FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 69
- Inicio
- FRAGMENTS OF WILL
- Capítulo 69 - Capítulo 69: Capítulo 69 - El viejo y la luna
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 69: Capítulo 69 – El viejo y la luna
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 69 – El viejo y la luna
Kairós caminaba sin prisa, aunque el cuerpo le pedía descanso.
La noche de Ferren lo envolvía con su manto de siempre, pero algo había cambiado. El aire, antes cargado de ese calor húmedo y denso del ciclo de Umbral, ahora empezaba a tornarse más frío. Más cortante. Como si el invierno estuviera asomando la cabeza.
Kairós levantó la vista al cielo.
La luna, casi llena, brillaba con una intensidad que dolía. A su alrededor, las estrellas—miles, millones—parpadeaban como viejas amigas. Pero había algo diferente en su luz. Ya no era esa calidez plateada de los últimos días. Ahora era más fría. Más distante.
—Está cambiando —murmuró.
¿El qué? —preguntó el Diario desde su bolsillo, con voz aún pastosa.
—El ciclo. Termina Umbral. Empieza Eco.
El Diario se quedó callado un momento. Luego, con un tono más despierto:
Ah, sí. Los últimos tres meses del año. Los más fríos. Los más jodidos.
Kairós asintió. Lo sabía el diario se lo había contado en estos días. Eco era el ciclo de los recuerdos, de los ecos del pasado, de las grietas que se reabrían. Y también el más peligroso para los iluminados. Los costes se duplicaban. Usar poder en Eco era una sentencia de muerte.
Pero esa noche, mientras caminaba hacia la tienda de antigüedades, no pensaba en eso. Solo miraba el cielo.
Los colores luchaban en el horizonte. Por un lado, los tonos morados y azulados de Umbral, resistiéndose a irse. Por el otro, un gris metálico, frío como el acero, que avanzaba implacable. Era como si dos estaciones pelearan por el control del mundo.
Y las estrellas, testigos eternos, observaban en silencio.
—Es hermoso —susurró Kairós.
Es una putada —corrigió el Diario—. Eco significa frío, fragmentos más escasos, y enemigos más cabrones. Pero bueno, tú sigue disfrutando del paisaje.
“Kairós sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
Eco. El ciclo de los recuerdos. Justo cuando él tenía un hueco en la memoria que no podía llenar. El 18 de Umbral. Quizás no era casualidad que todo esto estuviera pasando ahora.
Siguió caminando.”
—
La tienda de antigüedades estaba en una calle apartada, escondida entre edificios viejos y almacenes abandonados. No tenía cartel, solo una puerta de madera gastada y una pequeña ventana con cristales sucios.
Kairós se detuvo frente a ella. Hacía tres años que no venía. Tres años desde que había entrado por casualidad y se había llevado un viejo cuaderno de tapas negras por dos monedas de cobre.
Se tocó el bolsillo donde llevaba el Diario.
—Aquí empezó todo —murmuró.
Sí, sí, muy emotivo. Entra ya, que hace frío.
Kairós empujó la puerta.
Una campanilla oxidada tintineó.
El interior era un caos ordenado. Estanterías hasta el techo, llenas de objetos polvorientos. Relojes rotos. Lámparas viejas. Figuras de metal. Libros apilados en rincones. Y un olor… un olor a viejo, a papel, a tiempo detenido.
Detrás del mostrador, un anciano levantó la vista.
Tenía el pelo blanco, casi traslúcido, y unas gafas tan gruesas que parecían fondo de botella. Su ropa era oscura, gastada, como todo en la tienda. Pero sus ojos… sus ojos eran pequeños, vivos, y se clavaron en Kairós con una intensidad que helaba.
—Kairós —dijo.
No era una pregunta. Era una afirmación.
Kairós se quedó quieto.
—¿Me recuerdas?
El anciano sonrió. Una sonrisa desdentada, pero cálida.
—Claro que te recuerdo. Eres el único que ha entrado aquí en los últimos diez años y no ha salido con las manos vacías. —Se levantó lentamente, apoyándose en el mostrador—. Compraste un libro. Un cuaderno negro. Pagaste dos monedas de cobre.
Kairós sintió un escalofrío.
—No olvido a mis clientes —dijo el anciano—. Sobre todo cuando el objeto que se llevan… es especial.
El Diario, en el bolsillo de Kairós, se calentó de repente.
No le digas nada —susurró en su mente—. Este viejo sabe más de lo que parece.
Kairós tragó saliva.
—Necesito una máscara —dijo.
El anciano arqueó una ceja.
—¿Una máscara? ¿Para qué?
—Para… protegerme.
El anciano lo miró un largo rato. Luego, sin decir palabra, se giró y desapareció entre las estanterías.
Kairós esperó.
El Diario, en su bolsillo, no dijo nada. Pero su calor era constante. Como un latido.
A los pocos minutos, el anciano volvió con una caja de madera. La puso sobre el mostrador y la abrió.
Dentro, había máscaras. Decenas de ellas. De cuero, de metal, de madera. Algunas sencillas, otras elaboradas. Todas con una historia, seguramente.
—Elige —dijo el anciano—. Pero elige bien. No todas son lo que parecen.
Kairós miró las máscaras.
Y supo que esa noche no había terminado.
…
Kairós recorrió las máscaras con la mirada.
Había de todos los estilos. Algunas simples, de cuero oscuro, sin más adorno que los agujeros para los ojos. Otras más elaboradas, con grabados de animales, de símbolos extraños, de figuras que no reconocía.
Sacó del bolsillo la máscara vieja. La abollada. La que había sobrevivido a siete días de infierno. La puso sobre el mostrador.
El anciano la cogió con una delicadeza sorprendente. La sopesó. La examinó. Pasó los dedos por las marcas, por los arañazos, por las abolladuras.
—Vaya —dijo—. La has usado mucho.
Kairós no respondió.
El anciano levantó la vista. Sus ojos, pequeños y vivos, brillaron detrás de las gafas.
—Dime —dijo, con un tono casual, como si preguntara por el tiempo—. ¿Qué tal te ha ido con el diario? Es un buen cuaderno.
Kairós se quedó helado.
El Diario, en su bolsillo, se calentó de repente. Tanto que casi quemaba.
No digas nada —susurró en su mente—. Este viejo… sabe demasiado.
Kairós tragó saliva.
—Bien —dijo, con voz neutra—. Me ha sido útil.
El anciano sonrió. Esa sonrisa desdentada, cálida, pero con algo detrás que Kairós no podía identificar.
—Me alegro. No muchos saben apreciar las cosas que vendo aquí. —Dejó la máscara vieja a un lado y volvió a señalar la caja—. La gente entra, mira, y se va. Como te dije antes, eres el único en los últimos años que ha comprado algo.
—¿Por qué?
—Porque la mayoría no ve. Tú sí.
Kairós sintió un escalofrío.
El anciano no añadió nada más. Solo siguió observándolo con esa calma inquietante.
—Me sorprende que recuerdes mi nombre —dijo Kairós, cambiando de tema—. No sales mucho, ¿verdad?
—No. No desde hace años. Solo lo justo y necesario. —El anciano se encogió de hombros—. Pero aunque no salga, las cosas llegan a mí. Y tu nombre… he oído tu nombre mucho últimamente.
—¿Mi nombre?
—Eres alguien reconocido, ¿no? Kairós Thornen. El relojero. El que repara lo imposible. —El anciano sonrió—. La gente habla. Incluso yo, que vivo encerrado, me entero.
Kairós no supo qué responder.
Se volvió a las máscaras. Sus dedos recorrieron las superficies, buscando… algo.
Y entonces la vio.
Era diferente a las demás. No llamaba la atención a primera vista, pero cuanto más la miraba, más hermosa se volvía. Negra, de un material suave que parecía terciopelo pero era más resistente. Y sobre ella, diminutas estrellas blancas grabadas, no de forma regular, sino como si alguien hubiera pintado un trozo de cielo en la superficie. No eran solo estrellas. Eran constelaciones. Fragmentos de universo.
—Esta —dijo Kairós.
El anciano asintió con aprobación.
—Buena elección, niño. Esa la trajo un viajero hace años. Decía que era un mapa del cielo de otro mundo. —La cogió y se la tendió—. Queda bien. Te protege y te recuerda que hay algo más allá de esta ciudad de mierda.
Kairós la sostuvo. Pesaba poco. Pero se sentía… sólida.
—¿Cuánto?
—Para ti, nada. Un regalo.
Kairós lo miró, sorprendido.
—¿Por qué?
El anciano no respondió directamente. En lugar de eso, cogió la máscara vieja y la examinó otra vez.
—Podemos hacer un trato —dijo—. Me devuelves esta, la vieja, y te llevas esa nueva. Y de paso… —señaló la caja—. Elige otra.
—¿Otra?
—Para tu pequeña ayudante.
Kairós se quedó quieto.
—¿Mi… pequeña ayudante?
El anciano lo miró fijamente. Sus ojos, detrás de las gafas, parecían ver más allá de su rostro.
—La cría. La que vive contigo ahora. La de las gafas rotas.
Kairós sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Cómo sabes…?
—Sé muchas cosas, Kairós. Es mi trabajo. —El anciano sonrió—. Y también sé que ella va a necesitar una máscara. Pronto. Más pronto de lo que crees.
Silencio.
El Diario, en el bolsillo, ardía.
Kairós tragó saliva.
—¿Por qué iba a necesitar una máscara?
El anciano no respondió. Solo señaló la caja.
—Elige. La que creas que le gustará. Algo sencillo. Algo que la proteja. Algo que le recuerde que no está sola.
Kairós miró las máscaras.
Y supo que esta noche no había terminado. Que algo más grande se estaba moviendo.
Y que el viejo, de alguna manera, estaba en el centro de todo.
Por: Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com