[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 13
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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 Pisar el césped del Estadio Akron por primera vez es una experiencia que se supone debe cambiarte la vida.
Es un coloso de concreto y metal, con un diseño vanguardista que parece un volcán a punto de hacer erupción, rodeado por las montañas de la periferia de Guadalajara.
Para los chicos de mi edad, salir por ese túnel y ver las gradas inferiores repletas de aficionados que habían entrado gratis era el equivalente a tocar el cielo con las manos.
Para mí, era simplemente la oficina central.
Una instalación con mejor aire acondicionado, pasto de primer mundo y butacas más cómodas.
Mientras mis compañeros de la Sub-17 temblaban de los nervios, persignándose al tocar la cancha y con lágrimas en los ojos por escuchar los cánticos de la barra rojiblanca, yo me estaba ajustando las espinilleras, pensando en que debía comprar unas de fibra de carbono.
Las de plástico barato ya no me daban confianza.
El rival en esta gran final era el Club América.
Si el Atlas era el rival de la ciudad, el América era el némesis nacional.
Y su categoría Sub-17 hacía honor a su reputación: eran un equipo físico, marrullero, diseñado para intimidar.
Mientras calentábamos, los vi al otro lado del campo.
Su entrenador había plantado una línea de cinco defensas en el fondo.
Cinco tipos corpulentos, con cortes de cabello militar y caras de pocos amigos.
Parecían más unos cadetes del ejército que futbolistas.
—Se ven pesados, Carlos —me murmuró Gudiel, pasando a mi lado durante los estiramientos—.
El Profe Macías dice que van a salir a cazar.
—Si salen a cazar, asegúrate de no estar en la línea de fuego —le respondí, frotándome las manos por el frío matutino—.
Déjamelos a mí.
Hoy el trabajo pesado me toca a mí, tú solo estate listo para los rebotes.
El árbitro, un tipo de gesto severo que claramente quería demostrar autoridad desde el minuto cero, hizo sonar su silbato.
La gran final había comenzado.
Apenas a los sesenta segundos de juego, supe exactamente cuál era el plan de negocios del América.
Recibí mi primer balón de espaldas, en el círculo central.
Antes de que siquiera pudiera intentar girar, sentí el impacto de un camión de carga contra mis costillas.
El defensa central izquierdo me había embestido por la espalda sin la más mínima intención de jugar la pelota.
Caí al pasto, rodando un par de veces para disipar la energía del golpe.
Me quedé sentado un segundo, escupiendo un poco de saliva y evaluando mis extremidades.
Todo en orden.
Sin daños estructurales en el hardware.
El árbitro marcó la falta, pero solo dio una advertencia verbal.
—Esa fue de cortesía, niñita —me siseó el defensa del América, un tipo que me sacaba diez centímetros de altura, mientras retrocedía a su posición.
Me levanté despacio, sacudiéndome el polvo del uniforme.
No me enojé.
Enojarse nubla el juicio y arruina la precisión.
En la NBA, a esto se le llama el estilo de los “Bad Boys” de Detroit: golpear a la estrella rival hasta que tenga miedo de tocar el balón.
Era una estrategia válida, pero extremadamente riesgosa si tu rival sabe cómo jugar con el reglamento.
A partir del minuto diez, la cacería se volvió descarada.
El América se dio cuenta de que no podían quitarme la pelota limpiamente.
Mi control de balón en espacios reducidos era demasiado para ellos.
Así que decidieron que, si el balón pasaba, el jugador no.
Minuto quince.
Hice un recorte hacia el centro, dejando sembrado al lateral derecho.
Cuando me disponía a acelerar, el central por derecha, viendo que se quedaba atrás, se lanzó al suelo y me tiró una patada de tijera directo a los tobillos.
Mi instinto de supervivencia reaccionó.
Un milisegundo antes del impacto, levanté mi pie de apoyo para evitar que mis tacos se quedaran atorados en el pasto.
El golpe me mandó a volar por los aires y caí de bruces, raspándome los antebrazos.
El estadio entero estalló en abucheos.
Esta vez, el árbitro no tuvo opción.
Se llevó la mano al bolsillo y sacó la primera tarjeta amarilla para el central derecho.
—Uno —murmuré para mí mismo, aceptando la mano de Gudiel para levantarme.
Las piernas me escocían, pero el plan estaba funcionando.
El partido se convirtió en un campo minado.
Yo no dejaba de pedir la pelota.
Quería que vinieran por mí.
Cada vez que recibía, atraía a dos o tres defensas del América como un imán.
Empecé a usar una técnica que había visto en los bases de la NBA: proteger el balón con el cuerpo, dándoles la espalda y obligándolos a cometer el error si querían arrebatármelo.
Minuto veinticinco.
Tiré un “sombrerito” suave sobre la cabeza del mediocampista de contención y arranqué a toda velocidad hacia el área grande.
El “líbero” del América (el central que jugaba sobrando atrás de la línea) salió a cortarme el paso.
Vi en sus ojos la desesperación.
Lanzó un codazo descarado directo a mi rostro.
Me agaché justo a tiempo, pero su cadera chocó contra mi muslo, derribándome con violencia.
Silbatazo.
Segunda tarjeta amarilla para la línea defensiva del América.
El líbero estaba amonestado.
—¡Profe, lo van a matar!
—le gritó Gudiel al árbitro, empujando a un jugador rival.
Me acerqué a mi compañero y lo jalé de la camiseta, apartándolo del pleito.
—Tranquilo, Gudiel.
Las tarjetas son mías, no te ganes una por hablar —le dije, frotándome el muslo entumecido—.
Solo estoy desgastando su capital.
Llegamos al minuto treinta y cinco y el partido seguía empatado a cero.
A pesar de mi dominio absoluto del balón, no había podido hacer un solo disparo a portería.
El América estaba logrando su cometido de frenar la ofensiva, pero el precio que estaban pagando era altísimo.
La agresividad tiene un costo, y yo se los estaba cobrando en cuotas con intereses.
Minuto cuarenta.
Me pegué a la banda izquierda.
Recibí un pase largo de nuestro portero.
La dormí en el pecho y, antes de que el balón tocara el césped, el lateral derecho del América me agarró de la camiseta con ambas manos, jalándome hacia atrás hasta rasgar la tela del hombro y tirándome de espaldas contra el pasto.
Era una falta táctica descarada para evitar que entrara al área.
Tercera tarjeta amarilla.
El lateral derecho estaba condicionado.
El entrenador del América gritaba desde la banda, manoteando, dándose cuenta de la trampa en la que habían caído.
Su muralla defensiva se estaba desmoronando no por goles, sino por el reglamento.
Minuto cuarenta y tres.
A punto de irnos al descanso.
Tomé el balón en el centro del campo.
La presión arterial del partido estaba al límite.
Mis músculos dolían por los golpes acumulados, pero mi cabeza estaba más fría que nunca.
Empecé a conducir hacia la muralla de cinco hombres.
El central por izquierda, el único de los defensores centrales que aún no tenía amarilla, salió a buscarme.
Era el tipo que me había dado la bienvenida en el primer minuto.
El “cadete”.
Venía a toda velocidad, decidido a mandarme a la enfermería antes del medio tiempo.
Aceleré directamente hacia él.
Parecía un choque de trenes inevitable.
Cuando estábamos a menos de un metro de distancia, él se barrió con una fuerza brutal.
En lugar de esquivarlo hacia los lados, utilicé un recurso que los mortales considerarían una locura, pero que con mi hardware era simple física.
Pisé el balón con fuerza, clavándolo en el pasto, y usé ese mismo pie para dar un salto hacia adelante, como si saltara un obstáculo en una pista de atletismo.
Pasé por encima de sus piernas asesinas, pero él, en un acto reflejo y sucio, levantó el brazo y me enganchó el tobillo en el aire.
Aterricé mal, rodando espectacularmente sobre mi hombro y terminando a un par de metros del área chica.
El estadio ahogó un grito.
El silbato sonó con furia.
El árbitro llegó corriendo y le plantó la cuarta tarjeta amarilla en la cara al central izquierdo.
Cuatro de sus cinco defensas estaban ahora al borde de la expulsión.
El trabajo sucio estaba hecho.
Me levanté lentamente.
El tobillo me palpitaba, pero podía apoyar el peso.
El tiro libre estaba un poco lejos para un disparo directo, así que lo cobramos en corto.
Tocamos hacia atrás y el árbitro miró su reloj.
Faltaba un minuto para el descanso.
El balón volvió a mis pies en tres cuartos de cancha.
Miré a la defensa del América.
Estaban paralizados.
La agresividad feroz con la que habían salido al campo se había evaporado, reemplazada por el terror absoluto de ver una tarjeta roja.
Sabían que si me tocaban, se iban a las duchas.
En el básquetbol, cuando un jugador está cargado de faltas personales, defiendes con la mirada por miedo a que te expulsen.
En el fútbol, el efecto psicológico era exactamente el mismo.
El área estaba despejada.
El “Sistema” en mi cabeza no necesitó hacer cálculos complejos.
Solo era cuestión de caminar hacia la puerta abierta.
Avancé a trote lento.
El mediocampista de contención intentó cerrarme, pero le tiré una “pared” rápida a Gudiel y recibí el balón ya dentro de la media luna del área grande.
El líbero del América, el tipo del codazo que ya tenía amarilla, me salió al paso.
Pero sus rodillas temblaban.
Dudó.
Tenía las manos cruzadas atrás de la espalda para no cometer una falta.
Hice un cambio de ritmo suave.
Un amago de disparo con la izquierda que lo hizo cerrar los ojos y girar la cara.
Cuando él plantó su peso, arrastré la pelota hacia mi derecha con la suela del zapato.
Lo dejé clavado en el piso, inútil y asustado.
Quedé solo frente al portero.
Un mano a mano puro.
El arquero salió desesperado, cubriendo el primer poste.
Yo no quise reventar la red.
La brutalidad se la dejaba a ellos; yo prefería la precisión quirúrgica.
Con una calma insultante, abrí el pie izquierdo y acaricié el balón con la parte interna.
La pelota trazó una curva lenta, casi poética, esquivando los dedos estirados del portero y besando el poste más lejano antes de anidarse en la red lateral.
1-0.
El Estadio Akron hizo erupción.
El ruido fue ensordecedor.
Mis compañeros corrieron hacia mí desde todas las direcciones, gritando como locos.
Esta vez, no los aparté de inmediato.
Dejé que me abrazaran.
Me dolía todo el cuerpo, mi camiseta estaba rota, mis calcetas tenían manchas verdes y tierra, pero sentía una inmensa satisfacción.
Había tomado a la defensa más violenta del país, los había desarmado pieza por pieza usando el reglamento como martillo, y finalmente les había clavado el cuchillo por la espalda cuando no podían defenderse.
—¡Golazo, Carlos!
¡Los traes de hijos!
—gritó Gudiel, agarrándome por la cara.
Me zafé del abrazo múltiple y comencé a caminar hacia el centro del campo, con una pequeña sonrisa asomándose en mis labios.
Miré al entrenador del América; estaba pateando una hielera en la banda, rojo de furia.
El árbitro pitó el final del primer tiempo antes de que el América pudiera sacar del centro.
Mientras caminaba hacia el túnel de vestidores, cojeando muy levemente por el golpe en el tobillo, saqué mis cuentas.
Habíamos sobrevivido a lo peor.
Ellos no terminarían el partido con once jugadores si intentaban seguir así, y si decidían jugar limpio, yo les metería tres goles más sin despeinarme.
El bono de campeonato estaba prácticamente en mi cuenta bancaria.
Solo necesitaba cuarenta y cinco minutos más de paciencia, un poco de hielo en el vestidor, y podría empezar a decidir el color de mi primer automóvil.
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