[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 16: Capítulo 16 El pitazo final seguía resonando en mis oídos, mezclado con el rugido ensordecedor de las casi veinte mil personas que habían entrado gratis al Estadio Akron.
A mi alrededor, el campo era un caos de emociones.
Mis compañeros corrían en todas direcciones, algunos lloraban tirados en el pasto, otros se abrazaban saltando hasta quedarse sin aire.
Yo me quedé de pie cerca de la media luna del área, respirando profundo.
El sudor frío empezaba a secarse en mi frente, y con la adrenalina bajando, el dolor de los golpes que me había dado la defensa del América empezó a manifestarse.
Me dolía el tobillo derecho, tenía un raspón ardiendo en el antebrazo y la camiseta rojiblanca me colgaba rasgada del hombro izquierdo.
—¡Eres un maldito genio, Carlos!
¡Los hiciste pedazos!
—Gudiel llegó corriendo por detrás y saltó sobre mi espalda, casi tirándome al suelo.
—Gudiel, bájate, me vas a romper lo poco que me dejaron sano esos tipos —le dije, sonriendo un poco, una sonrisa genuina de alivio porque el trabajo físico había terminado.
Me lo quité de encima y comencé a caminar hacia el centro de la cancha, donde ya estaban instalando la tarima para la premiación.
Los de logística movían vallas publicitarias y templetes a una velocidad impresionante.
Mientras esperaba, miré hacia la banca del América.
Sus jugadores estaban destrozados.
Los tres expulsados ni siquiera habían salido del túnel, y los que quedaban en la cancha miraban al vacío con los ojos rojos.
En el fondo de mi corazón, no sentía pena por ellos.
Habían intentado jugar sucio para proteger su portería, y yo simplemente les había cobrado la factura.
Así son los negocios.
—¡Muchachos, reúnanse!
¡Pónganse las camisetas de campeones!
—nos gritó el Profe Macías, que estaba rojo de la emoción, repartiendo unas playeras blancas con letras doradas que decían “CHIVAS CAMPEÓN SUB-17”.
Me puse la camiseta limpia sobre mi uniforme sucio y roto.
Olía a algodón nuevo.
Me acomodé el cabello y me froté un poco la cara para no salir con aspecto de zombi en las fotografías.
Sabía perfectamente que las imágenes de hoy estarían mañana en los periódicos locales, y una buena imagen pública sube tu valor de mercado.
La voz del sonido local del estadio retumbó por los altavoces, pidiendo a la afición un aplauso para el equipo subcampeón.
Los jugadores del América pasaron a recoger sus medallas de segundo lugar con la cabeza gacha.
Luego, la voz del anunciador cambió a un tono festivo y estruendoso.
—¡Y ahora, señoras y señores, es momento de reconocer a las figuras individuales de este torneo Apertura!
¡Un torneo que pasará a los libros de historia por el dominio absoluto de un equipo invicto!
Me crucé de brazos, prestando atención.
Aquí venía el balance de fin de año.
—¡Llamamos al podio al Campeón de Goleo Individual!
¡Con la absurda, histórica e insuperable cantidad de treinta y cinco goles en la fase regular, y siete más en la Liguilla!
¡El número 42…
Carlos Vela!
El estadio se vino abajo.
El nombre retumbó en las gradas.
Mis compañeros me empujaron hacia adelante.
Caminé hacia la tarima central con paso tranquilo.
Mientras subía los pequeños escalones, mi mente hizo el cálculo automático.
Cuarenta y dos goles en total.
Multiplicado por la cifra estipulada en la cláusula de bonos ofensivos de mi contrato…
la suma que apareció en mi cabeza era tan hermosa que casi me hace tropezar.
Iba a poder amueblar media casa si quisiera, aunque mi único objetivo era ese automóvil último modelo.
El presidente deportivo del club, un hombre de traje impecable, me entregó un trofeo pesado de cristal con forma de botín de fútbol.
—Felicidades, muchacho.
Lo que hiciste esta temporada no tiene nombre —me dijo al oído mientras me daba un apretón de manos—.
El Profe Coyote de la Sub-20 ya me tiene loco pidiendo que te subamos mañana mismo.
—Dígale que el lunes me presento a firmar mi nuevo contrato, señor —le respondí, levantando el trofeo de cristal hacia las cámaras de la prensa y esbozando una sonrisa perfectamente calculada para los fotógrafos.
Los flashes me cegaron por un segundo.
Bajé de la tarima, pero el anunciador no había terminado.
—¡Por favor, que no se vaya muy lejos!
¡Porque el premio al Mejor Jugador del Torneo, el MVP indiscutible, y el líder de asistencias con veintidós pases para gol…
es también para Carlos Vela!
Otra ovación.
Más aplausos.
Volví a subir, recibí un segundo trofeo —una placa dorada bastante elegante— y saludé de nuevo.
Veintidós asistencias.
Eso sumaba otra tajada nada despreciable a mi cuenta bancaria.
Mi rendimiento había sido del mil por ciento.
Había dominado todos los aspectos estadísticos posibles de mi categoría.
Finalmente, llamaron a todo el equipo.
Subimos en montón a la tarima principal.
Nos colgaron las medallas de oro en el cuello.
El metal era frío y pesado contra mi pecho.
Nuestro capitán, el portero, recibió la gran copa plateada del torneo.
—¡A la cuenta de tres!
—gritó el capitán, levantando la copa.
Las máquinas de efectos especiales dispararon cañonazos de confeti rojiblanco y serpentinas al aire.
La música de “We Are The Champions” empezó a sonar a todo volumen.
Mis compañeros saltaban, cantaban, y lloraban abrazados.
Yo me mantuve en el centro de la foto, sosteniendo mis dos trofeos individuales y luciendo mi medalla.
Salté un poco para no desentonar con el ambiente corporativo —después de todo, hay que mostrar espíritu de equipo en la fiesta de fin de año de la empresa—, pero cuando un pedazo de confeti se me metió a la boca, decidí que ya había tenido suficiente celebración por un día.
Me pasé los siguientes cuarenta minutos en la cancha dando entrevistas rápidas a los reporteros locales.
Usé frases de manual, las clásicas que no te meten en problemas pero te hacen quedar bien: “El esfuerzo fue de todo el equipo”, “El América fue un gran rival pero supimos aprovechar las oportunidades”, “Agradezco a la directiva por la confianza”.
Era puro protocolo.
Mientras hablaba con un reportero sobre mi gol de tiro libre, miré de reojo mi reloj de pulsera resistente al agua.
Eran las cuatro de la tarde.
Si me apuraba a ducharme y salía por la puerta trasera del estadio, llegaría a casa justo a tiempo.
Una hora después, con el cuerpo oliendo a jabón barato de vestidor y vestido con ropa limpia y holgada de civil, logré escabullirme de la fiesta que el equipo estaba organizando en las instalaciones.
Me subí a un taxi que había pedido previamente.
—¿A dónde, joven?
—me preguntó el chofer, mirándome por el retrovisor.
Me reconoció al instante por el corte en mi ceja y la mochila del club—.
¡Ah caray!
¡Tú eres el chavito de las Chivas que acaba de destrozar a los del América!
¡Felicidades, chamaco, qué partidazo!
—Gracias, señor.
A la casa club de Verde Valle, por favor.
Y si puede poner el aire acondicionado, se lo agradecería mucho.
Me recargué en el asiento trasero, cerrando los ojos mientras el auto avanzaba por las avenidas de Guadalajara.
Las piernas me punzaban con ese dolor sordo que avisa que al día siguiente no podré ni subir escaleras, pero la paz mental que sentía lo compensaba todo.
Al llegar a mi habitación en la casa club, el silencio fue mi mejor recompensa.
No había gritos del Profe Macías, no había insultos de los defensas rivales, no había cámaras.
Dejé la pesada mochila en el suelo.
Saqué la medalla de oro, el trofeo de goleador y la placa de MVP, y los dejé sobre el escritorio sin prestarles mucha atención.
Para mí, esos pedazos de metal y cristal eran solo comprobantes de ingresos.
Me quité los zapatos, me puse unas sandalias cómodas y me dejé caer en mi silla ergonómica frente a la pared principal de mi cuarto.
Tomé el control remoto y encendí mi majestuosa pantalla plana 4K.
Encendí mi consola y abrí la aplicación del NBA League Pass.
Pedí mi comida favorita a domicilio desde mi teléfono, ignorando los cientos de mensajes de felicitación que saturaban mi WhatsApp.
Me acomodé en la silla, crucé las piernas y subí el volumen.
En la pantalla, el parqué brillante del Staples Center de Los Ángeles iluminó mi cuarto.
Los Lakers estaban a punto de hacer el salto inicial contra los Celtics de Boston.
El sonido de las zapatillas rechinando contra la duela y el rebote del balón naranja llenaron la habitación.
Una sonrisa profunda, sincera y llena de absoluta felicidad se dibujó en mi rostro.
Esto era todo.
Este era el verdadero premio.
Todo el sudor, las patadas de tijera, las peleas con las directivas y el aguantar el frío de las siete de la mañana valían completamente la pena por este momento de perfección.
—Muy bien, Kobe…
muéstrame cómo se hace el trabajo de verdad —murmuré para mí mismo, abriendo una bolsa de frituras mientras el árbitro lanzaba el balón de básquetbol al aire.
La temporada en la Sub-17 había terminado con una rentabilidad inmejorable.
El ascenso a la Sub-20 estaba a la vuelta de la esquina.
Pero por hoy, el fútbol no existía.
Hoy, Carlos Vela solo era Esteban, el mayor fanático del básquetbol en todo México, disfrutando del imperio que había empezado a construir con su pierna izquierda.
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