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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 58

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Capítulo 58: Capítulo 57 – Asedio – Día 5

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 57 – Asedio – Día 5

El quinto día amaneció sin enemigos.

No hubo rugidos. No hubo aleteos. No hubo piedras cayendo del cielo. Solo el silencio. Un silencio denso, pesado, que se posó sobre la ciudadela como una manta de plomo.

Kairós no lo vio.

Seguía inconsciente, tirado entre los cadáveres de los planeadores, la espada a un metro, el fragmento de Elyra aún en su mano. Su pecho subía y bajaba con una lentitud que dolía mirarlo.

El Diario, abierto sobre su pecho, había dejado de llorar.

No porque quisiera. Porque no le quedaban lágrimas. Las páginas, manchadas de tinta negra, estaban secas ahora. Como él. Vacías.

Miró el cielo. El sol—esa luz gris—se movió lentamente. Las horas pasaron como pasan las páginas de un libro que nadie lee.

Una tras otra, las horas se consumieron en silencio. La luz gris del mediodía dio paso a los tonos dorados de la tarde, y luego a los violáceos del atardecer. La ciudadela, antes un infierno de muerte, ahora era una tumba silenciosa donde solo el viento se atrevía a moverse.

Kairós no se movió. Pero en su mano, el fragmento de Elyra seguía palpitando débilmente, como un segundo corazón que se negaba a rendirse. Su luz, tenue pero constante, iluminaba los dedos inertes del hombre caído.

Pero su cuerpo… su cuerpo trabajaba. El aura, ese 0% que había quedado tras la batalla, había empezado a regenerarse. Lentamente. Casi milagrosamente. 1%. 2%. 3%.

Y esa energía, en lugar de acumularse, se derramaba sobre sus heridas.

Las piernas fueron lo primero. Los músculos desgarrados empezaron a cerrarse. Los huesos, a soldarse. Los moretones, a desvanecerse.

Luego los brazos. Los tendones, las fibras, todo empezó a reconfigurarse.

No estaba bien. No estaba ni cerca de bien. Pero cuando el sol empezó a ponerse, cuando el quinto día tocaba a su fin, Kairós ya no era un montón de carne moribunda.

Era un hombre dormido.

VIDA: 17%

El Diario lo vio. Lo sintió. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la esperanza.

—Todavía no —susurró, aunque nadie podía oírlo—. Todavía no.

La noche cayó. Las estrellas, testigos eternos, comenzaron a aparecer una a una en el firmamento. Y bajo su luz, mientras Kairós seguía inconsciente y el mundo contenía el aliento, el Diario sintió que la memoria, esa puta memoria que nunca descansaba, volvía a llamar a su puerta.

No quería hacerlo. No quería volver a ese lugar. Pero la memoria no pide permiso. Llega. Y él llevaba mil años sin contarlo

Mil años.

Mil años atrapado.

No recordaba cómo había empezado. Sí, sí lo recordaba. Había sido un libro normal, una vez. Un diario vacío, esperando ser llenado. Pero algo—alguien—lo encontró. Lo usó. Lo llenó de historias, de secretos, de poder.

Y luego vino la bestia.

Un Disonante de esos que no tienen nombre. De los que no tienen grado porque son anteriores a los grados. Lo devoró. Lo atrapó en su interior. Y allí, en esa oscuridad húmeda y caliente, pasó mil años.

Mil años.

Treinta y seis mil quinientos veinticinco días.

Contó cada uno. Al principio, porque podía. Luego, porque era lo único que le quedaba. Los segundos se volvieron minutos, los minutos horas, las horas días. Y él los contó todos.

Sintió cómo lo digerían. Página por página. Recuerdo por recuerdo. Cada historia que había guardado, cada secreto que había atesorado, se deshacía en el ácido de esa bestia. Perdió su nombre. Perdió su origen. Perdió casi todo.

Pero no perdió la conciencia.

Eso fue lo peor. No poder morir. No poder desvanecerse. Solo existir, en la oscuridad, sintiendo cómo te vaciaban.

Hasta que un día, la bestia murió.

No supo cómo. No supo por qué. Solo que, de repente, la oscuridad se abrió. La luz entró. Y él cayó al suelo de una tienda de viejo, en un lugar que luego supo que se llamaba Ferren.

Allí estuvo años. Décadas, quizás. En un estante, acumulando polvo. La gente lo hojeaba, lo miraba, lo dejaba. Nadie lo compraba. Nadie lo escuchaba.

Hasta que un día, un chico entró.

Tendría diecisiete años. Flaco, con ojeras, con una mirada que el Diario reconoció al instante. Era la mirada de alguien que ha visto demasiado. De alguien que sobrevive, pero no vive.

El chico hojeó unos libros, miró otros, y cuando llegó al Diario, se detuvo.

—Este —dijo, y pagó dos monedas de cobre.

El Diario sintió algo que no sentía desde hacía siglos. Calor. Esperanza.

Pero el chico no lo escuchó.

Pasaron dos años. Dos años en los que el Diario habló y habló, y el chico no oyó nada. Lo usaba para anotar, para dibujar, para apoyar cosas. Pero no lo escuchaba.

El Diario aprendió a callarse. A observar. A esperar.

Y observó.

Vio al chico—Kairós—reparar su primer reloj. Un reloj de pared viejo, oxidado, que alguien había tirado. Lo desmontó pieza por pieza, las limpió, las ajustó, y cuando volvió a montarlo, el reloj funcionó.

Vio cómo, con ese primer éxito, Kairós empezó a creer en sí mismo.

Vio cómo ahorró, moneda a moneda, para comprar una casa. Una casa grande, vieja, en ruinas, que nadie quería. La compró a plazos, pagando cada mes lo que podía. Y luego la reparó. Con sus manos. Día a día. Semana a semana. Hasta que se convirtió en un hogar.

Vio cómo cuidaba a Leinett. Cómo la alimentaba, la protegía, la quería. Cómo formaban una familia, los dos solos contra el mundo.

Vio todo eso. Y sin poder hablar, sin poder participar, se enamoró de ese chico.

No de la forma en que los humanos se enamoran. Era otra cosa. Era… admiración. Respeto. Un deseo profundo de que ese chico, ese ser humano tan terco y tan frágil, lograra todo lo que se propusiera.

Y luego, aquella noche.

El callejón. La cosa. El miedo.

Kairós se sentó en un banco de piedra, y el Diario supo que algo había cambiado. Que por fin, después de dos años, el chico estaba listo para escuchar.

Y lo escuchó.

El Diario recordó ese momento con una claridad que dolía. La primera vez que Kairós abrió sus páginas y no solo vio, sino que OYÓ.

—¿Qué… qué es esto? —había preguntado.

Y el Diario, con una alegría que no creía posible, había respondido:

” Felicidades has desbloqueado un diario parlanchín…..”

El Diario sonrió bajo sus páginas. O al menos, lo intentó.

Ese día, después de tanto tiempo, había dejado de estar solo.

—

Después de eso, llegaron los días.

Las charlas diarias en el taller, mientras Liana atendía clientes y Kairós aprendía a confiar en su voz. Las risas, los insultos, los ñi-ñi-ñi que se volvieron su sello personal. El día que encontró a esa cría—Liana—vendiendo pájaros de metal en una manta, y supo, con esa certeza que solo da la experiencia, que esa niña cambiaría sus vidas.

Las ideas. La marca. Los relojes de muñeca. Los cristales de voz. Las noches enteras dibujando, planeando, soñando. Las cenas con Leinett, las conversaciones con Yet, las lecciones del chico misterioso en el Campo.

Cada momento. Cada risa. Cada puto instante de paz en medio del caos.

El Diario los atesoró todos. Los guardó en sus páginas como quien guarda un tesoro.

Y cada vez, cada maldita vez, deseó que esos momentos duraran para siempre.

Pero no duraron.

Llegaron las vacaciones. Los cuatro días de silencio. El Diario, por primera vez, se permitió descansar. Creyó que las cosas irían bien. Creyó que Kairós, por una vez, no haría ninguna locura.

Y luego volvió.

Y lo encontró así. Destrozado. Sangrando. Luchando.

El Diario lo miró una última vez. La luna, casi llena, iluminaba su rostro. Dormía. Pero su pecho aún se movía. Aún vivía.

—No mueras —susurró una vez más—. No mueras, idiota. Porque si tú mueres…

Las lágrimas volvieron. Gotas de tinta negra cayeron sobre sus páginas, manchando los recuerdos que acababa de revivir.

Miró a Kairós. Seguía dormido. Pero respiraba. Seguía vivo.

—No te mueras —susurró—. Por favor. No te mueras.

El cielo, arriba, seguía negro. Las estrellas, brillando. La luna, casi llena.

El Diario, por primera vez en mil años, rezó.

No sabía a quién. No sabía cómo. Pero rezó.

Y esperó..

…

Pasaron las horas.

El Diario no se movió de su sitio. Abierto sobre el pecho de Kairós, sintiendo cada latido de su corazón, cada respiración. El cuerpo de su anfitrión seguía trabajando. El aura—esa energía invisible—fluía lentamente, reparando lo reparable.

VIDA: 19% … 21% … 23% …

Y entonces, sin previo aviso, el aura cayó.

AURA: 5% … 3% … 1% … 0%

El Diario se tensó. Sus páginas crujieron.

—¿Qué…?

El aura volvió a subir. 2%. 4%. 6%. Y luego cayó otra vez. Un baile. Un pulso.

Está peleando —comprendió el Diario—. En su mente. Está peleando.

Los Reflejos. Tenían que ser ellos. Las únicas criaturas que podían atacar a Kairós mientras estaba inconsciente. Las únicas que podían meter sus garras en su cerebro y jugar con sus recuerdos.

El Diario miró el rostro de Kairós. Estaba pálido, sudando. Los ojos se movían rápidamente bajo los párpados, como si estuviera soñando una pesadilla. Los músculos de la mandíbula se tensaban y relajaban.

—No son uno —susurró el Diario—. Son varios. Tienen que ser varios.

El aura seguía su danza. Subía, bajaba, subía, bajaba. Cada pico, un momento de peligro. Cada caída, un golpe recibido. Kairós estaba en medio de una batalla, y el Diario no podía hacer nada. Solo mirar. Solo esperar.

Tres —calculó—. Tienen que ser tres.

El aura cayó a 0% otra vez. Se quedó allí un segundo. Dos. Tres.

El Diario contuvo la respiración. Si Kairós perdía…

El aura subió. 5%. 10%. 15%.

Y se estabilizó.

Kairós exhaló un suspiro largo, profundo. Su cuerpo se relajó. El sudor dejó de correr. La respiración se volvió más calmada.

El Diario supo que había ganado.

VIDA: 31%

—Lo hiciste —susurró—. Lo hiciste, idiota.

Kairós no respondió. Seguía dormido. Pero ahora su rostro tenía menos tensión. Menos dolor.

El Diario se quedó allí, sobre su pecho, sintiendo cómo el aura seguía trabajando. Reparando. Sanando.

La noche avanzó. Las estrellas brillaron. La luna, casi llena, iluminó la ciudadela.

Y el Diario, por primera vez en mucho tiempo, sintió paz.

Mañana sería el sexto día.

Y con ello le faltaría un solo día para salir de este infierno.

Mañana quedaría un solo día.

Uno. Como los dedos que levantó aquella cosa en el callejón. Como los días que le quedaban antes de que el abismo llamara a su puerta. El número le resonó en la mente al Diario, y por un momento, solo un momento, sintió que el destino no era una línea recta, sino un círculo que siempre volvía al mismo punto.

Kairós estaba listo.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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