[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 17
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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Diciembre en Guadalajara tiene un aire particular.
Las calles se llenan de luces, el tráfico se vuelve un infierno por las compras de pánico y la gente camina con esa actitud festiva y relajada de fin de año.
Para la inmensa mayoría de mis compañeros de equipo, el parón invernal significaba posadas, fiestas, desvelos y comer tamales hasta reventar.
Para mí, significaba el cierre del año fiscal y el momento más hermoso de la vida de cualquier empleado corporativo: la renegociación de contrato.
Era lunes por la mañana, apenas un par de días después de haber levantado el trofeo en el Estadio Akron.
Iba en el asiento del copiloto del modesto sedán de mi padre.
Él iba manejando con las manos apretadas en el volante, visiblemente nervioso.
Llevaba puesta su mejor camisa de botones y se había peinado con un exceso de gel.
—Mijo, tienes que ser humilde allá adentro —me decía por tercera vez desde que salimos de casa—.
Los directivos de Chivas son gente importante.
Nada de ponerte exigente.
Ya lograste mucho, nos van a dar un buen aumento, pero no vayas a estirar mucho la liga porque se rompe.
Lo miré de reojo mientras ajustaba la salida del aire acondicionado.
—Papá, la humildad es para los que no tienen números que los respalden —le respondí con calma—.
Yo les acabo de entregar un campeonato invicto, el título de goleo y el de asistencias.
No voy a estirar ninguna liga, voy a cobrar el valor de mercado de mis servicios.
Es simple oferta y demanda.
Mi padre suspiró, negando con la cabeza.
Aún no lograba entender en qué momento su hijo, el niño que supuestamente soñaba con patear balones por amor al deporte, se había convertido en un calculador agente de negocios.
Llegamos a las instalaciones de Verde Valle.
El lugar estaba inusualmente silencioso.
Las canchas estaban vacías, recibiendo mantenimiento de los jardineros.
Entramos al edificio administrativo, un bloque de cristal y acero que contrastaba con el pasto natural de afuera.
La recepcionista nos hizo pasar de inmediato a la sala de juntas principal.
Al entrar, la escena estaba lista.
En la cabecera de una larga mesa de caoba estaba el Director de Fuerzas Básicas.
A su derecha, el Profe Coyote, el técnico de la categoría Sub-20.
Y a su izquierda, un abogado del departamento legal del club con un maletín abierto.
—Adelante, señores Gómez.
Tomen asiento —nos invitó el Director con una sonrisa amplia, de esas que los ejecutivos usan cuando saben que tienen un producto estrella en sus manos.
Mi padre se sentó en la orilla de la silla, casi pidiendo permiso para respirar.
Yo me acomodé en la silla de cuero, me eché hacia atrás y crucé las piernas.
—Seré breve porque sé que todos queremos irnos de vacaciones —comenzó el Director, entrelazando las manos sobre la mesa—.
Carlos, lo que hiciste en la Sub-17 fue histórico.
Las cifras de mercadotecnia del club incluso detectaron un aumento en la asistencia a los partidos de fuerzas básicas solo por ir a verte.
Rompiste la liga.
—Solo hice mi trabajo, señor —respondí con tono neutro—.
El sistema del Profe Macías era rudimentario, pero se le podía sacar provecho.
El Profe Coyote soltó una carcajada y se inclinó hacia el frente.
—Es cierto lo que dicen, no tienes filtro, muchacho —dijo Coyote, mirándome con ojos afilados—.
Pero bueno, por eso estoy aquí.
Macías ya no tiene nada que enseñarte, y tú ya no tienes nada que hacer jugando contra niños de quince años.
A partir de enero del 2016, te integras oficialmente a mi plantilla.
A la Sub-20.
Mi padre ahogó un sonido de sorpresa.
Dar un salto de dos categorías, saltándose la Sub-18 y metiéndose directo con la antesala del primer equipo a los quince años, era algo inaudito.
—Me parece el paso lógico en la cadena operativa —asentí, sin mostrar sorpresa—.
Sin embargo, como le comenté la última vez que nos vimos, Profe Coyote, nuevas responsabilidades exigen una actualización en el tabulador salarial.
El abogado del club intervino por primera vez.
Deslizó una carpeta negra sobre la mesa hacia nosotros.
—Carlos, señor Gómez.
Este es el nuevo contrato propuesto.
Hemos anulado el contrato de formación previo y estamos ofreciendo un contrato de Prospecto Élite Sub-20.
Abrí la carpeta.
Mi padre intentó leer por encima de mi hombro, pero yo me enfoqué directamente en la página tres: el desglose de compensaciones.
Mis ojos recorrieron los números y, por un segundo, mi corazón de aficionado al baloncesto latió con fuerza.
El salario base se había triplicado.
Era una cifra con la que un profesionista con maestría en México soñaría.
Pero yo no me detenía en el sueldo base.
Busqué el anexo de los bonos.
—El salario base es aceptable para la categoría —dije, usando mi mejor voz de póker, aunque por dentro estaba dando saltos de alegría—.
Pero veo que en la cláusula cuatro ajustaron los bonos de productividad.
Antes cobraba un bono extra por cada diez goles o asistencias.
Aquí dice que el bono se pagará cada quince goles o asistencias.
El Director se aclaró la garganta.
—Carlos, entiende que en la Sub-20 es mucho más difícil anotar.
Estarás jugando contra muchachos de diecinueve o veinte años.
Defensas que ya están tocando la puerta de la Primera División, tipos que miden un metro noventa y que defienden su puesto con uñas y dientes.
Quince goles es una meta realista pero ambiciosa para un novato.
Levanté la vista de los papeles y miré fijamente al Director.
—Señor, con todo respeto, la edad o el tamaño del rival no cambian las dimensiones de la portería ni la física del balón —repliqué, juntando las yemas de mis dedos—.
Entiendo que ustedes quieran proteger sus finanzas, pero yo tengo que proteger mis ingresos.
Si quieren que les resuelva los partidos en la Sub-20 como lo hice en la Sub-17, el bono se queda en cada diez participaciones de gol.
Además, quiero que el valor monetario de ese bono aumente un veinte por ciento respecto al contrato anterior, debido al nivel de dificultad que ustedes mismos acaban de mencionar.
Mi padre me dio un codazo disimulado por debajo de la mesa, pálido como un fantasma.
Sentía que estaba a punto de arruinarlo todo.
El abogado del club miró al Director.
El silencio en la sala fue absoluto durante diez largos segundos.
Yo no aparté la mirada.
Era una regla básica de negocios: el primero que habla, pierde.
Finalmente, el Profe Coyote rompió el hielo con una palmada en la mesa.
—Dénselo —dijo el entrenador, mirando al Director—.
Si este chamaco tiene las agallas para venir a exigirnos esos bonos siendo un niño de quince años, es porque sabe que los puede cumplir.
Y si mete la cantidad de goles que está prometiendo, a nosotros nos conviene tenerlo contento.
El Director suspiró, sacó una pluma de oro de su saco y tachó la cláusula, escribiendo la corrección a mano en los márgenes.
Puso sus iniciales y me pasó el documento de vuelta.
—Eres un hueso duro de roer, Carlos.
Queda como pides.
Bono cada diez goles o asistencias, con el incremento del veinte por ciento.
¿Hay algo más que el señor agente desee revisar?
—preguntó el Director con un tono de sarcasmo amistoso.
—Todo está en orden —dije, pasándole la pluma a mi padre—.
Papá, ya puedes firmar.
La auditoría está completa.
Mi padre, aún temblando un poco por la tensión de la negociación, tomó la pluma y firmó en la línea de tutor legal.
Yo firmé debajo con trazos rápidos y limpios.
—Bienvenido a la Sub-20, Vela —me dijo el Profe Coyote, poniéndose de pie para estrecharme la mano—.
Disfruta tu semana de descanso.
El dos de enero arrancamos la pretemporada.
Te advierto una cosa: allá los muchachos no te van a tratar con pinzas.
Para muchos de ellos, el fútbol es la única forma de sacar a su familia adelante.
Tienen hambre.
No les va a hacer gracia que un niño de quince años llegue a quitarles reflectores.
Te van a pegar, y te van a pegar duro.
Le devolví el apretón de manos con firmeza.
—El hambre es una variable psicológica predecible, Profe.
Hace a la gente impulsiva y propensa a cometer errores tácticos —respondí, esbozando una sonrisa cínica—.
Si quieren pegarme, que lo intenten.
Yo solo vengo a checar mi entrada, cobrar mis bonos y regresar a mi casa.
No tengo problemas personales con nadie.
Salimos del edificio corporativo poco antes del mediodía.
El aire se sentía más fresco.
En el bolsillo de mi chamarra llevaba una copia de mi nuevo contrato.
Era mi boleto a la tranquilidad financiera absoluta.
Para cuando terminara el 2016, tendría suficiente dinero para comprar no solo el auto de mis sueños, sino también para invertir en algunos fondos indexados y asegurar mi futuro a largo plazo.
Cuando subimos al auto, mi padre soltó todo el aire que había estado conteniendo.
—¡Estás loco, muchacho!
¡Pensé que nos iban a correr a patadas!
—exclamó, aunque no podía ocultar una sonrisa enorme de orgullo—.
¡Triplicaste el sueldo!
Tu madre no se lo va a creer.
¿A dónde quieres ir a celebrar?
¿Quieres que vayamos a ver artículos de fútbol?
¿Unos zapatos nuevos?
Negué con la cabeza, recostándome en el asiento y cerrando los ojos.
—Nada de fútbol, papá.
Estoy oficialmente de vacaciones.
Llévame a ese restaurante de cortes de carne que está por la Minerva.
Quiero comerme un Ribeye de ochocientos gramos término medio —dije, sintiendo la tensión abandonar mis músculos—.
Y si pasamos por una tienda departamental, necesito comprar un sillón reclinable nuevo para mi cuarto.
Mi padre soltó una carcajada.
Arrancó el motor y nos metimos al tráfico de la ciudad.
Miré por la ventanilla mientras dejábamos atrás las instalaciones de Verde Valle.
El 2015 había sido el año más extraño y rentable de mis dos vidas.
Había muerto, reencarnado, heredado un talento absurdo que odiaba usar, y lo había transformado en un negocio redondo.
La Sub-20 en el 2016 iba a ser un reto físico mayor, sin duda.
Iba a tener que enfrentar a gigantes desesperados por un contrato profesional.
Pero yo tenía algo que ellos no: yo no jugaba con el corazón, jugaba con la calculadora.
Y las matemáticas, a diferencia del fútbol, nunca mienten.
Saqué mi teléfono y revisé las noticias deportivas de Estados Unidos.
Los Lakers jugaban esa noche.
Con mi nuevo sillón reclinable y el aumento salarial asegurado, la vida, a pesar de tener que correr tras un balón de vez en cuando, era verdaderamente maravillosa.
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