Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 420

  1. Inicio
  2. Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
  3. Capítulo 420 - Capítulo 420: Voces Pequeñas en la Ciudad que Respira Miedo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 420: Voces Pequeñas en la Ciudad que Respira Miedo

Mike Hanlon POV

Yo nunca pensé que un día me vería corriendo con bolsas de carne como si me persiguiera un ejército.

Pero ahí estaba: subiendo la colina, con los Bowers detrás de mí, gritando cosas que me quemaban más que el sol de verano.

Cuando llegué al callejón detrás del matadero viejo, algo cambió.

La ciudad se calló.

No un silencio normal… sino uno que pesa, que se pega al pecho.

El humo del edificio quemado empezó a moverse como si tuviera vida.

Y entre el humo… lo vi.

Un payaso.

Pelo rojo, traje sucio, ojos amarillos que parecían agujas.

No sabía quién era, pero sabía que no era algo que debería existir.

El payaso dio un paso hacia mí.

Cuando sonrió sentí que mi alma quería correr aunque mis piernas no.

La voz que salió de él me raspó los huesos:

—Ven…

Yo estaba congelado.

Mis manos no se movían.

Mis pies tampoco.

Y entonces sentí algo.

Un impulso.

Un chispazo que atravesó mi pecho como si alguien me hubiera empujado desde adentro.

Ese impulso me devolvió el control.

El payaso se detuvo de golpe.

Sus ojos se movieron como si buscara algo invisible que lo había interrumpido.

Yo no esperé más.

Corrí cuesta abajo sin mirar atrás.

Corrí hasta que mis pulmones dolieron.

Nunca supe qué me salvó.

Pero no salió de mí.

Stanley Uris POV

A veces pienso que la sinagoga debería ser tranquila.

Un lugar donde uno se sienta seguro.

Pero para mí nunca lo es.

Cuando mi padre salió a hablar con el rabino, me quedé solo con mi libro de práctica.

Intentaba leer… pero el cuadro estaba ahí.

Ese horrible cuadro de la mujer torcida.

Su cuerpo se dobla como si los huesos fueran de agua.

Su cara está hecha de pedazos que nunca encajan.

Intenté no mirarlo.

No pude.

Escuché un ruido detrás de mí.

Suave.

Como un suspiro.

Cuando giré hacia el cuadro…

ella ya no estaba dentro.

El aire se volvió helado.

Las luces parecían más débiles.

Escuché pasos… no, arrastres, como si algo largo y delgado se moviera.

La mujer salió de la sombra, con la flauta en la mano, su cara inclinándose hacia mí como si quisiera verme de cerca.

Quise gritar.

Nada salió.

Quise correr.

Mis piernas no reaccionaron.

Hasta que pasó.

Un pulso.

Un chispazo por todo mi interior.

Como si algo hubiera golpeado mi mente y me dijera: “muévete”.

Y ella se detuvo.

Sus hombros se tensaron.

Sus ojos vacíos se enfocaron en algo que no era yo.

Como si hubiera sentido que alguien mayor, algo fuerte, la estaba observando.

Ese instante me bastó.

Corrí directo a la puerta y la abrí de golpe.

Me quedé afuera respirando como si hubiera nadado hasta el fondo del mar y regresado.

A nadie le dije nada.

Jamás volví a mirar ese cuadro por más de un segundo.

Ben Hanscom POV

La biblioteca es el único lugar donde siento que encajo.

Los libros no me juzgan.

Los libros no se ríen.

Los libros no me siguen en bicicleta para molestarme.

Ese día estaba leyendo sobre la historia de Derry.

Hay cosas raras ahí.

Desapariciones.

Accidentes que no parecen accidentes.

La bibliotecaria me sonrió.

Levanté la vista para responder… y algo rojo apareció detrás de ella.

Un globo.

Flotando sin cuerda.

Sin nadie sujetándolo.

Se movió hacia el pasillo de historia antigua.

No sé por qué lo seguí.

Tal vez porque era mejor que pensar en el bullying.

Tal vez porque sentí que debía hacerlo.

Cuando bajé al archivo, el aire cambió.

Olía a metal.

A humedad vieja.

Y escuché risas.

Risas de niño mezcladas con otra más profunda.

Muy profunda.

Iluminé con mi linterna…

Y ahí estaba.

Un payaso.

El mismo traje viejo de circo.

La misma sonrisa que se abría más de lo normal.

Los ojos brillaban como si dentro tuviera animalitos encerrados.

Mi cuerpo no reaccionaba.

Estaba duro como una estatua.

Hasta que lo sentí.

Una presión en el pecho.

Como si me apretaran el corazón desde afuera… y luego lo soltaran.

Un chispazo.

Y el payaso frenó su avance.

Se quedó mirando a un punto vacío del aire como si hubiera escuchado una orden muda.

Por un instante, su sonrisa se agrietó.

Ese fue mi momento.

Corrí hacia las escaleras, tiré la linterna, casi me caigo, pero llegué a la parte iluminada.

La bibliotecaria me preguntó si estaba bien.

No tenía voz para contestar.

Bill Denbrough POV

Mi papá dice que debo aceptar que Georgie está muerto.

Pero cuando uno escucha su voz, ¿cómo se supone que lo aceptas?

Estaba en el sótano.

Buscaba cosas para mi proyecto del dique.

Cualquier cosa que me hiciera sentir que aún puedo construir algo… aunque Georgie ya no esté para ayudar.

La bombilla parpadeó.

El aire se volvió más frío.

El agua del desagüe hizo un sonido raro.

Cuando me acerqué, escuché la voz.

—Bill… ¿por qué me dejaste?

Mi corazón dejó de latir.

La voz era la suya.

Idéntica.

Miré el desagüe.

El agua negra se movió… demasiado.

De ese remolino apareció una cara blanca.

Una nariz roja.

Una sonrisa demasiado grande.

Un payaso.

No era humano.

Sabía que no lo era.

—Ven conmigo, Bill… —dijo con la voz de Georgie, aunque su boca no se movía igual.

Quise retroceder.

No pude.

Mis pies estaban clavados al suelo como si el miedo fuera concreto.

Entonces sentí algo dentro de mí.

Como un latido.

Una corriente cálida que me sacudió los huesos.

El payaso se detuvo.

Miró hacia un costado, como si un gigante invisible hubiese entrado al sótano.

Ese instante fue suficiente.

Corrí.

Cerré la puerta.

Respiré tan fuerte que me dolió.

Y supe que lo que me salvó no fui yo.

Fue… algo más.

Beverly Marsh POV

El baño de mi casa siempre huele raro.

A óxido.

A tristeza.

A cosas que nadie quiere mirar.

Esa tarde estaba cortándome el flequillo frente al espejo.

Intentaba no pensar en los rumores.

Intentaba parecer alguien que sí encaja.

El drenaje del lavabo hizo un ruido.

Un burbujeo.

Como si algo respirara dentro del tubo.

Me incliné un poco.

Solo para escuchar.

Mala idea.

Un par de ojos amarillos aparecieron desde lo profundo, flotando en la oscuridad del desagüe.

Después la cara blanca.

Los labios rojos.

El pelo que parecía moho teñido.

Un payaso.

—Holi, Bev… —canturreó desde el fondo, con una voz tan dulce que era venenosa.

No pude moverme.

Ni siquiera pestañear.

El payaso estiró una mano hacia mí.

Dedos largos.

Uñas afiladas.

Cuando estaba a punto de tocarme…

Un impulso me atravesó.

Como si una fuerza invisible me hubiese jalado hacia atrás.

El payaso se congeló.

Miró alrededor del baño como si buscara al dueño de ese impulso.

Yo retrocedí sin aire.

Tropecé.

La mano desapareció por el drenaje.

No dije nada.

No lloré.

Pero entendí algo:

Alguien me ayudó.

Alguien fuerte.

Y no sé quién es.

Richie Tozier POV

Tengo que admitirlo: a veces digo chistes para no pensar en lo que me asusta.

Ese día estaba caminando por el parque.

Tenía mis gafas nuevas, porque las viejas ya estaban tan rayadas que parecía que vivía en un mundo de niebla.

Vi un póster viejo del circo.

Uno de los payasos… movió los ojos hacia mí.

Me reí, obviamente.

¿Quién no pensaría que es mi imaginación?

Hasta que una risita se escuchó detrás de mí.

Me giré.

El payaso estaba ahí.

Del tamaño de un adulto.

Con ojos amarillos que no parpadeaban ni un poco.

—¿Quieres un globo, Richie? —dijo con una voz gruesa, casi ronca.

Intenté hacer un chiste.

Mi garganta no respondió.

El payaso dio un paso hacia mí.

Y sentí un chispazo.

Como si una corriente me hubiera sacudido desde adentro hacia afuera.

El payaso se detuvo.

Como congelado.

Miró alrededor con irritación, como si hubiera olido a alguien más fuerte que él.

Yo recuperé el control.

Salí corriendo tan rápido que mis gafas casi se caen.

No sé qué demonios fue ese chispazo.

Pero sé una cosa:

Sin él, yo no estaría contando esto.

Eddie Kaspbrak POV

Mi mamá dice que el mundo está lleno de peligros.

Gérmenes.

Enfermedades.

Cosas que matan.

Me dio una bolsa llena de medicamentos “por si acaso” ese día.

Y como no quería caminar por donde siempre, tomé un atajo por la calle abandonada donde están las casas viejas.

Nunca debí hacerlo.

Había un leproso sentado en la esquina.

Al menos… parecía un leproso.

Su piel se caía.

Su ropa estaba podrida.

Y su respiración sonaba como si un animal muriera dentro de él.

—¿Puedes ayudarme… Eddie? —dijo mi nombre como si me conociera.

Retrocedí.

Golpeé la espalda contra una pared.

El leproso avanzó.

Pero mientras avanzaba, su cuerpo empezó a cambiar.

A estirarse.

A volverse más alto.

Sus dedos crecieron demasiado.

No era un leproso.

Era otra cosa.

No podía moverme.

Me iba a desmayar.

Sentía mi inhalador temblar en la mano.

Y entonces…

Sentí un latido.

Como si alguien hubiera puesto una mano enorme sobre mi pecho para sostenerme.

El monstruo se detuvo.

Sus ojos se movieron hacia un lado, como si escuchara un rugido silencioso.

Aproveché para correr.

Mis piernas se movieron solas.

No paré hasta llegar al barrio principal.

No entiendo qué me salvó.

Pero sé que no fue mi inhalador.

A veces las cosas malas pasan demasiado rápido para entenderlas, y eso fue exactamente lo que sintió Ben Hanscom cuando Henry Bowers y sus matones lo acorralaron.

Ben no logró correr.

No logró defenderse.

Todo fue un torbellino de gritos, insultos y el ardor repentino del corte en su barriga.

Después vino la caída por el puente.

La caída y la soledad.

Pero antes de perder la conciencia… escuchó pasos.

Una bicicleta chirriando.

Gritos de chicos.

Y luego el mundo se volvió confuso y cálido.

Bill fue el primero que vio a Bowers.

Fue también el primero en agarrar una roca enorme sin pensarlo.

Richie gritó algo que en cualquier otro día habría sido un chiste, pero ese día sonó como una orden de guerra.

Stan se inclinó, agarró un proyectil pequeño, tembloroso pero dispuesto.

Eddie sudaba tanto que parecía a punto de desmayarse, pero aún así tiró una piedra como si su vida dependiera de ello.

Beverly apuntó con precisión quirúrgica.

Mike llegó corriendo desde el camino, levantó una roca del tamaño de un balón y la lanzó con toda su rabia acumulada.

Las rocas volaron.

Golpearon caras, brazos, piernas.

Dolor.

Gritos.

Y Henry Bowers —que solía caminar sintiéndose invencible— huyó con su pandilla, cubriéndose la cabeza y gritando insultos que se ahogaron en la distancia.

Cuando todo acabó, Ben estaba en el pasto, respirando rápido y tratando de no llorar.

—Estamos contigo, Ben —le dijo Bill, tocándole el hombro.

Y eso, por primera vez en mucho tiempo, fue cierto.

—

Seis niños cargaron a uno.

Llegaron al callejón viejo donde el mural de Derry contaba la historia de la masacre de los ladrones.

Era un lugar que olía a humedad, pintura vieja y polvo… pero tenía sombra, tenía paredes y tenía silencio.

Richie observaba el mural tratando de no pensar en el payaso que lo perseguía en sueños.

Eddie abrió los suministros que acababan de tomar “prestados” de la farmacia con manos temblorosas.

Beverly, sin decir nada, tomó la iniciativa y colocó los paños limpios sobre la herida.

Stanley apretó los dientes al ver la sangre.

Mike respiró profundo para no recordar las llamas.

Ni las voces.

El grupo trabajó en silencio, limpiando, presionando, vendando.

Pero entonces, antes de que alguno de ellos pudiera comentar que Ben estaba empezando a verse mejor…

Sintieron a alguien detrás de ellos.

Ninguno lo oyó llegar.

Simplemente… estaba ahí.

Un hombre alto.

Joven, pero no joven como un adolescente ni como un adulto cualquiera.

Tenía una presencia extraña, como si el aire alrededor de él intentara hacerse a un lado.

Cada niño lo percibió distinto

Bill lo vio como alguien que cargaba algo enorme dentro de sí. Algo que ardía como un faro. Y por un momento, Bill sintió que podría confiar en él sin dudarlo.

Beverly lo vio como reposo. Calma. Como si los ojos del desconocido reconocieran el dolor que ella llevaba sin que necesitara decir nada.

Richie lo vio como alguien que no encajaba en Derry. Demasiado perfecto, demasiado extraño. Una especie de superhéroe sin disfraz.

Eddie lo vio… limpio. Purísimo. Como si nada malo pudiera tocarlo. Eso lo tranquilizó más de lo que quería admitir.

Stanley sintió que su mente ordenada encontraba, por fin, una figura que no contradecía la realidad… sino que la expandía.

Mike sintió fuerza. Una fuerza que no venía del odio, sino de algo más grande.

El hombre pasó junto a ellos sin pedir permiso ni explicar nada.

Se detuvo frente al mural.

Su mirada se dirigió hacia la parte inferior del carro pintado en la pared.

Los niños siguieron su mirada.

Ahí estaba el payaso.

Sonreía desde el mural.

Sonrisa amplia.

Ojos amarillos.

Algo que antes no estaba ahí.

Lo supieron al instante.

El mural estaba… vivo.

Richie retrocedió.

Eddie apretó su inhalador.

Ben contuvo un grito.

Stanley sintió que la pintura lo observaba.

Mike tragó saliva.

Beverly sintió que el corazón se le detenía.

Y Bill dio un paso adelante, como si su cuerpo se moviera por él.

Sholan levantó el puño izquierdo.

Su guante blanco se volvió negro.

No como sombra…

como tinta viva.

Los niños lo vieron fascinados y horrorizados.

Sholan respiró hondo.

Y golpeó el mural.

El sonido no fue un golpe normal.

Fue un rugido.

Un grito animal atravesando concreto.

Un sonido que el mural no debería producir.

El payaso pintado se deformó.

Retorció los labios.

Los ojos se encogieron como si algo lo estuviera quemando.

Un segundo después, desapareció.

La pintura volvió a ser pintura.

Sholan retiró su puño.

La pared tenía un cráter.

Ni un adulto podría haber hecho eso.

Ni diez.

Los niños estaban congelados.

Sin decir palabras, Sholan levantó la mano derecha y la abrió.

Una luz dorada brotó de su palma.

Cálida.

Suave.

Esa luz tocó el cuerpo herido de Ben. Su piel se cerró. La sangre desapareció y la herida se desvaneció como si nunca hubiera existido.

Ben se quedó sin palabras.

Los demás también.

Sholan caminó hacia el fondo del callejón.

Los niños, impulsados por algo que no entendían, lo siguieron.

Lo vieron detenerse.

Flexionar las piernas.

Y despegar.

Un salto que no era salto.

Más alto que cualquier edificio de Derry, rompiendo el aire, desapareciendo en un punto del cielo.

Nadie dijo nada durante varios minutos.

Pero sin que se dieran cuenta ese hombre les había dejado algo dentro.

Una semilla.

Una chispa.

Algo que no sabían cómo nombrar.

Pero que pronto llamarán valor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo