FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 72
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Capítulo 72: Capítulo 72 – El primer latido
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 72 – El primer latido
El callejón apestaba a orín y a podredumbre, como siempre.
Kairós cayó de rodillas sobre los adoquines húmedos, jadeando, temblando, vivo. La máscara de estrellas aún cubría su rostro, pero la respiración entrecortada la empañaba por dentro. La Tachi, envainada, golpeó contra el suelo cuando se apoyó en ella para no desplomarse del todo.
Detrás de él, la grieta parpadeó una última vez. Sus bordes, antes definidos, ahora ondulaban como gelatina enferma. No se cerraba. No del todo. Quedaba ahí, una herida abierta en la realidad, respirando lentamente.
—Oye, mi querido idiota —la voz del Diario llegó desde su bolsillo, clara como siempre, con ese tono de quien lleva horas esperando para soltar un comentario—. ¿Cuándo será el día que puedas cerrar esas grietas?
Kairós se quitó la máscara. Aspiró hondo. El aire de Ferren, con todo su olor a metal y humo, era un lujo después de la nieve y la sangre de la fisura.
—¿Cerrarlas? —jadeó—. ¿Como… como sellarlas del todo?
—Sí, eso, sellarlas, cerrarlas, ponerles un puto candado. —El Diario se abrió solo, mostrando una página con un garabato de un libro dando patadas a una grieta—. ¿Sabías que si las cierras puedes incrementar tu velocidad de regeneración de aura? Como un bonus. Una recompensa por hacer bien tu puto trabajo.
Kairós se quedó quieto. La mano, aún temblorosa, se cerró en un puño.
—¿Y por qué no me dijiste eso antes?
—¿Que no te lo dije? —la tinta del Diario tembló un momento, como si estuviera pensando—. Sí te lo dije. Creo. Bueno… —un garabato de hombros encogiéndose—. Qué importa. De nada sirve, de hecho. En tu nivel aún no eres capaz de cerrar una grieta, y mucho menos absorber su energía. Pero es bueno que lo sepas por adelantado. Para cuando crezcas, campeón.
—¿Cuánto tengo que crecer?
—Grado III, mínimo. Y aun así, cerrar una grieta de verdad requiere más que poder. Requiere entender qué la abrió. Tienes que sentir el trauma, procesarlo, y luego… —el Diario hizo una pausa dramática—. Luego decides si lo sanas o lo aprovechas.
—¿Aprovecharlo?
—La energía de una grieta cerrada no se pierde. Alimenta tu aura permanentemente. Por eso los Galenos están tan obsesionados con sellarlas. No es altruismo, idiota. Es que cada grieta cerrada es un poquito más de poder para el Imperio.
Kairós asintió lentamente. Se incorporó, sintiendo cada músculo protestar. La nieve se había derretido de su ropa, pero el frío aún calaba los huesos.
—Grado III —murmuró—. Todavía me falta.
—Unos miles de fragmentos. Un par de traumas más. Un par de recuerdos menos. Fácil.
Kairós ignoró el comentario. Se apoyó en la pared del callejón un momento, dejando que el aire de la noche le secara el sudor. El combate había sido duro. El Mimic… ese puto Mimic que lo había espiado durante un mes. Que conocía a Liana. Que había matado a otros como él.
Pero estaba muerto. Y él, vivo.
Apoyó la nuca contra el ladrillo frío y cerró los ojos un instante. La crisálida. Esa puta crisálida vacía del Soñador. Llevaba un mes y medio buscando, entrando en cada grieta que encontraba, matando todo lo que se movía, y lo único que había conseguido era una prueba de que existían. Nada más. Ni rastro del que le robó el 18 de Umbral.
—Ni puta idea de dónde buscar —murmuró, la frustración colándose en su voz—. Podría estar en cualquier parte. O en ninguna.
—Paciencia, campeón —dijo el Diario—. Roma no se construyó en un día.
—No estoy construyendo Roma. Estoy intentando recuperar un puto día de mi vida.
—Misma mierda, diferentes piedras.
Kairós negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa se le escapó. Iba a decir algo cuando algo llamó su atención.
Su muñeca izquierda.
Allí, justo donde la manga del abrigo se había rasgado en la pelea, brillaba un destello plateado bajo la luz de la luna.
Kairós levantó el brazo. Lo miró.
Y por un momento, solo un momento, el cansancio y el dolor desaparecieron.
—
El reloj era hermoso.
No había otra palabra. Era una puta obra de arte en miniatura, y estaba en su muñeca.
La correa era de plata auténtica, no de aluminio como habían planeado al principio. Liana había insistido: “Plata, jefe. Es más cara, pero la gente nota la diferencia. Un reloj de muñeca ya es una innovación; si además la correa es de plata, parece que vale cada moneda.” Kairós había accedido pensando que no sería la gran cosa. Que era una excentricidad de la cría.
Llevaba quince días usándolo. Quince días de infierno, de peleas, de huidas, de casi morir. Y el puto reloj seguía ahí. Funcionando. Perfecto.
La caja era de un aluminio de alta calidad, pulido hasta parecer plata, con un acabado mate que evitaba reflejos delatores en la oscuridad. Los bordes estaban ligeramente redondeados, y en el lateral, diminutos botones apenas perceptibles al tacto permitían acceder a funciones que ningún otro reloj en Darsalia tenía.
Pero lo que realmente hipnotizaba era la esfera.
Los engranajes eran visibles tras un cristal de cuarzo grueso, diseñado por Liana después de siete prototipos fallidos. No estaban ocultos; eran parte del diseño. Una maraña ordenada de ruedas diminutas, muelles en espiral y ejes de latón que giraban con una precisión hipnótica. Kairós había pasado horas mirándolos, a veces sin querer, simplemente dejando que la mente se perdiera en ese baile mecánico.
En la parte superior de la esfera, una pequeña ventana mostraba los siete días de la semana, abreviados en tres letras mayúsculas:
LUN – UMB – BRE – FER – ELS – NOC – KAI
Lunedía, Umbría, Bréa, Férren, Élsera, Nóctel, Kairdía. El calendario emocional de Darsalia, reducido a siete pequeñas marcas que cambiaban cada medianoche con un clic apenas audible.
A los costados, dos pequeñas pantallas de cristal líquido —otro invento de Liana, adaptado de unos viejos manuales de tecnología que los Galenos consideraban herejía— mostraban números en un verde tenue.
Lado izquierdo:
D: 15 S: 6 M: 11 A: 1272
Kairós sonrió al leerlo. Mil doscientos setenta y dos años desde que Darsaly clavó su martillo en la tierra y construyó la primera muralla. Desde que los Siete Campeones unificaron a la humanidad y fundaron el Imperio. Esa cifra, ese número, era un recordatorio constante de lo viejo que era el mundo, de lo mucho que había durado esta mentira llamada civilización.
Lado derecho, dos botones diminutos activaban funciones adicionales. El superior, un cronómetro que podía medir hasta doce horas con precisión de décimas de segundo. Lo había usado en el Campo para cronometrar sus sprints, para medir cuánto aguantaba sin aura, para obsesionarse con los números como única forma de mantener la cordura.
El inferior, un despertador programable, con una pequeña campana integrada en la caja que emitía un tintineo suave pero insistente. Lo usaba para no perderse las reuniones con Yet, para recordar que aún tenía una vida normal fuera de las fisuras.
—Míralo —dijo el Diario, con ese tono suyo de estar disfrutando—. Parece que estuvieras haciendo un anuncio. “Kairós 1.0, el reloj que mide tu sufrimiento con precisión suiza. Pídelo ya, antes de que mueras en combate.”
Kairós resopló, pero sonrió.
Y las agujas.
Kairós sonrió. No pudo evitarlo.
No eran las agujas tradicionales, esas delgadas y elegantes que se usaban en los relojes de bolsillo. Eran patas de gato. Diminutas, curvadas, con pequeñas almohadillas al final. La de las horas era una pata trasera, más robusta. La de los minutos, una delantera, más estilizada. La de los segundos, una diminuta garra que arañaba el borde de la esfera con cada tic.
Liana había insistido en eso también. “El gato con ojo de reloj es nuestro logo, jefe. Tiene sentido que las agujas sean patas. Además, queda bonito.”
Quedaba bonito. Joder, si quedaba bonito.
El primer prototipo funcional de la Relojerías Thorne.
Kairós 1.0 Funcional.
Él mismo había elegido el nombre, y Liana había puesto los ojos en blanco durante cinco minutos seguidos. Pero se quedó. Porque era el primero. Porque después de ocho prototipos fallidos —ocho, ocho putos relojes que se pararon, se rompieron, explotaron o simplemente dejaron de funcionar sin motivo aparente—, este llevaba quince días funcionando.
Quince días.
Quince días de infierno, sí. Pero también quince días de ver la hora sin sacar el reloj del bolsillo. Quince días de cronometrar sus sprints en el Campo. Quince días de poner la alarma para no perderse las reuniones con Yet.
Quince días de beneficios que no había imaginado.
El más importante: sabía cuánto tiempo pasaba dentro de las fisuras.
Antes, cuando entraba en una grieta, perdía la noción. Horas que parecían minutos, días que parecían horas. Salía desorientado, sin saber si había sido una tarde o una semana.
Ahora no. El cronómetro seguía corriendo. Cuando el Mimic lo atacó, marcaba 47 minutos. Cuando lo mató, 63. Dieciséis minutos de pelea. Lo sabía con certeza. Podía planificar, calcular, anticipar.
Eso, en su mundo, valía más que cualquier espada.
—Bonita chuchería —dijo el Diario desde su bolsillo. La tinta apareció en una página, con un garabato de un reloj con patas de gato—. La cría tiene talento.
—Lo sé.
—Te ha durado quince días. Eso es más que la mayoría de tus relaciones.
Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero real.
—Cállate.
—Y además es bonito. Mira esas patitas. Casi dan pena matar con él puesto.
—No mato con el reloj. Mato con la espada.
—Detalles.
Kairós negó con la cabeza. Se incorporó del todo. La pierna le dolía, pero menos. El cuerpo, después de la dosis de aura que había gastado y regenerado en la pelea, empezaba a recordar cómo funcionaba la normalidad.
Miró el reloj otra vez. Las manecillas marcaban las once y cincuenta y tres de la noche.
—Mierda —murmuró—. Voy a llegar tarde.
—¿Tarde? ¿A qué? —preguntó el Diario.
—A la cena. Prometí que hoy llegaba temprano. Leinett ha cocinado, Liana me espera… —Se pasó una mano por la cara—. Van a matarme. Bueno, Leinett me matará. Liana me pondrá ojos de cría abandonada. El combo perfecto.
—Vivir para ver —comentó el Diario—. El Mata-Moles, acojonado por dos hembras.
Kairós sonrió a pesar de todo. Guardó la máscara en el bolsillo, se ajustó la Tachi al cinto, y empezó a caminar.
La noche de Ferren lo envolvía. Las farolas de vapor proyectaban su luz naranja sobre los adoquines. La gente, la poca que quedaba a esas horas, pasaba de largo sin mirarlo.
En su muñeca, el Kairós 1.0 seguía marcando el tiempo. Imperturbable. Perfecto.
Quince días.
Y aún no había explotado.
—Eso es un récord —dijo en voz alta.
—¿Qué?
—Nada. Hablaba solo.
—Ah. La costumbre. Sigue así y terminarás como yo.
—¿Como tú?
—Un libro que habla solo. Literalmente.
Kairós se rió. Una risa baja, ronca, pero real.
Y siguió caminando hacia casa.
Hacia Liana.
Hacia Leinett.
Hacia lo único que le quedaba.
—
El camino a casa se convirtió en un vía crucis.
Kairós caminaba con paso lento, la Tachi golpeándole suavemente la cadera, el abrigo blanco impoluto —recién comprado, estrenado hoy mismo— limpio de sangre. La sangre de los Disonantes se evaporaba siempre al cabo de unas horas, como si nunca hubiera existido. Otra de esas rarezas que había aprendido a aceptar.
Se había puesto el blanco por cambiar de aire, por no llevar siempre el mismo negro de siempre. Una costumbre que tenía desde niño: cuando algo importante pasaba, cuando necesitaba resetear, se compraba una prenda nueva. Como si la ropa pudiera borrar lo que había visto. El negro era para combatir. El blanco… el blanco era para intentar ser normal.
El blanco destacaba en la penumbra de las farolas de vapor. Destacaba demasiado.
La primera fue una mujer joven, con un pañuelo en la cabeza y un cesto de mimbre bajo el brazo. Venía de algún turno nocturno, con las ojeras marcadas y el paso cansado. Al cruzarse con él, sus ojos se clavaron en su muñeca.
—Disculpe, joven —dijo, con una voz que intentaba ser amable pero sonaba solo curiosa—. ¿Dónde compró ese reloj?
Kairós suspiró. Por dentro. Por fuera, su cara no se movió.
—Disculpe, no está aún a la venta. Es un prototipo de la Relojería Thorne.
La mujer parpadeó. Miró su cara. Luego el reloj otra vez. Luego su cara.
—¿Thorne? —repitió, como si saboreara la palabra—. ¿El relojero de la calle de la Espiral?
—Sí.
—¡Ah, pero si es usted! —Una sonrisa se dibujó en su rostro cansado—. Mi madre llevó un reloj la semana pasada. Una señora mayor, con un despertador antiguo. Dijo que la atendió una niña con gafas rotas, muy amable.
—Liana —dijo Kairós, y el nombre le salió con un orgullo que no pudo disimular.
—Esa misma. —La mujer asintió—. Pues cuando ese reloj salga a la venta, avíseme. Mi marido cumple años en dos lunaciones. Sería un buen regalo.
—Lo haré.
La mujer siguió su camino. Kairós el suyo.
No llegó ni a la siguiente esquina.
—¡Oiga, joven! —Un hombre mayor, sentado en un banco junto a una farola, levantó la mano—. Perdone que le moleste, pero… ¿ese reloj?
Kairós se detuvo. Miró al hombre. Tendría sesenta años, ropa de obrero, las manos manchadas de grasa. Seguramente salía de algún turno en las fundiciones.
—Disculpe, no está a la venta. Es un prototipo de la…
—Ya, ya, lo sé —lo interrumpió el hombre, con una sonrisa—. Usted es Kairós Thornen, ¿verdad? El de la relojería.
Kairós parpadeó.
—¿Me conoce?
—Hombre, si usted me arregló un despertador hace dos años. El de mi mujer. Llevaba meses sin funcionar, y usted lo dejó como nuevo. —El hombre negó con la cabeza, admirado—. Cobró lo justo, además. No como esos charlatanes del mercado.
—Ah.
—Y ese reloj… —el hombre señaló su muñeca—. Es la primera vez que veo algo así. ¿En la muñeca, dice? ¿Y funciona?
—Funciona.
—Pues cuando lo vendan, apúnteme. Tengo ahorradas unas monedas.
Kairós sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Lo haré.
Siguió caminando.
Tres pasos más.
—¡Oiga, perdone! —Una mujer con un carrito de verduras, cerrando su puesto—. ¿Ese reloj?
Kairós cerró los ojos un momento. Contó hasta tres. Luego se giró.
—Disculpe, no está a la venta. Es un prototipo de la…
—Ya, ya, pero ¿dónde lo consiguió? ¿Lo venden en la tienda?
—Todavía no. Es el primero.
—¿Y se puede encargar?
Kairós respiró hondo.
—En unas semanas, quizás. Estamos ajustando los detalles.
—Pues apúnteme. Soy la señora Marta, la de las verduras de la esquina. Su hermana me compra a veces.
—La conozco, señora Marta.
—Ah, ¿sí? Pues entonces ya sabe. Cuando tenga noticias, dígaselo a Leinett.
—Se lo diré.
La señora Marta asintió, satisfecha, y siguió cerrando su puesto.
Kairós continuó caminando.
Y así fue todo el camino.
Una cuadra. Otra. Otra más.
—Disculpe, ¿dónde compró ese reloj?
—No está a la venta, es un prototipo.
—¡Ah, pero si es usted, el relojero!
—Sí.
—Pues cuando salga, avíseme.
—Lo haré.
Siete de cada diez personas. A veces más. A veces menos. Pero siempre, siempre, alguien se paraba a preguntar.
Algunos lo reconocían al instante: “¡Kairós Thornen! El de la calle de la Espiral.” Otros necesitaban oír el nombre para ubicarlo: “Ah, sí, el que arregló el reloj de mi tía.” Otros, simplemente, se quedaban mirando el reloj con los ojos como platos, sin atreverse a preguntar, y él pasaba de largo agradecido.
El abrigo blanco, pensó, había sido un error. Llamaba demasiado la atención. Pero también pensó que, quizás, eso era lo que Liana quería. Marketing, lo llamaba ella. “Que te vean, jefe. Que la gente te asocie con el reloj. Cuando empieces a vender, ya tendrás clientes esperando.”
Joder, si tenía clientes esperando.
En los últimos quince días, había perdido la cuenta de las veces que había repetido esa frase. “Disculpe, no está aún a la venta. Es un prototipo.” La tenía grabada a fuego en la garganta. La decía en sueños. La decía cuando despertaba sobresaltado, antes de recordar dónde estaba.
Quince días.
Quince días de infierno, sí. De peleas, de sangre, de casi morir. Pero también quince días de esto. De caminar por la calle y ser reconocido. De clientes que le sonreían. De gente que recordaba su nombre.
Demasiada atención, pensó. Liana estaría contenta. Él, no tanto. Ser famoso era un puto coñazo.
Era extraño. Después de tres años siendo el relojero anónimo de un taller en una calle secundaria, de repente era… alguien.
Pero en medio de ese “alguien”, en un recoveco de su mente, apareció una imagen. Fugaz. Casi involuntaria.
Una mujer. Pelo cobrizo como el atardecer. Una taza de té. Una frase que era miel y veneno.
*”Querido, Seraphine Aurvandel no recibe declaraciones de quienes confunden la admiración con la cursilería.” *
*Hacía un mes y medio de eso. Un mes y medio desde que la vio por última vez, sentada en esa pastelería, humillando a un pobre desgraciado con una elegancia que helaba la sangre. Desde entonces, ni rastro. Como si se la hubiera tragado la tierra. *
*El Diario, en su bolsillo, se calentó de repente. *
*—¿Enamorado? —preguntó, con ese tono suyo de saberlo todo—. ¿O es que no sabes que puedo leer tus pensamientos, idiota? Llevo un mes y medio oyéndote divagar sobre monstruos y fragmentos, y de repente aparece una tía con pelo bonito. Cuéntame más. *
*Kairós negó con la cabeza, espantando la imagen. *
*—No —dijo, con voz firme—. No es nada. Solo… me parece que podría ser ella. *
*No añadió nada más. No hizo falta. *
*El Diario se quedó en silencio. Pero Kairós sintió su curiosidad. Su… ¿interés? *
*—Ya, claro —murmuró el libro, después de un rato—. “Podría ser ella.” Y un huevo. Pero bueno, tú sigue así, que yo tomo nota. *
Yet lo había dicho en el Campo: “Eres una leyenda, tío.” Y él no se lo había creído. Pero ahora, viendo cómo la gente lo paraba en la calle, cómo recordaban su nombre, cómo preguntaban por el reloj…
Empezaba a creérselo. Solo un poco. Solo lo justo para no sentirse un fraude.
—
Faltaba una cuadra para llegar al taller cuando lo oyó.
Bullicio. Mucha gente. Voces, murmullos, el rumor inconfundible de una multitud reunida en un espacio pequeño.
Kairós se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco.
Esa calle. Esa dirección.
El taller.
Apretó el paso. La cojera desapareció, sustituida por una urgencia fría. La mano buscó la empuñadura de la Tachi por instinto. Los Cazadores. Los Galenos. Una redada. Algo había pasado.
Dobló la esquina.
Y se quedó helado.
No eran Cazadores.
No eran Galenos.
Era peor.
La prensa.
Una docena de personas—hombres y mujeres, algunos con libretas, otros con esos extraños aparatos de grabación que los Galenos permitían solo a los acreditados—se agolpaban frente a la puerta del taller. Había un fotógrafo con una cámara de fuelle enorme, ajustando el enfoque hacia el cartel de madera que Liana había pintado hacía semanas.
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Y entre la multitud, asomando la cabeza por la puerta entreabierta, la cara de Liana.
La cría lo vio.
Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, se abrieron como platos. Su boca formó una palabra que Kairós leyó en sus labios antes de oírla:
—¡Jefe!
La multitud se giró al unísono.
Una mujer con libreta fue la primera en reaccionar.
—¡Ahí está! ¡El relojero!
—¡Señor Thornen! ¿Es cierto que han inventado un reloj de muñeca?
—¿Cómo funciona? ¿Se puede ver?
—¿Cuánto costará?
—¿Es verdad que lo lleva usted puesto?
Kairós se quedó quieto en medio de la calle, con el abrigo blanco brillando bajo la luz de las farolas, la Tachi al cinto, la máscara de estrellas en el bolsillo y quince días de infierno a sus espaldas.
Miró a Liana.
Liana lo miró a él.
Y en su cara, Kairós leyó una sola frase, clara como el agua:
“Jefe… lo siento.”
—Mierda —susurró.
La marea de periodistas se lanzó hacia él.
Y comenzaba un nuevo infierno, la prensa…
Revisado y editado
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com