[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 14
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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 El vestidor en el medio tiempo tenía el ambiente de una sala de urgencias después de un desastre natural.
Mis compañeros entraron arrastrando los pies, con las camisetas jaladas, rasguños en los brazos y caras de agotamiento extremo.
El nivel de estrés físico que exigía jugar contra el América era brutal.
Yo estaba sentado en mi banca, con una bolsa de hielo atada al tobillo derecho con cinta médica, bebiendo una bebida isotónica.
Mi mente, lejos de la épica del fútbol, estaba haciendo números.
El empate nos mandaba a penales, y los penales eran un volado.
Yo detestaba dejar mis bonos a la suerte.
Necesitaba liquidar esto en el tiempo regular.
El Profe Macías nos dio indicaciones tácticas que, sinceramente, ignoré a medias.
El plan de negocios seguía siendo el mismo: obligar al rival a equivocarse.
Salimos para el segundo tiempo.
El sol del mediodía en Guadalajara caía a plomo sobre el césped del Estadio Akron, creando una humedad pesada y asfixiante.
Apenas el árbitro reanudó el partido, quedó claro que el entrenador del América había dado una charla motivacional de vida o muerte.
Salieron revolucionados, jugando al límite del reglamento, pero con una precisión desesperada.
En lugar de venir a buscarme a mí de inmediato, se enfocaron en asfixiar a mis compañeros.
Al minuto cincuenta, ocurrió lo que no estaba en mis proyecciones.
Nuestro lateral izquierdo cometió un error de primaria: un mal pase hacia el centro que fue interceptado por su mediapunta.
El equipo rival desdobló a una velocidad impresionante.
Yo, fiel a mi política de no defender, observé desde el círculo central cómo montaban un contragolpe perfecto de cuatro contra tres.
El delantero del América recibió el balón al borde del área, hizo un recorte hacia adentro y sacó un zapatazo que se coló pegado al poste.
Imparable.
1-1.
El estadio enmudeció por un segundo, seguido por el rugido de la pequeña, pero ruidosa porra visitante.
Suspiré, frotándome el puente de la nariz.
Las acciones del club acababan de caer un diez por ciento.
—¡No pasa nada, cabrones!
¡A levantar la cabeza!
—gritó nuestro portero, recogiendo el balón de la red.
El América, sin embargo, no tenía intenciones de buscar el segundo gol.
En cuanto empataron, su entrenador dio la orden desde la banda con aspavientos.
Sus líneas retrocedieron de inmediato.
Plantaron a diez hombres detrás de la línea de medio campo.
El famoso camión atrás.
Querían defender el empate con su vida y llevar el partido a la ruleta de los penales, donde sabían que mi influencia se reduciría a un solo tiro.
Minuto sesenta.
El partido se había vuelto un muro de concreto.
Tocar el balón en tres cuartos de cancha era imposible sin tener a tres jugadores respirándome en la nuca.
Sabía que intentar regates largos me agotaría y aumentaría el riesgo de una lesión seria.
Si no había espacios físicos, tenía que crear espacios disciplinarios.
Era hora de jugar con la desesperación humana.
Minuto sesenta y ocho.
Recibí el balón de espaldas, a unos treinta metros de la portería.
El “cadete”, el central izquierdo que me había enganchado el tobillo en el primer tiempo y que ya tenía tarjeta amarilla, estaba marcándome pegado a mi espalda.
Sentí su respiración agitada.
Estaba nervioso.
Sabía que un error lo mandaba a las regaderas.
En lugar de girar rápido, pisé la pelota y empecé a retroceder lentamente, empujando mi cuerpo contra el suyo, provocándolo.
Le di un leve golpe con la cadera, desequilibrándolo un poco.
Cuando él plantó su pie con fuerza para empujarme de vuelta, hice un giro fulminante sobre mi propio eje, haciendo rodar el balón con la suela.
El movimiento fue tan limpio que lo dejé completamente atrás.
El “cadete”, humillado y viendo que me enfilaba solo hacia el área, perdió la cabeza.
En un acto reflejo de pura frustración, estiró los brazos y me agarró del cuello de la camiseta, jalándome hacia atrás con tanta fuerza que me cortó la respiración por un segundo.
Caí de espaldas contra el pasto.
El silbato del árbitro sonó de inmediato.
No necesité levantarme para saber lo que venía.
Escuché los gritos de mis compañeros y los reclamos del América.
Cuando me puse de pie, el árbitro tenía la tarjeta amarilla en alto, seguida inmediatamente por el cartón rojo.
Primera expulsión.
El América se quedaba con diez hombres.
—Que tengas un buen baño —le dije al central mientras pasaba a mi lado, cabizbajo y maldiciendo en voz baja.
A pesar de tener un hombre más, abrir el cerrojo del América seguía siendo complicado.
Su entrenador sacrificó a su único delantero y metió a otro defensa.
Era una barricada absoluta.
Nueve hombres defendiendo el borde de su área chica.
Minuto setenta y cinco.
La frustración empezaba a apoderarse de mis compañeros.
Gudiel intentó un par de centros frontales que fueron despejados fácilmente por las torres rivales.
Yo necesitaba que los espacios se abrieran más, y para eso, necesitaba que ellos siguieran perdiendo la cabeza.
Tomé el balón en la banda derecha.
El contención del América, un tipo chaparrito pero de complexión ancha, salió a marcarme con fiereza.
Decidí que era el candidato ideal para sumar la quinta amarilla del equipo rival.
Empecé a pisar la pelota frente a él.
Derecha, izquierda.
No avanzaba, solo lo mareaba.
Se le notaba la rabia en los ojos.
En el baloncesto, a esto se le llama “romper los tobillos” sin moverte de tu lugar.
Cuando vi que iba a soltar la patada, adelanté el balón un milímetro.
Su bota impactó de lleno contra mi empeine derecho.
Grité, exagerando un poco la caída para asegurarme de que el árbitro viera el contacto.
Falta clara.
El árbitro se acercó y le mostró la quinta tarjeta amarilla del partido (contando las cuatro del primer tiempo) exclusivamente por faltas cometidas sobre mí.
—Ya dejen de patearlo, ¡jueguen al fútbol!
—les gritó el árbitro, visiblemente harto de la carnicería.
El reloj avanzaba implacable.
Minuto ochenta y dos.
El empate a uno persistía.
La bolsa de valores estaba a punto de cerrar y mis ganancias estaban en riesgo.
Agarré la pelota en el círculo central.
Tenía que subir la apuesta.
Aceleré con una conducción vertical directa hacia el corazón del área.
Era una embestida suicida.
Los mediocampistas del América cerraron la pinza.
El jugador que acababa de recibir la amarilla se lanzó a mi paso.
Hice una “croqueta” rápida, pasando el balón de mi pie derecho al izquierdo en un instante, dejándolo sembrado.
El lateral izquierdo del América, viendo que entraba al área como un cuchillo, decidió que el reglamento era opcional.
Se lanzó con una plancha brutal, con los tacos por delante, a la altura de mi rodilla.
Era una entrada criminal que podía haberme roto la pierna.
Mi instinto de autoconservación estalló.
Salté con todas mis fuerzas, encogiendo las piernas en el aire.
Sus tacos me rozaron la espinillera de plástico con un sonido seco, rasgando la calceta, y caí rodando pesadamente.
El árbitro, que estaba a dos metros de la jugada, ni siquiera dudó.
No hubo amarilla previa.
Sacó la tarjeta roja directa y se la plantó en la cara al lateral.
Segunda expulsión.
El América se quedaba con nueve hombres.
El estadio era un manicomio.
El entrenador rival estaba fuera de sí, pateando botellas de agua.
Sus jugadores rodeaban al árbitro empujándolo, pero la decisión estaba tomada.
Ocho minutos para el final.
Once contra nueve.
La orden desde nuestra banca fue clara: tirar el equipo al frente.
Acorralamos al América en su propia área.
Ya no intentaban salir, simplemente despejaban el balón a cualquier lado de la tribuna.
Era un asedio medieval.
Minuto ochenta y nueve.
El tiempo se agotaba.
Tomé un rebote al borde de la media luna.
Solo quedaba un central nominal en el campo del América.
Era el capitán, un chico con cara de veterano curtido.
Me perfilé hacia mi pierna izquierda, amagando con soltar mi famoso disparo de media distancia.
El capitán se tragó el amague por completo.
Salió a bloquear el disparo tapándose la cara.
En ese microsegundo, pisé el balón y le hice un “sombrerito” perfecto sobre su cabeza, metiéndome al área chica solo contra el portero.
El capitán, superado y desesperado por ser la última línea de defensa, me agarró por el hombro desde atrás y me jaló, cayendo él encima de mí.
El sonido del silbato fue agudo y prolongado.
El árbitro señaló la línea del área grande.
Era falta justo a milímetros de entrar al área chica, pero como era el último hombre y evitó una oportunidad manifiesta de gol, la sanción era automática.
Tarjeta roja directa para el capitán.
Tercera expulsión.
El América se quedaba con ocho jugadores de campo.
Habían sido destrozados física, mental y disciplinariamente por intentar frenar mi cuota de goles.
Se jugaba el minuto noventa y dos, el último minuto del tiempo de compensación.
Tiro libre a favor de Chivas, a un metro del área grande, casi de frente a la portería.
La barrera del América estaba conformada por cinco tipos exhaustos, aterrados, y con la moral destrozada.
Estaban defendiendo con ocho hombres un empate que se les escurría entre los dedos.
Me paré frente a la pelota.
El estadio estaba en un silencio sepulcral, una tensión tan gruesa que se podía cortar con un cuchillo.
Miré al portero.
Estaba mal colocado, cubriendo demasiado el lado de la barrera porque sabía que mi pierna izquierda solía buscar la escuadra por encima de los jugadores.
Era lógica básica.
Pero la lógica básica la usan los empleados promedio.
Los CEOs rompen el mercado con lo inesperado.
Di tres pasos hacia atrás.
El árbitro pitó.
Corrí hacia el balón, pero en lugar de buscar elevación y efecto por encima de la barrera, esperé a que los jugadores del América saltaran por instinto.
Y lo hicieron.
En el mismo segundo en que los cinco hombres despegaron los pies del pasto, impacté la pelota con la parte interna del botín, un golpe seco y raso.
El balón pasó silbando por debajo de los botines de la barrera que estaba en el aire.
El portero, que había dado un paso hacia su poste izquierdo esperando el tiro bombeado, se quedó congelado al ver que el balón cruzaba por el suelo, mansamente, hacia su poste derecho.
Ni siquiera intentó lanzarse.
La pelota besó la red.
2-1.
No hubo carrera eufórica.
No me quité la camiseta.
Simplemente levanté ambos brazos con los puños cerrados, giré sobre mis talones y dejé que la avalancha de mis compañeros me sepultara contra el césped.
El árbitro, consciente de que no tenía sentido prolongar la agonía de un equipo con tres expulsados, pitó el final del partido en ese mismo instante.
El Estadio Akron retumbó hasta sus cimientos.
Papelitos de colores cayeron desde la parte superior.
Éramos campeones de la Sub-17.
Me levanté del suelo con dificultad.
Todo el cuerpo me dolía.
Estaba cojeando, mi uniforme estaba destrozado, sucio de tierra, sudor y algunas manchas de sangre propia y ajena.
Pero mi cuenta bancaria estaba a salvo.
Miré la pantalla gigante del estadio.
Chivas 2 – América 1.
Mientras me entregaban la medalla de campeón y el trofeo pasaba de mano en mano entre mis compañeros que lloraban de felicidad, yo miré hacia los palcos de la directiva.
El Profe Coyote, el técnico de la Sub-20, estaba aplaudiendo de pie.
Había cumplido mi contrato.
Había despedido al equipo rival, liquidado el partido y asegurado mi bono doble.
Esa noche, mientras la ciudad entera celebraba, yo entraría a internet a configurar el color de la pintura y los interiores de piel de mi futuro automóvil.
Misión cumplida.
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