FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 60
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Capítulo 60: Capítulo 59 – Asedio – Día 7 ( Final )
FRAGMENTS OF WILL.
Capítulo 59 – Asedio – Día 7 ( Final )
Kairós yacía entre los escombros, mirando al cielo.
Millones de estrellas. La luna casi llena. Todo tan hermoso. Tan perfecto.
Seis días.
Seis noches.
Lo había logrado.
El cuerpo le ardía, pero era un fuego dulce. El de la victoria. El de la supervivencia. Había matado a las moles, había bailado con las sombras, había sentido cómo el vacío en su pecho—ese hueco que llevaba toda la vida arrastrando—por fin se llenaba con algo que no era dolor. Era… plenitud. Extraña. Incómoda. Pero plenitud al fin.
—Lo logré —susurró, casi sin creérselo—. Siete días. Lo logré.
El Diario, desde su bolsillo, no dijo nada. Pero Kairós sintió su calor. Su alivio. Su orgullo.
Cerró los ojos un momento. Solo un momento. Para saborearlo. Para que la próxima vez que los abriera, todo fuera real.
Y entonces los abrió.
El cielo se tiñó de rojo.
No fue un cambio gradual. Fue un latigazo. Las estrellas, antes blancas y brillantes, se volvieron carmesí. La luna, antes plateada, se tiñó de un rojo oscuro, espeso, como si estuviera sangrando.
Y la sangre cayó.
Gotas negras. Espesas. Como alquitrán. Salpicaron su cara, sus brazos, sus heridas. Quemaban. No como el fuego. Como el vacío.
Y con cada gota, Kairós sintió cómo algo se desvanecía. No era su poder. No era su técnica. Era otra cosa. Más profunda.
La conexión.
Esa ligadura invisible que lo unía a las estrellas, a la luna, a la fuente de donde brotaba su Danza… se estaba cortando. No para siempre—lo sentía en los huesos—pero sí para esta noche. Para este combate.
La luz que lo había guiado durante seis días se apagaba, dejándolo solo con lo que era. Solo con su acero. Solo con su voluntad.
—¿Qué…? —susurró Kairós.
La oscuridad empezó a tragarse el cielo. Las estrellas rojas se apagaban una a una. La luna se desvanecía. La noche—su noche, la que le había dado luz y esperanza—moría.
Y entonces, entre los ecos de esa muerte, Kairós oyó algo.
Lejano. Casi imperceptible.
Una risita.
No era la risa de la anciana. Era otra. Más… juguetona. Más infantil. Como la de un payaso que disfruta con el espectáculo desde las sombras.
Kairós quiso girarse, quiso buscar, pero su cuerpo no respondía. Solo pudo escuchar cómo esa risa se desvanecía, mezclándose con el silencio, como un recordatorio de que nunca estaba solo en la oscuridad.
Y entonces la vio.
Una figura. Entre las sombras. Pequeña. Frágil. Una anciana. Vestida con harapos oscuros, el pelo cano recogido en un moño desordenado. Caminaba hacia él con pasos lentos, pausados, como si no tuviera prisa.
Kairós parpadeó. Intentó enfocar. Su conciencia estaba al límite, su cuerpo destrozado, su mente hecha trizas. Pero la reconoció.
—No —susurró—. No puede ser.
La anciana se detuvo a tres metros. Lo miró con ojos que no eran ojos. Eran pozos negros, sin fondo, sin vida.
Pero su rostro… su rostro era el mismo. Las mismas arrugas. La misma sonrisa amable. La misma calidez que había iluminado su taller durante tres años.
—Señora… ¿Elara?
La anciana sonrió. Una sonrisa amable. Cálida. Humana.
—Has sido hermoso, Kairós —dijo. Su voz era la misma. La de siempre. La que le traía panecillos de anís. La que le contaba historias de Henrik—. Tu combate. Tu entrega. Tu danza bajo la luna. Fue maravilloso de ver.
¡Kairós! —la voz del Diario explotó en su mente—. ¡Eso no es la señora Elara! ¡Es un Grado IV! ¡El más jodido de todos! ¡HUYE!
Pero Kairós no podía huir. Apenas podía moverse.
—No entiendes —continuó la anciana, dando un paso más—. Llevaba siglos sin ver a alguien luchar así. Con tanta pasión. Con tanta… humanidad.
Levantó una mano. Una mano arrugada, de anciana, con venas marcadas. De sus dedos brotó una luz cálida, dorada, que envolvió a Kairós.
El efecto fue instantáneo.
VIDA: 2% … 15% … 30% … 50% … 75% … 100%
Las heridas cerraron. Los huesos soldaron. La sangre dejó de brotar. Kairós se incorporó, mirándose las manos, el cuerpo, las piernas. Todo perfecto. Como nuevo.
—¿Por qué? —preguntó, sin aliento.
—Porque no me gusta matar gente que no puede defenderse —respondió la anciana, con esa misma sonrisa amable—. No tendría gracia.
Otra mano se levantó. De la oscuridad, algo emergió. Una espada. Hecha de sombras. Negra, brillante, viva. Cayó al suelo frente a Kairós, clavándose en la piedra.
—Toma. Pelea con dignidad.
Kairós la miró. Dudó un instante. Luego, la empuñó.
El metal—si era metal—era frío. Pero respondía. Vibraba con su pulso.
Cuando levantó la vista, la anciana ya no estaba.
En su lugar, una criatura.
Seguía teniendo forma de abuela, sí. El mismo vestido. El mismo moño. Pero la cara… la cara se había abierto. La boca, antes pequeña y amable, ahora era una hendidura que le cruzaba todo el rostro, llena de dientes diminutos y afilados. Los ojos, antes pozos negros, ahora eran dos lunas rojas que brillaban en la oscuridad.
Y reía.
—JJJJJJJJJJ.
La risa del Reflejo. La misma. La que lo había perseguido en sueños.
Atacó.
Kairós no la vio venir. La anciana—la cosa—se movió a una velocidad imposible. Su brazo, ese brazo arrugado de vieja, se alargó como un látigo y le golpeó el pecho. Salió volando, impactó contra un montón de escombros, se levantó.
—JJJJJJJJJJ —volvió a reír—. Más lento, pequeño. Mucho más lento.
La oscuridad se cerró a su alrededor. La luna había desaparecido. Las estrellas, también. Solo existía la negrura. Y esa cosa. Y su risa.
Kairós activó Estrella Radiante. El espacio frente a él se ralentizó. Pero la anciana… la anciana se movía a través de él como si nada. Como si el tiempo no le afectara.
—Esa técnica —dijo, con voz de abuela—. La de Elyra. Qué bonito. Pero yo soy más vieja que ella, pequeño.
Atacó otra vez.
Kairós esquivó por centímetros. Su espada de sombras buscó su cuerpo. No encontró nada. La anciana ya no estaba allí.
—Detrás de ti, pequeño.
Golpe. Otro. Otro más.
Kairós caía, se levantaba, caía, se levantaba. La defensa de constelaciones—ese domo que había usado contra los planeadores—surgió instintivamente a su alrededor. Un escudo de luz estelar que lo envolvía.
La anciana chocó contra él. Retrocedió un paso. Sonrió con su boca deforme.
—JIJI. Qué bonito. ¿Quieres jugar a las defensas?
Empezó a golpear el domo. Una y otra vez. Cada impacto enviaba ondas de dolor a través de Kairós. El escudo temblaba. Se resquebrajaba.
VIDA: 90% … 85% … 80% … 75%
Caía rápido. Demasiado rápido.
—Diario —susurró Kairós, manteniendo el domo con todas sus fuerzas—. ¿Qué hago?
No lo sé —respondió el Diario, con una voz que Kairós nunca le había oído. Miedo—. Nunca había visto algo así. Es… es demasiado.
La anciana seguía golpeando. Riendo. Gozando.
Y en medio de los golpes, entre el crujir del escudo y el rugir de la batalla, Kairós volvió a oírlo.
Esa risita. La del payaso.
Ahora más cerca. Más nítida. Acompañada de un sonido tenue, casi infantil: el roce de un globo contra el aire, el tintineo de cascabeles diminutos.
—Diles a los niños que el show aún no ha terminado —susurró una voz inexistente, un eco que solo Kairós parecía percibir.
Pero cuando miró a su alrededor, no había nadie. Solo la anciana. Solo la oscuridad. Solo él.
—
El domo de constelaciones se resquebrajó.
La anciana—esa cosa con forma de abuela—golpeó una vez más, y el escudo de luz estelar se hizo añicos. Kairós sintió el impacto en todo el cuerpo, como si le hubieran arrancado la piel a tiras.
Salió volando. Impactó contra un montón de escombros. Sintió cómo las piedras le desgarraban la espalda, los brazos, las piernas. Se levantó. Cayó. Se levantó otra vez.
La cosa reía.
—JIJIJIJIJIJI —esa risa, siempre esa risa—. Qué frágil eres, pequeño. Y con un fragmento tan bonito dentro.
Kairós se tocó el pecho. El fragmento de Elyra ya no estaba en su bolsillo. Estaba dentro de él. Lo sentía latir con su corazón, mezclado con su sangre, con su alma.
—¿Qué… qué quieres? —jadeó.
—Jugar —respondió la cosa, inclinando la cabeza—. Hace tanto que no juego con alguien tan… entretenido.
Atacó otra vez.
Kairós no la vio venir. Un golpe en el costado. Otro en la espalda. Otro en la cara. Voló por los aires, cayó, rodó, se levantó. La espada de sombras aún en su mano, pero pesaba como un mundo.
VIDA: 70% … 55% … 40% …
—¡Diario! —gritó mentalmente—. ¿Qué mierda es esta?
Creo… creo que es un Coronel —respondió el Diario, con una voz temblorosa—. Del ejército de los Disonantes. Algo por debajo del Niño Ciego. Pero casi tan peligroso.
—¿Un Coronel?
Dirigen ejércitos. Orquestan asedios. Y les encanta… jugar.
—¿Jugar? —la voz de Kairós era un estertor, pero había rabia en ella—. ¿Todo esto es un puto juego para ti?
La cosa—el Coronel—se detuvo un momento. Lo miró con sus ojos rojos, su boca deforme, su cuerpo de abuela imposible.
—Me encanta cuando hablan de mí —dijo, con voz cantarina—. Me hace sentir importante.
Pero entonces, algo cambió en su expresión. La sonrisa se torció. Se volvió más… seria.
—No es solo un juego, pequeño —dijo, y su voz perdió el tono cantarín. Ahora era grave. Casi… respetuosa—. Es una condición.
Kairós la miró, confundido.
—Entre los de mi grado, hay quienes buscan ascender de formas… creativas. Yo elegí un camino. Me llaman Criador de Cuervos.
—¿Cuervos? —susurró Kairós.
—Cuervos que te quitarán los ojos, si les dejas. —El Coronel sonrió, pero no era una sonrisa de burla. Era otra cosa. Orgullo, quizás—. Mi condición es simple: elijo a un enemigo. Lo dejo vivir. Lo dejo crecer. Lo dejo alcanzar su máximo potencial. Y cuando está listo, cuando es más fuerte que nunca… vuelvo. Peleo. Y si gano, si lo mato en la cúspide de su poder… absorbo su destino. Su esencia. Todo lo que pudo llegar a ser, pasa a ser mío.
Kairós sintió que la sangre se le helaba.
—Me estás usando —dijo—. Como… como un cultivo.
—Exacto. —El Coronel asintió, y en sus ojos rojos brilló algo que podría haber sido aprobación—. Eres mi cuervo, Kairós Thornen. El más brillante que he tenido en siglos. Esa danza bajo la luna, esa técnica nueva, ese fragmento que llevas dentro… todo eso será mío. Cuando estés listo.
—¿Y si te gano? —preguntó Kairós, con voz de hielo.
El Coronel se rió. Pero no era una risa de burla. Era una risa de… ¿emoción?
—Entonces serás tú quien absorba mi poder. Y te habrás ganado el derecho a llamarte algo más que un simple iluminado. —Se inclinó ligeramente—. Esa es la apuesta. Yo siembro. Tú creces. Y cuando la cosecha llegue… uno de los dos se comerá al otro.
Kairós quiso preguntar cuándo. Quiso saber cuánto tiempo le quedaba. Pero el Coronel levantó una mano, deteniéndolo.
—No te daré fechas, pequeño. No sería divertido. —Su sonrisa se ensanchó—. Pero te enviaré un mensajero. Cuando falte poco, cuando estés a punto de alcanzar la cima… lo sabrás. Él te lo dirá.
—¿Quién? —preguntó Kairós, aunque ya lo sospechaba.
El Coronel no respondió. Pero en la oscuridad, a lo lejos, Kairós oyó esa risita otra vez. La del payaso. Acompañada de un sonido de globos rozándose, de cascabeles, de música de feria distorsionada.
Y supo.
El payaso vendría. Cuando llegara el momento, ese ser de pesadilla aparecería para recordarle que el tiempo se acababa.
Atacó otra vez.
Kairós intentó esquivar. No pudo. El golpe le alcanzó en el pecho. Sintió cómo las costillas crujían. Cómo la sangre le llenaba la boca.
VIDA: 25%
Cayó de rodillas. La espada se le escapó de las manos. Rodó por los escombros.
La cosa se acercó lentamente. Disfrutando cada paso.
—Sabes, pequeño —dijo, con esa voz de abuela que daba más miedo que cualquier rugido—. Podría matarte ahora. Sería fácil. Pero… ¿dónde está la gracia?
Se arrodilló frente a él. Su cara—esa mezcla de anciana amable y monstruo—estaba a centímetros de la suya.
—Llevo siglos sin ver a nadie luchar como tú. Esa danza bajo la luna. Esa técnica nueva. Ese fragmento tan brillante que llevas dentro. —Sonrió—. Quiero ver más.
—¿Más? —susurró Kairós.
—Más. Cuando seas más fuerte. Cuando hayas aprendido a usar ese fragmento de verdad. Cuando tu danza ya no dependa de mi luz para brillar. Entonces… entonces será el momento.
Se levantó. Dio media vuelta. Empezó a alejarse.
Kairós, desde el suelo, la vio irse. Pero no podía. No podía dejarla escapar así. No después de todo.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, se incorporó. Buscó la espada de sombras. La encontró. La empuñó.
—¡Eh! —gritó—. ¡Aún no he terminado!
La cosa se detuvo. Se giró lentamente. En su rostro, una sonrisa aún más grande. Aún más horrible.
—JIJIJIJIJIJI —rió—. Me encanta.
Cargó.
Kairós apenas pudo reaccionar. La espada se levantó por instinto, pero el golpe de la cosa lo lanzó por los aires otra vez. Cayó. Se levantó. Cayó. Se levantó.
VIDA: 15%
La sangre le cegaba. Los oídos le zumbaban. El cuerpo era un solo grito.
Y entonces, en medio de la oscuridad, vio una luz.
Pequeña. Diminuta. Al fondo. Como una estrella lejana en un cielo negro.
La salida.
Kairós no lo pensó. No tuvo tiempo. Sus piernas, sus putas piernas destrozadas, empezaron a moverse. Corrió hacia la luz. Esquivó un golpe. Otro. Otro más.
La cosa reía detrás de él. Disfrutando. Gozando.
—¡Corre, pequeño! ¡Corre! ¡Me encanta cuando corren!
Kairós corría. La luz estaba cada vez más cerca. Diez metros. Cinco. Tres.
La voz de la cosa llegó como un susurro a su oído, íntima, casi cariñosa:
—No lo olvides, Kairós Thornen. Cuando llegue el momento, cuando estés a punto de tocar el cielo con los dedos… mi mensajero vendrá a buscarte. Y entonces sabrás que es hora.
Kairós miró su pecho. El fragmento de Elyra, dentro de él, brillaba con una luz tenue. Débil. Como una estrella que apenas empezaba a despertar.
—Y si… y si no estoy listo… —jadeó.
La risa se hizo más suave. Más… paciente.
—Oh, pequeño. Siempre se está listo. La cuestión es si estarás listo para ganar.
Kairós saltó hacia la luz.
Y todo desapareció.
—
Cuando abrió los ojos, estaba en el callejón de Ferren.
La noche. Las farolas de vapor. El olor a metal y humo.
Y su cuerpo… su cuerpo estaba destrozado. Sangrando. Casi muerto.
Pero vivo.
El Diario, en su bolsillo, susurró:
…sobreviviste.
Kairós no respondió. Solo miró al cielo. Las estrellas de Ferren, pocas y débiles, apenas se veían entre las nubes.
Pero él las veía.
La conexión no estaba rota. Solo dormida. Sabía que cuando la luna volviera a brillar para él, cuando las estrellas lo reconocieran de nuevo, la Danza regresaría.
Pero también sabía que no sería para siempre.
En algún lugar, un payaso reía. Y cuando esa risa se acercara, el tiempo se habría acabado.
—Nos vemos pronto, hijo de puta —susurró Kairós, con una sonrisa rota.
Y sonreía.
Por : Hanzonex
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