Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 432
- Inicio
- Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
- Capítulo 432 - Capítulo 432: El Ritual que Despierta la Sangre
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 432: El Ritual que Despierta la Sangre
La lluvia caía sobre Derry con el sonido de dedos impacientes golpeando una mesa. No era un aguacero fuerte, pero tampoco ligero. Era ese tipo de lluvia que sólo ocurría en Derry: como si la ciudad tratara de lavar algo… sin lograr nunca limpiarlo del todo.
En la biblioteca, Mike encendió las luces del salón central.
Los demás perdedores entraron con pasos que mezclaban nerviosismo, determinación y un miedo antiguo que ninguno terminaba de procesar por completo.
Bill cerró la puerta detrás de ellos mientras Beverly lo tomaba de la mano, firme.
Mike los reunió alrededor de la mesa más grande.
Tenía libros, hojas manuscritas, botellas pequeñas etiquetadas con tinta, y un cuenco de madera oscuro que parecía más viejo que Derry misma.
—Lo que voy a mostrarles no es agradable —advirtió Mike—. Pero es lo único que puede darnos una oportunidad real.
Mike inspiró profundo, abrió el pequeño frasco con una mezcla que él mismo había preparado, y lo sostuvo ante Bill.
—Esto te permitirá ver lo que yo vi. Lo que los Shokopiwah vieron. Cómo enfrentaron a Eso antes.
Bill asintió. No dudó.
Bebió.
Bill sintió que el cuarto se curvaba, como si las paredes se volvieran de goma.
El suelo se hundió bajo sus pies, pero no cayó: flotó.
Y de pronto, estaba viendo un cielo rojizo, girando en espiral, lleno de humo y sombras que se retorcían como lenguas de tinta.
A su alrededor, una fogata ardía con colores imposibles.
Un círculo de figuras nativas, cubiertas de pintura y plumas, cantaba sin voz.
Las palabras se escuchaban en su cabeza, no en sus oídos.
—El Ritual de Chüd… —susurró Bill, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
Vio la llegada de Eso: una luz rojiza con forma de meteorito, rompiéndose contra la tierra como un diente clavado en piel blanda.
Vio aldeas destruidas.
Vio niños devorados.
Vio la oscuridad misma tomando forma.
Y vio cómo los guerreros crearon el ritual para enfrentarlo.
Un ritual basado en unir voluntades.
En mostrar coraje frente al abismo.
Pero también vio otra cosa.
Algo que no pertenecía del todo al recuerdo.
Un chispazo dorado.
Una vibración.
Un eco que no venía ni del pasado ni de la visión.
—Sholan… —susurró Bill sin saber quién ni por qué decía ese nombre.
La imagen se rompió y volvió a la biblioteca.
Bill cayó de rodillas, respirando con fuerza, temblando.
Beverly corrió a sostenerlo.
—Estoy bien… —jadeó él—. Sólo necesito… aire.
Mike lo ayudó a sentarse.
—Ahora saben lo que necesitamos —dijo Mike—. Cada uno debe recuperar un objeto de su pasado. Es la única forma de que el ritual funcione. Algo que los una a quienes fueron… y a quienes son.
—
Stan regresó a la guarida de los perdedores.
El olor a humedad seguía igual.
entre la casa de club buscó y encontró lo que buscaba en una lata vieja y oxidada:
un gorro de baño chillón.
Lo había usado para para evitar que las arañas se le enredaran en el pelo.
Ahora lo sostenía como un símbolo de alguien que ya no era… pero que debía recordar.
—Vamos a terminar esto —murmuró mientras salía.
—
Bill volvió a su viejo vecindario.
Las casas se sentían más pequeñas.
Frente a la suya, un niño —Dean— saltaba entre los charcos.
Bill se detuvo.
Ese era el niño del restaurante.
El que Pennywise había observado con apetito.
—Dean —lo llamó suavemente.
El niño volteó.
Bill se agachó a su altura.
—Escucha… si ves un payaso… si alguien intenta hablarte desde una alcantarilla… corre. No te detengas.
Dean lo miró confundido, pero asintió.
Bill entró a su antigua casa.
Subió las escaleras.
Entró al cuarto de Georgie.
Ahí estaba.
El barquito de papel.
Lo tomó con manos temblorosas.
Y sintió algo parecido a un latido.
Un eco del miedo.
Y del amor.
—
La casa de Beverly estaba peor que como la recordaba.
Paredes peladas, olor a licor viejo, una oscuridad que no tenía que ver con la falta de luz.
Caminó hasta su cuarto.
Abrió la cajita donde había guardado aquella nota doblada:
“Tu cabello es fuego y Tu corazón son llamas. No te rindas. —Bill”
Sonrió.
Y entonces escuchó pasos.
Pero no eran pasos humanos.
Una anciana desnuda, amorfa, con piel colgante, salió desde la sombra del pasillo, sus ojos fijos en ella.
—¿Dónde están las niñas bonitas? —gruñó el monstruo mientras la piel le colgaba como barro derritiéndose.
Beverly retrocedió, pero la llama que había heredado de Sholan ardió en su pecho.
No cayó presa del pánico.
No gritó.
Saltó por la ventana.
Cayó al jardín.
Corrió.
Sin mirar atrás.
—
Richie caminó hacia el viejo cine donde había pasado tantas tardes escapando de casa.
El letrero estaba roto.
Los vidrios, polvorientos.
Dentro, el silencio era espeso.
Recorrió el pasillo hasta la máquina de juegos.
Sacó la ficha que había usado tantas veces.
Y entonces lo vio.
Pennywise.
Sentado sobre la máquina.
Sonriendo.
—¿Quieres jugar, Richie?
¿O tienes miedo de que sepan tu secreto?
El corazón de Richie golpeó fuerte.
Demasiado fuerte.
Pero no respondió.
No le dio ese placer.
Salió temblando.
Y lloró por primera vez en años.
—
Ben entró a la vieja secundaria de Derry.
Las paredes olían a cera vieja.
A recuerdos incómodos.
Se detuvo frente a un casillero vacío.
Dentro había una página de anuarios pegada con cinta, firmada por todos sus amigos.
Su sonrisa de niño lo observaba desde el papel.
Ben apoyó la frente en el metal frío.
Ese niño había sufrido tanto.
Ese niño merecía que terminara lo que empezó.
—
Eddie entró a la farmacia de siempre.
El olor fuerte a antiséptico lo recibió como un abrazo que detestaba.
Encontró un inhalador azul detrás del mostrador.
Cuando lo tomó, escuchó una respiración húmeda.
El Leproso apareció de golpe, su piel podrida, su aliento enfermizo.
Eddie sintió náuseas—pero no miedo paralizante.
Tomó al leproso del cuello, lo estaba ahorcando, y cuando este lo vomitó salió corriendo.
Ese era el Eddie adulto.
El que sabía enfrentar lo que antes lo mataba por dentro.
—
Ya en la habitación del hotel, Richie se apartó del grupo.
—Yo… no puedo hacer esto —dijo con la voz quebrada—. Ustedes no entienden…
Ben, Stan, incluso Eddie intentaron acercarse.
Richie levantó una mano.
—No quiero que… que me juzguen. Ni que me pregunten. Simplemente… no puedo.
Y se fue, los demás fueron tras de él para convencerlo de quedarse.
Apenas la puerta se cerró, Mike recibió el golpe más violento de todo el día.
Pennywise transformado en un demoniaco Henry Bowers, surgió desde la sombra como un animal rabioso y lo apuñaló.
Mike cayó al suelo, sangrando.
Pero antes de que Bowers pudiera rematarlo, Richie regresó.
Agarró un pedazo de metal del piso.
Y lo atravesó.
—Ni un paso más, hijo de… —jadeó, temblando, mientras Bowers-Pennywise escapaba por la ventana como una bestia herida.
—
Bill había ido al carnaval siguiendo un mensaje dejado por Pennywise.
Sabía que Dean estaría allí.
Sabía que “Él” también.
Entró a la Casa de los Espejos.
Un laberinto brillante y distorsionado donde cualquier niño estaría indefenso.
Y allí estaba Dean.
Petrificado frente a un espejo donde el payaso golpeaba desde el otro lado, sonriendo con esa expresión que sólo tenía cuando iba a devorar.
Bill corrió.
Chocó contra un panel.
Contra otro.
Gritó.
Golpeó cada cristal como si estuviera rompiendo la culpa clavada en él desde la muerte de Georgie.
Entonces lo sintió.
El chispazo.
El mismo que lo había salvado de niño.
El mismo que había detenido a Pennywise en el restaurante.
El mismo que había surgido en la visión del Ritual.
Pero esta vez era más fuerte.
Más caliente.
Casi tangible.
Su puño golpeó el cristal.
No lo rompió: lo destruyó.
Los fragmentos volaron hacia el rostro del monstruo, cortándolo como pequeñas dagas.
Dean aprovechó para correr hacia Bill.
Bill lo tomó del brazo.
Ambos escaparon.
Pennywise rugió con furia detrás de ellos.
—–
De vuelta en el hotel, Bill llegó exhausto, con Dean a salvo en una patrulla que lo alejaba del carnaval.
—No puedo fallar otra vez —dijo Bill, con la voz rota—. Lo vi. Vi cómo lo tortura. Vi cómo lo hace… lento. Vi cómo disfruta cada segundo. Eso le hizo a Georgie. Y no voy a permitirle hacerlo de nuevo.
Los demás escucharon en silencio.
—Ese chispazo… lo volví a sentir —continuó Bill—. Fue como si… como si algo dentro de mí me empujara a hacer lo correcto. Nos está ayudando. No sé qué es, pero está con nosotros desde niños.
Y entonces, como si una puerta se abriera en sus mentes, todos recordaron lo mismo:
El joven de mirada seria en el callejón.
El puño teñido de negro golpeando el mural.
El rugido del monstruo.
El salto hacia el cielo.
El día que un desconocido había superado a Eso en su propio juego.
Un silencio profundo llenó el cuarto.
Bill respiró hondo.
—Tenemos que ir al Neibolt House nuevamente, ya no hay vuelta atrás. Esto termina esta noche.
Y así, todos reunieron sus artefactos, sus miedos, su determinación y esa chispa invisible que ardía dentro de ellos desde hacía 27 años.
Era hora de enfrentar al monstruo una vez más.
La entrada al sistema de alcantarillas era como el umbral de una boca gigantesca que hubiera estado esperando veintisiete años para volver a cerrarse sobre ellos.
Los perdedores descendieron con paso lento, antorchas eléctricas temblando contra las paredes húmedas.
El aire olía a hierro, moho… y algo más. Algo antiguo.
Beverly tomó la mano de Bill.
Ben sostuvo una linterna con nudillos blancos.
Richie intentaba bromear, pero ninguna palabra le salía.
Stan avanzaba como quien cruza un templo en ruinas: con respeto.
Eddie revisaba su inhalador, aunque sabía que era más un símbolo que una necesidad.
Mike cerraba la marcha, con mirada fija y respiración pesada.
—…estamos cerca —susurró.
Y entonces vieron la cámara central.
Una caverna enorme, imposible, como si hubiera sido tallada por un dios ebrio.
En el centro, un cráter pétreo repleto de restos de un meteorito antiguo, oscuro, casi vivo.
Mike avanzó.
—Aquí cayó. Aquí empezó todo. Aquí lo terminamos.
Colocó su artefacto: la roca que habían usado contra Bowers la primera vez que se defendieron juntos.
Uno por uno, los demás dejaron los suyos:
Stan: el gorro de baño.
Bill: el barquito de Georgie.
Beverly: la nota marcada por los años.
Ben: la hoja del anuario firmada.
Richie: la ficha de juego.
Eddie: el inhalador.
La caverna vibró.
Bill tomó la mano de Beverly.
Ben cerró los ojos.
Richie tragó saliva.
Eddie respiró profundo.
Stan apretó la mandíbula.
Mike tembló, pero no retrocedió.
Todos dijeron al unísono:
—Convierte la luz en oscuridad… Convierte la luz en oscuridad.
La energía, las luces de muerte descendieron envolviéndolos en una desagradable luz pálida.
Y entonces todo salió mal.
Del artefacto para el ritual empezó a aparecer un enorme globo.
Cuando el globo gigante explotó, de el surgió una forma gigantesca, mutante, abominable:
un híbrido de Pennywise y araña colosal, un cuerpo imposible sostenido por patas que parecían hechas de carne y luz rota.
El payaso habló con voz múltiple.
—¿Pensaron… que podían GANAR… con un jueguito tribal?
Sus risas retumbaban desde el techo hasta el fondo de la tierra.
Mike retrocedió, paralizado.
El monstruo estiró una garra y señaló al bibliotecario.
—Diles, Mike… DILES LO QUE PASÓ. DILES QUE EL RITUAL MATÓ A LOS SHOKOPIWAH. DILES… QUE ÉL SIEMPRE… GANA.
Mike cayó de rodillas.
—Yo… Solo creí que funcionaría —confesó con lágrimas.
Y Pennywise rugió, celebrando el terror.
El suelo se partió.
El monstruo atrapó a Bill, Beverly y Ben, arrastrándolos hacia ilusiones personales que parecían más reales que la caverna misma.
—–
Bill vio a Georgie.
Vivo.
Sonriendo.
Pidiendo jugar bajo la lluvia.
Pero detrás de esa sonrisa, Bill sintió la verdad.
—No te mató por mi culpa —lloró Bill—. No fue mi decisión. Fue ese monstruo. No fui yo.
Georgie sonrió, y desapareció sin dolor.
La culpa se disolvió.
Bill corrió fuera de la ilusión.
—–
Beverly se vio a sí misma sola, abandonada, nadie que la quisiera.
El cuarto de baño de su infancia.
Su padre gritándole que jamás sería suficiente.
Y entonces sintió dos manos.
Una de Bill.
Una suya.
—No estoy sola —dijo en un susurro lleno de fuerza—. Él me protege. Yo lo protejo. Siempre.
La ilusión se rompió como vidrio bajo presión.
—–
Ben volvió a ser el niño encerrado en el casillero, respirando apenas, escuchando risas.
Escuchando insultos.
Escuchando su propio corazón quebrarse.
Pero entonces vio la luz.
La de su esposa.
La de sus amigos.
La de su vida.
La de sí mismo.
—No estoy solo —dijo—. Ya no.
La ilusión estalló como un globo negro.
—–
Richie atacó con gran valor al monstruo insultándolo con un grito ahogado, pero Pennywise abrió sus fauces monstruosas revelando las deathlights.
Fue demasiado.
Richie quedó catatónico.
Eddie, temblando, dio un paso hacia adelante.
—Bip, bip Hijo de perra —gruñó.
Lanzó a una de las púas de metal a las fauces de Pennywise, liberando a Richie del poder de las deathlights.
El monstruo chilló, giró, y en un arrebato de cólera y puro odio una de sus patas atravesó a Eddie de lado a lado.
Ben gritó.
Stan corrió directo hacia Pennywise, tratando de distraerlo, lanzándole rocas, insultos, lo que fuera.
Richie sostuvo a Eddie mientras lloraba.
—Lo lograste, Eds. Lo lograste —susurró Richie.
Pero el monstruo no estaba acabado.
Pennywise mutó sus brazos en tentáculos dentados.
Atravesaron la caverna como látigos.
Uno a uno, los capturó:
Ben.
Bill.
Beverly.
Richie.
Stan.
Mike.
Todos colgaban en el aire, atrapados, heridos, mareados.
La caverna tembló con la risa del monstruo.
—YO SIEMPRE GANO, SOY EL DEVORADOR DE MUNDOS.
Y entonces…
El aire se rasgó.
Literalmente.
Una grieta en forma de puerta de aire se abrió sobre la cabeza del monstruo.
Un portal de viento, presión y luz… como si alguien hubiera partido la atmósfera como papel húmedo.
Y algo cayó.
No.
Alguien.
El mismo joven que, veintisiete años atrás, había golpeado el mural.
El que los había salvado sin que ellos lo supieran.
El que había cambiado sus vidas.
Sholan.
Cayó en el centro de la caverna ejecutando el “super hero landing”, la rodilla clavada en el suelo y el puño hundido en la roca, creando una onda de choque que estremeció todo.
Se puso de pie sin mirar atrás.
Y desapareció.
Solo para volver a aparecer frente a Pennywise un segundo después, como si hubiera quebrado el sentido del espacio.
Su rodilla, envuelta en Haki de armadura, chocó directo contra la mandíbula del monstruo.
El sonido fue brutal, húmedo, espeso.
Varias filas de dientes cayeron como piedras contra la caverna.
El monstruo retrocedió, chillando ya que cuando Sholan lo golpeó usó las técnicas de emisión y destrucción del Haki avanzado.
Ese movimiento hizo que Pennywise soltara de su agarre a los perdedores
Ellos corrieron hacia Eddie y solo observaban.
El joven que marcó sus vidas había vuelto.
Y ya no era solo un símbolo de valor.
Era una fuerza.
Una que Pennywise no podía comprender.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com