[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Diciembre llegó a Guadalajara con un viento frío que calaba hasta los huesos, especialmente durante los entrenamientos a las siete de la mañana.
Sinceramente, odiaba el frío.
Cada vez que salía al campo con el aliento convirtiéndose en vapor, me preguntaba si no habría sido mejor reencarnar en un jugador de béisbol de las ligas del Caribe, donde siempre hace calor.
Pero luego recordaba los ceros en el cheque que el club me depositaba cada fin de mes, y el frío mágicamente se me olvidaba.
El torneo Apertura de la Sub-17 estaba a punto de terminar.
Habíamos arrasado en la temporada regular y, para sorpresa de absolutamente nadie, clasificamos a la Liguilla como súper líderes invictos.
Los cuartos de final contra Toluca fueron un simple trámite; ganamos el partido de ida y el de vuelta caminando.
Literalmente.
Ahora estábamos en las semifinales contra los Rayados de Monterrey.
Estábamos en el vestidor, preparándonos para el partido de vuelta en nuestra casa.
El marcador global estaba 2-0 a nuestro favor gracias al partido de ida.
—Güey, estamos a noventa minutos de la gran final —me dijo Gudiel, frotándose las manos para entrar en calor—.
Si pasamos hoy, nos toca jugar en el estadio principal, no en estas canchas de entrenamiento.
¿Te imaginas?
El Estadio Akron.
Me terminé de atar los botines dobles y me encogí de hombros.
—Un estadio es un estadio, Gudiel.
El pasto mide lo mismo.
Lo que a mí me importa es que la directiva prometió un bono doble si llegamos a la final y la ganamos.
Ya tengo visto el auto que me quiero comprar cuando cumpla los dieciséis, y ese bono es el pago inicial.
Así que más te vale no fallar los pases hoy.
Gudiel soltó una carcajada y me dio un golpe amistoso en el hombro.
—Nunca cambias, Carlos.
Eres el único güey que está a punto de jugar una semifinal y está pensando en la agencia de autos.
Salimos al campo.
El Monterrey era un equipo duro, del norte.
Jugaban con mucha fuerza física y tenían la consigna de no dejarnos respirar.
Durante las últimas semanas, me había dado cuenta de algo importante.
Mi estilo de arrancar a toda velocidad todo el tiempo (el estilo Kaká) era letal, sí, pero me dejaba las piernas molidas al día siguiente.
Y a mí no me gustaba el dolor muscular.
Así que decidí adaptar mi juego.
Empecé a inspirarme más en jugadores de baloncesto como Luka Dončić o Chris Paul, tipos que no son los más rápidos de la cancha, pero que dominan el juego usando la cabeza y los cambios de ritmo.
En el fútbol, a eso le llaman “la pausa”.
El árbitro pitó el inicio del partido.
Monterrey salió a presionar desde el primer segundo.
Al minuto diez, recibí un balón complicado en el medio campo.
Venía botando mal y tenía a dos mediocampistas del Monterrey corriendo hacia mí como rinocerontes en estampida.
El instinto normal habría sido tocarla rápido de primera intención o echar a correr.
Yo hice lo contrario.
Amortigüé el balón con el pecho, dejé que cayera suavemente a mi pie izquierdo y, en lugar de moverme, me quedé completamente quieto.
Pisé la pelota y levanté la cabeza.
Esa simple “pausa” causó un cortocircuito en los cerebros de los dos defensas.
Venían preparados para chocar contra alguien en movimiento, pero al verme estático, tuvieron que frenar de golpe para no cometer una falta tonta.
Ese milisegundo de duda fue todo lo que necesité.
Cuando ellos plantaron los pies en el pasto, di un toque sutil con la parte externa del botín y aceleré de cero a cien.
Los dejé atrás como si fueran estatuas.
Conduje el balón hacia el área rival.
La defensa del Monterrey estaba escalonada.
Vi al central salir a mi paso, un chico grandote que me sacaba media cabeza.
En lugar de intentar burlarlo con velocidad, decidí usar la física a mi favor.
Mantuve el balón pegado al pie, trotando a un ritmo engañosamente lento.
El central, confundido por mi falta de agresividad, se acercó para quitarme la pelota.
Justo cuando estiró la pierna derecha, pasé mi pie izquierdo sobre el balón (una bicicleta lentísima, casi burlona) y cambié el peso de mi cuerpo.
El defensa mordió el engaño y perdió el equilibrio.
Aprovechando su mala postura, no corrí hacia adelante.
Vi que Gudiel venía picando por la banda derecha.
Con una tranquilidad que rayaba en el descaro, di un pase sin mirar (un “no-look pass”).
Miraba fijamente a la tribuna de la izquierda mientras mi pie golpeaba el balón hacia la derecha con una precisión milimétrica.
El balón rodó suavemente por la espalda del defensa desequilibrado y le cayó exactamente en la ruta de carrera a Gudiel, quien solo tuvo que cruzar su disparo ante la salida del portero.
Gol de Chivas.
1-0 en el partido, 3-0 en el global.
—¡Qué maldito pase, Carlos!
¡Ni siquiera me estabas viendo!
—gritó Gudiel, corriendo a abrazarme.
—Te vi desde que cruzaste el medio campo —respondí con una sonrisa ladeada, caminando de regreso a nuestra mitad—.
Solo tienes que estar donde debes estar.
El Monterrey se desesperó.
Empezaron a meter la pierna más fuerte, buscando lastimar o intimidar.
Pero jugar contra alguien que no se enoja es la peor pesadilla para un provocador.
Cada vez que me daban un golpe o un empujón por la espalda, yo simplemente me levantaba, me limpiaba el pasto del pantalón y cobraba la falta sin decir una palabra.
Cerca del final del primer tiempo, me regalaron la oportunidad de sentenciar la eliminatoria.
Tomé el balón en tres cuartos de cancha.
Tres jugadores del Monterrey me cerraron el paso, formando una barrera humana para evitar que diera un pase filtrado.
En el básquetbol, cuando te defienden así de cerrado y no hay líneas de pase, usas un “screen” (una pantalla).
Empecé a conducir el balón en paralelo a la línea del área grande.
Llevaba a los tres defensas persiguiéndome.
De reojo, vi a nuestro centro delantero, un chico bastante robusto.
Con un pequeño gesto de cabeza, le indiqué que se quedara quieto.
Conduje directamente hacia él.
Pasé rozando el hombro de mi compañero.
Uno de mis marcadores se estrelló de lleno contra nuestro delantero, bloqueándose mutuamente.
El segundo marcador tuvo que rodearlos, perdiendo un par de metros cruciales.
De repente, tenía un segundo libre y una ventana de visión perfecta hacia la portería.
No lo pensé.
No me acomodé el balón.
Usando la misma carrera lateral, solté un zurdazo seco, como un látigo.
Le metí el empeine completo por debajo del centro del balón.
La pelota salió disparada sin girar sobre su propio eje —lo que los porteros llaman “el efecto nudillo” o knuckleball—.
El portero del Monterrey dio un paso hacia su izquierda, pero el balón, en el aire, hizo un extraño zigzag y bajó de golpe, colándose casi por el centro de la portería mientras el arquero caía hacia el lado equivocado.
2-0.
El estadio, aunque era pequeño y estaba lleno, estalló en aplausos.
Hasta un par de personas del cuerpo técnico del Monterrey se quedaron calladas, sabiendo que lo que acababan de ver no era normal en esta categoría.
Me detuve, levanté una mano para chocar los cinco con el delantero que me había servido de pantalla y me fui a tomar agua a la banda.
—¡Eso es jugar con la cabeza, Vela!
—me gritó el Profe Macías, emocionado—.
¡Los tienes locos!
—Solo estoy administrando los recursos, Profe.
Si corremos a lo tonto, nos cansamos rápido —le contesté, respirando con tranquilidad.
El segundo tiempo fue un desfile de control absoluto.
Como la serie ya estaba liquidada (4-0 global), decidí que no iba a gastar un solo gramo más de energía.
Me dediqué a caminar por el círculo central.
Si la pelota me llegaba, jugaba a uno o dos toques, repartiendo el juego como si fuera el repartidor de cartas en un casino.
Hice fintas con el cuerpo sin siquiera tocar el balón, dejando pasar la pelota entre mis piernas para que la recibiera un compañero libre.
Volví locos a los mediocampistas rivales, que corrían detrás del balón como perros persiguiendo un láser, mientras yo dictaba el ritmo del partido sin apenas sudar.
Cuando el árbitro finalmente pitó el final, los jugadores del Monterrey se tiraron al pasto, exhaustos y derrotados.
Nosotros celebramos de forma moderada; sabíamos que este era solo el paso previo al objetivo real.
Mientras caminaba hacia el túnel de vestidores, el visor del club, el señor Martínez, me alcanzó en la banda.
—Felicidades, muchacho.
Estás en tu primera final —me dijo, palmeándome la espalda—.
Por cierto, la final se jugará el domingo al mediodía en el Estadio Akron.
La directiva va a abrir las puertas al público gratis.
Va a haber muchísima gente, y no solo de México.
Ya me enteré de que hay un par de visores de otros lados que vienen a ver la final de la Sub-20, pero se van a quedar a ver la tuya.
Me detuve un segundo, procesando la información.
Más gente significaba más presión para mis compañeros, pero para mí, significaba una vitrina más grande.
—Que vengan todos los que quieran —le respondí, secándome el sudor de la frente con la camiseta—.
Yo solo quiero jugar esa final, cobrar mi bono de campeonato e irme a mi casa a comer pavo asado y ver la jornada de la NBA en Navidad.
¿Sabe si el depósito del premio cae antes del 24?
El señor Martínez soltó una carcajada, negando con la cabeza.
—Gana la final primero, Vela.
Luego te preocupas por el depósito.
Entré al vestidor escuchando los gritos y la música a todo volumen de mis compañeros.
Estaban eufóricos.
Habíamos llegado a la final del fútbol mexicano en nuestra categoría.
Faltaba un solo partido, el más importante de todos.
Un solo partido para cerrar el torneo, reclamar mi dinero y, si todo salía según el plan, decirle adiós para siempre a la Sub-17 y firmar ese nuevo y jugoso contrato con la Sub-20.
Me senté en mi lugar, saqué mi teléfono y revisé el calendario.
Faltaban unos días para el gran cierre.
Todo estaba saliendo perfectamente a pedir de boca.
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