FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 57
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Capítulo 57: Capítulo 56 – Asedio – Día 4.
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 56 – Asedio – Día 4.
La noche del tercer día se desvaneció en una luz gris que Kairós apenas registró.
No se había movido de donde cayó. No había buscado refugio. No había podido. El cuerpo simplemente… dejó de obedecer.
Estaba tumbado boca arriba, en medio de una plaza cubierta de cadáveres, mirando el cielo. La espada, a un metro, fuera de su alcance. El fragmento de Elyra, aún en su mano, caliente, palpitante. El Diario, en su bolsillo, en silencio.
—Mi vida —susurró. Apenas un hilo de voz.
El Diario se abrió solo. La interfaz apareció flotando ante sus ojos.
VIDA: 11%
—Ah —dijo Kairós, con una risa débil—. Casi muerto. Otra vez.
El cielo empezó a oscurecerse. O era la noche, o era su visión. Ya no distinguía.
—¿Qué hora es, Diario?
El libro no respondió.
—Claro —murmuró Kairós—. Ni tú lo sabes ya.
La luna apareció. Esa misma luna pálida. Estaba casi llena. Le faltaba un día, quizás dos. Y las estrellas… las estrellas eran más que nunca. Cientos. Miles. Todas mirándolo.
O eso le parecía.
Kairós las miró fijamente. Una. Otra. Otra más. Todas brillaban. Todas lo veían. Todas sabían.
—¿Qué miran? —gritó de repente. La voz le salió ronca, rota, pero fue un grito—. ¡EH! ¡DÍGANME! ¿QUÉ MIRAN?
Silencio. Las estrellas siguieron brillando.
—¡USTEDES! —Señaló una estrella al azar, la más brillante—. ¡TÚ! ¡TÚ TE ESTÁS RIENDO DE MÍ, ¿VERDAD?!
Kairós… —la voz del Diario fue un susurro, casi tímido.
—¡TÚ Y LA LUNA! ¡GRACIAS POR LA MALDICIÓN, ESTRELLA! —agitó el puño, aunque apenas podía moverlo—. ¡Y TÚ, LUNA! ¡GRACIAS POR NADA! ¡TE ESTOY MIRANDO! ¡TE ESTOY MIRANDO!
Kairós… basta…
—¿Basta de qué? —se giró hacia el bolsillo, hacia el Diario—. ¿Basta de qué, dime? ¿Basta de qué?
Silencio.
El Diario no respondió.
—Mejor vete. —Kairós negó con la cabeza—. Vete de vacaciones, libro estúpido. Eres un inútil. No me has ayudado en nada.
Silencio.
El Diario no dijo nada. Pero en la interfaz, abajo del todo, un número cambió.
CORADURA: 35%
Kairós no lo vio. O no le importó.
Por un instante, una de las estrellas, la más brillante, parpadeó con un ritmo diferente. Como un latido. Kairós, en su delirio, lo notó. Parpadeó de vuelta. La estrella volvió a parpadear.
—Ah —dijo, con una sonrisa idiota—. Tú sí me escuchas.
Luego el momento pasó.
Siguió mirando las estrellas, maldiciéndolas, riéndose solo, hablando con nadie.
Hasta que un ruido lo calló.
No era un rugido. No era un chillido. Era un aleteo. Silencioso. Muchos. Demasiados.
Kairós giró la cabeza lentamente.
El cielo estaba lleno.
No de ratas voladoras. No de perros alados. Eran otros. Nuevos.
Planeadores.
Murciélagos humanos con alas de piel. Sus cuerpos eran pequeños, esbeltos, pero sus cabezas… sus cabezas eran humanas. Negras, grises, con facciones deformadas, con bocas llenas de dientes finos, con ojos que brillaban en la oscuridad.
Diferentes caras de horror. Cada una peor que la anterior.
Volaron en silencio. Usaban la oscuridad, la altura, la luna. La usaban a ella. Y a él. Lo veían perfectamente. El faro. La estrella.
Kairós los miró.
Ellos lo miraron.
Y entonces, sin previo aviso, empezaron a descender.
—Claro —susurró Kairós, con una risa rota—. Claro que sí.
Buscó la espada. Estaba a un metro. Se arrastró. La alcanzó. Se incorporó. Las piernas le fallaron. Cayó de rodillas.
Los planeadores seguían bajando.
—Vamos —dijo—. Vamos, hijos de puta.
Y levantó la espada.
El cuarto día comenzaba.
…
Kairós se puso de pie.
No supo cómo. No supo por qué. Sus piernas no deberían sostenerlo. Sus brazos no deberían levantarse. Su espalda, un mapa de heridas abiertas, no debería permitirle enderezarse.
Pero lo hizo.
El dolor era constante, sí. Un acompañante más en esta pesadilla. Pero ya no le molestaba. Se había adaptado a él. Como se adapta uno a respirar, a parpadear, a vivir.
Ya no sentía el dolor como algo externo. Era parte de él.
—Sabes qué te mantiene vivo, ¿verdad? —la voz del Diario llegó, más baja que de costumbre, casi un susurro—. Tres días sin comer, sin beber. El cuerpo no puede. Pero el aura… el aura puede. Te da vitaminas, energía, lo que necesitas para seguir. Es como si te alimentara. Pero no es eterno, Kairós. Cuando el aura se acabe… el hambre y la sed te van a golpear como un puto tren. Y no vas a poder levantarte.
Kairós no respondió. No tenía tiempo. Los planeadores ya estaban encima.
Los planeadores descendían en picado. Sus alas de piel, sus caras humanas deformadas, sus dientes diminutos. Decenas. Centenares. Llenaban el cielo como una nube de pesadilla.
Kairós los miró.
Y sonrió.
—Vamos.
No se movió. No corrió. No esquivó. Se quedó quieto, la espada en alto, esperando.
El primer planeador llegó.
Su cabeza—la cara de un niño deforme, con ojos saltones y una mueca de hambre—se acercó a la velocidad del rayo. Sus garras extendidas buscaban carne.
La espada de Kairós se movió.
No fue un movimiento rápido. Fue un movimiento perfecto. El planeador cayó partido en dos antes de que sus garras tocaran a Kairós.
El segundo. El tercero. El cuarto.
No importaba cuántos vinieran. La espada siempre estaba ahí. Parecía moverse sola, como si hubiera adquirido vida propia. Los brazos de Kairós, los dos—el que había estado inútil, el que siempre había funcionado—trabajaban al unísono. No pensaba. No necesitaba pensar.
Era un domo. Una esfera de muerte. Cualquier cosa que entrara en su radio moría.
Los planeadores chocaban contra ese domo como insectos contra una llama. Sus cuerpos caían, se amontonaban, formaban montañas de carne y alas rotas.
Pero Kairós no veía eso.
Veía algo más.
Cada vez que su espada cortaba, un destello surgía. Pequeño. Diminuto. Como una estrella. Y esos destellos se quedaban en el aire, flotando, brillando, iluminando la noche.
—Qué bonito —susurró, sin saber bien por qué.
El Diario, tirado en el suelo a varios metros, observaba.
El libro había caído en algún momento de la batalla. No sabía cuándo. No sabía cómo. Pero estaba ahí, en la tierra, abierto por una página al azar.
Y miraba.
Veía a Kairós, inmóvil, rodeado de cadáveres. Veía su espada moverse a una velocidad que no debería ser posible. Veía los destellos, las pequeñas estrellas que nacían y morían en cada corte.
Es hermoso —pensó el Diario, aunque no lo dijo en voz alta—. Es jodidamente hermoso.
Kairós brillaba. Su cuerpo destrozado, su ropa hecha jirones, su piel amoratada… todo eso no importaba. Lo que importaba era la luz. Esa luz que emanaba de él. La misma que atraía a los monstruos. La misma que lo condenaba.
Pero ahora… ahora esa luz era su arma.
Los planeadores siguieron viniendo. Y él siguió matando.
Hasta que, de repente, se acabaron.
Kairós se quedó quieto, la espada en alto, esperando. Pero no venía ninguno más.
Bajó los brazos. Lentamente. Como si cada movimiento pesara toneladas.
Miró a su alrededor. Los cadáveres formaban un círculo perfecto a su alrededor. Un cráter de muerte.
—Cuarto día —susurró.
El Diario, desde el suelo, vio cómo Kairós se tambaleaba. Cómo sus piernas finalmente cedían. Cómo caía de rodillas, luego de lado, luego sobre los cadáveres.
Pero sonreía.
—Cuarto día —repitió, antes de cerrar los ojos.
Y las estrellas, arriba, siguieron brillando.
—
Kairós cayó.
No fue un desplome dramático. Fue un desmoronamiento lento, como un edificio que finalmente cede después de demasiado tiempo aguantando. Primero las rodillas, luego las manos, luego el costado. Y se quedó allí, entre los cadáveres de los planeadores, inmóvil.
La espada se le escapó de los dedos. El fragmento de Elyra, aún en su otra mano, siguió palpitando débilmente.
La respiración era apenas un susurro. Lenta. Profunda. Casi imperceptible. Su pecho subía y bajaba con un ritmo que pareía más de máquina que de hombre.
Inconsciente. Pero vivo.
El Diario cayó del bolsillo destrozado de su abrigo. Rodó por el suelo, se detuvo junto a su cabeza. Durante un largo rato, no se movió. Solo observó.
Luego, lentamente, sus páginas empezaron a pasar. Una a una. Hasta que el libro quedó abierto, justo encima del pecho de Kairós. Cubriéndolo. Protegiéndolo.
Como si pudiera hacer algo. Como si un libro pudiera detener lo que venía.
Pero lo intentaba.
—
El tiempo pasó.
Kairós no lo sintió. El Diario, sí.
Había pasado un horas desde que comenzó la batalla contra los planeadores. Para Kairós, habían sido minutos de éxtasis y muerte. Para el Diario, había sido una eternidad de verlo brillar y caer.
Miró a su alrededor.
La ciudadela había cambiado. La oscuridad avanzaba. Antes, desde donde estaba, podía ver kilómetros de ruinas, edificios, calles. Ahora… ahora apenas unos cientos de metros. El resto era negro. Una negrura absoluta, como si el horizonte mismo estuviera siendo devorado.
Se acerca —pensó el Diario—. El final. O el principio. No lo sé.
Una gota cayó sobre sus páginas.
Tinta. Negra. Esa tinta con la que siempre escribía.
Otra gota. Otra. Otra.
El Diario estaba llorando.
No sabía que podía hacerlo. No sabía que los libros lloraban. Pero ahí estaba, manchando sus propias páginas con lágrimas de tinta, mientras la oscuridad avanzaba y Kairós seguía inconsciente.
Miró al cielo. Las estrellas seguían ahí. La luna, casi llena. Todo igual.
—Sobrevive —susurró, aunque no tenía voz—. Sobrevive, idiota. Solo quedan dos días.
Los enemigos se habían ido. Todos. Los planeadores, los perros, las ratas, los lanzadores. No quedaba ni uno.
Eso era lo peor.
El Diario lo sabía. En este lugar, la calma no era una tregua. Era una amenaza. Algo peor estaba por venir. Algo que necesitaba que Kairós descansara para poder enfrentarlo.
—Tres días —repitió—. Tres días.
La oscuridad siguió avanzando.
Y el Diario siguió llorando.
Por. : Hanzonex
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