FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 62
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Capítulo 62: Capítulo 61 – El precio de los días
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 61 – El precio de los días
La noche avanzaba lentamente sobre Ferren.
Kairós había conseguido sentarse en una de las sillas de la cocina, apoyando la espalda contra el respaldo con un suspiro de alivio. El cuerpo le dolía. Cada músculo, cada hueso, cada herida recién cerrada. Pero estaba vivo. Eso era suficiente.
Leinett no se separaba de él.
Había arrastrado una silla y la había colocado justo a su lado, tan cerca que sus brazos se rozaban. Cuando Kairós se levantó para servirse un vaso de agua, ella se levantó también. Cuando él volvió a sentarse, ella volvió a sentarse. Como una sombra. Como un imán.
—Leinett —dijo Kairós, con un tono cansado pero paciente—. Puedo ir al baño solo.
—No me importa.
—¿Vas a venir al baño conmigo?
—Si hace falta, sí.
Kairós la miró. Sus ojos azulos estaban enrojecidos, las ojeras marcadas, pero había una determinación feroz en ellos. No iba a dejarlo solo. No después de dos días de no saber nada.
—Vale —suspiró—. Pero al menos deja que respire.
—Respira.
Kairós negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa se le escapó. Cansada, pero real.
Se quedaron en silencio un rato. Los relojes del taller, abajo, marcaban horas distintas. El único sonido era el tic-tac lejano y la respiración de ambos.
Kairós miró a su alrededor. La cocina estaba igual que siempre. La mesa. Las sillas. La ventana que daba a la calle.
Y entonces vio los papeles.
Varias hojas sueltas, apiladas en un rincón de la mesa, junto a un cuaderno abierto. Dibujos. Bocetos. Anotaciones.
—¿Qué es esto? —preguntó, estirando el brazo para cogerlos.
Leinett lo vio hacer. Su corazón dio un vuelco.
Kairós levantó los dibujos. Los miró con atención. Pasó una hoja. Otra. Otra más.
—Vaya —dijo, con un tono de genuina admiración—. La persona que haya hecho esto es un genio.
Leinett se quedó helada.
—Mira estos detalles —continuó Kairós, señalando un boceto de una esfera con números diminutos—. La precisión. La creatividad. Esto no es solo un dibujo. Esto es… es arte.
Pasó a la siguiente hoja. Y allí estaba.
El diseño del reloj de muñeca.
La correa de cuero. La esfera redonda. Las agujas con formas de pájaros diminutos. Las anotaciones al margen sobre mecanismos y materiales.
—Wao —susurró Kairós, los ojos fijos en el dibujo—. Esto es… es increíble. Nunca había visto nada igual. Un reloj que se lleva en la muñeca. ¿Quién… quién dibujó esto?
Leinett sintió que la sangre se le helaba.
—Kairós —dijo, y su voz tembló—. ¿No lo recuerdas?
Él la miró. Frunció el ceño. Sus ojos, grises y cansados, se movieron de los dibujos a su hermana y luego a los dibujos otra vez.
—¿Debería? —preguntó, con una calma que helaba—. Tengo algunos recuerdos vagos. De dibujos, sí. Pero no tan detallados. —Señaló los bocetos—. Ahora que los miro… creo que podrían ser míos. O no. No estoy seguro.
Leinett abrió la boca para decir algo, pero no le salieron las palabras.
Y entonces, desde las escaleras que llevaban a los pisos superiores, se oyó un ruido.
Pasos. Rápidos. Cada vez más cerca.
—¿Leinett? —una voz pequeña, temblorosa—. ¿Eres tú? ¿Ha pasado algo? He oído…
Liana apareció en el marco de la puerta.
Llevaba puesto un camisón viejo, demasiado grande para ella, y el pelo revuelto por el sueño. Tenía las gafas en la mano, a punto de ponérselas. Sus ojos verdes, aún somnolientos, se movieron por la cocina.
Vieron a Leinett.
Vieron a Kairós.
Y entonces, las gafas cayeron al suelo.
—¿Jefe?
La voz fue un susurro. Como si no se atreviera a creerlo.
Kairós la miró. Abrió la boca para decir algo—un saludo, una broma, cualquier cosa—pero no tuvo tiempo.
Liana se lanzó hacia él.
Lo abrazó por la espalda, aferrándose a su cuello con una fuerza que no parecía propia de una niña de trece años. Sus brazos lo rodearon, apretando, como si temiera que fuera a desvanecerse si soltaba.
—¡JEFE! —gritó, y la palabra se rompió en mil pedazos—. ¡JEFE, JEFE, JEFE!
Kairós se quedó quieto un momento, sorprendido. Luego, lentamente, levantó una mano y la posó sobre los brazos de la cría.
—Estoy aquí —dijo—. Estoy aquí, Liana.
Ella no respondió. Solo lloraba. Su cara estaba hundida en su espalda, sus lágrimas empapaban su camisa, su cuerpo temblaba con cada sollozo.
Kairós la sintió. Sintió su calor, sus lágrimas, su desesperación. Y por un momento, solo un momento, sintió algo.
Un eco. Una calidez lejana.
Como si esta niña significara algo muy importante. Algo que no debía olvidar.
—Tranquila —susurró—. Ya volví.
Leinett, desde su silla, los miraba.
Y lloraba también.
Pero esta vez, no era de miedo.
Era de algo más.
Algo que no sabía cómo nombrar.
….
Liana no soltaba.
Sus brazos seguían aferrados al cuello de Kairós, su cara hundida en su pecho, sus lágrimas empapando la camisa. Los sollozos sacudían su pequeño cuerpo con una intensidad que dolía de ver.
Kairós la sostuvo. No sabía qué más hacer. Su mano, casi conmovimiento automático, le acarició el pelo.
—Ya está —dijo en voz baja—. Ya pasó. Estoy aquí.
—No —sollozó Liana—. No, no, no… Dos días, jefe. Dos días sin saber nada. Leinett me dijo que te fueras, que volverías al amanecer, y no volviste. Y al día siguiente tampoco. Y yo… yo pensé…
Se le quebró la voz. No pudo seguir.
Kairós la apretó un poco más. Sintió sus lágrimas calientes en la piel. Y algo dentro de él, en algún lugar profundo, se removió. Un eco. Una sensación. Como si esta niña, este abrazo, este dolor, significaran algo muy importante.
Pero no podía precisar qué.
—Liana —dijo, buscando cambiar de tema, buscar algo que la calmara—. Oye, estos dibujos… ¿son tuyos?
Señaló los papeles que aún sostenía en la otra mano.
Liana levantó la cabeza. Sus ojos verdes, enrojecidos por el llanto, miraron los bocetos. Luego miraron a Kairós.
—¿Jefe? —preguntó, con una voz pequeña, confundida—. ¿No lo recuerda?
Kairós frunció el ceño. Miró los dibujos otra vez. Esos relojes. Esas agujas con forma de pájaros. Ese diseño de muñeca.
—No —admitió—. Tengo recuerdos vagos. De dibujos. Pero no tan detallados. Hay como un vacío ahí, un espacio donde debería estar algo importante y no hay nada. Ahora que los miro… creo que podrían ser míos. O no. No estoy seguro.
Los ojos de Liana se abrieron de par en par.
—¿No… no se acuerda?
—Liana, yo…
—¡NO! —La niña se separó de él de golpe. Dio un paso atrás. Sus manos temblaban. Sus ojos, antes llenos de lágrimas de alivio, ahora estaban llenos de algo peor—. ¡No, no, no!
—Liana…
“—¡AL JEFE LO CAMBIARON!
El grito resonó en la cocina, rebotó en las paredes. Liana señaló a Kairós con un dedo tembloroso. Las lágrimas volvían a caer, pero ahora eran diferentes. Ahora eran de miedo.
—¡Este no es mi jefe! —gritó—. ¡Mi jefe lo recordaba todo! ¡Mi jefe sabía quién hizo estos dibujos! ¡Mi jefe…! —Se llevó las manos a la cara, sollozando—. ¡Lo cambiaron!
Kairós se quedó quieto. No supo qué decir. No supo qué hacer.
Leinett se levantó de la silla. Se acercó a Liana, lentamente, y la abrazó por detrás.
—Tranquila —susurró—. Tranquila, pequeña. Es él. Es el mismo.
—¡NO LO ES! —gritó Liana contra el pecho de Leinett—. ¡No lo es!
Kairós las miró. Las dos abrazadas. Las dos llorando. Las dos asustadas.
Y sintió… nada.
O sí. Sentía algo. Pero era lejano. Como si las emociones llegaran a través de un cristal muy grueso.
—Diario —pensó—. ¿Qué pasa?
Pasaron dos días para ellas —respondió el Diario en su mente—. Para ti, solo una hora. Pero no es solo el tiempo. Es lo que quemaste. Recuerdos. Sensaciones. Emociones. Todo eso que perdiste… ellas lo notan.
—¿Qué puedo hacer?
Nada. Solo seguir adelante. Y esperar que los recuerdos que te quedan sean suficientes.
Kairós asintió. Se levantó de la silla. Fue hacia ellas.
—Liana —dijo, con voz calmada—. Mírame.
Ella no se giró.
—Liana.
La niña levantó la cabeza. Sus ojos verdes, enrojecidos, lo miraron con una mezcla de miedo y esperanza.
—No recuerdo todo —dijo Kairós—. Es cierto. Pero hay cosas que sí recuerdo. —Señaló los dibujos—. No recuerdo quién los hizo. Pero cuando los miro… sé que son importantes. Sé que alguien muy especial los dibujó. Alguien con mucho talento. Alguien que vale la pena proteger.
Liana parpadeó.
—¿Y sabes qué más recuerdo? —continuó Kairós—. Recuerdo que hay una niña que llegó al taller hace unas semanas. Vendía pájaros de metal en una manta. Tenía las gafas rotas y las manos más rápidas que he visto en mi vida. Esa niña me hizo creer que podíamos construir algo juntos. Una marca. Un sueño.
Liana tragó saliva.
—¿La… la recuerda?
—Sí. —Kairós sonrió—. Te recuerdo a ti, Liana.
Ella se quedó quieta un momento. Luego, sin mediar palabra, se lanzó hacia él otra vez.
Lo abrazó con la misma fuerza de antes. Pero ahora los sollozos eran diferentes. Ya no eran de miedo. Eran de alivio.
—No vuelva a hacerlo —murmuró contra su pecho—. No vuelva a desaparecer.
—No lo haré.
—Prométalo.
—Lo prometo.
Leinett, desde atrás, los miraba. Una sonrisa temblorosa se dibujó en su rostro.
—Idiotas —susurró, pero era un susurro cariñoso.
La noche seguía su curso. Las estrellas brillaban fuera.
Y dentro, tres personas se abrazaban.
Tres personas que, de alguna manera, estaban reconstruyéndose.
…
Kairós comió como si no hubiera un mañana.
Devoró lo que quedaba de la cena de Liana y Leinett—un plato de estofado frío, pan duro, un poco de queso—con una voracidad que hizo que las dos se miraran. No preguntaron. Solo observaron. Y esperaron.
Cuando terminó, se recostó en la silla con un suspiro de satisfacción. La comida caliente en el estómago, por primera vez en siete días, era casi tan buena como seguir vivo.
Leinett lo miró fijamente. Esperó a que dejara el tenedor. Luego, con una voz clara, firme, que no admitía discusión, dijo:
—Sabes, iba a esperar a la mañana para que me contaras todo.
Kairós levantó la vista.
—Pero —continuó Leinett—, va a ser ahora.
Hizo una pausa. Solo una.
—A.H.O.R.A.
Liana, que estaba sentada a su lado con las piernas cruzadas en la silla, la miró confundida un momento. Luego, como si entendiera el juego, se levantó y adoptó la misma postura. Manos en las caderas. Mirada desafiante. Señalando a Kairós con un dedo diminuto.
—¡Ahora! —dijo, y su voz no era juguetona. Era seria. Firme.
Kairós parpadeó. Miró a Leinett. Su expresión decía claramente: “¿Estás segura de que quiere oír esto?”
Leinett no respondió con palabras. Solo lo miró. Esa mirada suya, la de “no me jodas”, la que usaba cuando no aceptaba un no por respuesta.
Kairós suspiró.
—Vale —dijo—. Vale. Os lo contaré. Todo.
Miró a Liana.
—Esto va a ser raro —advirtió—. Muy raro.
—Cuente —dijo Liana.
Y empezó a hablar.
—
Contó lo del templo. Las moles. Los lanzadores. Las ratas.
Cuando llegó a la parte de las ratas—esas malditas ratas de muchos ojos, con sus patas de aguja y sus cuerpos esféricos—notó que Liana se había quedado muy quieta. Sus ojos, esos ojos verdes y grandes detrás de las gafas rotas, se habían fijado en un punto de la pared. Como si estuviera viendo algo que no estaba allí.
Kairós se detuvo.
—¿Liana? —dijo Leinett, preocupada.
La cría parpadeó. Una vez. Dos veces. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Yo las he visto.
Kairós sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Liana no lo miraba. Seguía con la vista perdida en algún lugar lejano.
—Las ratas. Las de muchos ojos. Las he visto.
Se levantó de la silla. Sus manos—esas manos rápidas que Kairós tanto admiraba—temblaban. Se las escondió detrás de la espalda, como si tuviera vergüenza de que la vieran así.
—En la calle —continuó, la voz temblorosa pero firme—. En las sombras. Siempre pensé que era imaginación. Que estaba loca. En Eclipsa nos decían eso: “no es real, no puede dañarte”. Me lo repetía a mí misma cada vez que veía algo raro.
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—Pero ayer… ayer pasó algo.
—¿Ayer? —preguntó Kairós, aunque ya intuía la respuesta.
—Estaba en la tienda. Por la tarde. Había pocos clientes. Y entonces vi a un hombre. Un hombre normal, joven, con ropa de trabajador. Cruzaba la calle.
Su voz se quebró, pero continuó.
—Y de repente… se quemó. No con fuego normal. Eran llamas… rojas. Pero no rojas como la sangre. Más brillantes. Como si fueran las llamas del mismo sol. Salieron de su piel, de sus ojos, de su boca. Y en tres segundos… se hizo polvo.
Silencio.
Kairós sintió que la sangre se le helaba. Conocía esa imagen. La había visto. El mensajero, al principio de todo.
—¿Y la gente? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Nadie lo miró. Nadie. Pasaban a su lado como si no hubiera nada. Como si fuera invisible. —Liana se encogió—. Y yo me quedé allí, mirando, preguntándome si me estaba volviendo loca. Si todo lo que había visto estos años… si todo era real.
Kairós se pasó una mano por la cara.
—Mierda —susurró.
El Diario, desde su bolsillo, repitió:
Mierda.
Leinett, que había estado en silencio, soltó un suspiro tembloroso.
—Mierda —dijo también.
Liana los miró a los tres. Su rostro, antes pálido pero controlado, empezó a descomponerse. Sus ojos se agrandaron. Su respiración se aceleró.
—Soy como usted, ¿verdad, jefe? —preguntó, y su voz ya no era firme. Era un hilo. Un susurro—. Por eso lo he visto siempre. Por eso lo vi ayer. Por eso…
No terminó la frase. Sus manos, aún temblorosas, se aferraron al borde de la mesa.
—¿Qué soy, jefe? —preguntó, con la mirada perdida en el suelo—. ¿Qué mierda soy?
Kairós no respondió con palabras. Metió la mano en el bolsillo y sacó el Diario.
—Libro —dijo en voz alta—. Haz algo para calmarla.
El Diario se abrió solo. Sus páginas pasaron rápidamente hasta una en blanco. Y entonces, la tinta apareció. Pero no era su letra habitual. Era más grande. Más colorida. Más… payasa.
¡HOLA, NIÑA!
Liana levantó la vista. Sus ojos se abrieron de par en par.
¡FELICIDADES! ¡AHORA TIENES UN AMIGO! ¡PERO UNO MUY ESPECIAL! ¡UN LIBRO QUE HABLA!
La tinta dibujó unos garabatos que pretendían ser confeti. Luego, unos payasos sonrientes. Luego, flores. Luego, pájaros. Todo mezclado, todo absurdo.
¡BIENVENIDA A LA CARRERA PARA CONVERTIRTE EN LA DIOSA—BUENO, EN TU CASO, DIOSA—DE ESTE NUEVO MUNDO!
Liana abrió la boca. No salió ningún sonido.
¡ERES LA PARTICIPANTE NÚMERO…! La tinta dudó un momento. Hizo un garabato de un libro encogiéndose de hombros. …NO SÉ REALMENTE QUÉ NÚMERO ERES. ¡PERO QUÉ IMPORTA! ¡TENGO FE EN TI!
Más garabatos. Payasos haciendo malabares. Flores que bailaban. Pájaros con sombrero.
Liana se quedó mirando el libro. Sus ojos se movían de las páginas a Kairós, de Kairós a las páginas, de las páginas a Leinett.
Y entonces, soltó un grito.
—¡AHHHHHH! —No era un grito de terror. Era un grito de sorpresa, de incredulidad, de todo junto—. ¡ES UN LIBRO QUE HABLA! ¡EL LIBRO HABLA! ¡JEFE, EL LIBRO HABLA!
Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero genuina.
—Sí —dijo—. Ya lleva un tiempo haciéndolo.
—¿CÓMO? ¿POR QUÉ? ¿DESDE CUÁNDO?
Desde que tu jefe dejó de ser un idiota y empezó a escucharme —escribió el Diario—. Que fueron, no sé, hace unas semanas. Pero eso no importa. Lo importante es que ahora tienes un aliado. Un aliado que hace ñi-ñi-ñi.
La tinta dibujó un bocadillo con la palabra:
ÑI-ÑI-ÑI
Liana se quedó mirando el dibujo. Luego, sin saber por qué, se rió.
No fue una risa fuerte. Fue una risa pequeña, nerviosa, histérica. Pero fue una risa.
—Es… es un libro que hace ñi-ñi-ñi —dijo, entre risas y lágrimas.
—Sí —confirmó Kairós—. Y es un pesado.
OYE.
—Pero es nuestro pesado.
Leinett, desde atrás, soltó un suspiro de alivio.
—Idiotas —murmuró, pero sonreía.
Liana se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Miró el libro otra vez. Luego miró a Kairós.
—Jefe —dijo—. ¿Esto significa que… que no estoy loca?
—No —respondió Kairós—. No lo estás. Solo ves lo que otros no ven. Y yo te enseñaré a manejarlo.
Ella asintió. Respiró hondo.
—Vale —dijo—. Vale. Puedo con esto.
—Claro que puedes.
Kairós miró el reloj de la cocina. La una menos cuarto.
—¿Qué día es hoy? —preguntó.
—Treinta y uno de Umbral —respondió Leinett.
Kairós abrió los ojos. La información le cayó como un cubo de agua fría, sacándolo del sopor emocional del reencuentro.
—La reunión —dijo—. Es hoy. A las once y cuarenta y siete de la noche.”
Leinett lo miró.
—¿Vas a ir?
—No lo sé. —Se pasó una mano por la cara—. No sé si puedo. No sé si debo. Pero… tengo que intentarlo.
Se levantó. La pierna le falló. Se sostuvo en la mesa.
—Pero antes —dijo—. Antes tengo que dormir. Tengo que recuperarme.
—Son casi las dos de la madrugada —dijo Leinett—. La reunión es a las once de la noche. Tienes todo el día.
Kairós respiró hondo.
—Vale. Entonces… a dormir.
Subió las escaleras lentamente. Cojeando. Cansado. Pero vivo.
Liana y Leinett se quedaron en la cocina, mirándolo irse.
—Leinett —dijo Liana en voz baja.
—¿Mmm?
—¿Va a estar bien?
Leinett tardó en responder.
—No lo sé —admitió—. Pero va a intentarlo. Y nosotros vamos a estar aquí para cuando vuelva.
Liana asintió.
Y así, en el silencio de la noche, las dos se quedaron esperando.
Afuera, las estrellas brillaban. Y aunque Kairós no podía verlas desde la cocina, una de ellas—la más brillante—parecía estar un poco más cerca. Como si alguien, desde el firmamento, sonriera al ver que, a pesar de todo, seguían juntos.
Dentro, algo nuevo había comenzado.
Por : Hanzonex
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