Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 437

  1. Inicio
  2. Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
  3. Capítulo 437 - Capítulo 437: Reikai Retsusho: El Corte Que Silencia al Todash
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 437: Reikai Retsusho: El Corte Que Silencia al Todash

Pennywise ya no era una criatura.

Era una ruina.

Una masa temblorosa de carne imposible que se devoraba a sí misma con desesperación animal, mordiendo sus propios brazos, arrancándose pedazos de piel fantasma, tragándose su propia esencia como si ese consumo frenético pudiera salvarlo del destino que sentía respirarle en la nuca.

El miedo —ese miedo que había usado por siglos como arma y alimento— ahora lo devoraba desde dentro.

Los Perdedores observaban paralizados.

No estaban ante un monstruo.

Estaban ante el colapso de una monstruosidad del horror.

Y detrás de él, caminando con la quietud de un verdugo que ya ha decidido la sentencia, avanzaba Sholan.

No decía nada.

No necesitaba.

El silencio alrededor de él era… anormal.

Antinatural.

Como si incluso la caverna estuviera conteniendo la respiración.

Los niños, ya adultos, sintieron un nudo primario en el estómago. Una mezcla de reverencia, miedo y esperanza.

Habían visto a aquel hombre derrotar al monstruo años atrás con un solo golpe.

Pero ahora…

ahora era diferente.

Ahora Sholan había venido a terminar la historia.

Se detuvo a pocos pasos de Pennywise, que seguía retorciéndose, lamiendo sangre inexistente, chillando en frecuencias que ningún oído humano debería oír.

Sholan levantó su mano derecha.

Los Perdedores sintieron cómo el aire cambió de densidad.

El universo estaba observando.

Primero, la postura clásica.

Tres dedos extendidos.

Pulgar y meñiques replegados.

La forma de lanzar Excalibur.

Un brillo dorado emergió del brazo, pero no el dorado suave del ki radiante.

Era un dorado afilado, filoso, casi blanco.

Luego su piel se volvió negra.

Negra como obsidiana al rojo vivo.

El Haki del Emperador recubrió todo su brazo desde el hombro hasta la punta de los dedos, con reflejos rojos como brasas.

Una presencia real.

Una autoridad absoluta.

Un segundo después, círculos de energía aparecieron y se expandieron como ondas en un lago.

Eran perfectos, geométricos, antiguos.

El Sekishiki Mekaiha rodeó su brazo:

círculos concéntricos de puro juicio espiritual.

El siguiente fue más pequeño, pero más pesado.

Pesado como fe.

El Golpe de Fe abrió otro anillo alrededor del brazo, uno que vibraba como un campanazo en el alma.

Los Perdedores temblaron sin entender por qué.

Otro círculo apareció, pero este no tenía luz.

Tenía ausencia.

Un vacío absoluto que parecía tragar los demás colores.

El poder de All Fiction envolvió el brazo de Sholan como un eclipse silencioso.

Y entonces… fuego.

No fuego normal.

No fuego físico.

Fuego psiónico.

Fuego vivo.

La Fuerza del Fénix cubrió el brazo de Sholan con una capa de llamas que no ardían, sino que respiraban.

Llamas que parecían tener conciencia y recuerdos.

Pero aún faltaba lo último.

Lo que hizo que incluso el Todash —distante, infinito, indiferente— se estremeciera.

Sholan bajó ligeramente el brazo.

Las esferas de energía cambiaron de dirección.

Los círculos rotaron.

El aire se onduló.

Y en un destello de luz naranja y dorada, la posición se volvió… perfecta.

La Exclamación de Athena.

Los Perdedores sintieron que sus corazones se detenían.

El brazo de Sholan brilló con un brazo extendido rodeado de anillos de energía que parecían galaxias comprimidas, listos para expandirse y destruir conceptos.

Todo se quedó quieto.

No había viento.

No había ecos.

No había respiración.

El universo entero estaba esperando.

Y Sholan… desapareció.

Ni siquiera los Perdedores pudieron seguir el movimiento.

Hela sí, y aun así la sorprendió.

Sholan reapareció justo encima de Pennywise, suspendido en el aire como un juicio final.

El monstruo levantó la mirada.

Sus múltiples bocas temblaron.

—Desaparece para siempre… abominación del Todash.

Y entonces dijo el nombre.

La palabra que no existía en ningún idioma humano.

La sentencia que cortaría no cuerpos, sino conceptos.

—REIKAI RETSUSHŌ.

El brazo descendió.

Y el mundo estalló en luz.

No luz física.

No luz normal.

Una luz que dolía.

Una luz que silenciaba.

Una luz que definía.

El corte bajó desde el aire como un filo que no era energía ni materia, sino intención pura.

Pennywise fue partido verticalmente desde la cima del cráneo hasta el abdomen, pero no murió.

No, eso habría sido misericordia.

Sholan no mató a Pennywise.

Sholan lo eliminó de la existencia.

El grito que siguió no fue un sonido.

Fue un concepto.

Un rugido primigenio que atravesó capas de realidad, fracturó sombras del Todash y llegó hasta la forma verdadera del monstruo:

un ser gigantesco, interdimensional, abstracto.

El corte llegó hasta allí.

Y allí también lo partió.

La entidad conceptual gritó una última vez.

Su esencia fue borrada.

No destruida.

No asesinada.

Borrada.

Como si nunca hubiera sido.

Hela retrocedió un paso.

Había visto morir universos.

Había visto caer dioses.

Pero nunca había visto una técnica que pudiera matar conceptos.

Sholan cayó al suelo, respirando hondo.

La caverna empezó a sacudirse como si la estructura del mundo estuviera cediendo.

Los Perdedores gritaron.

El techo empezó a derrumbarse.

—¡Sholan! —gritó Beverly.

Hela levantó sus manos y una barrera blanca los envolvió a todos, levantándolos del piso mientras rocas caían.

Sholan giró y lanzó un Kamehameha que abrió un agujero gigantesco hacia la superficie.

Un túnel azul que atravesó alcantarillas, roca y tierra, emergiendo justo bajo la Casa Neibolt.

La casa explotó hacia arriba y se desintegró.

La gente de Derry salió corriendo mientras un terremoto hundía calles, postes, edificios.

Cuando toda la ciudad evacuó, el suelo se partió con un rugido insoportable y… colapsó.

Derry desapareció.

Un cráter humeante quedó donde antes vivía el mal.

Sholan y Hela llevaron a los Perdedores a la cantera.

—-

La cantera estaba silenciosa, como si supiera que había un cuerpo que no debía estar allí. El aire frío del atardecer hacía ondular la superficie del agua, y las rocas húmedas reflejaban la tenue luz del cielo, gris y pesado. Todo el ambiente parecía sostener el dolor de los Perdedores sin romperlo.

Sholan había llevado a Eddie en brazos. Lo dejó acostado sobre un tramo de hierba limpia, lejos del barro y de las sombras. Su cuerpo parecía frágil, demasiado frágil para un hombre que había enfrentado al monstruo más antiguo del Todash con una valentía que no cabía dentro de su tamaño.

Richie solo lo miró, como si aún esperara que Eddie le dijera alguna estupidez o que respirara hondo para quejarse de algo. Pero nada se movió.

—Esto no está pasando… —murmuró Richie, con un hilo de voz que ni él reconoció.

Ben se agachó a su lado, pero no dijo nada. Su propia voz parecía habérsele perdido. Beverly estaba muy quieta, con las manos temblando delante de la boca, y Bill daba pasos cortos, irregulares, a un lado del cuerpo, como un animal atrapado entre su rabia y su culpa.

Stan, el único que había aprendido a controlar sus emociones en los años de exploración, mantenía los brazos cruzados con fuerza, como si sostuviera su corazón para que no se rompiera.

Mike colocó una mano en el hombro de Richie.

—Rich… —intentó decir algo, pero la voz se le quebró.

Richie finalmente se inclinó hacia Eddie. Le tomó la cara con ambas manos, con una delicadeza que no parecía propia de él. Movió el pulgar por la mejilla de su amigo.

—Levántate… —susurró, como si pudiera convencer al cuerpo con pura voluntad—. Vamos, Eds… ya basta del chiste… levántate…

La respiración se le cortó a la mitad.

Sus hombros empezaron a temblar.

Y al fin se derrumbó.

Había lágrimas que parecían arrancarse desde lo profundo, como si lo estuvieran desmembrando por dentro. Richie no era un hombre que llorara. Nadie lo había visto así. Ni siquiera cuando era niño. Pero ahora, frente al cuerpo sin vida de Eddie, se rompió completo.

Ben cubrió su boca con la mano, luchando por no llorar.

Bill bajó la cabeza, apretando los ojos, reprimiendo un sollozo.

Stan respiró hondo, intentando mantenerse firme.

Mike dejó caer lágrimas silenciosas.

Richie, sin embargo, volvió a desplomarse sobre el cuerpo.

Todos se acercaron y lo rodearon desde atrás, sosteniéndolo con fuerza. Richie se dejó sostener, se dejó llorar, se dejó quebrar.

Durante largos minutos, no hablaron.

Solo existió el sonido del agua, el viento, y la respiración entrecortada del grupo que había perdido a uno de los suyos.

—¿No hay… no hay manera? —preguntó Richie con la voz rota mirando a Sholan buscando un atisbo de esperanza ante alguien que en su concepto era capaz de hacer lo imposible realidad.

—Hay muertes que pueden revertirse. Pero esta es un evento nexus, un punto fijo de la historia que si lo altero… destruiría este mundo y varios más. —Dijo Sholan con una voz cargada de tristeza y seriedad.

Los Perdedores no entendieron del todo, pero entendieron lo suficiente:

Eddie murió porque tenía que morir.

Porque había elegido hacerlo.

Porque había salvado a Richie.

Porque así estaba escrito en la estructura del destino.

Finalmente, Bill se arrodilló al lado de Richie.

—Tenemos que llevarlo… —dijo en un murmullo áspero—. A ella a Denise.

Todos entendieron.

La novia de Eddie.

Ella tenía derecho a despedirse.

Richie cerró los ojos con dolor, pero asintió.

—No quiero… que lo vea así… —susurró.

Sholan, sin decir palabra, pasó una mano sobre el pecho de Eddie. Su energía dorada recorrió el cuerpo, limpiando heridas, ordenando lo que había sido destruido. No revivía, pero devolvía la dignidad que Eddie merecía.

Richie lo observó con lágrimas nuevas, pero esta vez sin desesperación.

—Gracias… —murmuró.

Sholan inclinó la cabeza.

—Lo mínimo que puedo hacer.

Mike se acercó y puso una mano en la espalda de Richie.

—Vamos juntos, Eddie me dio la información de contacto de Denise —le dijo—. Creo que él presentía lo que sucedería.

Ben recogió la chaqueta de Eddie.

Beverly afirmó su respiración y se puso de pie.

Bill limpió su rostro, decidido.

Stan tomó la mochila donde guardaría las pertenencias de Eddie.

Hela levantó el cuerpo con cuidado.

Sholan abrió un pequeño portal estable hacia el camino que los llevaría fuera del bosque.

El grupo caminó unido.

No como adultos fragmentados.

Sino como los Perdedores.

Como la familia que Eddie había dejado atrás.

—–

El camino hacia la casa de Eddie se hizo más largo de lo que realmente era.

No porque las calles estuvieran vacías, sino porque cada paso cargaba el peso de una ausencia.

Las luces de las casas parpadeaban mientras pasaban, ajenas al desastre, ajenas a la muerte de un hombre que había vivido toda su vida tratando de sobrevivir al miedo.

Sholan caminaba al frente, abriendo el camino con una calma que contrastaba con la tormenta emocional del grupo.

Hela sostenía el cuerpo de Eddie como si estuviera cargando cristal.

Nadie hablaba.

Ni siquiera Richie.

Pero sus ojos estaban rojos, hinchados, y caminaba tan cerca del cuerpo que parecía temer perderlo otra vez.

—Es aquí —susurró Mike.

La casa era pequeña, acogedora.

Ventanas iluminadas.

Un porche florido.

Una vida construida con manos cuidadosas.

Demasiado normal, demasiado humana, demasiado viva… para recibir una noticia así.

Ben tragó saliva.

Beverly tomó la mano de Bill.

Stan respiró profundo, como si fuera a saltar desde un acantilado.

Richie no se movía.

Sholan puso una mano sobre su hombro.

—No tienes que hablar —le dijo—. Solo estar aquí.

Richie asintió sin hablar.

Mike fue quien tocó la puerta.

Unos pasos.

Un clic de cerradura.

Y ella apareció.

La novia de Eddie, Denise.

Cabello recogido, ojos cansados.

Vestida con ropa cómoda, como quien esperaba que Eddie llegara a casa después de hacer compras.

—¿Eddie? —preguntó con una sonrisa ligera, mirando por encima del hombro de Mike.

Nadie tuvo tiempo de responder.

Ella entendió.

Las sonrisas mueren de formas silenciosas, casi imperceptibles.

La de ella se apagó de golpe.

—¿Qué… pasó? —susurró.

Beverly se adelantó y sostuvo a la mujer del brazo.

—Podemos entrar… —dijo con suavidad.

Ella retrocedió un paso, temblorosa, pero abrió la puerta del todo, como si su cuerpo supiera lo que su mente no quería aceptar.

Los Perdedores entraron.

Ella cerró la puerta.

Y ahí, bajo la luz cálida de la sala, Hela se inclinó con cuidado y recostó el cuerpo de Eddie sobre un sofá amplio, como si lo estuviera dejando a dormir después de un día largo.

Denise cayó de rodillas frente a él.

—No… —susurró, tocándole la mejilla—. Eddie… amor… despiértate… por favor…

Richie lloró en silencio detrás de Bill.

Ben desvió el rostro.

Mike se cubrió la boca.

Ella alzó la mirada, destrozada.

—¿Qué le pasó? ¿Qué le hicieron? ¿Quién… quién le hizo esto?

Fue Sholan quien usando el puño fantasma del fénix sobre Denise le mostró lo sucedido con el monstruo de Derry y como Eddie dio su vida en ese cruel enfrentamiento.

—Nadie debería llevar una carga como esta —dijo en un tono suave pero firme—. Pero Eddie… luchó. Protegió a sus amigos. Dio su vida por ellos, por ti y por la vida que está creciendo dentro de ti. Dio su vida por amor y luchó pensando en ti. En la familia que querían construir

Las lágrimas de Denise cayeron sin control.

Se inclinó sobre Eddie y lo abrazó con un cuidado que quebró el corazón de todos en la habitación.

—Él… —murmuró con la voz desgarrada— él me dijo que tenía que hacer esto. Que no podía dejar que nadie lo hiciera por él.

—Siempre fue así —dijo Stan en voz baja.

Mike se arrodilló frente a ella.

—Queremos que sepas que no murió por capricho ni por torpeza. Murió enfrentando algo que nadie más en el mundo podía enfrentar. Algo que… ya no volverá jamás.

Ella no parecía consolarse, pero escuchaba cada palabra.

Sholan volvió a hablar.

—Tuvo miedo —dijo con honestidad—. Pero lo enfrentó igual. Y murió como un héroe.

Denise apretó la mano de Eddie.

—Él… él siempre decía que yo era la valiente.

—Tal vez lo decía —respondió Beverly— porque él nunca se daba cuenta de lo fuerte que realmente era.

Denise se enderezó un poco, y miró a Sholan.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Claro.

—¿Él sufrió?

El silencio cayó como un manto pesado.

Todos miraron a Sholan, esperando.

—No —respondió con total certeza. —Cuando luchas por los que amas eres capaz de sobrepasar todo.

—Gracias… —murmuró—. Gracias por traerlo. Gracias por… decirme la verdad.

Los Perdedores se acercaron uno a uno.

Denise los abrazó, incluso cuando su cuerpo temblaba.

Richie llegó último.

Ella lo abrazó con una fuerza inesperada.

—Gracias por ser su familia.

Richie se sostuvo de ella como quien se sostiene de un clavo caliente solo para no caer.

El grupo permaneció con ella largo rato, acompañándola, escuchando sus recuerdos, contando los suyos.

No había prisa.

No había reloj.

Era la última noche de Eddie en ese hogar.

Y todos ellos querían estar allí para honrarlo.

Cuando se hizo tarde, Denise secó sus lágrimas.

—Él… querría un funeral bonito —dijo—. Nada sombrío.

Richie sonrió entre lágrimas.

—Haré una lista. La mejor que haya hecho en mi vida.

Ella tomó aire, temblorosa pero firme.

—Quiero que todos ustedes estén allí.

—No vamos a irnos a ningún lado —prometió Bill.

Ella acarició por última vez el rostro de Eddie.

—Hasta mañana, mi amor.

Los Perdedores salieron de la casa en silencio.

Richie fue el último en mirar hacia atrás.

—

La mañana del funeral amaneció gris, pero no de esas mañanas desoladas que anuncian tormenta; era un gris suave, triste, de esos que parecen querer abrazar a los vivos porque no pueden hacerlo con los muertos.

La iglesia no era grande. Eddie la había escogido hacía años, según Denise, porque “olía a madera real y no a vieja hipocresía”.

Hoy, el olor a madera se mezclaba con flores blancas y murmullos contenidos.

Los Perdedores fueron llegando juntos.

Richie caminaba en medio del grupo, como si temiera que si lo dejaban solo un segundo se desmoronaría.

Sholan y Hela iban detrás, silenciosos, casi etéreos, presentes, pero sin invadir.

El ataúd estaba al frente, abierto, como Eddie habría querido: sin maquillajes falsos ni disfraces que ocultaran quién había sido.

Su rostro estaba relajado.

Parecía dormido.

Parecía cansado.

Parecía… él.

Denise sentada en primera fila, vestida con un sencillo vestido negro, sosteniendo un pañuelo entre los dedos.

Cuando vio a los Perdedores llegar, se puso de pie.

—Gracias… por venir —susurró.

Beverly fue la primera en abrazarla.

Luego Ben, Mike, Stan, Bill.

Richie fue el último.

Ella lo abrazó más fuerte que a los demás.

—Gracias por estar con él cuando… pasó.

Richie no pudo decir nada más; solo asintió y se puso las gafas para ocultar los ojos rojos.

—

El sacerdote dio unas palabras breves, respetuosas.

No conocía a Eddie, pero su tono mostraba que entendía el peso que llevaba ese pequeño salón.

—Edward Kaspbrak —comenzó— fue un hombre que vivió buscando proteger a otros. Su profesión, su vida diaria, su entrega a sus seres queridos… Todo apunta a un corazón que amaba profundamente.

Denise bajó la mirada, llorando en silencio.

—Y aunque la muerte llega para todos nosotros —continuó el sacerdote—, algunos la enfrentan con un valor que trasciende. Eddie fue uno de esos.

Richie soltó un sollozo seco, ahogado.

Sholan posó una mano sobre su hombro, sin decir nada.

Denise se puso de pie cuando el sacerdote terminó.

Todos esperaban que hablara.

Pero cuando se giró hacia el público, notaron que en su mano izquierda se posaba de forma discreta en su dedo anular un pequeño y discreto anillo, el anillo de su boda con Eddie.

—Él quería vivir mucho —comenzó, con la voz temblando ligeramente—. Quería viajar. Quería una casa más grande. Quería enseñarle a nuestro hijo…

Se detuvo.

Un silencio pesado cayó sobre todos.

Richie levantó la mirada.

Los Perdedores se tensaron.

—No me dijo lo que haría para no preocuparme. Quería que el bebé no creciera con miedo. Quería ser un buen padre.

Las lágrimas comenzaron a correr libremente por sus mejillas.

—Eddie… ya era un héroe antes de irse. Para mí lo fue siempre. Pero murió… como alguien que eligió proteger.

—Solo quiero que el mundo lo recuerde como lo que fue: un hombre que luchó con el corazón más grande que he conocido.

Y se sentó mientras la gente la miraba con una mezcla de respeto y dolor sincero.

Mike se puso de pie.

Su voz era grave, pero firme.

—Eddie fue uno de nosotros desde el día en que nos conocimos. Un hermano. Un compañero. Alguien que se quedaba atrás cuando había peligro, no porque fuera cobarde, sino porque quería asegurarse de que todos estuviéramos bien.

Miró el ataúd.

—Te lo dije aquella vez, Eddie. Estás con nosotros. Siempre.

Stan habló después, sorprendiéndose incluso a sí mismo.

—Cuando éramos niños… Eddie fue el primero en volver por mí cuando pensé que me iba a morir de miedo.

Sonrió con tristeza.

—Yo… yo no sé si alguna vez voy a poder decir que no tengo miedo.

Se secó los ojos.

—Pero gracias a ti, Eddie… aprendí que el valor no es no temer, sino avanzar igual.

Bill tomó la palabra sin soltar la mano de Beverly.

—Eddie siempre tuvo la capacidad de hacernos sentir seguros —dijo— incluso cuando él mismo estaba temblando.

Suspiró.

—Siempre lo recordaré por eso. Por su corazón enorme, y por su forma de hacer que todos estuviéramos mejor de lo que llegamos a Derry.

Beverly lo abrazó y luego habló ella también.

—Eddie me enseñó que no importa cuán rotos estemos… siempre podemos elegir ser buenos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y él eligió ser bueno todos los días de su vida.

Ben fue el último.

—Nos unió cuando niños… nos sostuvo cuando adultos… y ahora…

Su voz se quebró.

—Ahora nos deja un legado que nunca vamos a olvidar.

—Descansa, hermano. Nosotros seguimos desde aquí.

Denise lloraba sin escándalo, solo un llanto suave, agotado.

Richie estaba inmóvil, pero temblaba.

Fue entonces cuando él se levantó.

Todos contuvieron la respiración.

Richie subió al frente, respirando con dificultad, agarrándose del atril como si el aire fuera demasiado pesado.

—Este idiota —dijo con la voz rota— siempre pensó que iba a morir primero que todos nosotros.

Una risa nerviosa se escapó entre el público.

—Y, bueno… al final…

Richie tragó saliva.

—Al final fue porque nos estaba salvando a todos.

—

El ataúd descendió.

Denise arrojó la primera rosa.

Luego los Perdedores.

Richie se quedó más tiempo, mirando la tierra recién removida.

—Nos vemos, Eds… —susurró casi sin voz—. Guárdame un lugar, ¿sí?

Hoy Eddie Kaspbrak había sido despedido como lo que era:

Un héroe.

Un amigo.

Un hombre que eligió amar hasta el último aliento.

—

El sol caía en tonos cálidos sobre el comentario. El aire era pesado después del servicio fúnebre, como si incluso la naturaleza estuviera agotada. Los Perdedores estaban juntos, mirando a Sholan y Hela como si no quisieran admitir que, después de sobrevivir al horror, había llegado el momento de decir adiós.

Richie fue el primero en romper el silencio. Su voz todavía herida.

—Entonces… ¿te vas?

Sholan no respondió de inmediato. Caminó hacia ellos y se detuvo frente al grupo entero, con Hela a su lado como una sombra blanca y serena.

—Ya es hora —dijo con suavidad—. Cumpli mi misión y es hora de que yo también regrese a casa, además ya no hay nada que pueda amenazarlos.

Mike frunció el ceño.

—Perdón, amigo, pero… ¿cómo puedes estar tan seguro? Si eso —dijo sin querer nombrar a Pennywise— pudo llegar aquí… ¿qué más existe ahí afuera? ¿Qué podría aparecer en un año, en diez?

Stan dio un paso adelante, con el ceño arrugado de preocupación sincera.

—Sholan… ese lugar… No puedes decirnos que lo que había ahí era lo único.

El viento sopló entre los árboles, como si quisiera acompañar el peso de sus palabras.

Sholan respiró hondo.

—Cuando lancé el Reikai Retsushō —su voz adquirió una profundidad que a todos les erizó la piel— no solo acabé con Pennywise.

Richie tragó saliva.

—¿Qué… significa eso?

Sholan abrió su mano derecha, la misma que había brillado con la fuerza de un sol condenado hacía unas horas.

—El Todash no funciona como su mundo. Allí, todo está unido por hilos conceptuales: miedos, vacíos, depredadores, entidades que existen más como ideas que como cuerpos. Cuando corté a Pennywise, corté su concepto…

Pero al hacerlo, la energía combinada de mis técnicas desató un efecto en cadena.

Hela añadió en un susurro solemne:

—Un impacto que ninguna criatura del Todash hubiera imaginado.

Sholan asintió.

—Todos los seres malvados conectados a él… directa o indirectamente… fueron destruidos.

No solo muertos.

Anulados.

Borrados del entramado.

El silencio se volvió total.

Pero Sholan continuó.

—Y con sus restos… su no-existencia… se formó algo nuevo.

Una infinidad de Nobodies.

—¿Qué es eso? —preguntó Ben con un hilo de voz.

—Ecos sin mente —explicó Hela—. Cáscaras. Sombras sin voluntad. Sin movimiento. Sin hambre. Sin odio.

No pueden hacer daño… ni pensar en hacerlo.

Sholan terminó:

—Ellos fueron atraídos por el espacio vacío que dejó mi técnica. Miles… millones… una muralla eterna, inmóvil, impenetrable.

Un muro entre dimensiones.

Entre el Todash y todos los mundos.

Los Perdedores lo miraron con un asombro que rayaba en reverencia.

—Así que… —murmuró Mike— no puede entrar nadie más.

—Ni entrar, ni salir —respondió Sholan—. Esta dimensión… y todas las demás… están blindadas. Separadas. Protegidas de lo que antes las acechaba.

Richie limpió sus ojos.

—Entonces… hiciste más que matar a ese hijo de perra.

Sholan sonrió con modestia tranquila.

—Lo hice porque ustedes lo merecían.

Porque Eddie lo merecía.

Porque este mundo… porque todos los mundos… ya habían sufrido demasiado.

—No están solos —les aseguró—. Jamás estarán solos.

Hela se inclinó con gracia real.

—Crezcan. Rían. Sigan adelante. Vivan sus vidas en honor de los que ya no pueden.

Sholan dio un paso atrás.

y un haz de luz empezó a cubrirlo a él y a Hela

El aire vibró alrededor de ellos.

—Es hora de irnos.

Richie dio un paso adelante, voz rasposa.

—Sholan…

—Sí, Richie.

—…Dile al universo… que Eddie Kaspbrak salvó a todos.

Sholan sonrió con tristeza dulce.

—Lo haré.

Y en un destello de luz blanca y azul…

Sholan y Hela desaparecieron.

—

Después de que Sholan y Hela desaparecieron, los Perdedores se despidieron y separaron nuevamente.

Richie fue al puente donde él había tallado sus iniciales y las de Eddie muchos años antes.

Ben volvió con su esposa y vivieron momentos dulces, una calma después de décadas de tormentas.

Stan junto con su esposa tomaron un nuevo vuelo para unirse a una expedición; necesitaba moverse para no romperse.

Mike abandonó Derry al fin, por primera vez libre.

Bill volvió con Beverly y esa misma noche ella lo besó con tanta pasión que casi lloró contra su boca.

—

Días después en su casa Beverly se acercó a un Bill completamente enfocado en escribir.

—¿De qué trata tu nueva novela? —preguntó ella mientras sus hijos reían en la otra habitación.

Bill acarició su cabello.

—Sobre nosotros.

Sobre lo que sobrevivimos.

Sobre el valor.

Sobre el amor.

Sobre la amistad.

Y luego añadió, en voz baja:

—Y sobre aquel ángel guardián de cabello negro… que nos dio valor cuando más lo necesitábamos… y que derrotó al monstruo de nuestras pesadillas.

—–

Rey Carmesí POV

No.

Esto no es posible.

El Todash no cae. Yo no caigo. Las grietas existen porque yo existo. Los horrores obedecen porque mi voluntad los define. Todo esto… todo esto es un error que va a corregirse en cualquier instante.

Pero no se corrige.

Lo siento primero en ellos.

Mis servidores. Mis deformidades. Mis extensiones.

Algo les está ocurriendo. No mueren. No luchan. Se vacían. Sus formas pierden intención, sus pensamientos se apagan, y donde antes había hambre, rabia, propósito… queda nada.

NoBodies.

Cascarones.

Silencio.

El Todash se está adelgazando. No colapsa. Se recorta, como si una mano invisible estuviera eliminando capas que nunca debieron existir. Como si alguien estuviera limpiando una herida demasiado vieja.

¿Quién se atreve?

Entonces llega. No como energía. No como hechizo.

Llega como algo peor, como una sentencia.

Todo mi ser es forzado a alinearse. No puedo dividirme. No puedo escapar a otra iteración. No hay bifurcaciones. No hay “después”.

El peso es insoportable.

Cada plan que tracé, cada futuro alterno que sostuve, se derrumba al mismo tiempo. Los siento caer uno sobre otro, aplastándome desde dentro. Mi conciencia es comprimida hasta ocupar un solo punto.

Un solo instante.

Entonces el dolor llega en oleadas, cada una más fuerte que la otra.

No carne. No nervios.

Es peor.

Siento cómo me arrancan las capas de existencia. Los nombres que usé. Las máscaras. Las versiones de mí mismo en otros mundos. Todo se desgarra a la vez, como si la realidad hubiera decidido que nunca debí ser ni existir.

Y lo comprendo entre el dolor insoportable.

No voy a ser reducido.

No voy a quedar atrapado.

No me convertiré en un NoBody.

Voy a desaparecer.

Como él.

Pennywise.

La imagen del maldito payaso invade lo poco que me queda de pensamiento y la rabia me quema más que el dolor. Por su hambre. Por su juego infantil. Por atraer a ese… eso… hacia nosotros.

¡¡¡ESTO ES TU CULPA!!!

Si no hubiera abierto la puerta, si no hubiera provocado al depredador equivocado, el Todash seguiría siendo mío.

El ataque me atraviesa.

No es una ola.

Es una línea perfecta.

No hay resistencia. No hay negociación. No hay margen de error. Siento cómo mi esencia es cortada con precisión absoluta, como si cada parte de mí hubiera sido medida antes de ser negada.

El Todash ya no me reconoce.

Las rutas imposibles se cierran. Las grietas se sellan. El espacio entre espacios deja de responder a mi llamada.

Y la Torre…

La Torre Oscura… No cae.

No se rompe.

Simplemente se me niega.

Es impenetrable ahora. Para todos.

Para mí. Para siempre.

Intento aferrarme a algo. Un pensamiento final. Una maldición. Una promesa de regreso. Algo que sobreviva, aunque yo no lo haga.

Pero incluso eso se disuelve.

Porque aquello que me está destruyendo no mata.

Borra.

Y mientras mi último fragmento de conciencia se apaga, entiendo con una claridad cruel que no habrá eco, ni recuerdo, ni regreso.

El Todash queda limpio.

Y yo… Yo ya no soy nada.

—–

En un desierto que no pertenecía a ningún mapa humano, donde la arena roja parecía latir como un corazón cansado, un hombre caminaba bajo un sol inmenso.

Roland Deschain —último pistolero, heredero de Gilead, portador de una maldición eterna— avanzaba hacia la Torre Oscura.

O eso creía.

Porque algo había cambiado.

Algo profundo.

El aire vibró con un murmullo extraño, como un suspiro de universos superpuestos.

Roland se detuvo, posando una mano sobre el mango de una de sus armas artesanales.

Su instinto le gritaba que algo monumental acababa de suceder.

Y entonces lo vio.

Un estallido de luz.

No una explosión… sino una onda expansiva silenciosa, casi líquida, que cruzó todo el horizonte.

Una línea luminosa que atravesó el cielo.

Roland quedó petrificado.

Esa luz…

esa vibración…

esa potencia…

Había pasado por encima del mundo como un dedo prístino barriendo la suciedad escondida entre grietas.

Y en un instante que parecía eterno…

La presencia del Rey Carmesí desapareció.

No retrocedió.

No huyó.

No gritó.

Simplemente… No estuvo más.

Roland, que había sentido su sombra desde la infancia, cayó de rodillas.

Lágrimas —raras en él, casi desconocidas— se derramaron sobre la arena.

Los taquines —esos seres monstruosos atrapados entre existir y desfigurar— cayeron, uno por uno, desmoronándose en polvo.

El eco del Todash se apagó.

Los susurros terminaron.

Las brechas se sellaron.

El mal conceptual que había plagado innumerables tierras y caminos… se había extinguido.

Roland miró al cielo, el arma aún en la mano, pero sin fuerza para levantarla.

— Gracias —murmuró— quien quiera que seas…

El viento lo envolvió como si le respondiera.

Por primera vez desde que tuvo memoria…

No sintió la Torre gritar por ayuda.

Sintió calma.

Un destino, finalmente, liberado.

Roland siguió su camino, ya no con desesperación… sino con esperanza en el mañana.

Mi capítulo más largo hasta la fecha, pero no lo quería separar en partes.

La luz del portal se abrió como una rendija cósmica y, al cruzarlo, Sholan y Hela regresaron a su punto exacto en el mundo Marvel. El bosque seguía igual. El viento seguía igual. Las hojas seguían igual. Pero ellos… no.

Habían pasado casi tres décadas para ambos.

Para el mundo Marvel apenas habían transcurrido dos días.

Hela respiró y notó cómo, al pisar el pasto húmedo, algo se despertaba dentro de ella. Algo inmenso. Algo antiguo. Su esencia —ahora purificada— vibró como un cuenco tocado por la mano de un dios. Sholan, a su lado, sintió la onda que surgió de ella. Era poder. Poder real. Poder de diosa nacida en Asgard.

—Sí… —murmuró Hela con una exhalación que parecía un suspiro y un rugido a la vez—. Asgard me está llamando.

Sholan no perdió tiempo.

Levantó el rostro.

—Heimdall.

El cielo se abrió.

Un rayo puro, dorado y ciclónico descendió sobre ellos como un dedo divino. El Bifrost rugió, los rodeó y los arrancó del bosque en un torbellino de luz. Y en un instante, estaban en el observatorio.

Heimdall estaba en guardia, espada en mano. Pero lo que vio lo dejó totalmente desconcertado.

—Hela… —dijo como si no supiera si debía atacar o arrodillarse—. ¿Qué… te ha ocurrido?

La Hela que recordaba, la que había visto romper el Bifrost y ejecutar dioses sin pestañear, jamás habría aparecido con un vestido blanco, irradiando calma. Jamás habría tenido esa mirada limpia, ese temple quieto, ese… equilibrio.

La nueva Hela apenas inclinó la cabeza.

—Heimdall.

Él bajó la espada por pura intuición. No porque confiara, sino porque podía sentir algo nuevo: no había maldad en ella. Ni odio. Ni oscuridad invasiva.

Era otra cosa.

—Tenemos que ver a Frigga —dijo Sholan, con voz firme.

Heimdall asintió permitiéndoles el paso.

El viaje fue un soplo.

Asgard los recibió con sus torres doradas, sus puentes brillantes, sus guardias confundidos que apenas acertaban a mirar sin entender cómo la diosa exiliada había regresado… así.

Frigga estaba en el palacio, reunida con varios consejeros, cuando la entrada se abrió.

Y vio a Hela.

El silencio se volvió sólido.

Frigga se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—Hela…

No era un grito. No era miedo. No era alegría. Era incredulidad absoluta, mezclada con un instinto materno que ella misma había creído muerto.

Sholan avanzó primero.

—Frigga, escúchame antes de sacar conclusiones —dijo—. Hela ya no es la mujer que conociste. Ni la que temiste.

Frigga miró a Hela como quien mira un fantasma.

—¿Qué eres ahora?

Hela no bajó la vista.

—Libre.

El solo tono era distinto al de la antigua diosa de la muerte. No había arrogancia. No había hambre de poder. Solo una claridad helada, suave y peligrosa como un lago en invierno.

Frigga pidió privacidad en el salón del trono.

Solo Sholan permaneció en la distancia, silencioso como un guardián.

A su lado, Aldrif—la hija perdida de Frigga y hermana mayor de Thor y Loki—se mantuvo firme, observando a Hela con una mezcla de cautela, respeto y curiosidad.

Frigga avanzó unos pasos hasta quedar frente a la mujer vestida de blanco.

Su expresión era tranquila, pero su mirada era la de alguien que ha visto caer reinos enteros.

—Antes de considerar nada —dijo con suavidad— debo entender quién eres hoy… y quién has decidido dejar de ser.

Hela asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Pregunte, Reina Madre de Asgard.

Aldrif cruzó los brazos.

No había hostilidad en ese gesto… solo el instinto natural de una guerrera que cuida a los suyos.

Frigga abrió el interrogatorio sin rodeos.

—Hela… ¿qué es el poder para ti ahora?

—Una herramienta —respondió Hela al instante—. No un derecho divino. No una espada que se clava en quien se opone. El poder se justifica solo cuando protege, nunca cuando oprime.

Aldrif ladeó la cabeza.

Era una respuesta que no esperaba escuchar de la antigua ejecutora de Odín.

Frigga prosiguió.

—¿Y cuál consideras que es tu deber?

Hela entrelazó las manos con calma.

—Acompañar a los que llegan al final de su camino. Guiar, no empujar. Ser guardiana, no verdugo. Mi deber es la paz… incluso en el último momento.

Frigga sintió un leve estremecimiento.

Esa forma de hablar… no era fingida.

—¿Qué valor das a la vida? —preguntó la Reina.

Por primera vez, en la voz de Hela hubo un matiz emocional.

—La vida vale precisamente porque se rompe. Porque es breve. Porque cada instante puede ser el último. Antes la veía como un recurso. Ahora la respeto como un milagro.

Aldrif bajó la mirada un instante.

Había perdido amigos, compañeros de batalla…

y escuchar a Hela hablar así despertaba algo incómodo, pero esperanzador.

Frigga continuó.

—¿Qué significa ahora la muerte para ti?

—La transición final —respondió Hela con solemne serenidad—. No castigo, no amenaza. Es la puerta que se abre cuando la historia de un alma ha sido escrita por completo. La muerte no es mía. Yo solo soy su guardiana.

Frigga respiró hondo.

Era la respuesta que jamás imaginó escuchar de la antigua conquistadora.

Aldrif intervino por primera vez.

Su tono era firme, como un acero que no temblaba.

—Dices que has cambiado. Bien. Entonces dime: ¿cómo gobernarías Asgard, si se te confiara el trono?

Hela sostuvo su mirada sin parpadear.

—Con firmeza, pero no con guerra. Con sabiduría, pero no con soberbia. Gobernaría sabiendo que Asgard no es su oro ni sus muros, sino su gente. Un reino que vive con miedo… está muerto. Un reino que vive en paz… perdura.

Aldrif respiró lentamente, evaluando cada palabra.

Frigga retomó.

—Y si llegara un momento en que otro fuera más apto para gobernar… ¿sabrías ceder el poder?

—Sí —respondió Hela—. Porque ahora sé que retener un trono cuando alguien más podría proteger mejor a nuestro pueblo… es traición. No deseo ser reina por ambición. Solo deseo servir al equilibrio.

Aldrif abrió ligeramente los ojos.

Ese era el punto clave.

Y Hela lo había respondido sin vacilar.

La Reina Madre formuló la última pregunta.

—¿Eres capaz de perdonarte a ti misma?

Hela tardó más en responder que con cualquier otra pregunta.

—No del todo —admitió con honestidad—. Y quizás nunca llegue a hacerlo completamente. Pero puedo caminar hacia ello. Puedo elegir ser mejor cada día. Y eso… también es una forma de perdón.

Frigga inclinó la cabeza con un respeto profundo.

Aldrif respiró hondo.

La declaración de Aldrif

Aldrif dio un paso adelante.

—Quiero dejar algo claro —dijo, mirando a Frigga y luego a Hela—. No tengo interés en el trono. Ni ahora ni jamás. No luché por Asgard para gobernarla, sino para protegerla.

Si esta mujer realmente ha cambiado… y si puede guiar a nuestra gente hacia la paz… entonces no me opondré.

Fue un momento solemne.

La sala entera pareció sostener el aliento.

Frigga observó a ambas mujeres.

Luego habló con una voz tranquila, pero con el peso de milenios.

—Entonces lo acepto. Hela no es hija mía… pero hoy veo en ella una verdad más grande que cualquier linaje. Y Asgard necesita una reina que comprenda tanto la vida… como la muerte.

Sholan cerró la conversación con la claridad de un rey y un guerrero:

—Ella no es solo Hela. Ahora es Hela la Piadosa.

La diosa que guía a los que mueren en justicia y en paz.

La diosa que entiende el equilibrio.

Frigga respiró hondo.

—Entonces que Asgard la reciba como tal.

Los preparativos fueron inmediatos.

Los cuernos dorados sonaron.

Los soldados formaron filas.

Los consejeros ocuparon sus puestos.

Los ciudadanos se reunieron en las plazas.

La coronación de un monarca asgardiano era un ritual ancestral.

Primero venían los Anillos de los Reinos, llevados por seis guerreros mayores.

Luego, el Estandarte del Padre de Todos.

Finalmente, el Gugnir, la lanza que simbolizaba autoridad absoluta.

Hela subió los escalones hacia el trono que alguna vez había sido de Odin y que, por derecho, le pertenecía más que a ningún otro ser vivo. Vestida totalmente de blanco, cada paso que daba parecía iluminar los muros.

Cuando tomó el Gugnir, el salón entero sintió un cambio en el aire.

Era como si Asgard, como entidad viva, hubiera exhalado por primera vez en siglos.

Frigga habló.

—Asgard ha perdido mucho. Pero la diosa que regresa hoy no trae destrucción, sino equilibrio. No trae conquista, sino protección.

Hoy, por derecho de sangre y por virtud de espíritu, proclamo a Hela Odinsdottir, Reina de Asgard y Guardiana de los Nueve Reinos.

Los soldados chocaron sus lanzas.

Los ciudadanos celebraron.

Hela alzó el Gugnir.

—Asgard no será ya más un reino de miedo. Ni de castigos. Ni de cadenas.

Será un refugio.

Un hogar.

Un pacto de libertad entre mundos.

Y quien intente romper esa armonía… se enfrentará a mí.

No estaba gritando.

No necesitaba hacerlo.

Su autoridad era absoluta.

Miró a Sholan y, sin exageraciones, sin palabras grandilocuentes, declaró ante todos:

—El hombre que está a mi lado es mi aliado, mi espejo y mi mayor respaldo. No porque quiera tronos… sino porque entiende lo que significa proteger.

Donde yo no llegue, llegará él.

Y donde él no llegue, llegaré yo.

No hubo risas incómodas.

No hubo tensión.

Solo reconocimiento.

Era la versión más elegante posible de llamarlo su igual.

Cuando terminaba la coronación, Hela tomó a Sholan del antebrazo.

—Ven. Hay algo que debo pedirte.

Lo llevó a la bóveda, donde reposaban reliquias temibles. Allí, tras un sello antiguo, guardaba la Corona de Surtur y la Llama Eterna.

—Ragnarok no ocurrirá. No mientras pueda evitarlo. Guárdalos. Resguárdalos. Solo tú puedes impedir que caigan en manos equivocadas.

Sholan extendió la mano y los almacenó en su inventario sin ninguna ceremonia más.

Hela inspiró profundamente.

—Gracias.

Lo llevó luego hacia el mausoleo, bajo la bóveda. Allí estaban cadáveres que ella misma había llorado en silencio durante incontables noches de autodestrucción: sus soldados… y su lobo.

Fenrir.

La bestia gigantesca, dormida para siempre en piedra fría.

Hela apoyó la mano en el hocico.

—Perdóname… pequeño. Te empujé a la guerra antes de que fueras más que un cachorro. No te di tiempo a crecer, ni a elegir, ni a ser libre. Lo lamento…

La voz se quebró.

Ella —la diosa que un día dominó el reino de los muertos— se quebró.

Y Sholan lo entendió.

Sin decir palabra, adelantó un paso.

El aire a su alrededor se volvió más denso. Más oscuro. Más profundo.

—Surjan.

El comando retumbó como un tambor antiguo.

La oscuridad se extendió desde él, abrazando los cuerpos sin vida uno por uno.

Primero los soldados.

Luego los generales.

Finalmente, Fenrir.

Sus sombras se despegaron de los cuerpos, como velos negros elevándose de un lago.

Uno a uno, se arrodillaron ante Sholan.

Soldados Sombra.

Un ejército perdido… ahora renacido.

Sholan habló con solemnidad:

—Protéjanla. Protéjanlos a todos. Asgard no es un lugar: es su gente. Que cada sombra se alce para cuidar lo que ella juró guiar.

Fenrir dio un paso hacia Hela. Su forma era grande, imponente, pero no agresiva. Se inclinó y dejó que ella tocara el pelaje oscuro y vibrante.

—Fenrir… —susurró Hela, con reverencia renovada—. Eres libre otra vez. Quédate conmigo y acompáñame. Ayúdame a cumplir lo que debo ser.

La bestia bufó con suavidad y desapareció bajo el vestido blanco de la reina, convertido en guardián perpetuo.

Regresaron al salón principal.

Hela parecía distinta: más ligera, más completa, más poderosa.

—¿Qué harás ahora, Sholan? —preguntó.

Él soltó un suspiro largo, casi cansado.

—Voy a volver con mi familia. No los he visto desde hace casi treinta años.

Hela asintió con comprensión absoluta.

Pero antes de que él pudiera abrir un portal…

Su expresión se contrajo.

El Soldado Sombra que había dejado con Gamora le enviaba un reporte.

Sholan palideció.

Luego se enfureció.

Realmente, se enfureció.

—No. No otra vez. No ahora.

Hela frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Sholan pasó las manos por el cabello con una frustración que nunca antes había mostrado. Un Saiyan con treinta años de acumulación emocional y cero paciencia.

—Un idiota… —murmuró—. Un idiota con complejo de dios. Con un plan estúpido. Que está a punto de hacer algo estúpidamente grande y estúpidamente peligroso.

Hela abrió los ojos.

—¿Quién?

Sholan apretó los dientes.

—El planeta viviente. Y voy a destruirlo antes de que respire otra vez cerca de los míos.

Abrió un portal.

Hela vio la furia blanca y pura en sus ojos.

Y no pudo evitar sonreír con respeto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo