME OIGAN! ¡QUE ME OIGAN, DIARIO! ¡Ya no me importa!

Pero en el fondo de esa risa, había algo más. Algo que no era locura. Era aceptación.

No podía huir. No podía esconderse. No podía defenderse eternamente.

Tocaba ser ofensivo.

Kairós se incorporó. La espada en la mano. El cuerpo destrozado. El aura en… ¿cuánto?

—Mi vida —dijo.

VIDA: 18%

—Mi aura.

AURA: 5%

—Suficiente.

¿Suficiente para qué?

—Para bajar ahí y matarlos a todos.

Estás loco.

—Sí. Pero es mi única opción.

Miró a los lanzadores, a los perros alados, a las rocas que volaban hacia él. Calculó distancias, tiempos, riesgos.

No había salida fácil.

Pero había una salida.

Saltó.

No hacia otro tejado. Hacia abajo. Directo al centro de la masa enemiga.

El viento silbó. Las rocas pasaron a su lado. Los lanzadores, sorprendidos, intentaron apuntar, pero ya era tarde.

Kairós cayó entre ellos como una piedra.

Y la matanza comenzó.

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 55: Asedio – Día 3 (Parte 2)

Kairós cayó entre ellos como una piedra.

El impacto contra el suelo fue brutal, pero ya no sentía el dolor de la misma manera. Era como si su cuerpo hubiera decidido ignorar las señales para poder seguir funcionando. Las piernas se doblaron, la espada describió un arco, y tres lanzadores cayeron antes de que nadie pudiera reaccionar.

Los demás se giraron. Sus brazos largos, letales a distancia, eran torpes a corto alcance. Kairós lo sabía. Lo había comprobado antes. Y ahora iba a aprovecharlo.

La espada cantó.

Un lanzador intentó golpearlo con un brazo. La hoja lo cortó antes de que el golpe llegara. Otro intentó huir. La espada lo alcanzó en la espalda. Otro, otro, otro.

Kairós no pensaba.

No podía pensar. No había tiempo. Solo existía el siguiente enemigo. El siguiente movimiento. La siguiente muerte.

Los lanzadores caían como moscas. Eran débiles cuerpo a cuerpo, y él lo sabía. Pero eran cientos. Y entre ellos, los perros alados empezaban a descender.

Uno se lanzó en picado. Sus garras abiertas, sus alas membranosas desplegadas. Kairós lo vio de reojo, rodó, y cuando el perro pasó a su lado, la espada se levantó y le abrió el vientre.

La sangre negra le salpicó la cara. No le importó.

Otro perro. Otro lanzador. Otro. Otro.

Cortaba. Mataba. Esquivaba piedras. Cortaba. Mataba. Esquivaba.

Ya no había estrategia. Ya no había plan. Solo movimiento. Solo instinto.

Era un animal acorralado.

Y todo animal acorralado… es peligroso.

Los lanzadores empezaron a dudar. Los perros alados, también. La presa no caía. La presa mataba. Mataba sin parar.

Kairós avanzaba entre ellos como una máquina de muerte. La espada era una extensión de su brazo. El brazo, una extensión de su voluntad. Y su voluntad… su voluntad era sobrevivir.

Una piedra le golpeó el hombro. Sintió el hueso crujir, pero no se detuvo.

Otra le abrió la ceja. La sangre le cegó un ojo. No se detuvo.

Un perro le clavó las garras en la espalda. Gritó, pero no se detuvo. Giró, lo agarró, lo partió.

No pensaba. Solo reaccionaba.

La movilidad volvió a sus manos. No completa, no perfecta, pero suficiente. Los dedos, antes entumecidos, ahora respondían. Podía girar la espada. Podía cambiar el ángulo. Podía…

No pensaba. Solo lo hacía.

Su cuerpo… su cuerpo era un campo de batalla. La carne ya no se regeneraba. El aura se había ido. 0%. Vacío. Cada movimiento era una agonía. Cada respiración, un tormento. El aire mismo le ardía en los pulmones.

Pero no podía parar.

Y entonces empezó a llover.

Pero no era agua.

Era ceniza. Polvo. Partículas diminutas que caían del cielo gris y lo cubrían todo. La visibilidad se redujo a metros. Kairós apenas podía ver a sus enemigos.

Ellos, en cambio, sí lo veían a él.

El faro. La estrella. Su puta luz brillaba a través de la ceniza como un faro en la niebla. Los perros alados lo localizaban al instante. Los lanzadores apuntaban sin dudar.

Pero, por un instante, le pareció que la luz no solo lo delataba. También lo guiaba. Como si alguien, desde arriba, le susurrara: “Sigue. Aún no.”

—Claro —susurró Kairós, con una risa rota—. Claro que sí.

Y siguió matando.

—

Cuando la lluvia de ceniza cesó, cuando los últimos lanzadores huyeron, cuando los perros alados se retiraron a reorganizarse, Kairós se encontró solo en medio de un campo de cadáveres.

Estaba de rodillas. La espada clavada en el suelo, sosteniéndolo. La sangre—la suya—formaba un charco a su alrededor.

Pero respiraba.

VIDA: 11%

—Todavía no —susurró—. Todavía no.

Se incorporó. Cayó. Se incorporó otra vez.

El sol—esa luz gris—empezaba a declinar.

Tercer día. Casi terminado.

Quedaban cuatro.

—Vamos —dijo, y cojeó hacia las sombras.

El animal seguía vivo.

Y mientras viviera, seguiría luchando.

….

La niebla se retiró.

Los lanzadores huyeron. Los perros alados desaparecieron entre las ruinas. El silencio volvió a la ciudadela.

Y entonces, el cuerpo de Kairós cobró la factura.

No fue gradual. Fue un golpe. Como si todos los dolores de los últimos tres días hubieran estado esperando en la puerta, y de repente decidieran entrar todos a la vez.

Cayó de rodillas. La espada se le escapó de las manos. Un grito se desgarró de su garganta—no un grito de guerra, no un grito de rabia. Un grito de dolor puro. De agonía absoluta.

—¡AAAAAAAAAAH!

El sonido rebotó en las paredes de la ciudadela, se perdió entre las ruinas, y nadie respondió.

Tres días. Tres días sin agua. Tres días sin comida. La única fuente de nutrientes había sido su propia sangre, la que chupaba de la máscara cuando no podía más. Pero la máscara, por más resistente que fuera, ya estaba magullada, agrietada, casi inservible.

Se miró las manos. Temblaban. Los dedos, amoratados. Las uñas, rotas.

Se miró el cuerpo.

El abrigo negro—ese abrigo que lo había acompañado en cada batalla—era un desastre. Rasgado en decenas de sitios, dejando ver la piel amoratada, las heridas abiertas, las costillas marcadas. La camisa, debajo, era harapos. El pantalón, apenas sujeto por jirones de tela. Las botas… una de ellas había perdido la suela. La otra, el talón.

Estaba casi desnudo. Al paso que iba, pronto estaría peleando en cueros.

—Al menos —jadeó, con una risa rota—. Al menos me queda un cambio de ropa. Para cuando salga de aquí.

*Si sales —dijo el Diario, y por primera vez su voz no tenía rastro de sarcasmo. Solo un cansancio infinito.

—Cuando salga.

El dolor no cesaba. Cada músculo, cada hueso, cada fibra. Había usado su cuerpo como herramienta, como arma, como escudo. Y ahora el cuerpo le cobraba.

Gritó otra vez.

Y en ese grito, cuando el dolor era tan inmenso que ya no sabía dónde terminaba él y empezaba el mundo, escuchó una voz.

Ven.

Kairós levantó la vista.

Ven.

El cielo. Esa bóveda gris y eterna. Y allí, recortada contra la nada, una figura.

El Niño Ciego.

Lo reconocería en cualquier parte. Esos ojos blancos, vacíos. Esa sonrisa que no era sonrisa. Esos harapos. Flotaba en el aire, mirándolo desde arriba, como si hubiera estado allí todo el tiempo.

Ven, Kairós. Ven conmigo.

La voz era dulce. Cálida. Como un abrazo.

Deja de sufrir. Ven.

Kairós sintió el tirón. Una fuerza invisible, suave pero insistente, que lo llamaba hacia arriba. Hacia él. Hacia el final del dolor.

Te llevaré a un lugar sin hambre. Sin sed. Sin heridas. Solo descanso. Solo paz.

La imagen era hermosa. Por un instante, Kairós se vio a sí mismo flotando, libre del peso de su cuerpo destrozado, libre del asedio, libre de todo.

Ven.

Su mano se levantó. Sola. Sin que él lo decidiera.

Y entonces su otra mano, la que aún sostenía el fragmento de Elyra, apretó.

El calor del fragmento le quemó la palma. Un dolor diferente. No el dolor del cuerpo. El dolor de la vida. De la lucha. De la promesa.

Recordó a Leinett. A Liana. A Yet. Al chico misterioso. Recordó sus caras, sus voces, sus sonrisas.

—No —susurró.

La mano que se levantaba cayó.

—No.

Miró al Niño Ciego. Directo a esos ojos blancos.

—No voy contigo.

La sonrisa de la criatura no cambió. Pero algo en su expresión… se torció.

¿Estás seguro?

—Sí.

Podrías descansar.

—Ya descansaré cuando muera.

Eso puede ser pronto.

—Puede. Pero no será hoy.

El Niño Ciego lo miró un largo rato. Luego, lentamente, empezó a desvanecerse.

Hasta pronto, Kairós.

Y desapareció.

El silencio volvió.

Kairós se quedó de rodillas, jadeando. El fragmento de Elyra, en su mano, seguía caliente. Palpitante. Vivo.

—No voy a rendirme —susurró—. No voy a rendirme.

El día que me robaron… también lo recuperaré. Cuando esto acabe.

El viento sopló. La noche cayó.

Tercer día. Terminado.

Quedaban cuatro.

Kairós apretó el fragmento contra su pecho y, arrastrándose, buscó un lugar donde esconderse.

La lucha continuaba.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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