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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 73

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Capítulo 73: Capítulo 73 – El despegue de la estrella

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 73 – El despegue de la estrella

El frío de Eco calaba hasta los huesos.

Kairós lo sintió en la nuca, en los dedos, en esa parte de la espalda que el abrigo blanco no terminaba de cubrir. El ciclo de los recuerdos había comenzado hacía apenas unas horas, y el aire ya tenía ese filo cortante, ese peso de memorias antiguas que se negaban a morir.

La nieve caía suavemente. Copos diminutos, casi imperceptibles, que se posaban sobre los adoquines, sobre los tejados, sobre los hombros de la multitud que se agolpaba frente al taller. No cuajaba aún, no formaba esa capa blanca que paralizaba la ciudad en las noches más frías, pero estaba ahí. Un presagio. Un recordatorio de que el invierno metafísico había llegado.

Y a pesar del frío, a pesar de la nieve, la gente no se movía.

No eran solo periodistas. La docena inicial se había multiplicado. Ahora había vecinos, brazos cruzados, frotándose las manos para entrar en calor. Había clientes habituales, esos que Kairós reconocía de vista aunque no supiera sus nombres. La señora Marta, con su carrito de verduras abandonado en la esquina, miraba con los ojos como platos. El señor Grem, el del reloj de pared, había salido de su casa en bata y se apoyaba en una farola para no perderse nada.

Y allí, en primera fila, con una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba más que las farolas, estaba Renaldo.

El viejo proveedor de piezas. El que le había fiado cuando no tenía dinero. El que le había regalado los primeros cristales de voz para sus pruebas. Allí estaba, con su calva brillando bajo la nieve y sus gafas tan gruesas que parecían fondo de botella, aplaudiendo como un niño en un espectáculo de títeres.

Kairós lo vio. Sus ojos se encontraron. Y Renaldo le dedicó un gesto: sigue, muchacho, esto es tuyo.

La marea de periodistas se abalanzó sobre él como una oleada de tinta y papel.

—¡Señor Thornen! ¡Una pregunta!

—¿Es cierto lo del reloj de muñeca?

—¿Cuánto tiempo llevan desarrollándolo?

—¡Mire aquí, por favor!

Kairós levantó las manos —las dos, la derecha en alto, la izquierda con el reloj brillando bajo las farolas— y su voz, entrenada en mil peleas para imponerse al rugido de las bestias, cortó el bullicio como un cuchillo.

—¡Silencio!

El grito no fue fuerte. Fue firme. La clase de voz que no admite réplica.

La multitud se calló. Los periodistas, acostumbrados a ser ellos los que acorralaban, se quedaron quietos, libretas en alto, ojos fijos en él. Los vecinos, detrás, contuvieron el aliento.

Kairós los miró uno por uno. Vio el frío en sus mejillas, la nieve en sus pestañas, la expectación en sus ojos. Luego señaló la puerta del taller.

—Primero, déjenme llegar a la puerta. Luego respondo preguntas. ¿Trato hecho?

Hubo un murmullo de asentimiento. La marea se abrió, apenas lo justo para que Kairós caminara hacia la entrada.

Liana seguía en el umbral, pálida como la cera, aferrada al marco de la puerta con las manos temblorosas. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, gritaban socorro sin decir palabra. La nieve se posaba en su pelo oscuro sin que ella pareciera notarlo.

Kairós pasó a su lado. Le puso una mano en el hombro. Firme. Cálida.

—Tranquila —susurró, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Esto es lo que querías, ¿no? Pues ahora lo tienes. Y vas a estar a la altura.

Ella tragó saliva. Asintió. Una vez. Dos veces. Su mandíbula se tensó.

Kairós se giró hacia la multitud. Se colocó en el centro de la puerta, con Liana a su izquierda y el cartel de la tienda a sus espaldas. La nieve seguía cayendo, y por un momento, bajo la luz de las farolas, parecía que el tiempo se hubiera detenido.

Respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones.

—Buenas noches a todos —dijo, y su voz era la de un profesional, no la de un cazador de monstruos—. Creo que ya todos aquí me conocen. Es un placer tenerlos, aunque el ciclo de Eco no acompañe.

Algunas risas nerviosas recorrieron la multitud. La gente se movió, buscando entrar en calor, pero nadie se fue.

Una mujer delgada, con gafas de montura metálica y una libreta enorme, fue la primera en hablar.

—Señor Thornen, soy Elara Voss, del Eco de Ferren. Llevamos días oyendo rumores sobre un invento revolucionario en su taller. ¿Puede confirmarlo?

Kairós sonrió. Una sonrisa medida, profesional. La misma que usaba con los clientes difíciles.

—Puedo confirmarlo, señora Voss. —Levantó el brazo izquierdo, mostrando su muñeca a la multitud. El reloj brilló bajo la luz de las farolas, los copos de nieve derritiéndose al contacto con el cristal—. Esto que ven aquí es un prototipo. Una idea hecha realidad de nuestra marca, Creaciones Thorne.

Un murmullo recorrió la multitud. Los periodistas se empujaban unos a otros para ver mejor. Los vecinos se estiraban, algunos se subían a las puntas de los pies. El fotógrafo ajustó el fuelle de su cámara y un fogonazo cegador iluminó la escena, haciendo brillar la nieve un instante.

—¿Puede explicarnos cómo funciona? —preguntó un hombre joven, con una libreta mugrienta—. ¿Cómo se les ocurrió poner un reloj en la muñeca?

—Eso —Kairós señaló a Liana— es mérito de ella. Pero primero, déjenme explicarles lo mío.

Señaló el interior del reloj, los engranajes visibles tras el cristal.

—El mecanismo principal es creación mía. Un año de trabajo. Un año de pruebas, errores, prototipos fallidos. Ocho, para ser exactos. Ocho relojes que no funcionaron hasta que este —levantó la muñeca otra vez— lleva quince días funcionando sin fallo.

Los periodistas anotaban frenéticamente. Alguien en la multitud silbó, admirado.

—Y no les voy a mentir —continuó Kairós, con una honestidad que sorprendió incluso a Liana—. Esos ocho prototipos nos costaron una fortuna. Monedas de oro que se fueron por el desagüe. Ahorros de años, invertidos en piezas que no funcionaban, en mecanismos que se negaban a cooperar. —Hizo una pausa, mirando a la multitud—. Pero lo vale. El arte… el arte es una forma de belleza. Y la belleza, aunque duela, siempre merece la pena.

La señora Marta, desde su puesto abandonado, se llevó una mano al pecho. El señor Grem asintió lentamente, como si entendiera.

—Pero el alma de este reloj —continuó Kairós, y su voz cambió, se volvió más cálida— no es mía.

Puso una mano en el hombro de Liana y la empujó suavemente hacia adelante.

Ella dio un paso. Luego otro. Sus piernas temblaban. Sus manos, aferradas a la libreta que siempre llevaba consigo, estaban blancas de la fuerza. La nieve se posaba en sus gafas rotas sin que ella hiciera nada por limpiarlas.

—Ella es Liana —dijo Kairós—. Mi aprendiz. Y la creadora de las funciones extras que pueden ver en este reloj. También es la responsable de que esos ocho prototipos fallidos existieran, porque sin su insistencia, sin su creatividad, yo me habría rendido después del tercero. —Sonrió—. Les explicará los detalles.

Liana abrió la boca. No salió ningún sonido.

Los periodistas la miraron. Las libretas se alzaron. Las cámaras enfocaron. Los vecinos, los clientes, todos esos rostros anónimos que había visto pasar frente al taller durante meses, ahora la miraban a ella.

Ella tragó saliva. Miró a Kairós. Él asintió. Una vez. Firme.

—Señorita Liana —dijo Elara Voss, con un tono amable—. ¿Puede contarnos algo más sobre este invento?

Liana respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones. Las manos dejaron de temblar. Solo un poco.

—S… sí —dijo. La voz le salió débil, pero salió.

Cogió el brazo de Kairós con cuidado, como si el reloj fuera a romperse, y lo levantó para que todos vieran. La nieve seguía cayendo, y los copos se derretían sobre el cristal sin empañarlo.

—Esto —comenzó, y su voz ya no temblaba tanto— es un reloj de muñeca. El primero de su tipo. Pero no es solo un reloj. Es una herramienta. Un compañero. Un recordatorio constante de que el tiempo… el tiempo es lo único que realmente tenemos.

Los periodistas se quedaron en silencio. Los vecinos también. Algo en la voz de la cría, en su forma de hablar, les hizo olvidar que era solo una niña. La nieve seguía cayendo, y nadie se movía.

Liana señaló la parte superior de la esfera.

—Aquí tienen los siete días de la semana. Abreviados en tres letras: LUN, UMB, BRE, FER, ELS, NOC, KAI. Lunedía, Umbría, Bréa, Férren, Élsera, Nóctel, Kairdía. —Miró a los periodistas, a los vecinos, a todos esos rostros atentos—. ¿Saben qué significa eso? Que quien lleve este reloj sabrá siempre qué día es. Podrá planificar. Podrá organizar su vida. Porque un hombre o una mujer que desea manejar su propio destino, antes debe saber los momentos indicados. Y eso… —señaló el reloj— eso es el tiempo.

El fotógrafo disparó otro fogonazo. Liana no pestañeó. La nieve brilló un instante en el aire.

Señaló el lado izquierdo de la esfera.

—Aquí tenemos algo más. D: 15. El día de hoy, quince de Umbral. S: 6. La semana seis del ciclo. M: 11. El mes, undécimo del año. Y A: 1272. El año. Mil doscientos setenta y dos desde que Darsaly clavó su martillo en la tierra y construyó la primera muralla.

Hizo una pausa. Miró a la multitud con sus grandes ojos verdes.

—¿Para qué sirve esto? —preguntó—. Para recordar de dónde venimos. Para saber dónde estamos. Y para decidir a dónde queremos ir. Porque no se puede construir el futuro si no se conoce el pasado.

Luego señaló el lado derecho.

—Y aquí, las funciones adicionales. —Presionó un botón diminuto—. Un cronómetro. Puede medir hasta doce horas con precisión de décimas de segundo. Ideal para entrenamientos, para carreras, para quien necesite medir su tiempo al límite.

Presionó otro botón.

—Y un despertador. Programable. Suena a la hora que ustedes decidan. Porque el tiempo no espera, y este reloj tampoco.

Los periodistas anotaban sin parar. Las libretas se llenaban de garabatos. Los vecinos, los que sabían escribir, pedían prestados lápices a sus vecinos.

—Pero esto no es todo —dijo Liana, y su voz adquirió un tono de misterio—. Hay algo más. Algo que hace único a este reloj.

Presionó una combinación de botones. Una secuencia rápida, ensayada cientos de veces.

Del reloj, apenas audible al principio, surgió un sonido. Un susurro. Luego, más claro:

—Creaciones Thorne, su marca de exclusividad.

La voz de Liana. Pequeña, pero nítida. Como si una diminuta versión de ella hablara desde dentro del reloj.

Los periodistas se quedaron boquiabiertos. Los vecinos se miraron unos a otros, incrédulos.

—¿Cómo…? —empezó alguien.

Liana sonrió. Por primera vez, una sonrisa de verdad. De esas que iluminan una habitación.

—Cristales de voz —explicó—. Los mismos que usan los megáfonos de la ciudad para los anuncios oficiales. Los combinamos con un amplificador de sonido en miniatura, y logramos esto. —Presionó otra secuencia—. Escuchen.

Del reloj surgió otra voz. Esta vez, la de Kairós. Grave, calmada, con ese tono suyo de quien ha visto demasiado.

—Primer prototipo funcional. Kairós 1.0. Gracias, Liana.

La cría se sonrojó. Pero su sonrisa se ensanchó.

—El nombre es horrible —dijo, y algunos periodistas rieron—. Lo sé. Pero el reloj no. El reloj es perfecto.

Kairós, que había permanecido en silencio durante toda la explicación, dio un paso al frente. La nieve se posaba en sus hombros, en su abrigo blanco, sin mancharlo.

—Y esto no es todo —dijo.

Se giró hacia la tienda. Desapareció un momento. Cuando volvió, traía tres objetos en las manos.

Los periodistas se arremolinaron, curiosos. Los vecinos se estiraron para ver. Hasta Renaldo, desde primera fila, se puso de puntillas.

—Tres cosas —dijo Kairós, colocándolas sobre una pequeña mesa que Liana había sacado de la tienda—. Un pájaro. Una flor. Y una bailarina.

El público murmuró, confundido. La nieve seguía cayendo, y los tres objetos brillaban bajo la luz de las farolas.

—No son adornos —dijo Liana, recuperando el protagonismo con una seguridad que no tenía diez minutos antes—. Son relojes. Despertadores. De distintos tipos.

Cogió el pájaro. Era pequeño, de metal, con las alas ligeramente levantadas. Un gorrión, como los que vendía en el mercado hacía meses. Pero este era diferente. Este tenía un brillo especial, un acabado perfecto que solo las horas de trabajo obsesivo podían lograr.

—Este —dijo— da la hora.

Presionó un botón oculto en la base.

El pájaro se movió. Sus alas batieron una vez. Y luego, una voz diminuta, clarísima, salió de su pequeño cuerpo:

—Son las doce de la noche en punto.

La voz de Liana. Otra vez.

Los periodistas miraron sus relojes de bolsillo. Los que tenían cronómetros, los que confiaban en la hora de la torre central. Todos coincidían.

Las doce de la noche. En punto.

Un murmullo de asombro recorrió la multitud. Alguien aplaudió. Luego otro. Luego varios.

—Habla cada hora —explicó Liana, con orgullo—. Se puede programar con cualquier voz. La del dueño, la de un ser querido, la de quien se quiera. Es personalizable.

Dejó el pájaro y cogió la flor.

Era una margarita de alambre y chapa, con los pétalos cerrados. La puso sobre la mesa. Esperó.

Cinco segundos. Los pétalos empezaron a abrirse lentamente, mostrando en su interior una pequeña esfera de reloj. Los números, diminutos, giraban con el movimiento. Cuando los pétalos estuvieron completamente abiertos, empezaron a cerrarse de nuevo.

—Se abre cada cinco minutos —dijo Liana—. Muestra la hora, y luego se cierra. Como una flor de verdad, pero mecánica. Perfecta para una mesilla de noche. Para quien quiera belleza y funcionalidad en un solo objeto.

Dejó la flor. Cogió la bailarina.

Era una figura femenina diminuta, de metal plateado, con un tutú de alambre finísimo. Liana le dio cuerda con una pequeña llave.

La bailarina empezó a girar. Lentamente al principio, luego más rápido. Sus brazos se movían, sus piernas se alzaban, su cuerpo describía arabescos perfectos. Y mientras giraba, en su base, un pequeño reloj marcaba los segundos.

—Danza con el paso del tiempo —dijo Liana, en voz baja—. Cada vuelta es un minuto. Cada giro, un segundo. La belleza y la precisión, juntas.

Silencio.

Un silencio absoluto.

Solo se oía la nieve al caer. Solo se veía el vaho de la multitud, congelándose en el aire.

Los periodistas miraban los objetos como si hubieran visto magia. Como si alguien hubiera capturado el tiempo mismo y lo hubiera encerrado en metal y cristal.

Y entonces, estalló el caos.

—¡¿Cuánto cuestan?!

—¡¿Cuándo salen a la venta?!

—¡Señorita Liana, ¿puede mostrarnos el pájaro otra vez?!

—¡Una foto! ¡Necesito una foto!

Los flashes cegaban. Las preguntas se atropellaban. La gente se empujaba para ver mejor, para tocar, para creer. Los vecinos, los clientes, todos querían acercarse, todos querían ser parte de algo que sabían, en el fondo, que era histórico.

El fotógrafo del Eco de Ferren disparaba una y otra vez, capturando cada ángulo, cada detalle. Su ayudante, un chico joven con una libreta, anotaba frenéticamente: “Pájaro parlante. Flor mecánica. Bailarina danzante. TODO FUNCIONA. TODO ES REAL.”

Una mujer mayor, de las que escribían para una revista de Los Altos, se abrió paso entre la multitud y se plantó frente a Liana.

—Señorita —dijo, con voz temblorosa—. Esto… esto es arte. Esto es… —negó con la cabeza, buscando las palabras—. Es lo más hermoso que he visto en años. ¿Cómo… cómo se le ocurrió?

Liana la miró. Sus ojos verdes brillaban detrás de las gafas rotas, empañadas por el frío y la emoción.

—No sé —admitió—. Solo… lo vi. En mi cabeza. Y luego lo hice.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

—Siempre —dijo Liana—. Desde que recuerdo. Pero solo desde que llegué aquí —señaló a Kairós— pude hacerlo de verdad.

Kairós, desde atrás, la observaba. Vio cómo la cría, la que hasta hace unos meses vendía pájaros de metal en una manta en el suelo, se desenvolvía entre la prensa como si hubiera nacido para ello. Vio cómo sus manos dejaron de temblar. Cómo su voz se volvió firme. Cómo sus ojos brillaban con una luz que no había visto antes.

Orgullo. Eso era lo que sentía.

Un orgullo tan grande que casi dolía.

El Diario, desde su bolsillo, susurró en su mente:

La cría se ha convertido en una estrella. Y tú solo eres el tipo que le sujetaba la escalera.

Kairós sonrió.

—Cállate.

No me callo. Es demasiado bonito para callarme.

Uno de los periodistas, un hombre joven con una cicatriz en la ceja, se acercó a Kairós.

—Señor Thornen —dijo—. Todo esto es impresionante. Pero… ¿cómo lo han financiado? Los materiales, los prototipos… eso cuesta dinero.

Kairós lo miró. Vio la pregunta genuina en sus ojos. No era una trampa. Solo curiosidad. Miró a la multitud, y entre ella encontró a Renaldo. El viejo proveedor, con su calva nevada y sus gafas empañadas, le dedicó un pulgar hacia arriba.

—Con trabajo —respondió—. Con años de reparaciones. Con clientes que confiaron en nosotros. Y con una moneda de oro que nos pagó un herrero por restaurar el reloj de su padre. —Hizo una pausa—. Pero también queremos agradecer a alguien en especial.

Señaló hacia la multitud.

—Renaldo —dijo—. El dueño de la tienda de piezas del mercado. Él nos ha distribuido materiales de calidad durante años. Nos ha fiado cuando no teníamos dinero. Nos ha regalado los primeros cristales de voz para nuestras pruebas. Y ha invertido en nosotros, igual que nosotros hemos invertido en él.

Todos los ojos se giraron hacia Renaldo. El viejo, sorprendido, se puso colorado. Pero sonreía. Vaya si sonreía.

—Sin él —continuó Kairós—, nada de esto sería posible. Así que, Renaldo, esto también es tuyo.

La multitud aplaudió. Renaldo, abrumado, solo pudo levantar la mano y saludar, como un niño en un desfile.

Kairós volvió a mirar al periodista.

—Y respondiendo a su pregunta: sí, costó dinero. Mucho. Esos ocho prototipos del reloj de muñeca se llevaron nuestros ahorros. Y estos —señaló el pájaro, la flor, la bailarina— también. Monedas de oro que ya no volverán. Pero lo vale. —Miró a Liana—. El arte es una forma de belleza. Y la belleza, aunque duela, siempre merece la pena.

El periodista anotó algo en su libreta. Luego levantó la vista.

—Esto va a ser grande, señor Thornen. Muy grande. ¿Está preparado?

Kairós miró a Liana. La vio reír, responder preguntas, mostrar sus creaciones con orgullo. Vio a Renaldo, emocionado, recibiendo palmadas en la espalda de los vecinos. Vio a la señora Marta, al señor Grem, a todos esos rostros anónimos que ahora tenían nombre y sonrisa.

Luego miró su muñeca. El reloj. Las patas de gato. Los números.

D: 15. S: 6. M: 11. A: 1272.

Mil doscientos setenta y dos años de historia. Y él, un relojero de Ferren, estaba a punto de cambiarlo todo.

—No —respondió con sinceridad—. Pero no importa.

La noche avanzaba. La nieve seguía cayendo. Las farolas de vapor seguían iluminando la calle. Los periodistas seguían preguntando. Liana seguía brillando.

Y Kairós, por primera vez en mucho tiempo, sintió que quizás, solo quizás, el futuro no era algo que temer.

Era algo que construir.

—¡Una última pregunta, señor Thornen!

La voz surgió de entre la multitud, aguda, insistente. Un periodista joven, apenas un muchacho, con una libreta mugrienta y los ojos brillantes de quien ha encontrado la noticia de su vida, se abrió paso a codazos hasta primera fila. La nieve se derretía en su pelo sin que pareciera importarle.

—¿Cuándo salen a la venta? —preguntó, casi sin aliento—. ¿Y cuál será su precio de mercado inicial?

La multitud se calló. Hasta los flashes se detuvieron. Todos querían oír la respuesta.

Kairós miró a Liana. Ella lo miró a él. Una conversación entera en una sola mirada.

Luego se giró hacia el periodista. Hacia todos.

—Primero que nada —dijo, y su voz era clara, firme, la de alguien que ha pensado mucho en esto—, en tres meses lanzaremos al mercado oficialmente.

Un murmullo recorrió la multitud. Algunos parecieron decepcionados.

Kairós levantó la mano, pidiendo calma. Señaló el reloj de su muñeca.

Ven esto? —dijo—. Lleva quince días funcionando. Quince. Pero no es suficiente. Queremos asegurarnos de que nuestros clientes reciban calidad. Este reloj debe durar tres meses funcionando sin fallos. Si falla, aunque sea un solo día, nos retrasaremos. No vamos a vender productos incompletos a nuestros clientes. No vamos a darles algo que no esté listo.

La señora Marta asintió, aprobando. El señor Grem también. Los que habían trabajado toda su vida, los que sabían lo que costaba ganar una moneda, entendían ese tipo de honestidad.

—En cuanto al precio —continuó Kairós—, por ahora todavía estamos viendo eso. Pero no se preocupen: este que ven aquí es de la calidad más alta.

Hizo una pausa. Miró a Liana otra vez. Ella asintió.

—Lanzaremos tres versiones.

La multitud se inclinó hacia adelante, atenta.

—La gama alta —Kairós levantó su muñeca— es esta misma. Con todas sus funciones: cronómetro, despertador, cristal de voz personalizable, los días de la semana, el calendario completo. Las correas podrán ser de plata, de oro, o de cuero, dependiendo del gusto del cliente. Casi todo será personalizable: la carcasa, las agujas, incluso se le podrá poner un fondo si se prefiere no ver el mecanismo. Aunque —sonrió, y hubo algo de orgullo en esa sonrisa—, saben, es bastante hipnótico verlo funcionar.

Algunas risas, asentimientos. El fotógrafo disparó otro flash.

—La segunda gama —prosiguió Kairós— tendrá los días de la semana y el calendario, pero sin funciones de cronómetro ni despertador. El mensaje de voz no será personalizable; llevará nuestra voz, la de la marca, como sello de originalidad. El sistema será menos complejo que el de gama alta, y estará cubierto por un fondo. Las correas serán principalmente de aluminio o cuero, y los materiales de la caja, también aluminio en su mayoría. Menos detalles estéticos, pero la misma calidad en lo fundamental.

—Y la gama baja —dijo, y su voz se hizo más sencilla, más cercana— será un reloj normal, con el calendario. Sin mensajes de voz personalizados. Usará un sistema más sencillo, pero igualmente único. El mecanismo irá tapado. Sin detalles estéticos. La correa, de cuero. Pensado para quien quiera un reloj de muñeca sin necesidad de todas las funciones, pero con la garantía de que está hecho por nosotros.

Silencio.

La gente asimilaba la información. Tres gamas. Tres precios. Tres formas de acceder a algo que, hasta hacía una hora, ni siquiera sabían que existía.

—Muchas gracias a todos —dijo Kairós, y había un cansancio en su voz que no había estado antes—. De verdad. Por venir. Por interesarse. Por creer en nosotros.

La multitud empezó a dispersarse lentamente. Los periodistas, satisfechos con la exclusiva, guardaban libretas y ajustaban sus abrigos contra el frío de Eco. Los vecinos, los clientes, se despedían con gestos, con sonrisas, con promesas de volver.

—¡Tres meses, señor Thornen! —gritó alguien desde lejos—. ¡Los esperaremos!

—¡Y yo quiero una de las caras! —añadió otro.

Kairós levantó la mano en un saludo cansado.

La nieve seguía cayendo, suave, implacable.

Renaldo fue el último en irse. Se acercó a Kairós y le dio una palmada en el hombro.

—Bien hecho, muchacho —dijo, con su voz cascada—. Bien hecho.

—Gracias por venir.

—¿Y dónde iba a estar si no? —Renaldo sonrió, mostrando los pocos dientes que le quedaban—. Esto es historia, Kairós. Y yo quería verla en primera fila.

Se alejó calle abajo, silbando una tonada alegre que contrastaba con el frío de la noche.

Cuando la última persona desapareció entre la nieve, Kairós se giró hacia Liana.

Ella seguía en el umbral, mirando la calle vacía. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, brillaban con una luz que no era solo de las farolas.

—Jefe —dijo, en voz baja—. ¿De verdad va a pasar?

—Sí —dijo Kairós—. Va a pasar.

Ella sonrió. Una sonrisa enorme, de esas que iluminan una habitación.

Luego, sin mediar palabra, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con una fuerza que no parecía propia de una niña de trece años.

Kairós se quedó quieto un momento. Luego, lentamente, rodeó sus hombros con los brazos.

—Lo hicimos, jefe —susurró ella contra su pecho—. Lo hicimos.

—Sí —dijo él, y su voz se rompió un poco—. Lo hicimos.

La nieve seguía cayendo.

El frío de Eco mordía la piel.

Pero dentro del abrazo, dentro del taller, dentro de ese momento diminuto en medio de la noche más larga del año, había calor.

El Diario, desde el bolsillo de Kairós, no dijo nada.

Pero en una página oculta, escribió con letra pequeña:

“Día 15 de eco , mes 11 ,Año 1272. La cría abrazó al idiota. El idiota dejó que lo abrazaran. Y el mundo, por una vez, fue un poco menos frío.

Mañana empieza la verdadera batalla. Pero esta noche… esta noche es de ellos.

Ñi-ñi-ñi.”

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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