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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 24

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24: Capítulo 24 24: Capítulo 24 El vuelo de regreso a Guadalajara desde Monterrey fue un carnaval.

Mis compañeros de la Sub-20 venían cantando, jugando cartas y haciendo bromas pesadas en la parte trasera del avión.

Haberle ido a ganar a Rayados en su propia casa, y de esa manera, los tenía en un estado de euforia total.

Yo iba sentado en las primeras filas, con la vista fija en la ventanilla oscura y mis nuevos audífonos de cancelación de ruido encendidos al máximo.

No estaba escuchando música.

Estaba escuchando un podcast de análisis financiero sobre el tope salarial de las franquicias de la NBA.

Mi cuerpo, sin embargo, me estaba pasando factura.

Debajo de la ropa deportiva del club, tenía moretones del tamaño de pelotas de tenis en los muslos y un raspón en la pantorrilla que ardía con cada roce de la tela.

Jugar en la Sub-20 era rentable, pero el costo de mantenimiento del “hardware” estaba siendo más alto de lo proyectado.

Los defensas de esta categoría pegaban con la intención de retirar al rival.

El lunes por la mañana, la sesión en Verde Valle fue exclusivamente de recuperación.

Me sumergí en la tina de hielo de la zona de fisioterapia.

El agua a cuatro grados centígrados se sintió como un millón de agujas clavándose en mi piel al mismo tiempo.

Apreté los dientes, controlando la respiración.

Inhalar en cuatro tiempos, exhalar en ocho.

—¿Duele, chamaco?

—me preguntó Valdés, que estaba en la tina de al lado, sumergido hasta el cuello.

—Es una simple constricción de los vasos sanguíneos para reducir la inflamación del tejido muscular, Valdés.

El dolor es solo una señal neurológica temporal —respondí, cerrando los ojos para concentrarme en no temblar.

El capitán soltó una carcajada que resonó en los azulejos del cuarto de recuperación.

—Nunca voy a entender cómo funciona esa cabeza tuya.

Pero oye, te quería dar las gracias.

Ese pase que me pusiste contra Cruz Azul y lo de ayer…

el equipo se siente diferente.

Antes cada quien jugaba para salvar su propio contrato.

Ahora sentimos que, si te damos el balón, todos ganamos.

—Esa es la definición exacta de una sinergia corporativa exitosa —le contesté, abriendo un ojo—.

Mientras mantengan la línea defensiva sólida y me manden el balón con ventaja, las comisiones nos van a llegar a todos.

Salí de la tina diez minutos después, sintiendo las piernas entumecidas pero mucho más ligeras.

Me sequé, me puse ropa limpia y caminé hacia la cafetería del club para pedir mi desayuno estrictamente medido en carbohidratos y proteínas.

No lo hacía por amor a la dieta, sino porque un motor de alto rendimiento necesita el combustible exacto para no averiarse.

Mientras me comía unos huevos revueltos con pechuga de pavo, el Profe Coyote se sentó frente a mí.

Traía una taza de café negro y una expresión bastante seria.

—Carlos, tenemos que hablar —dijo el entrenador, bajando la voz—.

Lo que hiciste en Monterrey ya hizo eco.

No solo en la liga Sub-20.

El cuerpo técnico del primer equipo ya pidió tus videos.

El “Pelado” Almeyda, el técnico de Primera, estuvo preguntando por ti esta mañana.

Detuve el tenedor a medio camino de mi boca.

Jugar en Primera División significaba un salto salarial astronómico, patrocinadores, marcas deportivas…

pero también significaba jugar contra tipos de treinta años, extranjeros gigantescos que cobraban millones y que no dudarían en romperme una pierna para proteger su puesto.

—Agradezco el interés de la gerencia general, Profe —respondí con calma—.

Pero estadísticamente, apresurar un ascenso a la división principal a los diecisiete años aumenta el riesgo de lesiones crónicas en un cuarenta por ciento.

Mi cuerpo aún está en desarrollo.

Prefiero consolidar mis métricas aquí este semestre.

El Profe Coyote me miró con esa mezcla de fascinación y exasperación que ya se le estaba haciendo costumbre.

—Mira, muchacho, yo sé que no quieres que te toquen, pero en el fútbol las oportunidades son calvas y se agarran por los pelos.

De todos modos, por ahora te vas a quedar aquí.

Pero ese no es el único tema.

Al terminar tu desayuno, ve a la sala de visitas de la casa club.

Te está esperando un tipo.

—¿Un tipo?

¿Quién?

—Un representante.

Y no es cualquier representante.

Es de una de las agencias más grandes del país.

Tienen a varios seleccionados nacionales.

Ha estado llamando al club desde el sábado en la noche exigiendo hablar contigo.

Como eres menor de edad, el club ya notificó a tu papá, viene en camino.

Asentí lentamente.

Sabía que este día llegaría.

A los dieciséis años, con mis números, era un trozo de carne fresca rodeado de tiburones.

Terminé mi desayuno, recogí mi bandeja y caminé hacia la sala de visitas.

Era una habitación cómoda, con sillones de piel y trofeos del club en vitrinas de cristal.

Adentro estaba mi padre, que acababa de llegar y lucía bastante intimidado, sentado frente a un hombre de unos cuarenta años, bronceado, con un traje a la medida que probablemente costaba más que el auto de mi papá y un reloj suizo del tamaño de un plato en la muñeca.

—¡Hombre, la joya de la corona!

—exclamó el hombre del traje al verme entrar, poniéndose de pie con una sonrisa deslumbrante y extendiendo los brazos—.

Carlos Vela, qué gusto.

Soy el Licenciado Mauricio Rojas.

Trabajo para la agencia de representación deportiva más importante de este lado del charco.

—Mucho gusto, Licenciado —dije, dándole un apretón de manos firme, puramente protocolario, y sentándome en el sillón vacío junto a mi padre.

—Mira, Carlos, voy a ir al grano porque sé que eres un chico ocupado —comenzó Rojas, acomodándose en su asiento y cruzando la pierna—.

He visto tus últimos dos partidos.

Eres un fuera de serie.

Tienes un talento que nace una vez cada cincuenta años.

Pero el talento sin dirección, es dinero tirado a la basura.

Y tú no quieres tirar dinero a la basura, ¿verdad?

—Evidentemente no —respondí, manteniendo mi expresión neutral.

—Exacto.

Tu padre me cuenta que aún no tienes representación oficial.

Eso es peligrosísimo, muchacho.

Los clubes son negocios, te van a querer pagar lo menos posible.

Nosotros te ofrecemos el paquete completo: negociamos tus contratos, te conseguimos marcas de zapatos, comerciales, manejamos tu imagen pública, y te prometo que antes de que cumplas los dieciocho, te tengo una oferta sobre la mesa de un club de Europa.

¿Holanda, España, Alemania?

Tú pides por esa boca.

Mi padre me miró con los ojos muy abiertos.

La palabra “Europa” era mágica para él.

—Suena a un portafolio de servicios muy completo, Licenciado Rojas —dije, recargándome en el respaldo del sillón—.

¿Cuál es la estructura de comisiones que maneja su agencia?

El representante sonrió aún más, creyendo que ya me tenía en la bolsa.

—Manejamos el estándar del mercado para prospectos élite, Carlitos.

Nos quedamos con un módico quince por ciento de tu salario bruto en el club, y un veinte por ciento de los contratos de publicidad que nosotros te consigamos.

A cambio, nosotros nos encargamos de absolutamente todo.

Tú solo te preocupas por meter esos golazos de tiro libre.

Dejé pasar tres segundos de silencio.

Miré su reloj brillante, luego miré sus zapatos italianos.

—Licenciado Rojas, le voy a explicar por qué este acuerdo no es viable para mí —comencé, entrelazando las manos sobre mi regazo—.

Usted dice que el club es un negocio que quiere pagarme lo menos posible.

Es correcto.

Pero su agencia también es un negocio.

Si usted se queda con el quince por ciento de mi salario bruto, significa que se está llevando una tajada de un dinero que yo sudo en la cancha cada fin de semana, incluso en los meses en los que usted no está activamente negociando nada.

La sonrisa del representante vaciló un poco, pero se mantuvo firme.

—Bueno, Carlos, es que la representación es un trabajo veinticuatro siete.

Nosotros cuidamos tu imagen, te abrimos puertas…

—Mis estadísticas me abren las puertas —lo interrumpí con frialdad—.

Promedio dos goles y una asistencia por partido en la Sub-20.

Los visores europeos saben leer una hoja de cálculo.

No necesito a nadie que les traduzca mis números.

Mi padre tragó saliva, frotándose las manos sobre las rodillas.

Estaba aterrorizado de que yo ofendiera a este hombre tan importante.

—Respecto a los contratos de publicidad —continué—, cobrar un veinte por ciento de comisión me parece un robo a despoblado, sobre todo porque usted usaría los videos de mis goles, mis derechos de imagen generados por mi propio esfuerzo, para vender el producto.

Usted sería un simple intermediario cobrando una prima de riesgo inexistente.

El Licenciado Rojas se inclinó hacia adelante, perdiendo el tono amistoso y adoptando uno un poco más condescendiente.

—Muchacho, no seas ingenuo.

El mundo del fútbol no es solo patear la pelotita.

Hay contratos con letras pequeñas, cláusulas de rescisión, derechos de formación.

Si no tienes a un profesional que te cuide la espalda, te van a comer vivo.

Necesitas un abogado.

—Estoy totalmente de acuerdo con esa última afirmación, Licenciado —asentí, y por primera vez en la reunión, esbocé una ligera sonrisa—.

Necesito un abogado.

Pero un abogado corporativo.

Alguien a quien yo le pague honorarios por horas facturables o una tarifa fija por revisión de contratos.

No necesito un “representante” que actúe como un parásito atado a mi nómina por los próximos diez años.

Así que, a menos que su agencia esté dispuesta a ofrecerme un contrato de asesoría legal por hora, sin porcentajes sobre mi salario, creo que no tenemos nada más que hablar.

El representante se quedó boquiabierto.

Miró a mi padre buscando ayuda, pero mi padre solo se encogió de hombros, con una mezcla de pánico y resignación.

—Estás cometiendo un error muy grave, Vela —dijo Rojas, poniéndose de pie y cerrando el botón de su saco con brusquedad—.

He visto a muchos talentos como tú estrellarse contra la pared por creer que pueden manejar solos el negocio.

Cuando te des cuenta de que necesitas contactos en Europa, mi puerta va a estar cerrada.

—El mercado es amplio y la competencia es feroz, Licenciado.

Si mis números siguen subiendo, le aseguro que encontraré quien me atienda.

Que tenga un excelente viaje de regreso a la capital.

El representante me lanzó una última mirada de incredulidad, se despidió de mi padre con un asentimiento seco y salió de la sala de visitas a paso rápido.

En cuanto la puerta se cerró, mi padre dejó caer la cabeza entre las manos, soltando un gemido ahogado.

—Ay, Dios mío…

Carlos, ¿qué acabas de hacer?

¡Ese hombre representa a los mejores jugadores de la Selección Nacional!

Te acabas de cerrar las puertas de Europa antes de siquiera abrirlas.

—Papá, tranquilo —le dije, levantándome del sillón y dándole una palmada en el hombro—.

Europa no se maneja por amistades, se maneja por dinero.

Cuando un equipo allá necesite a alguien que meta veinte goles por temporada, no les va a importar si me representa ese tipo o si me represento yo mismo con un manual de derecho mercantil que compre en la librería.

Ese sujeto solo quería quitarnos el quince por ciento de nuestra jubilación.

Mi padre suspiró, frotándose los ojos.

—Nunca voy a entender de dónde sacaste esta cabeza para los negocios.

Pareces un señor de cuarenta años que ha trabajado en un banco toda su vida.

Solté una risa suave y sincera.

—Algo así, papá.

Algo así.

Oye, ¿tienes tiempo libre hoy?

—Sí, pedí la mañana en el trabajo por lo de esta reunión.

¿Por qué?

—Porque me acabo de dar cuenta de que mi plan de negocios necesita una actualización.

Quiero que me lleves al centro de la ciudad.

Necesito buscar el despacho de abogados mercantiles más aburrido, gris y meticuloso que encontremos.

Vamos a contratar a un profesional que cobre por hora y no por fama.

Y después…

—revisé mi reloj— …después quiero ir a la casa.

Hoy juegan los Warriors contra los Spurs, y ese duelo de táctica perimetral no me lo pierdo por nada.

Mi padre negó con la cabeza, esbozando una sonrisa derrotada.

—Abogados grises y básquetbol.

Eres el futbolista más extraño del mundo, Carlos.

Vamos por ese abogado.

Salimos juntos de Verde Valle.

El sol brillaba sobre Guadalajara.

Había despachado a mi primer “tiburón” del mundo deportivo sin siquiera sudar, manteniendo mi capital intacto.

La Jornada 3 estaba a la vuelta de la esquina, el equipo estaba en sintonía y mis finanzas estaban bajo estricto control.

La vida en el año 2016 pintaba extraordinariamente bien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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