[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 El mes de octubre de 2015 trajo consigo dos cosas maravillosas.
La primera fue el inicio de la nueva temporada de la NBA, donde mis Golden State Warriors arrancaron jugando un baloncesto tan fluido y eficiente que casi me sacaron una lágrima de felicidad frente a mi pantalla 4K.
La segunda fue mi primer estado de cuenta trimestral.
Estaba sentado en el comedor de la casa club de Verde Valle, un viernes por la mañana, con una taza de café negro y mi computadora portátil abierta.
En la pantalla, una hoja de cálculo de Excel brillaba con números verdes.
Partidos jugados: 12.
Victorias: 12.
Goles anotados por el empleado (Carlos Vela): 28.
Asistencias: 16.
Bonos de productividad cobrados: Cifra confidencial, pero suficiente para comprarme un auto del año si tuviera la edad legal para conducirlo.
Éramos el único equipo invicto del torneo Sub-17.
De hecho, no era solo que estuviéramos invictos; éramos un monopolio abusivo.
Nuestro diferencial de goles era tan ridículamente alto que la liga parecía un chiste.
Y yo era el CEO de esa masacre.
Cerré la computadora portátil cuando vi que el Profe Macías y un hombre alto, vestido con una chamarra institucional que llevaba las siglas “Sub-20”, se acercaban a mi mesa.
—Vela, buenos días —saludó el Profe Macías, con esa expresión de estar tratando con un extraterrestre que nunca se le quitaba cuando hablaba conmigo—.
Te presento al Profe Coyote, el director técnico de la categoría Sub-20.
Me puse de pie por mera cortesía corporativa y le estreché la mano al recién llegado.
—Un placer.
¿A qué debo el honor de la visita de la alta gerencia?
—pregunté, tomando asiento de nuevo e invitándolos a hacer lo mismo.
El Profe Coyote soltó una carcajada seca y miró a Macías.
—Me dijiste que hablaba raro, pero no pensé que tanto.
Mira, muchacho, voy a ser directo —dijo Coyote, apoyando los codos en la mesa—.
Lo que estás haciendo en la Sub-17 es un abuso.
Estás jugando contra niños, y tú tienes el físico y la lectura de juego de un profesional.
He estado hablando con el director de fuerzas básicas.
Mi mente hizo un cálculo rápido.
Ascenso laboral.
—Continúe, lo escucho —dije, entrelazando los dedos sobre la mesa.
—En el parón de invierno, cuando termine este torneo de Apertura, te vamos a evaluar con mi equipo.
Si sigues con estos números, te asciendo a la Sub-20 para el torneo de Clausura.
Ya no jugarás con chicos de quince o dieciséis años.
Jugarás contra hombres de diecinueve, tipos más fuertes, más rápidos y que pegan mucho más duro.
¿Qué te parece el reto?
Mantuve mi rostro inexpresivo.
Jugar contra gente más grande implicaba un mayor desgaste de hardware, pero también significaba mayor exposición.
—El reto me parece logísticamente aceptable —respondí, mirándolo a los ojos—.
Pero tengo una duda referente al contrato.
Mi cláusula estipula un salario base como prospecto Sub-17.
Si asumo responsabilidades operativas en un departamento superior como la Sub-20, asumo que habrá un ajuste salarial proporcional a mis nuevas funciones, ¿correcto?
El Profe Coyote se quedó pasmado.
Parpadeó un par de veces, buscando ayuda en Macías, quien simplemente se frotó la cara con las manos, ya acostumbrado a mi burocracia.
—Eh…
sí, claro.
Hay un tabulador salarial diferente para la Sub-20.
Ganarás más, obviamente —respondió Coyote, aún desconcertado—.
Pero lo importante es el desarrollo deportivo, muchacho, el orgullo de escalar en el club…
—Lo importante es que las cuentas cuadren, Profe —lo interrumpí amablemente—.
Terminaré este torneo con la Sub-17.
Les entregaré el campeonato porque así lo exigen mis bonos, y en el parón de medio año, con gusto firmaré el anexo para subir a su categoría.
Ambos entrenadores se levantaron, negando con la cabeza.
—Eres un cínico, Vela.
Pero mientras sigas metiendo tres goles por partido, puedes pedir que te paguemos en centenarios de oro si quieres —murmuró Macías antes de alejarse junto a su colega.
Sonreí internamente.
El ascenso estaba pactado.
Solo tenía que mantener el ritmo hasta diciembre.
Al día siguiente, nos tocaba jugar en casa contra el Pachuca.
En las fuerzas básicas de México, la cantera del Pachuca era famosa por ser una de las mejores, la única que realmente le competía a las Chivas en términos de táctica y técnica.
Llegaron a Verde Valle con una arrogancia palpable.
Sus jugadores calentaban haciendo formaciones complejas, bajo la mirada de un entrenador que tomaba notas furiosamente en un iPad.
—Estos güeyes vienen creciditos —me comentó Gudiel en el vestidor, poniéndose las espinilleras—.
Dicen que traen un esquema especial solo para anularte, Carlos.
Una marca escalonada o no sé qué tanta madre.
—Déjalos que intenten implementar su firewall —respondí, aplicándome vaselina en las cejas para evitar cortes en caso de un choque accidental—.
Ningún sistema defensivo es impenetrable si encuentras la vulnerabilidad en su código.
Salimos a la cancha.
El clima era perfecto, sin viento, con el césped recortado milimétricamente.
Era el escenario ideal para una ejecución limpia.
El árbitro pitó y Pachuca demostró de inmediato por qué eran los sublíderes del torneo.
No se echaron para atrás ni intentaron golpearme como el Atlas.
Eran un equipo disciplinado.
Jugaban con una línea de cinco en el fondo y dos contenciones de corte defensivo.
Su estrategia era clara: asfixiar el centro del campo y obligarme a ir a las bandas, donde mi ángulo de disparo se reducía estadísticamente a un 12%.
Durante los primeros veinte minutos, el partido fue un empate técnico a cero goles.
Yo caminaba por el medio campo, analizando su bloque.
Cada vez que recibía el balón, dos jugadores me cerraban los espacios por dentro, mientras un tercero me obligaba a ir hacia la línea de cal.
Era una defensa en zona brillante, muy parecida a la defensa de los San Antonio Spurs.
—¡Estás atrapado, Vela!
¡Aquí no vas a poder!
—me gritó uno de los contenciones de Pachuca, intentando ganar la guerra psicológica.
Me detuve en el círculo central y lo miré con aburrimiento.
—Tu sistema es eficiente, lo admito —le contesté, con voz monótona—.
Pero gasta demasiada energía mantener una cobertura zonal perfecta.
Solo necesito que uno de ustedes respire a destiempo.
Al minuto veintiocho, la vulnerabilidad apareció.
El Pachuca intentó una salida rápida por la banda derecha.
Nuestro lateral interceptó el pase y me mandó un balón raso, fuerte y directo al centro.
La defensa del Pachuca reaccionó de inmediato.
Los dos contenciones cerraron la pinza sobre mí.
Pero cometieron un error de microsegundos: el central izquierdo, anticipando que yo intentaría girar, dio un paso hacia adelante para hacer el fuera de lugar.
Rompió la línea.
Mi cerebro procesó el espacio.
Vector despejado.
Distancia: 35 metros.
En lugar de controlar el balón, dejé que pasara por en medio de mis piernas (una “finta de cuerpo” o “pantalla” pura).
Los dos contenciones que venían a chocar conmigo se miraron las caras, confundidos, mientras yo giraba sobre mi eje y arrancaba a toda velocidad detrás del balón que seguía rodando.
El Modo Kaká se encendió con los cilindros a tope.
El central que había dado el paso al frente intentó corregir su error, pero su inercia lo condenó.
Lo rebasé en dos zancadas como si estuviera atado a un poste.
El césped volaba detrás de mis botines.
La aceleración era tan ridícula que el entrenador de Pachuca dejó caer su iPad al suelo.
Me encontré frente al portero.
Un chico alto, con reflejos felinos.
Salió a achicarme el ángulo con los brazos abiertos, haciéndose gigante.
Un jugador normal habría intentado un tiro potente o una vaselina.
Yo opté por la geometría.
En el baloncesto, los tableros te enseñan que los ángulos son tus mejores amigos.
Sin disminuir la velocidad, llegué hasta él, hice un ligerísimo movimiento de cadera hacia la derecha, y cuando el portero venció su peso hacia ese lado, toqué la pelota con la punta del botín izquierdo hacia el poste contrario.
El balón rodó suave, insultantemente despacio, y pegó justo en la base metálica del poste interno antes de cruzar la línea.
1-0.
Me di la vuelta y regresé a mi campo, ajustándome las mangas de la camiseta.
Mis compañeros estaban enloquecidos, pero yo les hice un gesto con la mano para que se calmaran.
—Eficiencia en la transición —le dije a Gudiel cuando pasó por mi lado—.
Su línea de cinco es lenta en el retroceso.
Si los sacamos de su zona, el sistema de ellos colapsa.
El gol fue un golpe devastador para el departamento de psicología del Pachuca.
Su “esquema especial” había sido hackeado en menos de media hora.
Empezaron a discutir entre ellos.
La línea defensiva empezó a dudar de los contenciones.
Cuando un equipo duda en la cancha, es como una empresa que entra en bancarrota moral.
Solo tienes que comprar sus acciones a precio de remate.
Antes del medio tiempo, ejecuté mi segunda adquisición hostil.
Recibí el balón pegado a la banda derecha, la zona a la que supuestamente ellos querían mandarme.
Tres jugadores de Pachuca me rodearon, formando un triángulo.
Pensaron que me tenían.
—A ver si sales de esta, genio —gruñó su lateral izquierdo.
Mantuve el balón pegado a mi botín izquierdo.
Miré sus piernas.
En el básquet, cuando un defensa cruza los pies, está muerto.
El lateral cometió el error de cruzar las piernas para intentar bloquearme la salida hacia el centro.
Pisé la pelota, la arrastré hacia mí, y con la misma fluidez de un crossover de Iverson, le di un golpe de tacón por detrás de mi pierna derecha (una “elástica” inversa).
La pelota pasó limpia entre las piernas del lateral.
Yo salí por fuera de la cancha, pisé la línea de cal blanca y recuperé el balón a espaldas de los tres jugadores.
Había humillado a un tercio de su equipo en un metro cuadrado.
Me adentré al área grande.
Los centrales corrieron hacia mí, presas del pánico.
Al atraer toda esa “gravedad”, dejé a nuestro centro delantero más solo que un guardia de seguridad en un día festivo.
No miré a mi compañero.
En un “no-look pass” que hubiera enorgullecido a Magic Johnson, toqué el balón hacia un lado justo en el momento en que me barrían.
El delantero solo tuvo que empujarla a la red vacía.
2-0.
Asistencia y gol en 45 minutos.
El árbitro pitó el final del primer tiempo.
Los jugadores del Pachuca caminaban hacia los vestidores mirando el pasto, con los hombros caídos y la moral destruida.
Habían planeado toda la semana cómo detener a un jugador de fútbol, pero se encontraron con un software diseñado específicamente para destrozar defensas.
Mientras caminaba hacia mi banco para tomar agua, el Profe Macías me dio una palmada en la espalda.
—Eres un monstruo, Vela.
Los hiciste pedazos moralmente.
¿Qué les hiciste en la banda?
—Solo exploté un fallo de posicionamiento básico, Profe.
Nada extraordinario —respondí, desenroscando la tapa de mi botella.
Miré de reojo hacia la grada de las instalaciones, donde los directivos solían sentarse.
El Profe Coyote de la Sub-20 estaba ahí, viéndome fijamente con los brazos cruzados y asintiendo lentamente.
El ascenso laboral estaba prácticamente garantizado.
El salario aumentaría, la exposición sería mayor, y mis posibilidades de un retiro temprano se multiplicaban exponencialmente.
El segundo tiempo fue un trámite.
Me dediqué a caminar, a distribuir el juego a un toque y a cuidar mis piernas.
Marcamos dos goles más gracias a mi distribución desde el medio campo, cerrando la auditoría con un contundente 4-0.
Al terminar mi jornada, me duché, me puse ropa limpia y tomé un Uber hacia mi casa club.
En el camino, revisé mi teléfono.
Los Warriors jugaban a las ocho de la noche contra los Rockets.
La Sub-17 ya era mi patio de juegos.
Un empleo fácil, monótono, pero extremadamente bien pagado.
Si diciembre llegaba pronto y se cumplía la promesa de la Sub-20, entonces el verdadero negocio comenzaría.
Pero por ahora, mi mayor preocupación era si pediría pizza o comida china para acompañar el partido de baloncesto.
Las finanzas estaban en orden y el futuro era brillante.
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