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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 74

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Capítulo 74: Capítulo 74 – Las consecuencias de la Fama

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 74 – Las consecuencias de la Fama

La cena había empezado con retraso.

Kairós había llegado una hora tarde, arrastrando los pies y con esa expresión de “he visto cosas que no quiero contar” que Leinett conocía demasiado bien. Cuando abrió la puerta de la cocina, ella estaba removiendo el estofado con más fuerza de la necesaria.

—Lo siento —dijo él, dejándose caer en una silla—. La prensa…

—Ya lo sé —Leinett no se giró. Su voz era plana, pero la tensión en sus hombros era evidente—. Liana me lo contó todo en cuando volví del trabajo. Lo de los periodistas, lo de las preguntas, lo de los tres meses de espera. No he parado de oírla hablar en una hora.

—¿Y no estás enfadada?

Ella se giró por fin. Lo miró con esa expresión suya que era imposible de descifrar.

—Estoy… procesando. Llegas dos noches tarde, apareces en la puerta con una historia de monstruos y ahora resulta que somos famosos. Necesito un momento.

Kairós asintió. No dijo nada. Sabía que la bronca llegaría. Pero no ahora.

—

La noche de Eco había caído sobre Ferren con su manto de frío y nieve silenciosa.

Dentro del taller, sin embargo, el calor de la cocina y el aroma del estofado creaban una burbuja de normalidad. Los relojes de la tienda, abajo, marcaban horas distintas con su tic-tac eterno, pero arriba, en la pequeña estancia donde los Thornen compartían sus noches, el tiempo parecía haberse detenido.

Kairós estaba sentado a la mesa con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, las piernas estiradas, los brazos cruzados. Tenía el abrigo gris colgado en el respaldo y la camisa arremangada hasta los codos, dejando ver el reloj de muñeca que brillaba bajo la luz de la vela. Las agujas con forma de patas de gato marcaban las nueve y veintitrés.

Liana, enfrente, no paraba de hablar.

—…y si hacemos una lista de espera, tenemos que organizarla por orden de llegada, pero también por tipo de gama, porque no es lo mismo alguien que quiera una de alta que alguien que quiera una básica, y luego está lo de los materiales, porque si usamos plata para todas nos vamos a arruinar, pero si usamos aluminio para las básicas y plata para las altas, tenemos que calcular bien los márgenes, y además…

—Liana —la interrumpió Kairós con un tono cansado pero afectuoso—. Respira.

Ella paró en seco. Inspiró hondo. Exhaló.

—Tiene razón, jefe. Es que no puedo parar de pensar en todo lo que tenemos que hacer.

—Lo sé. —Kairós señaló la mesa, donde Liana había extendido media docena de hojas con bocetos, números y listas interminables—. Pero ahora estamos cenando.

Ambos miraron hacia la cocina.

Leinett estaba de espaldas, moviendo una cuchara de madera dentro de una olla de hierro. El vapor que salía olía a verduras, a carne, a ese algo casero que solo ella sabía hacer. Pero había algo en su postura que llamaba la atención.

No se movía con su soltura habitual. Estaba rígida. Concentrada. Como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente.

—Leinett —dijo Kairós—. La comida no se va a quemar si descansas un momento.

Ella no respondió. Siguió moviendo la cuchara.

Liana y Kairós se miraron.

—¿Leinett? —insistió él.

Ella se giró por fin. Dejó la cuchara apoyada en el borde de la olla y se secó las manos en el delantal. Su rostro, iluminado por la llama de la vela, tenía una expresión que Kairós conocía bien. Era la misma que ponía cuando había encontrado algo importante en los archivos. O cuando había descubierto algo que no quería descubrir.

Se sentó a la mesa. No en su sitio habitual, junto a Liana, sino frente a Kairós, mirándolo fijamente.

—Kairós —dijo—. ¿Sabes lo que significa ahora que seamos famosos, cierto?

Él asintió. Una vez. Lento.

—Claro que lo sé. —Su voz perdió el tono cansado y se volvió más grave—. Los costos de la fama. En este mundo, más que en ningún otro.

Leinett asintió. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Entonces escúchame bien. Porque lo que voy a decirte no es una teoría. Es lo que he encontrado—o mejor dicho, lo que no he encontrado—en estos meses.

Kairós esperó. Liana, a su lado, dejó de moverse. Hasta los relojes parecieron contener el aliento.

—Tu apellido —dijo Leinett lentamente— es de la Casa de los Guardianes. Los que juraron proteger a la princesa real. Eso ya lo sabemos por el anciano de la tienda. Pero desde entonces, he estado buscando. En la biblioteca, en los archivos, en todos los registros a los que he podido acceder. Y sabes qué logré encontrar?

—¿Qué? —preguntó Kairós, aunque ya intuía la respuesta.

—Absolutamente nada.

La palabra cayó en la mesa como una losa.

Leinett negó con la cabeza. Sus ojos azules, siempre tan vivos, ahora tenían un brillo de preocupación.

—No hay nada, Kairós. Ni una mención a los Thornen como Guardianes. Ni un registro de tus padres. Ni una sola línea sobre una Casa dedicada a proteger a la princesa. Es como si hubieran borrado toda esa información de la existencia.

Silencio.

Liana, que había estado escuchando con los ojos muy abiertos, habló en voz baja:

—¿Y eso qué significa?

Leinett la miró. Luego volvió a Kairós.

—Significa dos cosas. O borraron toda esa información deliberadamente, o estamos metidos en algo tan jodido, tan enorme, que ni siquiera los archivos del Imperio se atreven a guardar constancia.

Kairós apretó la mandíbula. El músculo saltó bajo la piel.

—Y ahora, con esto de la fama —continuó Leinett—, somos más visibles. Más propensos a recibir visitas. De todo tipo. De las que queremos y de las que no. Los enemigos del pasado, si existen, van a saber dónde encontrarnos. Y nosotros no tenemos información de nada. No sabemos quiénes son, no sabemos qué quieren, no sabemos por qué borraron a tu familia de la historia.

Se recostó en la silla. El cansancio, acumulado durante meses de búsqueda infructuosa, se reflejaba en cada línea de su rostro.

—Tenemos que tener muchísimo cuidado, Kairós. A partir de ahora, más que nunca.

Kairós la miró un largo rato. Luego, para sorpresa de ambas, sonrió.

No era una sonrisa divertida. Era una sonrisa de esas que se le escapaban cuando estaba a punto de hacer algo que sabía que era una locura.

—Pero también —dijo, con un tono que intentaba ser ligero pero no lo lograba del todo— nos va a traer aliados.

Leinett arqueó una ceja.

—¿Aliados?

—Si mi familia fue de la Casa de protección a la princesa, si realmente hubo alguien que nos precedió, alguien que luchó por algo… los antiguos aliados de esa casa pueden aparecer. —Se encogió de hombros—. Quién sabe. Hasta la mismísima princesa podría venir a buscarme.

Liana soltó una risita nerviosa. Leinett, en cambio, puso los ojos en blanco.

—¿La princesa? ¿Vas a esperar sentado a que la princesa llame a tu puerta?

—No, pero tampoco voy a esconderme en un sótano el resto de mi vida. —Kairós se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa—. Escúchame. Los beneficios ahora mismo son mayores que los riesgos. ¿Sabes la cantidad de poder que podemos conseguir teniendo dinero? Y cuando digo dinero, digo mucho dinero.

Leinett lo miró fijamente.

—¿Poder?

—Sí, poder. —Kairós empezó a enumerar con los dedos—. Con dinero podemos comprar mejores materiales para los relojes. Podemos pagar a más gente si hace falta. Podemos mudarnos a un local más grande, más seguro. Podemos permitirnos sobornar a algún Guardia si hace falta. Podemos…

Hizo una pausa. Miró a Leinett. Luego a Liana.

—Incluso podemos comprar un título de noble.

El silencio se hizo absoluto.

Liana abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. No salió ningún sonido.

Leinett, en cambio, dejó la cuchara sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos azules se clavaron en los de su hermano como dos estacas.

—¿Qué has dicho?

—Has oído bien. —Kairós no se inmutó—. Un título de noble. Grado bajo. Hidalgo de Ferren.

—¿Sabes cuánto cuesta eso? —Leinett negó con la cabeza—. Dos mil coronas de oro, Kairós. Dos mil. Más trescientas de “tasas”. Eso es… no sé ni cómo calcularlo.

—Lo sé. —Kairós asintió—. Dos mil trescientas. Y también sé que con los relojes, en unos años, podríamos juntarlo. Y mientras tanto, buscamos alianzas. Renaldo tiene contactos. Hasta el viejo de las antigüedades sabe más de lo que dice.

—¿Y el terreno? —insistió Leinett—. ¿Sabes lo que significa vivir en el distrito noble? Que los vecinos son ellos. Los Galenos. Los que se llevaron a la señora Elara.

—Lo sé —la interrumpió Kairós, con voz firme pero no dura—. Lo sé perfectamente.

—¿Y aún así planteas…?

—Planteo sobrevivir, Leinett.

Se inclinó hacia adelante. La luz de la vela le iluminaba medio rostro, dejando el otro en sombras.

—Nos están cazando. A Liana y a mí. Y probablemente a ti también, si llegan a descubrir que siempre supiste de nosotros y no nos entregaste.

Leinett tragó saliva. No negó. No podía.

—Hay dos formas obvias de salir de esto —continuó Kairós, levantando un dedo—. Primera: ser extremadamente poderosos. Tan poderosos que nos tengan miedo. Que nos respeten. Que piensen dos veces antes de tocarnos.

Levantó un segundo dedo.

—Segunda: ser lo suficientemente influyentes en el mundo para que no se atrevan a tocarnos. O al menos, no tan descaradamente.

Dejó caer las manos sobre la mesa.

—Y ahora mismo, no veo salida. Ninguna de las dos cosas está a nuestro alcance. Pero el dinero… el dinero puede acercarnos a la segunda.

—¿Y si queremos algo más? —preguntó Leinett, con un tono que ya no era de incredulidad, sino de curiosidad tensa—. Algo que de verdad nos proteja.

Kairós la miró. Sabía a dónde quería llegar.

—Hay un trato especial. Para nobles de grado medio. Seis mil quinientas coronas por el título, más tres mil por la protección. Luego, quinientas cada seis meses y cien fragmentos de Grado I cada tres.

Leinett parpadeó. Luego entrecerró los ojos.

—¿Seis mil quinientas? ¿Tres mil más? —Hizo una pausa—. ¿Cómo sabes todo eso con tanto detalle, Kairós? Porque eso no es algo que sepa cualquiera.

Kairós se encogió de hombros. Demasiado casual.

—Compré la información. En el mercado negro. Hace unas semanas. Me pareció interesante.

El silencio que siguió fue más denso que cualquiera de los anteriores.

Leinett lo miró fijamente. Procesaba. Y entonces, muy despacio, dijo:

—¿Semanas? —repitió—. ¿Llevas semanas investigando esto? ¿Planeando?

Kairós no respondió. No hacía falta.

—¿Y no se te ocurrió decírmelo? —La voz de Leinett ya no era calmada. Era otra cosa. Dolor—. ¿Cuánto tiempo llevas moviendo piezas a mis espaldas, hermano?

—No son “tus espaldas”. Es…

—¿Semanas? ¿Meses? —insistió ella—. Porque esto no se planea en un par de días. Esto requiere contactos, dinero, información… ¿Desde cuándo, Kairós?

Kairós sostuvo su mirada. No se defendió. Solo dijo:

—Desde que supe que nos estaban cazando. Desde que el esa cosa disfrazada de la señora Eleara apareció. Desde que entendí que la fuerza bruta no iba a ser suficiente. —Hizo una pausa—. Necesitaba opciones. Y esto… esto es una opción.

Leinett negó con la cabeza. No dijo nada más. Pero su silencio lo decía todo.

Liana, que había permanecido en silencio, habló al fin. Su voz era pequeña, casi un susurro.

—Jefe… ¿un título de noble? ¿Nosotros?

—Nosotros.

—¿Y eso significa…? —tragó saliva—. ¿Tener que… apoyar a los Galenos?

Kairós la miró. Vio el miedo en sus ojos. La confusión. El asco, incluso.

—Significa —dijo lentamente— tener que fingir. Tener que sonreír cuando quieras gritar. Tener que aplaudir cuando quieras escupir. Significa usar su propio sistema para protegernos de ellos.

—Pero la señora Elara —dijo Liana, y su voz se quebró—. Lo que le hicieron… la gente como ella… si nosotros somos nobles, estamos apoyando que eso siga pasando. Estamos… siendo cómplices.

El silencio volvió a llenar la cocina.

Leinett no había dicho nada. Pero su mirada… su mirada lo decía todo.

Kairós sostuvo esa mirada. No se arrepintió. No pidió perdón. Solo expuso los hechos.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Lo sé.

Pasaron unos segundos. Luego, Leinett habló. Su voz era calmada. Demasiado calmada.

—Entiendo tu punto de vista, hermano.

Kairós esperó. Sabía que venía un “pero”.

—Pero que lo digas con esa calma… —Leinett negó con la cabeza, y por primera vez en la conversación, sus ojos mostraron algo que no era enfado ni miedo. Era tristeza—. Que lo analices como si fuera una partida de ajedrez, como si las vidas de la gente fueran piezas que mover en un tablero… me hace darme cuenta de algo.

—¿De qué? —preguntó Kairós, aunque ya lo sabía.

—De que cada vez te alejas más de nosotros.

La frase cayó como una losa.

Liana miró a Kairós. Luego a Leinett. Luego a Kairós otra vez. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, buscaban algo que no encontraban.

—¿Alejarse? —repitió—. ¿El jefe? Pero si está aquí. Si está con nosotros.

—Está aquí físicamente —dijo Leinett, sin apartar la mirada de su hermano—. Pero su mente… su forma de pensar… eso está cambiando. Las grietas. Los combates. Todo lo que ha visto y hecho. Lo está vaciando por dentro, Liana. Y él lo sabe.

Kairós no negó.

No podía.

—Tenemos que sobrevivir —dijo, con voz cansada—. Como sea.

—Lo sé. —Leinett se levantó. Fue hacia él. Le puso una mano en el hombro—. Pero no te olvides de quién eres mientras lo haces. Porque si te conviertes en ellos para vencernos… ya habremos perdido.

Kairós la miró. Vio a su hermana. La que lo había esperado dos noches sin dormir. La que llevaba su broche de plata sobre el corazón. La que siempre, siempre, había estado ahí.

—No me olvido —dijo.

Pero ni siquiera él estaba seguro de que fuera cierto.

La cena terminó en silencio.

Liana ayudó a recoger los platos con movimientos automáticos, perdida en sus pensamientos. Leinett los secó y los guardó, sin mirar a nadie. Kairós se quedó sentado a la mesa, mirando su muñeca, viendo cómo las manecillas—esas patas de gato—avanzaban implacables.

D: 15. S: 6. M: 11. A: 1272.

Las diez y cuarto de la noche.

—Me voy a dormir —dijo al fin, levantándose—. Mañana será otro día.

—Que descanses, jefe —dijo Liana, con voz pequeña.

—Kairós —dijo Leinett.

Él se giró en la puerta.

—Piensa en lo que te he dicho. En serio.

—Lo haré.

Subió las escaleras.

Su habitación estaba fría. La ventana, entreabierta, dejaba entrar el aire helado de Eco. La nieve seguía cayendo allá fuera, silenciosa, implacable.

Kairós se tumbó en la cama sin quitarse la ropa. El cansancio le pesaba en los huesos. El de verdad, el físico, el de los combates. Y el otro, el que pesaba más, el de las decisiones imposibles.

Cerró los ojos.

Y el sueño llegó como una trampa…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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