Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 433
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Capítulo 433: La Caída del Miedo
La entrada al sistema de alcantarillas era como el umbral de una boca gigantesca que hubiera estado esperando veintisiete años para volver a cerrarse sobre ellos.
Los perdedores descendieron con paso lento, antorchas eléctricas temblando contra las paredes húmedas.
El aire olía a hierro, moho… y algo más. Algo antiguo.
Beverly tomó la mano de Bill.
Ben sostuvo una linterna con nudillos blancos.
Richie intentaba bromear, pero ninguna palabra le salía.
Stan avanzaba como quien cruza un templo en ruinas: con respeto.
Eddie revisaba su inhalador, aunque sabía que era más un símbolo que una necesidad.
Mike cerraba la marcha, con mirada fija y respiración pesada.
—…estamos cerca —susurró.
Y entonces vieron la cámara central.
Una caverna enorme, imposible, como si hubiera sido tallada por un dios ebrio.
En el centro, un cráter pétreo repleto de restos de un meteorito antiguo, oscuro, casi vivo.
Mike avanzó.
—Aquí cayó. Aquí empezó todo. Aquí lo terminamos.
Colocó su artefacto: la roca que habían usado contra Bowers la primera vez que se defendieron juntos.
Uno por uno, los demás dejaron los suyos:
Stan: el gorro de baño.
Bill: el barquito de Georgie.
Beverly: la nota marcada por los años.
Ben: la hoja del anuario firmada.
Richie: la ficha de juego.
Eddie: el inhalador.
La caverna vibró.
Bill tomó la mano de Beverly.
Ben cerró los ojos.
Richie tragó saliva.
Eddie respiró profundo.
Stan apretó la mandíbula.
Mike tembló, pero no retrocedió.
Todos dijeron al unísono:
—Convierte la luz en oscuridad… Convierte la luz en oscuridad.
La energía, las luces de muerte descendieron envolviéndolos en una desagradable luz pálida.
Y entonces todo salió mal.
Del artefacto para el ritual empezó a aparecer un enorme globo.
Cuando el globo gigante explotó, de el surgió una forma gigantesca, mutante, abominable:
un híbrido de Pennywise y araña colosal, un cuerpo imposible sostenido por patas que parecían hechas de carne y luz rota.
El payaso habló con voz múltiple.
—¿Pensaron… que podían GANAR… con un jueguito tribal?
Sus risas retumbaban desde el techo hasta el fondo de la tierra.
Mike retrocedió, paralizado.
El monstruo estiró una garra y señaló al bibliotecario.
—Diles, Mike… DILES LO QUE PASÓ. DILES QUE EL RITUAL MATÓ A LOS SHOKOPIWAH. DILES… QUE ÉL SIEMPRE… GANA.
Mike cayó de rodillas.
—Yo… Solo creí que funcionaría —confesó con lágrimas.
Y Pennywise rugió, celebrando el terror.
El suelo se partió.
El monstruo atrapó a Bill, Beverly y Ben, arrastrándolos hacia ilusiones personales que parecían más reales que la caverna misma.
—–
Bill vio a Georgie.
Vivo.
Sonriendo.
Pidiendo jugar bajo la lluvia.
Pero detrás de esa sonrisa, Bill sintió la verdad.
—No te mató por mi culpa —lloró Bill—. No fue mi decisión. Fue ese monstruo. No fui yo.
Georgie sonrió, y desapareció sin dolor.
La culpa se disolvió.
Bill corrió fuera de la ilusión.
—–
Beverly se vio a sí misma sola, abandonada, nadie que la quisiera.
El cuarto de baño de su infancia.
Su padre gritándole que jamás sería suficiente.
Y entonces sintió dos manos.
Una de Bill.
Una suya.
—No estoy sola —dijo en un susurro lleno de fuerza—. Él me protege. Yo lo protejo. Siempre.
La ilusión se rompió como vidrio bajo presión.
—–
Ben volvió a ser el niño encerrado en el casillero, respirando apenas, escuchando risas.
Escuchando insultos.
Escuchando su propio corazón quebrarse.
Pero entonces vio la luz.
La de su esposa.
La de sus amigos.
La de su vida.
La de sí mismo.
—No estoy solo —dijo—. Ya no.
La ilusión estalló como un globo negro.
—–
Richie atacó con gran valor al monstruo insultándolo con un grito ahogado, pero Pennywise abrió sus fauces monstruosas revelando las deathlights.
Fue demasiado.
Richie quedó catatónico.
Eddie, temblando, dio un paso hacia adelante.
—Bip, bip Hijo de perra —gruñó.
Lanzó a una de las púas de metal a las fauces de Pennywise, liberando a Richie del poder de las deathlights.
El monstruo chilló, giró, y en un arrebato de cólera y puro odio una de sus patas atravesó a Eddie de lado a lado.
Ben gritó.
Stan corrió directo hacia Pennywise, tratando de distraerlo, lanzándole rocas, insultos, lo que fuera.
Richie sostuvo a Eddie mientras lloraba.
—Lo lograste, Eds. Lo lograste —susurró Richie.
Pero el monstruo no estaba acabado.
Pennywise mutó sus brazos en tentáculos dentados.
Atravesaron la caverna como látigos.
Uno a uno, los capturó:
Ben.
Bill.
Beverly.
Richie.
Stan.
Mike.
Todos colgaban en el aire, atrapados, heridos, mareados.
La caverna tembló con la risa del monstruo.
—YO SIEMPRE GANO, SOY EL DEVORADOR DE MUNDOS.
Y entonces…
El aire se rasgó.
Literalmente.
Una grieta en forma de puerta de aire se abrió sobre la cabeza del monstruo.
Un portal de viento, presión y luz… como si alguien hubiera partido la atmósfera como papel húmedo.
Y algo cayó.
No.
Alguien.
El mismo joven que, veintisiete años atrás, había golpeado el mural.
El que los había salvado sin que ellos lo supieran.
El que había cambiado sus vidas.
Sholan.
Cayó en el centro de la caverna ejecutando el “super hero landing”, la rodilla clavada en el suelo y el puño hundido en la roca, creando una onda de choque que estremeció todo.
Se puso de pie sin mirar atrás.
Y desapareció.
Solo para volver a aparecer frente a Pennywise un segundo después, como si hubiera quebrado el sentido del espacio.
Su rodilla, envuelta en Haki de armadura, chocó directo contra la mandíbula del monstruo.
El sonido fue brutal, húmedo, espeso.
Varias filas de dientes cayeron como piedras contra la caverna.
El monstruo retrocedió, chillando ya que cuando Sholan lo golpeó usó las técnicas de emisión y destrucción del Haki avanzado.
Ese movimiento hizo que Pennywise soltara de su agarre a los perdedores
Ellos corrieron hacia Eddie y solo observaban.
El joven que marcó sus vidas había vuelto.
Y ya no era solo un símbolo de valor.
Era una fuerza.
Una que Pennywise no podía comprender.
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