FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 58 – Asedio – Día 6
FRAGMENTS OF WILL.
Capítulo 58 – Asedio – Día 6
La madrugada llegó sin permiso.
Kairós abrió los ojos y lo primero que vio fue el cielo gris, ese mismo cielo eterno que llevaba seis días contemplando. Parpadeó una vez. Dos veces. Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo protestar, cada hueso recordarle que seguía vivo.
Se miró las manos. Temblaban, pero respondían. Movió los dedos. Cerró los puños. Los abrió. Funcionaban.
—Milagro —susurró.
Se puso de pie. Las piernas le dolían, pero lo sostuvieron. Dio un paso. Otro. Cojeaba, sí, pero podía moverse. Podía correr, si hacía falta.
—Mi vida —pidió, y el Diario mostró los números flotando ante sus ojos.
VIDA: 35%
—No está mal —murmuró—. Para estar vivo.
El Diario, que había pasado la noche sobre su pecho, cayó al suelo con un golpe sordo. Sus páginas se abrieron solas.
¿Ya despertaste?
—Sí.
¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera pasado un tren por encima. Varias veces. —Kairós se estiró, y una cascada de crujidos recorrió su espalda—. Pero vivo.
Los Reflejos. Los tres. ¿Cómo te fue?
Kairós frunció el ceño. Recordaba fragmentos, imágenes sueltas. Caras deformes. Garras en su mente. Pero nada claro.
—No lo sé —admitió—. No recuerdo mucho. Grité al cielo, creo. Y luego… nada.
¿Nada?
—Nada. —Se tocó la sien—. Supongo que los maté. Eran tres de Grado III, ¿no?
Sí.
—Pues no me dejaron nada. Ni un puto fragmento.
Porque los mataste en tu mente. No en la realidad. Aquí no cuentan.
—Ya.
Kairós se agachó y recogió el Diario. Lo guardó en el bolsillo—lo que quedaba de él, porque el abrigo ya era harapos. Luego miró a su alrededor. La ciudadela, en silencio. Demasiado silencio.
—¿Cuánto falta para el séptimo día?
Hoy es el sexto. Amanece ahora.
—Un día más.
Sí. Y luego…
No terminó la frase.
Kairós tampoco necesitaba oírla.
Se giró lentamente, explorando el horizonte con la mirada. Al principio no vio nada. Solo ruinas, piedra, el mismo paisaje desolado de siempre.
Pero entonces… se movieron.
A lo lejos. En la llanura que se extendía más allá de la ciudadela. Puntos negros. Decenas. Cientos.
—No —susurró.
Las moles. Diez. Contó diez siluetas enormes, de cuatro metros, recortadas contra el cielo gris. Detrás de ellas, una marea de perros. Cientos. Miles. Y sobrevolando todo, las ratas voladoras, formando una nube negra que ocultaba el horizonte.
—Diez —repitió Kairós—. Diez moles.
Y el resto. Todo lo que queda.
Kairós debería tener miedo. Debería temblar, huir, esconderse. Pero en lugar de eso… sonrió.
—Las moles —dijo—. Las moles dan mucha aura.
¿Estás loco?
—Sí. Pero es mi única oportunidad. Si mato a unas cuantas, recupero vida. Recupero fuerza. Puedo…
¿Puedes qué? ¡Son diez! ¡Y vienen con todo!
—Lo sé. —Kairós desenvainó la espada. El metal brilló bajo la luz del amanecer—. Pero ya no retroceden. Mira.
Tenía razón. Las bestias avanzaban sin dudar. No se detenían. No esperaban. Directas hacia él.
—Han aprendido —murmuró—. Saben que si me dan tiempo, me recupero. Así que vienen a por todas.
¿Y tú qué vas a hacer?
Kairós no respondió. En lugar de eso, empezó a correr.
No hacia ellas. Hacia la ciudadela. Hacia las calles estrechas, los edificios derruidos, los pasadizos que conocía como la palma de su mano.
—Si quieren pelea —gritó mientras corría—, ¡la van a tener!
Detrás, las bestias rugieron y se lanzaron en su persecución.
El sexto día comenzaba.
—
Pasaron las horas. O minutos. Kairós perdió la cuenta.
Corría, saltaba, se escondía. Las moles eran más lentas, pero imparables. Los perros, rápidos, pero torpes en los callejones. Las ratas voladoras, un fastidio constante.
Mató a dos perros. Luego a cinco. Luego perdió la cuenta.
Una mole le cortó el paso. Kairós no tuvo tiempo de esquivar. La espada se levantó por instinto, pero el golpe de la bestia lo lanzó contra una pared. Sintió el impacto en la espalda, el aire escapándose de los pulmones.
Se levantó. Corrió. La mole lo persiguió.
Encontró un edificio. Entró. Las ratas voladoras no pudieron seguirlo. Los perros, tampoco. La mole… la mole intentó entrar, pero era demasiado grande. Quedó atascada en la puerta.
Kairós no lo dudó.
Corrió hacia ella, saltó, y le clavó la espada en el cuello.
La mole rugió. Se sacudió. Pero Kairós no soltó la espada. Giró. Clavó más hondo. Y cuando la bestia cayó, él cayó con ella.
AURA: 5% … 10% … 15%
Se incorporó. Jadeando. Sangrando. Pero con más aura.
—Una —dijo—. Quedan nueve.
Salió del edificio. Las bestias lo esperaban.
Y siguió luchando.
—
Kairós corrió.
No había otro plan. No había otra estrategia. Solo correr, esquivar, sobrevivir.
Las moles habían cambiado de táctica. Ya no lo perseguían una a una; ahora iban en grupo, derrumbando edificios a su paso. Cada vez que se refugiaba en una estructura, las bestias la derribaban. Cada vez que encontraba un callejón estrecho, los perros lo flanqueaban. Era una guerra de desgaste, y él estaba perdiendo.
—¡Están tirando todo! —gritó Kairós mientras esquivaba un pedazo de columna lanzado por una mole.
—¡Ya lo veo! —respondió el Diario—. ¡Son más pequeñas que las anteriores, pero más rápidas! ¡Y más listas!
Una mole cargó contra un edificio donde acababa de esconderse. La estructura se vino abajo. Él saltó por una ventana justo antes del impacto, rodó, se levantó.
—¡Me cago en todo! —maldijo.
—Oye, Kairós —dijo el Diario—. Si esas cosas derrumban todos los edificios… ¿te daría problemas?
Kairós esquivó una roca, cortó a una rata, y sonrió.
—¡Me daría problemas, sí!
—¿Pero perderías?
—¡GANARÍA!
Y siguió corriendo.
—
La tarde cayó sobre la ciudadela.
Kairós llevaba horas moviéndose. Sus pies—esos pies que Yet le había enseñado a usar—encontraban los huecos, los espacios, las oportunidades. Saltaba sobre escombros, se deslizaba bajo garras, trepaba por muros a punto de caer.
Sus movimientos eran fluidos. Naturales. Como si el cuerpo hubiera olvidado el dolor y solo recordara la danza.
Cortó a un perro. Esquivó a otro. Una rata voladora se lanzó a sus ojos; la partió en el aire. Una mole cargó; la esquivó en el último instante, rodó, se levantó, y siguió.
El aura subía y bajaba. 5%. 10%. 3%. 15%. Cada golpe, cada roce, cada momento de peligro la alimentaba.
Pero los enemigos también aprendían.
Los perros ya no cargaban a lo loco. Esperaban. Flanqueaban. Los lanzadores apuntaban mejor. Las ratas voladoras atacaban en grupo, sincronizadas.
Y las moles… las moles protegían sus nucas. Ya no dejaban ese punto débil al descubierto. Cuando Kairós intentaba repetir sus tácticas, ellas se giraban, bloqueaban, contraatacaban.
—Joder —murmuró Kairós—. Están aprendiendo.
Tú también —respondió el Diario—. Tú también.
Y era cierto. Kairós ya no era el mismo que había entrado en esta fisura. Sus movimientos eran más rápidos, más precisos, más letales. Cada paso era una decisión. Cada corte, una sentencia.
Mató a otra mole. No con un golpe limpio, sino desgastándola, atacando sus puntos débiles una y otra vez hasta que cayó.
AURA: 25%
VIDA: 38%
—Tres —jadeó—. Quedan siete.
Miró al cielo. El sol—esa luz gris—empezaba a declinar. La tarde se acababa. Pronto llegaría la noche.
La última noche.
—Lo sé.
Las bestias, por un momento, se detuvieron. No porque estuvieran cansadas. Porque algo más grande se acercaba.
Kairós lo sintió en el aire. Ese peso. Esa presencia.
El séptimo día estaba cerca.
—Vamos —dijo—. Una hora más. Luego descanso.
Y siguió luchando.
—
La noche cayó como una guillotina.
Las estrellas aparecieron. No eran cientos. No eran miles. Eran millones. Un manto infinito de luz que cubría el cielo de la ciudadela, acompañando a la luna casi llena en su momento de máximo esplendor.
Kairós levantó la vista un instante, solo un instante, mientras jadeaba apoyado en lo que quedaba de un muro. El espectáculo era hermoso. Sobrehumano. Casi divino.
—Qué bonito —susurró.
Y entonces los murciélagos cayeron.
Los planeadores. Con sus caras humanas y sus pieles grises. Llegaron en picado como lanzas vivientes, sus cuerpos pequeños pero letales, sus garras extendidas, sus dientes diminutos brillando bajo la luz de las estrellas.
Kairós no tuvo tiempo de admirar el cielo.
Corrió.
Pero ya no quedaban edificios. Las moles habían derrumbado casi todo. La ciudadela era un campo de escombros, un laberinto de piedras rotas y calles irreconocibles.
La visibilidad… la visibilidad era una mierda.
Cincuenta metros. Apenas. La oscuridad devoraba el resto. Las bestias surgían de la nada, atacaban, desaparecían. Kairós no sabía por dónde vendría el siguiente golpe. Solo confiaba en su instinto.
VIDA: 28% … 26% … 24% …
AURA: 3% … 1% … 0% … 2% …
El aura ya no aguantaba. Gastaba más de lo que regeneraba. Cada segundo de peligro le daba un poco, pero cada movimiento, cada corte, cada maldita esquivada le quitaba más.
Priorizó las moles. Eran las que daban más aura. Mató a una. A otra. A otra más.
AURA: 15% … 8% … 12% …
Pero las moles también habían cambiado. Ahora se lanzaban con más fuerza, más rabia, más desesperación. Sabían que era la última noche. Sabían que si él sobrevivía, ellas morirían.
Y entonces, el golpe.
Kairós no lo vio venir. No pudo. La mole surgió de la oscuridad a su izquierda, donde no había luz, donde las estrellas no alcanzaban. Su brazo—ese brazo enorme—lo golpeó en el costado.
Sintió cómo las costillas crujían. Sintió cómo volaba por los aires. Sintió cómo impactaba contra un montón de escombros, una, dos, tres veces, antes de detenerse.
VIDA: 12%
Jodió. Estaba jodido.
Se incorporó como pudo. La espada aún en la mano. La sangre le brotaba de la boca. El costado era un solo grito.
Y entonces las vio.
Sombras.
No sombras de bestias. Sombras humanas. Siluetas que se movían entre los escombros, rápidas, elegantes, imposibles. Danzaban entre las moles, entre los perros, entre las ratas. Sus espadas—porque tenían espadas—cortaban el aire, pero no hacían daño. Eran como reflejos. Como recuerdos.
—¿Qué…? —susurró Kairós.
El fragmento de Elyra, en su bolsillo, ardía. No calentaba. Quemaba.
Las sombras bailaban. Y Kairós, a punto de morir, las miraba fascinado.
No eran enemigos. Eran… ¿maestros?
Una de ellas se movió hacia una mole inexistente. Su espada describió un arco perfecto, lento, casi amoroso. Luego otra sombra, más rápida, cortó el espacio donde otra bestia debería estar.
Y entonces lo sintió.
No fue un dolor. No fue una revelación. Fue como si algo que había estado vacío dentro de él desde que tenía uso de razón—un hueco que siempre había aceptado como parte de sí mismo—de repente comenzara a llenarse. Como si una parte de su alma que no sabía que había perdido regresara de golpe, trayendo consigo una calidez que le quemaba el pecho y las lágrimas a los ojos.
—¿Qué…? —jadeó.
Danza bajo la luz de la luna.
Kairós lo entendió sin entenderlo. Su cuerpo, su puto cuerpo destrozado, empezó a moverse solo. Imitaba. Aprendía.
Mató a un perro. Sin pensar. Su espada encontró el cuello de la bestia como si llevara toda la vida haciéndolo.
—¿Qué… qué me pasa? —preguntó, y en su voz había algo nuevo. Algo que no había estado ahí antes.
Los recuerdos —dijo el Diario—. Estás quemando recuerdos. Pequeños. Sin darte cuenta.
Kairós miró hacia atrás, hacia su vida, y vio los momentos que se desprendían de él.
Liana, la primera vez que le sonrió en el taller. Ese momento de calidez.
Leinett, abrazándolo después de la pelea con el Reflejo. Ese momento de amor.
Yet, en el banco, contándole su historia. Ese momento de amistad.
El chico misterioso, con su espalda recta, diciéndole “el deber del fuerte es proteger al débil”. Ese momento de sabiduría.
Pequeños momentos. Instantes de toda la serie. Se quemaban. Se convertían en energía.
AURA: 25% … 30% … 35% …
—No —susurró Kairós—. No quiero…
Pero lo necesitas.
Y lo necesitaba.
El fragmento de Elyra, en su bolsillo, estalló en luz. No fue una explosión. Fue un parto. Algo que había estado gestándose durante meses, desde que aquella mujer de piedra le sonrió en la ciudadela antigua, por fin nacía.
La luz lo envolvió, y en medio de ella, Kairós sintió una presencia. No era una visión. No era un sueño. Era ella. Elyra. Su voz llegó clara, íntima, como si le susurrara directamente al alma:
—Ahora tú eres mi representación. Hazme sentir digna de haberte elegido.
Y entonces el poder llegó.
No fue una técnica. Fue un instinto. Un don. Una maldición.
*Estrella Radiante. *
Kairós lo supo sin que nadie se lo dijera. Podía elegir. Podía decidir qué parte del espacio sería lenta y cuál sería rápida. Podía controlar el tiempo. Un metro a su alrededor. Nada más. Pero suficiente.
El coste era brutal. El aura se desangraba a raudales—20%, 30% por segundo—pero en ese momento, con el pecho lleno de esa calidez recién recuperada, a Kairós le importaba una mierda.
La primera mole cargó.
Kairós levantó la mano. El espacio frente a él se dobló. La mole, antes imparable, quedó atrapada en una pesadilla de cámara lenta. Sus zarpazos, antes letales, ahora eran caricias torpes. Su rugido, un gemido distorsionado.
Kairós caminó hacia ella. No con prisa. Con la calma de quien sabe que el tiempo le pertenece. Clavó la espada en su nuca. La bestia cayó.
Detrás de él, otra mole. Rápida. Demasiado rápida para cualquiera. Pero no para él. El espacio a su espalda se aceleró. Su espada se movió a una velocidad imposible, un borrón de acero que cortó a la bestia antes de que pudiera completar su zarpazo.
Las sombras—esas sombras danzantes—sonrieron. O eso le pareció.
Y Kairós, bañado en sangre negra, iluminado por millones de estrellas, sintió el pecho ardiendo con una fuerza que no había conocido nunca. El vacío de toda una vida se había llenado. Y ahora ese contenido quemaba.
Siguió bailando.
—
La noche se convirtió en un solo grito.
Las moles atacaron juntas. Tres. Las últimas. Las más grandes. Sus cuerpos de cuatro metros se movían con una sincronización que no debería ser posible. Una por la izquierda. Otra por la derecha. La tercera, de frente.
Kairós no tuvo tiempo de pensar.
Su cuerpo se movió solo.
La mole de frente cargó con toda su furia. Kairós activó Estrella Radiante. El espacio frente a él se convirtió en un pozo de tiempo lento, tan denso que la mole parecía moverse a través de melaza solidificada. Su carga, antes imparable, se volvió patética.
Pero las otras dos no.
La de la izquierda atacó mientras él esquivaba a la primera. Su garra le rozó el costado. Sintió cómo la piel se abría, cómo la sangre brotaba caliente. El dolor fue una caricia comparado con el fuego que le ardía en el pecho. Siguió moviéndose.
La de la derecha embistió mientras él girava. La esquivó por centímetros. Su espada buscó un punto débil, pero la mole ya había aprendido. Protegía su nuca.
VIDA: 8%
—¡Joder! —gritó Kairós.
La sangre le corría por la cara. Por los ojos. El mundo era una mancha roja y negra, salpicada por la luz de millones de estrellas.
Y entonces las vio.
Las sombras.
Las siluetas humanas que habían estado danzando entre los escombros toda la noche. Pero ahora… ahora estaban con él. No alrededor. Con él. Sus movimientos se sincronizaban con los suyos como si fueran uno solo.
Una sombra se movió hacia la mole de la izquierda. Kairós la imitó sin pensar. Su espada describió el mismo arco. La mole esquivó, pero él ya estaba en otro sitio.
Otra sombra atacó a la mole de la derecha. Kairós giró, su espada siguiendo la misma trayectoria. La bestia rugió, pero su garra pasó de largo.
La mole del centro, la lenta, salió de la burbuja de tiempo. Kairós no esperó. Se lanzó contra ella, pero otra sombra—una más alta, más elegante—se interpuso. Le mostró un movimiento diferente. Un giro. Una estocada ascendente.
Kairós lo hizo.
La espada encontró la garganta de la mole. No profundo, no mortal. Pero suficiente para hacerla retroceder.
VIDA: 5%
El fragmento de Elyra, en su pecho, ardía como un sol. Esa calidez que había llenado el vacío ahora era un horno. Le quemaba las entrañas, le nublaba la razón, pero también le daba una fuerza que no sabía que existía.
El aura… el aura era una mierda.
AURA: 1%
Estrella Radiante devoraba energía. Veinte por ciento por segundo. Treinta. Un festín de poder que no podía permitirse. Cada vez que ralentizaba el espacio, cada vez que lo aceleraba, un pedazo de su vida se iba con ella. No podía mantenerla mucho más.
Tendría que matarlas a la antigua usanza.
Sin aura. Solo acero.
La espada… la espada estaba hecha mierda.
Kairós la miró un instante mientras esquivaba otro ataque. La hoja, antes brillante, ahora estaba cubierta de mellas, de abolladuras, de pequeñas grietas que recorrían el metal como venas de muerte. Había matado a cientos con ella. Miles, quizás. Y la pobre estaba pagando el precio.
Pero aún cortaba. Aún mataba.
—Vamos —susurró—. Una última vez.
Las tres moles cargaron otra vez. Juntas. Sincronizadas.
Kairós no huyó.
Corrió hacia ellas.
La primera mole—la del centro—abrió sus fauces. Kairós se deslizó bajo sus patas, la espada levantada. El metal encontró carne. Abrió un tajo en su vientre. La bestia rugió, pero no cayó.
La segunda mole giró para aplastarlo. Kairós rodó, se levantó, y cuando la garra cayó, ya no estaba allí.
La tercera mole lo esperaba. Su brazo barrió el espacio. Kairós saltó. La garra pasó bajo sus pies. En el aire, vio su oportunidad. La nuca. Estaba expuesta.
Clavó la espada.
La hoja entró. La mole rugió. Se sacudió. Pero Kairós no soltó. Giró la espada. Una vez. Dos veces. La bestia cayó.
Una.
Quedaban dos.
Aterrizó mal. La pierna le falló. Rodó por los escombros, sintiendo cómo las piedras le desgarraban la espalda. Se levantó. Las dos moles restantes lo miraban. Sus ojos brillaban en la oscuridad.
Las sombras humanas—esas siluetas imposibles—se movieron a su alrededor. Una a cada lado. Le mostraban el camino. La danza.
Kairós sonrió.
Tenía sangre en los dientes. En los ojos. En el alma.
Pero el pecho… el pecho ya no estaba vacío. Por primera vez en su vida, estaba completo.
Y eso lo hacía invencible.
La luna, casi llena, lo iluminaba. Las estrellas, millones, lo miraban.
Y él bailó.
—
La mole de la izquierda atacó primero. Rápida. Letal.
Kairós no la esquivó. Entró en su guardia. La espada—su pobre espada destrozada—se levantó y cortó. No profundo. No mortal. Pero suficiente para hacerla sangrar.
La mole de la derecha aprovechó su descuido. Su garra le alcanzó en el hombro. Sintió cómo el hueso crujía. Cómo la carne se desgarraba.
VIDA: 3%
Pero no cayó.
Giró sobre sí mismo, la espada describiendo un arco imposible. La hoja encontró el ojo de la mole. La bestia rugió, retrocedió, se tambaleó.
La otra mole atacó otra vez. Kairós la esquivó por centímetros. Su espada buscó la nuca. La encontró. Clavó. Giró.
Dos.
La mole herida, la del ojo, intentó huir. Kairós no la dejó. Corrió tras ella. Saltó sobre su espalda. La espada bajó una vez. Dos veces. Tres.
Hasta que la bestia dejó de moverse.
Tres.
Silencio.
Kairós cayó de rodillas. La espada se le escapó de las manos. Cayó al suelo con un sonido metálico, y cuando impactó contra las piedras, la hoja se partió en dos.
Se quedó mirando los fragmentos. Su espada. Su compañera. Muerta.
—Lo siento —susurró.
Levantó la vista. Las sombras humanas lo miraban. Una de ellas—la más alta, la más elegante—inclinó la cabeza. Como si le estuviera dando las gracias. Como si se despidiera.
Y luego desaparecieron.
Todas.
Kairós se quedó solo. Rodeado de cadáveres. Bañado en sangre. Iluminado por la luna.
Pero el pecho… el pecho ya no era un pozo vacío. Ahora era un horno. Y aunque el cuerpo le pidiera a gritos la muerte, ese horno le susurraba: “Todavía no.”
VIDA: 2%
Pero vivo.
—Lo hice —susurró—. Lo hice.
El Diario, desde su bolsillo, no dijo nada. Pero Kairós sintió su calor. Su presencia. Su orgullo.
Miró al cielo. Las estrellas, millones, brillaban con más fuerza que nunca. La luna, casi llena, lo envolvía en su luz.
—Una noche más —dijo—. Solo una.
Se dejó caer sobre los escombros. Cerró los ojos. Y por primera vez en seis días, durmió sin pesadillas.
Pero en su sueño, una voz de mujer—suave como la luz de la luna, antigua como las estrellas—susurró:
—Baila para mí, Kairós. Que toda la creación sea tu escenario.
Por : Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com