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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 18

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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 Despertar un siete de enero siempre trae consigo una sensación extraña.

Las fiestas decembrinas ya pasaron, el mundo empieza a volver a su rutina habitual y, en mi caso particular, marcaba el día exacto en que mi cuerpo alcanzaba los dieciséis años de edad.

Me quedé un rato mirando el techo de mi habitación.

Si sumaba los treinta años de mi vida pasada como oficinista, técnicamente estaba cumpliendo cuarenta y seis.

Era un hombre de mediana edad atrapado en el cuerpo de un adolescente con una cuenta bancaria que crecía a un ritmo obsceno.

Me desperecé, sintiendo cómo los músculos de la espalda crujían suavemente.

A pesar del intenso entrenamiento físico, tener dieciséis años era una maravilla biológica.

Mi capacidad de recuperación era envidiable; el dolor de las patadas que recibí en la final contra el América había desaparecido por completo.

Me levanté de la cama y caminé descalzo por el suelo de madera.

Mi habitación ya no era el cuarto genérico de un adolescente.

Se había convertido en la sala de juntas principal de mi imperio personal.

En el centro de la pared brillaba mi pantalla 4K de 50 pulgadas.

Debajo de ella, una consola de videojuegos de última generación respiraba en modo de reposo.

Y justo frente a la pantalla, la joya de la corona: un sillón reclinable de cuero negro, acolchado, con portavasos integrados y función de masaje lumbar.

Había gastado una buena parte de mi bono de campeonato en armar este santuario, y valía cada centavo.

Salí al pasillo y el olor a chilaquiles rojos, huevos estrellados y frijoles refritos inundó mis fosas nasales.

Mi madre estaba en la cocina, tarareando una canción de Luis Miguel mientras meneaba una olla en la estufa.

—¡Feliz cumpleaños, mijo!

—gritó al verme entrar, soltando la cuchara de madera para darme un abrazo apretado que casi me saca el aire—.

¡Dieciséis años!

Ya estás hecho todo un hombrecito.

—Gracias, mamá —respondí, devolviéndole el abrazo con una sonrisa genuina.

En mi vida anterior vivía solo y mis cumpleaños solían ser bastante solitarios, apenas marcados por una felicitación de recursos humanos en el correo de la empresa.

Tener a alguien preparándome un desayuno especial era un beneficio emocional que no estaba en ningún contrato.

Mi padre entró por la puerta trasera del patio, sacudiéndose el frío de la mañana, llevando una caja envuelta en papel brillante.

—¡Felicidades, Carlos!

—me dio una palmada fuerte en la espalda y dejó el regalo sobre la mesa de la cocina—.

Ábrelo, a ver qué te parece.

Tu madre y yo fuimos a buscarlo ayer al centro.

Me senté a la mesa.

Rompí el papel de regalo con cuidado de no hacer mucho desorden.

Dentro había una caja negra con el logo de una marca deportiva muy famosa.

Al abrirla, encontré un par de tenis de baloncesto edición especial.

No eran para jugar al fútbol; eran de suela plana, altos, con un diseño retro en colores morado y dorado.

Los colores de los Lakers.

Sentí un nudo en la garganta.

Mis padres en este mundo aún pensaban que yo jugaba al fútbol por vocación, pero habían prestado suficiente atención a mis pósters y a mi nueva pantalla para saber qué era lo que realmente me hacía feliz.

—Están perfectos.

La ergonomía es ideal y el diseño es inmejorable.

Muchas gracias a los dos —dije, usando mi tono habitual, pero con una calidez que pocas veces dejaba salir.

Desayunamos en familia, sin prisas.

No había entrenamientos hoy.

El Profe Coyote de la Sub-20 nos había dado la primera semana de enero libre antes de comenzar el verdadero infierno de la pretemporada.

Por hoy, los tabuladores, los esquemas tácticos y los golpes quedaban fuera de mi jurisdicción.

Cerca del mediodía, el timbre de la casa sonó con insistencia.

Al abrir la puerta, me encontré con Gudiel y un par de chicos más de mi equipo del barrio.

Traían un par de pizzas familiares, tres botellas grandes de refresco y una actitud de fiesta total.

—¡Ese es mi cumpleañero!

—Gudiel entró empujándome amistosamente—.

Ya sabemos que ahora eres un “Prospecto Élite” y ganas más dinero que el alcalde, pero nosotros traemos el banquete.

¿Listos para la humillación en la consola?

—Pasen —les dije, haciéndome a un lado—.

Pero dejen los refrescos en la cocina, no quiero líquidos cerca de mis aparatos electrónicos nuevos.

Cuando entraron a mi habitación, se quedaron mudos.

Parecían tres cavernícolas descubriendo el fuego.

Sus ojos iban de la pantalla gigante al sillón de cuero y de regreso.

—No inventes, Vela…

esto es el paraíso —susurró uno de los chicos, acercándose a la pantalla casi con reverencia—.

¿De verdad compraste todo esto con tu primer pago?

—Fue una inversión en calidad de vida —respondí, tomando uno de los controles de la consola—.

La salud mental es fundamental para mantener el rendimiento laboral.

Tomen asiento en la cama o en las sillas del escritorio.

El sillón reclinable es exclusivo de la gerencia.

Gudiel soltó una carcajada, abrió una de las cajas de pizza y se sentó en el borde de mi cama.

—Eres un sangrón de lo peor, pero hoy te lo perdonamos porque es tu cumpleaños.

¡Prende esa cosa, vamos a jugar!

Encendí la consola y puse el juego de básquetbol, el NBA 2K16.

A pesar de mis intentos por hacerlos entender la superioridad táctica de la NBA, mis amigos eran futboleros de corazón.

Jugaban al básquetbol virtual como si fuera un partido de fútbol: corriendo hacia adelante sin estrategia y lanzando triples desde cualquier lado de la cancha.

Yo, por supuesto, no tuve piedad.

Elegí a los Golden State Warriors.

Gudiel escogió a los Cleveland Cavaliers porque le gustaba el uniforme oscuro de LeBron James.

Me acomodé en mi sillón, bajé el reposapiés, tomé una rebanada de pizza de peperoni y me dispuse a dar una clase maestra de eficiencia deportiva.

—Gudiel, tu defensa perimetral tiene más huecos que la declaración de impuestos de una empresa fantasma —le decía, mientras mi jugador base virtual cruzaba la cancha.

Hice un movimiento de “Pick and Roll” con la palanca, liberando a Stephen Curry en la línea de tres puntos.

Presioné el botón de tiro justo en el milisegundo perfecto.

La barra de tiro se puso verde.

Un sonido de red limpia salió por las bocinas de la televisión.

—¡Ya párale, güey!

¡Llevas cuarenta puntos de ventaja y apenas vamos en el tercer cuarto!

—se quejó Gudiel, frustrado, intentando hacer una clavada absurda con un jugador chaparrito que terminó siendo bloqueada por mi defensa virtual.

—La piedad no está en el código del juego, mi estimado.

Tienes que aprender a gestionar tus tiempos de posesión.

Pasamos toda la tarde así.

Comiendo pizza fría, bebiendo refresco y gritándole a la pantalla.

Hacía años que no tenía una tarde tan ridículamente normal.

En mi vida anterior, mis tardes libres las pasaba ordenando facturas atrasadas o durmiendo por el agotamiento crónico.

Hoy, rodeado de adolescentes ruidosos en un cuarto de primera tecnología, me sentí verdaderamente vivo.

Cuando el sol comenzó a ponerse y el cielo de Guadalajara se pintó de un naranja polvoriento, los chicos del barrio se despidieron para irse a sus casas.

Gudiel se quedó un momento en la puerta de mi casa, pateando una piedrita en la banqueta.

—Oye, Carlos…

—empezó, con un tono un poco más serio—.

¿Neta ya no vas a jugar con nosotros en la Sub-17?

Me recargué en el marco de la puerta, metiendo las manos en los bolsillos de mi sudadera.

—Fui reasignado, Gudiel.

Las altas esferas del club necesitan mis métricas en la Sub-20.

Es un ascenso natural.

Gudiel suspiró, encogiéndose de hombros.

—Sí, lo sé.

Todos en el equipo sabíamos que nos quedabas inmenso.

Solo que…

bueno, fue divertido verte destrozar al América tú solo.

Ahora nosotros vamos a tener que correr de verdad para ganar los partidos.

—Apliquen los conceptos de espaciamiento que les enseñé.

Cansen al rival haciendo que el balón corra, no sus piernas.

Ustedes tienen buen nivel, solo necesitan optimizar su energía —le aconsejé, dándole una palmada en el hombro—.

Y si alguna vez necesitas asesoría táctica, mi tarifa de consultoría para amigos tiene un descuento del cien por ciento.

Mi amigo sonrió, se despidió con un choque de puños y se fue caminando por la calle.

Cerré la puerta y regresé al comedor.

Mi madre había puesto un pastel de chocolate en el centro de la mesa, adornado con dos velas simples que formaban el número 16.

Mi padre ya estaba sentado, con una cámara digital lista.

—Vente, mijo.

Vamos a partir el pastel antes de que se haga más tarde —me llamó mi madre, encendiendo las pequeñas llamas de las velas con un cerillo.

Me acerqué a la mesa y miré el fuego parpadeante.

El clásico “Pide un deseo” resonó en mi cabeza.

En las películas, la gente pedía paz mundial, amor eterno o ganar la Copa del Mundo.

Yo cerré los ojos un segundo.

Mi deseo era mucho más pragmático.

Cinco años más, pensé.

Solo tengo que mantener este nivel de productividad cinco años más.

Juntar un capital agresivo, negociar un contrato multimillonario en Europa, invertir en bienes raíces, retirarme a los veintiuno sin lesiones crónicas y comprar mis pases VIP para ver a los Lakers hasta que me muera de viejo.

Soplé las velas con fuerza, apagándolas de un solo golpe.

Mis padres aplaudieron.

Yo tomé el cuchillo grande de cocina para partir el pastel, asegurándome de cortar las rebanadas con la simetría exacta de un gráfico circular.

El día había sido un éxito rotundo.

Un cumpleaños sin estrés, sin trabajo físico y rodeado de la poca gente que consideraba parte de mi círculo de confianza.

Al día siguiente tendría que empezar a estudiar videos de los equipos Sub-20 para analizar sus patrones defensivos.

Sabía que los defensores de esa categoría eran más altos, más fuertes y más mañosos.

Iban a intentar ablandarme a patadas desde el día uno.

Pero esa era una preocupación para el Carlos Vela del mañana.

Esta noche, el Carlos Vela de dieciséis años iba a sentarse en su reclinable de cuero, estrenaría sus nuevos tenis retro y se comería una rebanada de pastel de chocolate mientras veía otro partido de la NBA en gloriosa alta definición.

La vida corporativa nunca había sido tan dulce.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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