Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 431
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Capítulo 431: Cuando el Pasado Toca la Puerta
Derry amaneció igual que siempre: casas inclinadas por la humedad, faros amarillentos que nunca alumbraban por completo, un cielo que parecía demasiado bajo.
Pero bajo esa normalidad gastada, algo respiraba. Algo antiguo. Algo hambriento.
Mike Hanlon abrió los ojos antes de que el despertador sonara.
Había sentido el temblor desde la noche anterior.
No uno físico.
Uno en la historia.
En el ciclo.
Se vistió sin prisa, como si sus manos ya hubieran hecho ese movimiento miles de veces, y bajó a la cocina de la vieja biblioteca donde vivía. Habían pasado veintisiete años desde la última vez que “eso” despertó, pero la memoria jamás había desaparecido para él. Era la carga que eligió.
La carga que necesitaba.
Cuando encendió el café, la bombilla del comedor titiló dos veces.
Ese era el signo.
—Regresó… —susurró, sin sorpresa.
Mike abrió una carpeta que había jurado no tocar hasta el día correcto.
Dentro había fotos amarillentas, reportes policiales de niños desaparecidos, un mapa de Derry con círculos rojos, recortes de periódico, y una lista de nombres:
Bill. Beverly. Ben. Richie. Eddie. Stanley.
No necesitaría revisar los documentos.
Se los sabía de memoria.
Cada niña, cada niño perdido, cada rastro del monstruo que acechaba a la ciudad. Cada trauma. Cada herida.
Pero hoy… era diferente.
Hoy debía traerlos de vuelta.
—
En la costa del Pacífico, muy lejos del olor a moho de Derry, Bill Denbrough escribía frente a su computadora cuando escuchó la puerta abrirse.
Beverly entró con dos tazas de té y se sentó a su lado, apoyando su cabeza en su hombro.
Llevaban ocho años de casados, y para ambos eso era un milagro.
Tenían dos hijos: Julia, de ocho años, y Thomas, de seis.
Toda una vida construida sobre la paz que jamás tuvieron en su infancia.
Bill movió su mano para tomar el mouse, pero el teléfono comenzó a vibrar.
En la pantalla apareció el nombre que ninguno esperaba ver jamás.
Mike Hanlon.
Los dos se quedaron congelados.
No un miedo irracional: era reconocimiento.
Beverly fue quien contestó.
—Mike… ¿qué ocurre?
La voz del bibliotecario llegó desgarrada.
—Despertó.
Bill sintió cómo una corriente helada le descendía por la columna.
El pasado, que habían enterrado bajo amor, hijos, trabajo y kilómetros de distancia, regresó como un golpe seco.
—¿Es se…se…seguro que…? —Bill no pudo terminar.
—Sí —dijo Mike—. Necesito que regresen. A todos.
Durante un minuto, nadie habló.
Se escuchaba la respiración de los tres, pesada, como si retrocedieran veinte años en un solo latido.
Finalmente, Beverly rompió el silencio.
—Vamos a Derry. Pero primero… enviaremos a los niños con tu mamá. No quiero que ni respiren cerca de ese lugar.
Bill apretó su mano.
Y con eso, el pasado los reclamó.
—
Al otro lado del mundo, Ben Hanscom preparaba planos para uno de los edificios más importantes de su carrera. Era reconocido internacionalmente, un arquitecto brillante con premios y contratos gigantescos.
La chispa de valor que Sholan había dejado en él de niño había sido una fuerza silenciosa, constante, que empujaba su vida hacia la plenitud.
Ahora tenía una esposa, Julia, profesora de historia del arte, con la que llevaba tres años casado.
Tenían una casa luminosa, llena de plantas y libros.
Ben había cambiado más de lo que cualquiera podría imaginar… excepto él mismo.
Él sabía por qué.
Aunque no lo recordara del todo.
Cuando el teléfono sonó, lo ignoró al principio.
Luego vio el nombre.
Mike Hanlon.
Su corazón se apretó como si alguien hubiera tirado de un lazo invisible.
—Ben —dijo Mike apenas contestó—. Necesito que vuelvas. Es urgente.
Ben tragó saliva.
Julia notó el cambio en su expresión.
—¿Es… de tu infancia? —preguntó ella, sabiendo que ese era el único tema que lo volvía pálido.
Ben asintió.
—Sí. Tengo que volver. Es algo que… dejé sin terminar.
Ella lo abrazó sin pedir explicaciones.
Siempre confió en él.
—
Eddie había convertido su vida en una rutina saludable, tranquila y feliz.
Era médico, tenía su propio consultorio, y decidió dedicar su vida a salvar a todas las personas que pudiera.
Nada lo paralizaba ya.
Ni los gérmenes, ni las probabilidades, ni los miedos imaginarios.
Pero cuando vio la llamada de Mike, sudó por primera vez en años.
—Eddie —dijo Mike—. Es hora.
Eddie sintió un temblor en la mano.
—¿Estás seguro?
—Más que nunca.
Denise, su novia —enfermera en el mismo hospital donde él trabajaba— lo había escuchado desde la puerta y se acercó con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, Eddie? —preguntó, tomando su mano.
Eddie la abrazó despacio, como si quisiera memorizar la forma en que ella respiraba.
—Algo que pensé que nunca regresaría —respondió con voz baja.
Ella lo miró con ternura, sin entender del todo, pero sintiendo el peso detrás de sus palabras. Eddie acarició su mejilla, un gesto más cargado de intención que de costumbre.
—Tengo… tengo que irme unos días ¿Ok? —dijo él, eligiendo cada palabra— pero antes quiero que… todo entre tú y yo quede… bien, ¿vale?
Denise sonrió sin saber por qué sentía un nudo en la garganta.
—Siempre estamos bien, Eddie.
Él asintió, tragando la emoción.
—Lo sé. Solo… quiero dejar todo en orden antes de ir.
Ella apoyó la frente contra la de él, sin entender que Eddie no hablaba de cuentas ni pendientes… sino de algo que había comprado esa mañana y que había escondido en el cajón de su mesa de noche.
La acompañó en silencio, abrazándola un poco más fuerte de lo normal.
—
En los bosques de Colorado, Stanley Uris acababa de regresar de una expedición. Llevaba barba corta, piel tostada y músculos firmes—un contraste enorme con el niño frágil que fue.
Su esposa, Emily, analizaba fotos de glaciares mientras él organizaba su equipo.
Cuando sonó el teléfono y vio el nombre “Mike Hanlon”, Stan dejó caer la cantimplora.
—Stan —dijo Mike con voz grave—. Necesito que vuelvas.
Stan cerró los ojos.
—¿Volvió?
—Sí.
Stan respiró profundo, sin miedo, pero con peso.
—Entonces voy en camino.
Emily lo abrazó fuerte.
—Sabía que este día llegaría —susurró.
Stan besó su frente.
—No voy a caer. Te lo prometo.
Y esta vez no lo decía como un niño asustado.
Lo decía como un hombre que escala montañas imposibles.
—
Richie vivía en un apartamento desordenado en Chicago.
Su carrera como comediante iba bien, pero su vida personal era un caos constante.
Bromas, shows, giras, alcohol ocasional…
Y un hueco extraño en el pecho que nunca supo explicar.
Cuando Mike lo llamó, Richie bromeó al principio.
—¿Qué pasa, Hanlon? ¿Me extrañaste?
—Es hora de volver —dijo Mike, serio.
La sonrisa de Richie murió.
—No, no, no, amigo. Yo… yo ya cerré ese capítulo. Yo ya—
—Richie —interrumpió Mike—. Hicimos un juramento.
Y ahí, la risa desapareció por completo.
—–
El restaurante chino de Derry nunca había visto tanta tensión junta.
Los seis entraron, uno a uno, con pasos inseguros pero decididos.
Beverly y Bill se sentaron juntos, tomados de la mano.
Ben los observó con una mezcla de nostalgia y alegría sincera.
Eddie respiraba profundo para no volver a hiperventilar como cuando era niño.
Richie agitaba una pierna debajo de la mesa.
Stan observaba todo con la actitud calmada de un explorador tratando de leer una tormenta.
Mike los miró a todos, con un orgullo triste.
Habían crecido.
Habían vivido.
Pero ahora estaban allí de nuevo, como hacía veintisiete años.
Mike les habló de la criatura, del ciclo, de la historia de Derry, de lo que habían bloqueado de su memoria para sobrevivir.
Uno a uno, los recuerdos empezaron a regresar.
Lentos, dolorosos, intensos.
Y entonces Pennywise se manifestó entre los platos, las sombras y las lámparas rojas.
Una risa.
Un destello.
Un guiño.
Un recordatorio de por qué estaban allí.
Richie se levantó.
—Yo me voy a la mierda de aquí.
Eddie lo siguió.
Hasta que Beverly habló con voz temblorosa.
—Yo… yo vi algo.
Vi nuestras muertes.
Vi que si fallamos… La oscuridad de Pennywise no nos permitirá seguir viviendo.
—–
En un lugar que no obedecía a ningún mapa, en una dimensión creada por el último aliento de Maturin, una membrana luminosa comenzó a abrirse.
Sholan observó el cambio, sintiendo cómo el tiempo dentro de la dimensión hacía eco con el tiempo real del mundo que había dejado atrás.
Hela apretó la empuñadura invisible de su poder.
—¿Ese es el momento? —preguntó.
—Sí. Pennywise despertó. Y los niños también… pero ya no son niños.
Hela sonrió con la arrogancia tranquila de una diosa.
—Entonces vamos.
Tengo curiosidad por ver al monstruo que tanto te preocupa.
La luz se abrió como un portal vivo.
Sholan avanzó.
Hela lo siguió.
La dimensión se cerró detrás de ellos.
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