FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 63
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Capítulo 63: Capítulo 62: El despertar del guerrero
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 62: El despertar del guerrero
La luz de la mañana se filtraba por la ventana cuando Kairós abrió los ojos.
Parpadeó una vez. Dos veces. El techo de su habitación. Las grietas familiares. El olor a madera vieja y aceite de máquina.
No soñó nada. No tuvo pesadillas. Ninguna sombra acechando. Ninguna mole rugiendo. Ninguna risa horrible.
Solo silencio. Solo paz.
—¿Estoy muerto? —murmuró.
No, idiota. Sigo aquí. Si estuvieras muerto, yo estaría de puta madre buscando otro anfitrión. Pero no. Sigues vivo.
Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero genuina.
Se incorporó lentamente. El cuerpo le dolía, sí. Pero era un dolor diferente. Ya no era esa agonía insoportable de los siete días. Era un dolor sordo, manejable. Como si su carne hubiera aprendido a convivir con él.
Miró el reloj de la mesilla. Las once.
—Diez horas —murmuró—. He dormido diez horas.
Nunca habías dormido tanto.
—Nunca había estado tan jodido.
Se levantó. Las piernas respondieron. No perfectamente, pero respondieron. Dio un paso. Otro. Cojeaba, sí. Pero podía caminar.
VIDA: 24%
—Sigo en la mierda.
Sí. Pero mira esto.
El Diario, que estaba en la mesilla, se abrió solo. Las páginas pasaron hasta la sección de estadísticas.
Kairós leyó.
—
DIARIO VIVIENTE – REGISTRO DE PORTADOR
NOMBRE: Kairós Elinan Thornen
NÚMERO DE IDENTIFICACIÓN: 3333
ESTADÍSTICAS FÍSICAS Y MENTALES
Atributo Valor Rango Descripción del Diario
FUERZA 12 Humano normal-alto “Igual. Pero con más experiencia.”
AGILIDAD 13 Humano normal-alto “Se mantiene.”
DESTREZA 14 Humano normal-alto “Tus manos ya no tiemblan. Bueno, a veces sí.”
VITALIDAD 13 (+2) Humano normal-alto “Has subido DOS puntos. Sí, dos. Siete días de infierno, cero comida, cero agua, peleando sin parar… tu cuerpo dijo ‘nunca más’ y se reforzó. Ahora aguantas más. Mucho más.”
INTELIGENCIA 19 Humano muy alto “Igual. Aunque después de quemar recuerdos, no sé si sea para bien.”
SUERTE -1 Negativa “Sigue igual. Pero después de lo del asedio, debería haber bajado a -10. Milagro.”
ESTADO GENERAL
· Vida: 24% (sigues en la mierda. Pero ahora tu cuerpo sabe vivir en la mierda.)
· Aura: 5% (lo poco que has regenerado. Una miseria.)
· Cordura: 68% (ha subido. Dormir ayuda. No pensar en monstruos ayuda.)
HABILIDADES CONOCIDAS
• Percepción de Grietas (Pasiva): Ves las fracturas en la realidad. “Ya sabes.”
• Absorción de Aura (Inconsciente): Absorbes restos emocionales. “Funciona.”
• Reparación de Artefactos (Profesión): Tu oficio. “No la quemes.”
• Manejo de la Espada – Novato – Excelencia: Has pasado de “novato que no sabe sostenerla” a “novato que da miedo”. Tus movimientos son más rápidos, más precisos, más letales. Pero aún te falta. Aún no eres un verdadero espadachín. Necesitas aprender otros estilos. Esto es solo el principio.
• Resistencia al Dolor (Excelencia) – NUEVA: Siete días de infierno. Siete noches de agonía. El dolor ya no es tu enemigo. Es tu compañero. Lo aceptas. Lo usas. Puedes ignorar heridas que matarían a cualquier otro… por un tiempo.
• Estrella Radiante (Instintiva): La técnica de Elyra. Puedes elegir qué parte del espacio se vuelve lenta y cuál rápida. Es como doblar una hoja de papel: tú eres el lápiz que la atraviesa. Coste de aura por segundo: 10%. Úsala con cuidado.
NUEVO APARTADO: ESTILOS DE BATALLA
• Danza bajo la Luz de la Luna (Instintiva): Cuando tu vida corra peligro, cuando la luna y las estrellas te iluminen, los guerreros de sombras te guiarán. No preguntes cómo. Solo fluye.
—
Kairós leyó todo en silencio.
—Vitalidad +2 —murmuró—. No está mal.
¿No está mal? ¡Es una puta barbaridad! Has subido dos puntos en una semana. La gente tarda años en subir uno. Tú… tú eres un caso perdido.
—Lo sé.
Iba a cerrar el libro cuando el Diario volvió a abrirse. Una nueva página. Una nueva línea.
Y antes de que te quejes de lo bajo que está tu vida… tengo otra sorpresa para ti.
—¿Otra?
Los números aparecieron.
FRAGMENTOS ACUMULADOS: 374
Kairós parpadeó.
—¿374? Pero si tenía…
41 antes del asedio. Lo pusiste en la ficha. Yo me acuerdo.
—¿Y los otros 333?
El Diario soltó una risa garabateada. Unos dibujos aparecieron: un libro pequeñito con patas de palo, arrastrándose por el suelo, recogiendo piedritas brillantes.
Mientras tú estabas peleando como un loco, matando moles, perros, ratas y murciélagos con cara de terror… yo estaba ahí. En tu bolsillo. O en el suelo. O arrastrándome como podía.
Kairós frunció el ceño.
Cada vez que matabas a una de esas cosas, soltaban fragmentos. Y yo, con estas inexistentes patitas, me las ingenié para ir recogiéndolos. No todos, claro. Algunos se perdieron. Pero la mayoría… la mayoría están aquí.
—¿En serio?
333 fragmentos, Kairós. Trescientos treinta y tres. ¿Sabes lo que es eso?
Kairós negó con la cabeza, todavía procesando.
Es más de lo que has conseguido en todas tus cacerías juntas. Es una puta barbaridad. Es… El Diario hizo una pausa dramática. …un número muy curioso.
—¿Curioso?
1. Como tu número. El 3333. El universo te tiene en la mira, idiota. No sé si para bien o para mal. Pero te tiene en la mira.
Kairós se quedó en silencio un momento. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Gracias —dijo en voz baja.
¿Por qué?
—Por recogerlos. Por no dejarlos tirados. Por… no ser tan inútil como te llamé.
El Diario no respondió inmediatamente. Luego, una línea corta, casi tímida:
…de nada. Y no vuelvas a decirme inútil. Que tengo sentimientos.
—No tienes sentimientos.
Sí tengo. Rabia, principalmente. Y orgullo. Y ahora también asco. Hablando de eso…
El libro hizo una arcada. Literalmente. Un garabato de un libro vomitando apareció en la página, y de entre sus hojas empezaron a caer cosas. El abrigo negro, hecho jirones. La camisa de entrenamiento, reducida a tiras. El pantalón, inservible. La máscara, abollada, rayada, pero aún recognoscible.
Tu ropa sabe a mierda —escribió el Diario, con una mezcla de asco y cansancio—. Tómala de vuelta.
Kairós miró el montón de harapos en el suelo. Cogió la máscara con cuidado. La superficie estaba sucia, manchada de sangre seca y barro de otro mundo. Se levantó, fue al pequeño lavabo del baño, y con un trapo húmedo la limpió lo mejor que pudo. El agua se tiñó de rojo oscuro y gris.
Cuando terminó, la máscara seguía abollada, seguía rayada. Pero estaba limpia.
—Aún sirve —murmuró.
Claro que sirve. No tenemos dinero para lujos. Ahora guárdala otra vez.
Kairós la dejó caer en las páginas del Diario. El libro se la tragó sin ceremonias.
Luego miró los harapos. El resto de la ropa. Inservible.
—Esto no puedo tirarlo así.
¿Por qué no?
—Los Galenos. Si alguien encuentra esto… si relacionan la ropa conmigo…
El Diario se quedó callado un momento.
…mierda. Tienes razón.
—Tengo que deshacerme de esto con cuidado.
¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Quemarlo? ¿Hacerte una corbata? ¿Rediseñarlo? No sirve para nada, Kairós.
Kairós cogió los harapos. Los sopesó. Luego, con una determinación tranquila, empezó a rasgarlos en trozos más pequeños.
—Los cortaré en pedazos diminutos. Los sacaré en varias bolsas. En diferentes días. En diferentes lugares. Nadie relacionará unos trapos conmigo.
El Diario no dijo nada. Pero Kairós sintió su aprobación.
Cuando terminó, el montón era irreconocible. Jirones. Tiras. Nada que pudiera identificarse como una prenda de vestir. Se quedó mirando sus manos un momento. Los dedos le dolían de tanto rasgar, y una pequeña mancha de sangre—de una herida que aún no había cerrado del todo—empezaba a formarse en la yema de un dedo. La ignoró.
—Luego lo saco —murmuró.
Miró su armario. Estaba casi vacío. El abrigo gris, la ropa de diario, poco más.
—Mierda —susurró.
¿Qué?
—Voy a tener que salir de compras. Otra vez.
El Diario soltó una risa.
Con 374 fragmentos y 24% de vida, tu mayor preocupación es la ropa. Eres un caso clínico.
—Cállate.
Kairós guardó los fragmentos de tela en una bolsa vieja. Respiró hondo.
—Bajo.
¿A qué?
—A hablar con Liana. Con Leinett. Y luego… luego ya veremos.
Salió de la habitación. Cojeando. Pero con la cabeza más despejada que en días.
Y con la extraña sensación de que el universo, efectivamente, lo estaba mirando.
—
Kairós bajó las escaleras con cuidado, sintiendo cada escalón como un pequeño triunfo. La cocina olía a comida caliente—huevos, pan, algo que Leinett había preparado con lo poco que quedaba en la despensa.
Ella estaba de espaldas, moviendo una sartén, ya vestida con el uniforme azul de los Archivos. Al oír sus pasos, se giró.
—Ya era hora —dijo, pero su tono era más suave que anoche. Cansado, pero suave—. Siéntate. Come. Tienes diez minutos antes de que tenga que irme.
Kairós obedeció. Se dejó caer en una silla y Leinett le puso un plato delante. Comió en silencio, sintiendo cómo la comida caliente le devolvía algo que no sabía que había perdido.
—Liana está abajo —dijo Leinett, sentándose frente a él con una taza de té—. Atendiendo clientes. Como siempre.
—¿Y los dibujos?
—También. No ha parado en estos dos días. Dice que ya tienen todas las piezas. Que solo faltas tú para empezar con los prototipos.
Kairós asintió. El sistema. Su sistema. El complejo mecanismo que había diseñado para los relojes de marca. Estaba todo listo.
—Bien —murmuró—. Hoy mismo empiezo.
Leinett lo miró un momento. Luego, con un tono que intentaba ser casual pero no lo lograba del todo, dijo:
—Por cierto. Liana ya vive con nosotros.
Kairós levantó la vista.
—¿Cómo?
—Que vive aquí. En el cuarto de invitados. Bueno, ahora es su cuarto.
—¿En qué momento pasó eso?
Leinett arqueó una ceja. Su tono se volvió ligeramente punzante, aunque con una sonrisa cansada.
—Hace dos días, Kairós. Justo cuando desapareciste.
—Ah. —Kairós parpadeó—. Claro. Dos días.
—Sí. Dos días. Y como no estabas para opinar, tomé una decisión.
Leinett se recostó en la silla, la taza entre las manos, y empezó a contar.
—La primera noche —dijo—, cuando no volviste al anochecer, Liana se quedó aquí. Dijo que prefería esperar en el taller por si llegabas tarde. La dejé. A la mañana siguiente, cuando bajé, estaba dormida en la silla del mostrador, con el cuaderno abierto y los dibujos esparcidos.
Kairós imaginó la escena. La cría, sola, esperando.
—La desperté, desayunamos juntas, y me dijo que se iba a su guarida. No quiso preocuparme, supongo. Pero cuando volví del trabajo esa noche… —Leinett hizo una pausa—. Estaba otra vez aquí. Sentada en los escalones de la entrada. Temblando de frío.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no estabas, Kairós. —No era un reproche. Era un hecho—. La segunda noche fue peor. Llegué del trabajo y la encontré en el mismo sitio. Pero esta vez no pudo disimular. Me dijo que había oído ruidos cerca de su guarida. Que no se sentía segura. Que… que tenía miedo.
Kairós sintió algo en el pecho. Un eco. Preocupación.
—Así que la hice entrar. Cenamos juntas. Hablamos de tonterías, de diseños, de todo y de nada. Y cuando se hizo tarde, le dije que se quedara. En el cuarto de invitados.
—¿Y ella?
—Me miró como si le hubiera ofrecido un palacio. Y luego… luego lloró. Pero no de tristeza. De alivio, creo.
Leinett bebió un sorbo de té.
—A la mañana siguiente, bajó con una bolsa. Su ropa, sus cuadernos, sus pájaros de metal. Todo lo que tenía en esa guarida. Y me preguntó si… si podía quedarse. Solo hasta que volvieras, dijo. Para no estar sola.
—Y le dijiste que sí.
—Claro que le dije que sí. —Leinett lo miró fijamente—. ¿Tú qué habrías hecho?
Kairós no respondió. No hacía falta.
Se levantó de la silla. Fue hacia las escaleras que bajaban al taller.
—Voy a verla —dijo.
—Kairós.
Se giró.
—No le digas nada raro. Ya está bastante asustada con todo esto de los monstruos y las visiones. —Leinett sonrió—. Bueno, más asustada que nosotros, quiero decir.
Kairós asintió.
—No te preocupes. Solo voy a… estar ahí.
Bajó las escaleras.
—
El taller estaba en su ritmo habitual. El tic-tac de los relojes. El olor a metal y aceite. Y Liana, en su silla, atendiendo a un cliente con esa mezcla de profesionalidad y ternura que ya le era natural.
—Sí, señor Grem, el péndulo quedó perfecto. Puede pasar a buscarlo mañana.
El hombre mayor asintió, pagó, y salió. La campanilla tintineó.
Liana se giró y lo vio.
—¡Jefe! —Sonrió, una sonrisa enorme—. ¡Ya despertó!
Kairós se acercó. Vio los papeles esparcidos sobre el mostrador. Los diseños. Las anotaciones. Y en una esquina, una caja con las piezas que habían estado esperando.
—Leinett me dijo que ya vives aquí.
Liana se sonrojó ligeramente.
—Sí, es que… con lo de los dos días y todo… y mi guarida ya no me parecía tan segura… y Leinett dijo que…
—Está bien —la interrumpió Kairós—. Está bien, Liana.
Ella lo miró. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, buscaban algo.
—¿De verdad?
—De verdad. Este es tu sitio. Ya lo era antes de que lo supieras.
—
El taller quedó en silencio después de que el último cliente saliera.
Liana aprovechó el hueco para estirarse en su silla, frotándose los ojos detrás de las gafas. Había estado atendiendo sin parar desde primera hora, y aunque no se quejaba, el cansancio se notaba en pequeños gestos.
Kairós se sentó a su lado, en la silla que solía ocupar cuando no había clientes. El cuerpo le dolía, pero era un dolor soportable. Incluso familiar.
—Jefe —dijo Liana, de repente, con un tono que mezclaba orgullo y algo de nerviosismo—. Ah, se me olvidaba. El día 29 pagué los impuestos.
Kairós la miró.
—¿Los pagaste?
—Sí. Fue bastante rápido. —Liana se incorporó, animándose—. Usted ya lo había dejado todo listo. El libro de contabilidad, los cálculos… Leinett me dijo que bajara al sótano, donde guarda “las poderosas riquezas de nuestra tienda”, y allí estaba todo separado. Solo tuve que llevarlo a la oficina.
—¿Y no hubo problemas?
—Ninguno. La mujer del mostrador ni me miró. Sello, sello, y listo.
Kairós sonrió.
—Bien hecho.
—Bueno, usted ya lo había hecho todo. Yo solo… llevé los papeles.
—Pero los llevaste. Y eso cuenta.
Liana se sonrojó ligeramente, pero sonreía.
Kairós cogió el libro de contabilidad que estaba sobre el mostrador. Lo hojeó rápidamente, haciendo cálculos mentales. Los números bailaban en su cabeza con la precisión de un reloj bien ajustado.
—Tus prestaciones —dijo—. Por estos días. Por el trabajo extra. Por todo.
Abrió la caja registradora y empezó a contar.
Liana lo miró, sorprendida.
—Jefe, no hace falta…
—Claro que hace falta. —Kairós separó un montón de monedas—. Esto es tuyo.
Liana miró el dinero. Luego lo miró a él. Luego el dinero otra vez. Un montoncito respetable de plata y cobre.
—¿Esto? ¿Todo esto?
—Es lo que te corresponde. Por ley y por justicia.
Ella cogió las monedas con manos temblorosas. Las sostuvo un momento, sintiendo su peso, antes de guardarlas cuidadosamente en su bolsillo.
—Gracias —susurró.
—No me las des. Gánalas.
—Las estoy ganando.
Kairós asintió. Luego miró la caja registradora. Los ingresos de los últimos días habían sido buenos. Muy buenos.
—¿Cuánto hay? —preguntó Liana, curiosa.
Kairós hizo un recuento rápido.
—Siete monedas de oro. Cuarenta y cinco de plata. Unas doscientas treinta de cobre.
Liana abrió los ojos como platos.
—¿Tanto?
—La gente ha venido. Tú has vendido. Las reparaciones no han parado. Y tus pájaros… —señaló la estantería, donde apenas quedaban dos—. Casi se han agotado.
Liana miró la estantería. Donde antes había cinco pájaros y dos flores, ahora solo quedaba un colibrí solitario y una margarita de alambre.
—Habrá que hacer más —dijo, con una sonrisa.
—Sí. Habrá que hacer más.
Kairós separó una moneda de oro del montón y se la guardó en el bolsillo. El resto lo empujó hacia Liana.
—Esto llévalo abajo —dijo—. Al cofre del sótano. Guárdalo con lo demás.
Liana asintió, seria, y empezó a recoger las monedas con cuidado.
—Más tarde, cuando vuelva de la reunión —continuó Kairós—, haremos los cálculos definitivos. El presupuesto para los prototipos. Y veremos cuánto podemos invertir.
Liana dejó lo que estaba haciendo y lo miró fijamente.
—¿Qué reunión? —preguntó.
Kairós dudó un momento. Pero ya no podía ocultarlo.
—Esta noche. Con gente como yo. Iluminados.
—¿Puedo ir? —La pregunta salió rápida, casi automática.
—No.
—¿Por qué? Yo también soy…
—Lo sé. Pero no puedes. —Kairós negó con la cabeza—. No quiero involucrarte en esto. No aún.
Liana frunció el ceño. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, brillaban con frustración.
—Pero usted acaba de decir que soy como usted. Que me enseñaría.
—Y lo haré. Pero no hoy. No ahora.
—¿Cuándo entonces?
Kairós se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el mostrador.
—Escúchame, Liana. Esta noche voy a una reunión de la que no sé qué esperar. No sé quiénes son. No sé qué quieren. No sé si es seguro. Y no voy a llevarte a algo que podría ser una trampa.
—Pero yo puedo…
—No. —Su voz fue firme, pero no dura—. Mañana, cuando vuelva, hablaremos. Te contaré todo. Lo que sé, lo que he visto, lo que soy. Y empezaremos a prepararte. Pero ahora… ahora necesito que te quedes aquí.
Liana apretó los labios. Quería discutir, se le notaba en la cara. Pero algo en la mirada de Kairós la detuvo.
—Además —añadió él, con un tono más suave—, ahora vives aquí. Tendremos mucho tiempo para hablar. Días. Semanas. Años, si hace falta. No va a ser solo una conversación y ya.
Ella lo miró un largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—Vale —dijo, en voz baja—. Pero luego me cuenta todo.
—Todo. Te lo prometo.
Liana respiró hondo. Se pasó una mano por los ojos, secando algo que aún no eran lágrimas pero podrían haberlo sido.
—Bueno —dijo, intentando retomar la normalidad—. ¿Y ahora qué? ¿Se queda aquí?
Kairós se levantó.
—No. Tengo que salir.
Liana se tensó.
—¿A dónde? —Su voz sonó más aguda de lo que pretendía. Casi asustada.
Kairós la miró. Vio el miedo en sus ojos. Miedo a que desapareciera otros dos días. Miedo a que no volviera.
—Tranquila —dijo, con voz calmada—. Es de día. Hay sol. Solo voy al Campo.
—¿Para qué? —insistió ella, sin apartar la mirada.
—Tengo una promesa que cumplir. —Kairós se apoyó en el mostrador—. Conoces a Yet, ¿verdad? Te hablé de él.
—El que lleva seis años entrenando.
—Ese mismo. Le prometí que sería su compañero de sparring. Que iría todos los días. Y llevo dos días sin aparecer. Seguramente piensa que lo abandoné, o que me pasó algo.
Liana asintió, pero no parecía convencida del todo.
—¿Y nada más?
—También tengo que agradecerle a alguien. Alguien muy especial.
—¿Quién?
—Un chico. Más joven que Yet, más joven que yo. No habla casi nunca. Pero sus golpes… —Kairós sonrió al recordarlo—. Sus golpes tienen espíritu. Me enseñó lo que era el espíritu de lucha sin decir una palabra. Si no fuera por él, probablemente no habría sobrevivido a estos siete días.
Liana lo miró con una mezcla de curiosidad y admiración.
—¿Y él sabe? ¿Lo que usted es?
—No. Y espero que nunca tenga que saberlo. Pero necesito agradecerle. En persona.
Liana se quedó callada un momento. Luego, de repente, señaló la vaina vacía que colgaba del cinto de Kairós.
—¿Y su belleza, jefe?
Kairós se miró el cinto. La vaina vacía. Recordó el momento en que la espada se partió en dos, en la última noche del asedio. El sonido del metal al quebrarse. El peso que desapareció de su mano.
—Murió —dijo, y su voz se volvió más grave—. Se partió en dos. En la última pelea. La sentí quebrarse. Fue como perder a un compañero.
Liana abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí. —Kairós se tocó la vaina vacía—. Cumplió su deber. Me salvó la vida muchas veces. Pero ya no está.
—Lo siento, jefe.
—Yo también. Me había encariñado con ella.
Hubo un silencio. Respetuoso. Triste.
Luego Kairós se sacudió el momento.
Pero bueno. También tengo que hacer otras cosas. La ropa que llevo puesta no va a durar para siempre. Necesito comprar ropa nueva. Y… —señaló hacia arriba, hacia su habitación—. También tengo unas bolsas que necesito que desaparezcan.
—¿Bolsas?
—Arriba, en mi cuarto. Hay tres bolsas. No son muy grandes, pero tampoco pequeñas. Contienen lo que queda de mi ropa de combate. El abrigo negro, la camisa, los pantalones… todo hecho pedazos.
Liana entendió al instante.
—¿Los Galenos?
—Exacto. No quiero que nadie encuentre eso y empiece a hacer preguntas. Necesito que te deshagas de ellas. Poco a poco. En diferentes días. En diferentes lugares. Como si fueran migas de pan.
Liana asintió, seria.
—Lo haré. ¿Las subo ahora?
—No, déjalas donde están. Ya las bajaré yo más tarde. Pero quería que lo supieras, por si acaso.
—Entendido.
Kairós sonrió.
—Buena cría.
Liana sonrió también. Luego, con un tono juguetón que intentaba aligerar el ambiente, dijo:
—Y además de todo eso… también va a buscar una nueva belleza, ¿no?
Kairós arqueó una ceja.
—¿Una nueva…?
—Una espada, jefe. Una nueva espada. Para reemplazar a la que perdió.
—Ah. Sí. También.
—Vaya, vaya. —Liana cruzó los brazos, adoptando una postura de jueza—. Primero una, ahora otra. Ya tuvo su belleza, y ya va detrás de la siguiente.
—¿Qué estás diciendo?
—Que es un mujeriego, jefe. Un mujeriego de las armas.
Kairós se quedó mirándola un momento. Luego, sin poder evitarlo, soltó una carcajada.
—¿Mujeriego? ¿Yo?
—Sí, usted. Siempre coqueteando con nuevas espadas. No puede tener una sola. Tiene que ir buscando la siguiente.
—Eres una cría rara.
—Lo sé. Pero soy su cría rara.
Kairós negó con la cabeza, pero sonreía de oreja a oreja.
—Vuelvo en unas horas —dijo, desde la puerta—. Cuida la tienda.
—Siempre.
—Y gracias por lo de las bolsas.
—Despreocúpese. Las haré desaparecer.
Kairós abrió la puerta. La campanilla tintineó. La luz del sol gris de Ferren entró un momento.
—¡Jefe! —lo llamó Liana justo antes de que saliera.
Él se giró.
—Tenga cuidado. —Su voz era pequeña, pero había algo en ella que no estaba antes. No era solo miedo. Era… confianza. Sabía que él volvería, pero no podía evitar decirlo.
—Siempre.
Y se fue.
Liana se quedó sola en el taller. Miró hacia las escaleras que llevaban a la habitación de Kairós. Luego la estantería vacía. Luego la puerta por donde había desaparecido.
—Mujeriego —murmuró, y sonrió.
Luego bajó al sótano a guardar el dinero.
Afuera, el sol seguía su curso. Un rayo de luz, más brillante que los demás, se coló por la ventana y cayó sobre el mostrador, justo donde Kairós había estado sentado. Como si alguien, desde arriba, bendijera su camino.
Y la noche se acercaba.
Por : Hanzonex
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