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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 61

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Capítulo 61: Capítulo 60 – Las estrellas me sonríen

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 60 – Las estrellas me sonríen

El callejón olía a orín y a humedad.

Kairós yacía boca arriba, mirando el cielo. La luna, casi llena, brillaba entre las nubes. Las estrellas, las pocas que se colaban entre la contaminación de Ferren, parpadeaban como viejas amigas.

—Huelo a mierda —susurró.

Hueles a ti mismo, idiota. Llevas siete días sin bañarte.

—Siete días.

Siete. Pero aquí solo ha pasado una hora.

Kairós lo comprobó. Sacó del bolsillo el pequeño despertador—el mismo que había usado para sus emboscadas, el mismo que el Diario había guardado—y miró la esfera. Las manecillas marcaban las once y veintitrés.

Había salido de casa a las diez y media.

Una hora. Casi nada.

Él no lo sabía, pero esa hora era una mentira. En el mundo real habían pasado dos días enteros. Y dentro de la grieta, para él, habían sido siete. Siete días de infierno. Siete noches de muerte bajo un cielo extraño. Pero su reloj, su puto reloj que medía el tiempo de Ferren, le decía que solo fue una hora. Y él, en su agotamiento, se lo creyó.

—El tiempo —murmuró—. Siempre jodido.

Es lo que tienen las fisuras.

Kairós se incorporó lentamente. El cuerpo le gritaba. Pero el aura—ese poco que le quedaba—había estado trabajando mientras yacía en el suelo. Las piernas, al menos, respondían. Cojeaba, sí. Pero podía caminar.

VIDA: 15%

AURA: 2%

—Suficiente.

Oye. Resumamos. Saliste sin espada. Tu ropa son jirones. Estás más herido que nunca. Tienes una nueva técnica que no sabes usar. Alguien muy poderoso quiere el fragmento que llevas dentro. Y los impuestos vencen mañana.

Kairós sonrió.

—Sí. Ha sido una buena noche.

¿Y qué hacemos mañana?

—Pagar los impuestos. ¿Qué más?

Silencio.

…¿En serio?

—Sí.

¿Vas a llegar a la oficina de los Galenos medio muerto, sangrando, y vas a hacer cola?

—Primero, debo hacerlo para darle sus prestaciones a Liana. Segundo, es mi deber como jefe. Tercero, soy un ciudadano que cumple las leyes. —Hizo una pausa—. Cuarto, no lo haré yo. Mandaré a Liana en mi nombre.

El Diario soltó una risa garabateada.

Eres un cabrón.

—Lo sé.

El libro escupió algo. Ropa. El abrigo gris con marrón de siempre.

Cámbiate. Y rápido. Porque desde este ángulo veo partes que no quiero recordar.

Kairós se rió. Se cambió lentamente, con movimientos de anciano. Cada vez que levantaba un brazo, sentía cómo los músculos desgarrados se quejaban. Cada vez que doblaba una pierna, una punzada le recordaba que los huesos aún no terminaban de soldarse. El abrigo, que siempre le había pesado nada, ahora era una losa sobre sus hombros. Las heridas protestaban, pero logró vestirse. Se limpió la cara con un trapo. Cuando se miró las manos, vio que temblaban. No de miedo. De puro agotamiento físico. Guardó los harapos en el Diario.

Salió del callejón.

—

La calle de Ferren lo recibió con su olor familiar. Metal, humo, podredumbre. El aire frío le golpeó la cara.

Kairós aspiró hondo.

—Huelo a casa.

Caminó como un viejo. Cada paso le costaba, pero caminaba. La gente pasaba a su lado. Normal. Ajena.

Llevaba unos minutos andando cuando algo lo detuvo.

No fue un ruido. No fue una imagen. Fue su instinto. Ese mismo que le había salvado la vida siete días enteros. Se activó sin avisar, como un latigazo en la nuca.

Kairós se detuvo. Fingió atarse la bota. Sus ojos, entrenados para la muerte, barrieron la calle con disimulo.

Y entonces lo vio.

Una pareja joven, abrazada, riendo. Entraron en un callejón. Detrás de ellos, otra pareja. Un hombre y una mujer. Los siguieron.

Nada raro. Pasaba todo el tiempo.

Pero algo en su forma de moverse… en la manera en que la mujer miraba a su presa… en cómo el hombre ajustaba el paso para no perderla…

Kairós sintió un escalofrío.

Esperó. Observó.

Vio cómo entraban en el callejón. Vio cómo alcanzaban a los primeros. Vio cómo sus bocas se abrían.

No como bocas humanas. Como compuertas. Como abismos. Las mandíbulas se desencajaron, se desgarraron, se agrandaron hasta ocupar media cara.

Vio cómo devoraban. En segundos. Sin ruido. Sin sangre. Como si aspiraran a sus víctimas.

Vio cómo, después, sus caras se recompusieron. Cómo volvieron a ser normales. Un hombre y una mujer, jóvenes, atractivos. Salieron del callejón hablando. Del trabajo. Del tiempo. De cosas sin importancia.

Pasaron a su lado. Lo miraron. Él los miró.

Y siguieron caminando.

Kairós se quedó helado. Su mano buscó la espada al cinto. Vaina vacía.

—¿Qué…? —susurró.

*Mimics —respondió el Diario, en voz baja, apenas un susurro en su mente.

Kairós quiso preguntar más, pero el libro no añadió nada. Solo eso. Una palabra. Como si el nombre lo explicara todo.

Los mimics ya se habían perdido entre la multitud. Normales. Riendo. Charlando.

Kairós se quedó quieto un largo rato, mirando a la gente pasar. Hombres. Mujeres. Niños. Ancianos.

¿Cuántos eran humanos? ¿Cuántos eran… eso?

—Mierda —susurró.

*Mierda —confirmó el Diario.

Siguió caminando. Pero ahora más despacio. Más atento. Mirando a los lados. A las ventanas. A los callejones.

Cada persona que pasaba, cada sombra que se movía, cada risa que escuchaba… podía ser una trampa.

El dolor en las piernas era constante, un zumbido de fondo que lo acompañaba como una segunda respiración. Paró un momento, apoyado en una farola. No porque quisiera. Porque el cuerpo se lo pidió a gritos. Un anciano que pasó lo miró con lástima; Kairós le devolvió la mirada y el anciano desvió los ojos, incómodo.

—Ya casi —se dijo a sí mismo—. El taller está a tres calles.

Tres calles que se sintieron como treinta.

Llegó al taller.

La puerta estaba cerrada. Metió la llave. Giró. Entró.

El olor a aceite y metal lo envolvió como un abrazo. Los relojes, en la penumbra, marcaban horas distintas. Todos mintiendo. Todos vivos.

Y allí, en la silla del mostrador, dormía Leinett.

Tenía la cabeza ladeada, la mejilla apoyada en el brazo doblado sobre la madera. El uniforme azul de los Archivos estaba arrugado, como si hubiera dormido con él puesto. El broche de plata que él le había regalado—el libro con la palabra “Siempre”—brillaba débilmente en su solapa.

Kairós se quedó quieto un momento, mirándola. Sintió algo raro en el pecho. Una familiaridad que no podía explicar. Como si hubiera visto esta escena antes, pero no recordaba cuándo.

—Leinett —susurró.

Ella no se movió.

Kairós intentó pasar de puntillas. La madera crujió. Maldijo en silencio. Dio otro paso, más lento, más cuidadoso.

La madera crujió otra vez.

Leinett abrió los ojos.

No fue un despertar gradual. Fue un golpe. Sus pupilas se enfocaron en él, y por un instante, no hubo reconocimiento. Solo confusión. Como si estuviera viendo un fantasma.

Parpadeó. Una vez. Dos veces.

—¿Kairós? —La voz le salió ronca, casi inaudible.

—Sí, soy yo. —Kairós esbozó una sonrisa cansada—. Oye, ¿es la primera vez que te veo esperarme aquí?

Leinett se incorporó lentamente. La silla chirrió. Sus ojos, aún somnolientos, lo recorrían de arriba abajo. El abrigo gris. La cara limpia. La postura encorvada. La cojera.

—Kairós —repitió, y esta vez su voz tembló—. Kairós, tú…

Se levantó. Dio un paso hacia él. Luego otro. Sus manos, extendidas, como si necesitara tocarlo para creer que era real.

—¿Qué? —preguntó él, frunciendo el ceño—. ¿Estás bien?

Ella no respondió. Siguió acercándose. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su boca se torció en una mueca que no sabía si era de alegría, de rabia o de las dos cosas.

—¿Dónde…? —empezó, pero la voz se le quebró.

—Leinett, solo me fui una hora. ¿Por qué…?

—¿UNA HORA?

La frase le salió como un latigazo. Leinett se detuvo a un metro de él. Sus ojos, ahora despiertos del todo, lo miraban con una mezcla de incredulidad y algo que parecía terror.

—¿Una hora, Kairós? —repitió—. ¿Una puta hora?

—Sí, yo…

—¡Te fuiste DOS DÍAS!

El taller se quedó en silencio. Solo los relojes. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.

Kairós parpadeó. Una vez. Dos veces. Tres.

—¿Dos días? —repitió, como si las palabras no tuvieran sentido.

—¡DOS PUTOS DÍAS! —Leinett dio un paso adelante, señalándolo con el dedo. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas, pero su voz era firme, desgarrada—. Dijiste que volverías al amanecer. “Vuelvo al amanecer”, dijiste. Y desapareciste. Liana estuvo aquí todo el día siguiente, esperando, atendiendo clientes, fingiendo que todo estaba bien. Yo estuve en el trabajo, pero no podía pensar en otra cosa. Volví corriendo al anochecer y no estabas. Y anoche… anoche tampoco. ¡DOS NOCHES, Kairós!

Kairós la miraba sin saber qué decir. Su mente, aún aturdida por los siete días de asedio, intentaba procesar la información. Dos días. Para ellos habían sido dos días. Para él, una hora. Una maldita hora.

—Los impuestos —murmuró, casi sin pensar. La voz le salió plana, distante—. ¿Pagaron los impuestos?

Leinett se quedó quieta. Lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Qué?

—Los impuestos. Vencen hoy. ¿Los pagaron?

—¿ME ESTÁS PREGUNTANDO POR LOS PUTOS IMPUESTOS?

Leinett lo empujó. No fue un empujón de fuerza, pero él, sin esperarlo, retrocedió dos pasos y casi pierde el equilibrio. Su espalda chocó contra la pared.

—¡TE PERDISTE DOS DÍAS! —gritó ella, y su voz resonó en el taller—. ¡LE DIJISTE A LIANA QUE VOLVERÍAS AL AMANECER Y DESAPARECISTE! ¡LLEVO DOS NOCHES SIN DORMIR, ESPERANDO, SIN SABER SI ESTABAS VIVO O MUERTO! ¡LIANA ESTABA EN PÁNICO! ¡YO TAMBIÉN! ¡Y LO ÚNICO QUE SE TE OCURRE PREGUNTAR SON LOS IMPUESTOS?

Kairós la miró desde la pared. Su expresión no cambió. No mostró sorpresa, ni culpa, ni nada. Solo esa calma extraña, como si las emociones le llegaran amortiguadas, a través de un cristal muy grueso.

—Pero volví al amanecer —dijo, con esa voz plana—. Para mí solo fue una hora. Y estoy vivo. Todo está bien, hermana. Tranquila.

Leinett se quedó helada.

Lo miró fijamente. Sus ojos recorrieron su rostro en busca de algo. Ironía. Burla. Locura. Pero no encontraron nada. Solo esa calma. Ese vacío.

—¿Todo está bien? —repitió, más baja—. ¿Tú… tú estás bien?

—Sí.

—No lo pareces.

Kairós no respondió. Se quedó allí, pegado a la pared, mirándola sin mirarla realmente.

Leinett sintió que algo se rompía dentro de ella. No era rabia. Era miedo. Un miedo diferente al de estas dos noches. Miedo por él. Por lo que le había pasado. Por lo que se había llevado de él.

—Kairós —dijo, y su voz ya no temblaba de rabia, sino de otra cosa—. ¿Qué pasó?

Él la miró. Abrió la boca para decir algo. La cerró. No sabía qué decir. No sabía cómo explicar siete días de muerte bajo la luz de las estrellas.

Así que no dijo nada.

En lugar de eso, se separó de la pared. Dio un paso hacia ella. Otro. Y la abrazó.

Cuando los brazos de Leinett se cerraron sobre él, sintió cómo sus manos presionaban justo sobre una costilla que aún no había terminado de soldarse. El dolor fue una punzada breve, aguda. Pero no le importó. No le importaba nada de eso ahora. Solo importaba que ella estuviera aquí. Que estuviera viva. Que lo estuviera abrazando.

Apretó un poco más fuerte, ignorando el dolor, ignorando el cansancio, ignorando todo lo que no fuera ese momento.

—Te extrañé, hermanita… —susurró contra su hombro, tan bajo que casi no se oía.

Leinett sollozó más fuerte. Sus brazos se aferraron a él con una fuerza que dolía, y a Kairós le importaba una mierda. Las lágrimas de ella empapaban su abrigo, su cuerpo temblaba contra el suyo, y él la sostenía. La sostenía como si pudiera compensar con ese abrazo los dos días de angustia, las dos noches de incertidumbre.

No fue un abrazo fuerte. Fue suave, casi tierno. Sus brazos la rodearon con cuidado, como si ella fuera frágil, como si él mismo no estuviera seguro de estar ahí.

Leinett se quedó rígida un momento. Luego, como si un resorte se rompiera dentro de ella, se derrumbó.

Lloró.

No como antes. No con rabia. Fue un llanto desconsolado, de esos que salen del fondo, de esos que llevaban dos días contenidos. Sus brazos se aferraron a él, sus uñas se clavaron en su abrigo, su cara se hundió en su hombro.

—No vuelvas a hacerlo —sollozó entre lágrimas—. No vuelvas a hacerlo nunca, ¿me oyes?

Kairós no respondió. Solo la abrazó más fuerte.

Y mientras la abrazaba, sintió algo. Un eco. Una calidez lejana. Pero era como si la sintiera a través de un cristal muy grueso. Sabía, intelectualmente, que este momento era importante. Que Leinett era importante. Que esas palabras que acababa de susurrar—”te extrañé, hermanita”—eran verdad, aunque la emoción no terminara de llegarle del todo. Como si una parte de él, la que debería estar llorando con ella, se hubiera quedado en la ciudadela, entre los escombros y las estrellas apagadas. Como si este momento, este abrazo, esta hermana, significaran algo muy importante. Pero no podía precisar qué.

—Lo siento —susurró al fin—. Lo siento, Leinett.

Ella no respondió. Solo lloró. Y lloró más fuerte cuando oyó esas palabras, cuando sintió que su hermano, su puto hermano idiota, estaba ahí, abrazándola, diciéndole que lo sentía, aunque no supiera bien por qué.

Y así se quedaron, en medio del taller, mientras los relojes marcaban horas distintas y la noche seguía su curso.

Afuera, las estrellas brillaban.

Dentro, dos hermanos se abrazaban.

Y uno de ellos no sabía por qué le dolía tanto no recordar.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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