[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 El doce de enero de 2016 llegó con la puntualidad de un cobrador de impuestos.
El aire matutino en las instalaciones de Verde Valle cortaba la piel, obligando a casi todos a usar chamarras térmicas y guantes.
A las seis y media de la mañana, yo ya estaba cruzando la puerta del vestidor del equipo Sub-20.
Inmediatamente noté que este “departamento” era distinto al de la Sub-17.
El olor no era a desodorante barato de secundaria; olía a linimento fuerte, a café negro y a la tensión palpable de tipos que se estaban jugando la vida.
Los jugadores de la Sub-20 tenían diecinueve o veinte años.
Eran hombres hechos y derechos.
Muchos de ellos ya tenían hijos, familias que mantener y la presión de que este era su último escalón: o daban el salto a la Primera División y firmaban el contrato de sus vidas, o terminaban jugando en ligas de ascenso por sueldos miserables.
Cuando entré al vestidor con mi mochila al hombro, las conversaciones se detuvieron.
Unos quince pares de ojos se clavaron en mí.
Yo mido un metro setenta y cinco y tengo la complexión atlética de un chico de mi edad, pero al lado de estos mastodontes, parecía un pasante de secundaria entrando a una reunión de la junta directiva.
Caminé en silencio hasta la taquilla que tenía una cinta adhesiva con mi apellido escrito con marcador negro: VELA.
—Miren nada más, nos trajeron a la mascota de la Sub-17 —dijo una voz ronca desde el fondo del vestidor.
Me giré lentamente mientras abría mi taquilla.
El que había hablado era un tipo de casi un metro noventa, con los brazos llenos de tatuajes y una barba cerrada.
Llevaba el número 4 en sus pantalones de entrenamiento.
Por el reporte que había estudiado la noche anterior, sabía que se llamaba Valdés, alias “El Toro”, el defensa central y capitán del equipo.
Un prospecto que ya entrenaba un par de días a la semana con el primer equipo.
—Buenos días, Valdés —le respondí, con un tono educado pero tan frío como el clima de afuera—.
No soy la mascota.
Soy la nueva adquisición operativa.
Vengo a cubrir mi cuota de goles para que ustedes puedan cobrar sus primas por victoria más seguido.
Un par de jugadores soltaron una carcajada nerviosa, pero Valdés se levantó de su asiento, cerrando su taquilla con un golpe seco.
Caminó hacia mí.
Su sombra literalmente me cubría.
—Escúchame bien, niñito —me siseó, apuntándome con un dedo grueso como una salchicha—.
Sé que vienes apadrinado por los directivos.
Sé que hiciste pedazos a los pubertos de la Sub-17.
Pero aquí es el mundo real.
Aquí comemos carne cruda.
Si piensas que vas a venir a caminar por nuestra cancha haciéndote el guapo, te voy a romper las dos piernas en el primer interescuadras para que te regresen a la primaria.
¿Me copias?
Lo miré directo a los ojos, sin parpadear.
Mi ritmo cardíaco no subió ni una pulsación.
—Valdés, las amenazas físicas en el entorno laboral son un claro síntoma de inseguridad profesional —le contesté, acomodando mis botines dentro de mi taquilla—.
No me interesa ser guapo, me interesa ser eficiente.
Y estadísticamente, si intentas romperme las piernas, llegaré a la portería antes de que tus nervios motores le avisen a tus músculos que deben moverse.
Ahora, con tu permiso, necesito cambiarme.
Mi turno empieza en diez minutos.
Me di la vuelta y me quité la chamarra.
El vestidor se quedó en un silencio absoluto.
Nadie le hablaba así al “Toro” Valdés.
Sabía que me acababa de poner una diana gigante en la espalda, pero en los negocios, si muestras debilidad en tu primer día frente a los líderes del sindicato, estás muerto.
A las siete en punto, el Profe Coyote nos reunió en la cancha principal de entrenamiento.
—¡Señores, feliz año nuevo!
¡Se acabaron los tamales y la fiesta!
—gritó el entrenador, frotándose las manos enguantadas—.
Como ya notaron, tenemos un nuevo elemento.
Vela sube con nosotros.
No quiero niñeras, pero tampoco quiero mala fe.
Al primero que vea intentando lesionarlo por ego, lo mando a entrenar con la Sub-15 todo el semestre.
¡A calentar!
El entrenamiento comenzó con los ejercicios físicos habituales.
Aquí, la intensidad era el doble que en mi categoría anterior.
Los piques eran más largos, la exigencia aeróbica era brutal.
Yo apliqué mi técnica de respiración controlada y, gracias al trabajo de fondo que había hecho en los meses previos, logré mantenerme en la media del grupo sin desentonar.
Luego, pasamos al ejercicio de posesión de balón en espacios reducidos.
Siete contra siete en un cuadrado de veinte por veinte metros.
Aquí fue donde la hostilidad del “departamento” se hizo evidente.
A mí me tocó en el equipo de petos naranjas, junto con algunos suplentes.
Valdés y los titulares tenían los petos verdes.
La orden era jugar a dos toques máximo.
Apenas el balón llegó a mis pies, dos mastodontes con peto verde se lanzaron sobre mí como leones sobre una cebra herida.
Querían darme “la bienvenida”.
Yo vi sus caderas bajar, preparándose para el impacto.
Mi mente procesó la física del choque.
Masa por aceleración igual a fuerza.
Riesgo de impacto contundente: 95%.
Solución: Evitar el punto de colisión.
En lugar de intentar controlar el balón y regatear, metí la punta del botín justo por debajo del esférico antes de que este siquiera dejara de rodar.
Hice un “pase de cucharita”, picando la pelota apenas unos centímetros por encima de la bota de uno de los agresores, directo al pecho de un compañero libre.
Los dos jugadores que venían a chocarme no pudieron frenar y terminaron estrellándose uno contra otro.
El Profe Coyote asintió desde la banda.
Esa fue la tónica del ejercicio.
Durante veinte minutos, intentaron cazarme.
Les resultaba profundamente ofensivo que un niño de dieciséis años estuviera en su cancha.
Pero yo había perfeccionado el juego a un toque.
Era como el “Tiki-Taka”, pero aplicado al ritmo de la NBA.
Jugaba de primera intención, recibiendo perfilado y soltando la pelota en un milisegundo.
Me convertí en un fantasma.
Sentían mi presencia, veían mis pases, pero no lograban tocarme el uniforme.
El nivel de frustración de Valdés era palpable.
Su cara estaba roja de furia.
—¡Es un entrenamiento, Profe!
—gritó Valdés, bufando—.
¡Vamos a hacer interescuadras de una maldita vez!
El Profe Coyote sopló el silbato.
—¡Interescuadras!
—ordenó—.
Once contra once en tres cuartos de cancha.
Quiero presión alta.
Me asignaron el rol de mediapunta en el equipo suplente, el “Equipo B”.
Nuestro trabajo era intentar perforar la defensa titular, liderada por Valdés.
El ambiente se volvió eléctrico.
Mis compañeros del Equipo B me miraban con una mezcla de respeto y lástima; sabían que en el interescuadras, los choques eran inevitables.
El balón comenzó a rodar.
El ritmo de la Sub-20 era asfixiante.
No te daban ni medio segundo para pensar.
En cuanto alguien recibía el balón, tenía a un rival mordiéndole los tobillos.
Yo me dediqué a caminar por el medio campo, administrando mis energías, calculando los movimientos de la defensa titular.
Eran muy rápidos en las coberturas y muy fuertes en el cuerpo a cuerpo.
Mi “Modo Kaká” puro —basado en la aceleración larga— no iba a funcionar igual de bien aquí porque los centrales tenían zancadas enormes y sabían usar los brazos para frenarte.
Tenía que actualizar mi software.
Necesitaba movimientos de baloncesto puros.
Minuto quince del interescuadras.
El marcador estaba cero a cero.
Recibí un pase rebotado cerca de la banda izquierda.
Valdés, el capitán, vio su oportunidad.
Salió de su zona como un misil teledirigido.
Medía casi un metro noventa, pesaba más de ochenta kilos de puro músculo y venía a toda velocidad con la clara intención de mandarme a la grada.
En el básquetbol, cuando un jugador muy grande y pesado viene a bloquearte, usas su propia inercia en su contra con un cambio de dirección drástico.
Manu Ginóbili y James Harden lo perfeccionaron en la NBA: el famoso Euro-Step.
Esperé a que Valdés estuviera a dos metros de distancia.
Su mirada estaba fija en el balón.
Toqué la pelota suavemente hacia adelante, dejándola rodar libre.
Di mi primer paso —el de apoyo— cargando todo mi peso exageradamente hacia mi pierna izquierda, como si fuera a intentar rebasarlo por fuera.
Bajé el hombro izquierdo, dándole el lenguaje corporal perfecto.
Valdés, como un buen perro guardián, mordió el anzuelo por completo.
Plantó su pie derecho con una fuerza brutal para frenar mi carrera por ese lado.
Pero en el mismo instante en que mi pie izquierdo tocó el césped, en lugar de impulsarme hacia adelante, lo usé como un resorte.
Empujé mi cuerpo violentamente en diagonal hacia la derecha, cruzando por completo mi trayectoria sin haber tocado aún el balón.
Fue un paso lateral largo y elástico.
El Euro-Step de las duelas llevado al pasto húmedo.
Valdés no pudo corregir.
Su centro de gravedad estaba comprometido hacia la izquierda.
Sus piernas se enredaron al intentar cambiar de dirección tan bruscamente.
Sus botines resbalaron en el césped y terminó cayendo aparatosamente de rodillas, abrazando el aire donde yo supuestamente debía estar.
Yo recuperé el contacto con el balón tras mi paso lateral largo y arranqué a toda velocidad por el centro, completamente solo.
Había destrozado al capitán del equipo sin siquiera usar un regate convencional.
La defensa titular entró en pánico.
El otro central y el contención salieron desesperados a cortarme el paso, dejando libre el borde del área grande.
Mi mente calculó la parábola perfecta.
No necesité adentrarme más.
A unos veinticinco metros de la portería, perfilé mi cuerpo, abrí la cadera y empalmé el balón con la cara interna de mi zurda.
No le pegué con toda mi fuerza; le pegué con un cien por ciento de precisión matemática.
El balón trazó una curva preciosa por encima del portero, que estaba ligeramente adelantado, y entró lamiendo el travesaño en el ángulo superior derecho.
Un gol de pintura.
Uno a cero para el Equipo B.
El entrenamiento se detuvo por un instante.
Los únicos sonidos eran mi respiración pausada y el balón rebotando dentro de la red.
Me di la vuelta y comencé a caminar de regreso al centro del campo.
Pasé por un lado de Valdés, que apenas se estaba levantando del pasto, con las rodillas sucias y la cara de un rojo purpúreo que parecía a punto de estallar de la rabia y la humillación.
—Las leyes de la física dictan que a mayor masa, más difícil es cambiar de dirección en movimiento —le dije, ajustándome el cuello de mi camiseta técnica sin mirarlo a la cara—.
Te recomiendo que no salgas de tu zona tan rápido la próxima vez.
Es perjudicial para la postura lumbar.
El Profe Coyote, desde la banda, se había quitado la gorra y se estaba frotando la calva, sin poder creer lo que había visto.
Sabía que yo era bueno, pero humillar al mejor prospecto defensivo del club en su primer día, y con tanta frialdad, rayaba en lo ridículo.
—¡Se acabó el interescuadras!
¡A estirar!
—ordenó el técnico, viendo que Valdés apretaba los puños y quería ir a buscarme.
No valía la pena arriesgar una pelea en el primer día de pretemporada.
Nos formamos en círculo para hacer los estiramientos finales.
Nadie dijo una palabra.
Los de mi edad que estaban de suplentes me miraban como si fuera una especie de deidad vengativa.
Los titulares me lanzaban miradas de furia mezcladas con un respeto indeseado.
Al final, cuando nos dirigíamos a los vestidores, el contención titular, un chico de veinte años que había jugado un par de minutos en Copa MX con el primer equipo, se acercó a mi lado.
—Oye, chamaco —me dijo en voz baja—.
Tienes talento, eso es innegable.
Ese quiebre de cintura estuvo de locos.
Pero bájale a tus humos.
Valdés es rencoroso.
Te va a querer buscar las cosquillas.
—Agradezco la advertencia —le contesté, manteniendo el paso—.
Pero mis humos están en su nivel óptimo.
Solo busco mantener mis estadísticas altas.
Si Valdés se entromete en mi hoja de resultados, tendré que seguir auditando sus fallas defensivas.
Entré al vestidor, fui directo a mi taquilla, agarré mi toalla y me metí a las duchas antes de que la multitud llenara el lugar.
El agua caliente sobre los músculos tensos se sentía gloriosa.
Había sobrevivido al primer choque en el nuevo departamento.
El aumento de sueldo estaba totalmente justificado por el nivel de exigencia física, pero mi capital técnico, alimentado por mis horas de análisis de la NBA, era más que suficiente para garantizar el retorno de inversión.
Mientras me secaba y me ponía mi ropa limpia, revisé mi teléfono.
Los Lakers jugaban a las siete de la noche.
Iba a llegar a casa, inaugurar formalmente mi sillón reclinable con una pizza familiar y relajarme por el resto del día.
Las hostilidades de la Sub-20 podían esperar hasta mañana; hoy, la rentabilidad y la paz interior estaban aseguradas.
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