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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 25

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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 El centro de Guadalajara al mediodía es un ecosistema ruidoso, caótico y lleno de humo de escape.

Mientras mi padre maniobraba su sedán entre autobuses y taxis que peleaban por cada centímetro de asfalto, yo iba en el asiento del copiloto revisando el directorio en mi teléfono móvil.

Había filtrado la búsqueda con parámetros muy específicos: nada de firmas boutique, nada de despachos con publicidad llamativa o fotos de socios sonriendo.

Quería un bufete de la vieja escuela.

—Ahí es, papá.

El edificio de ladrillo gris en la esquina —le indiqué, señalando una estructura sobria de cuatro pisos que parecía detenida en la década de los ochenta.

Aparcamos en un estacionamiento subterráneo que olía a humedad y aceite de motor.

Mi padre se acomodó el cuello de la camisa, aún un poco tenso por el rechazo al representante de la mañana.

Subimos por un elevador estrecho hasta el tercer piso.

La placa de bronce en la puerta decía: Despacho Jurídico Mendoza & Asociados.

Derecho Corporativo, Mercantil y Civil.

Al entrar, la atmósfera fue exactamente la que buscaba.

No había fotos de futbolistas famosos ni camisetas enmarcadas, sino libreros de madera oscura atiborrados de tomos de jurisprudencia encuadernados en cuero, el sonido constante de una máquina de escribir eléctrica en el fondo y un ligero olor a café rancio y papel viejo.

Era el paraíso de la burocracia.

Nos recibió una secretaria mayor que, tras anunciarnos, nos hizo pasar a la oficina del socio principal.

El Licenciado Mendoza era un hombre que rondaba los sesenta años, con poco cabello, lentes de armazón grueso y un traje gris que había visto días mejores.

Estaba revisando un expediente y ni siquiera levantó la vista de inmediato cuando entramos.

—Buenos días.

Tomen asiento —murmuró, haciendo una anotación en el margen de una hoja antes de mirarnos—.

Ustedes dirán.

¿Problemas de arrendamiento, creación de sociedades, revisión de actas constitutivas?

—Revisión de contratos y asesoría legal por honorarios facturables —tomé la palabra, sentándome con la espalda recta—.

Mi nombre es Carlos Vela, tengo diecisiete años y soy empleado del Club Deportivo Guadalajara con un contrato de Prospecto Élite.

Mi padre, aquí presente, es mi tutor legal.

El abogado parpadeó, ajustándose los lentes.

Miró a mi padre y luego a mí.

—Un futbolista —dijo la palabra casi con desdén, lo cual me encantó—.

Muchacho, si buscas un representante que te consiga comerciales de champú, te equivocaste de piso.

Nosotros no nos dedicamos a la farándula deportiva.

—Por eso estoy aquí, Licenciado.

Acabo de despedir a un representante que quería cobrar el quince por ciento de mis ingresos brutos por hacer el trabajo de un intermediario innecesario.

No busco a alguien que me consiga comerciales.

Busco a un experto en derecho mercantil que lea la letra pequeña de los contratos que mi club, o futuros patrocinadores, me pongan enfrente.

Quiero blindar mis activos.

Usted hace el trabajo legal, me pasa una factura detallando las horas invertidas en la revisión, mi padre firma los documentos en mi nombre por mi minoría de edad, y yo le pago sus honorarios.

Cero porcentajes de mi salario.

Cero comisiones por rendimiento deportivo.

El silencio en la oficina fue denso.

El Licenciado Mendoza se reclinó en su pesada silla de cuero, entrelazando las manos sobre su escritorio de caoba.

Miró a mi padre, como buscando una explicación de por qué un adolescente hablaba como el director financiero de una empresa cementera.

Mi padre simplemente se encogió de hombros con una sonrisa de disculpa.

—Quince por ciento de los ingresos brutos…

—murmuró el abogado, negando con la cabeza—.

Esos representantes deportivos son peores que los agiotistas.

Muchacho, me gusta tu pragmatismo.

Mi tarifa es de mil quinientos pesos por hora de asesoría y revisión documental.

Si hay que redactar anexos o negociar cláusulas de rescisión directamente con los directivos del club, la tarifa sube a dos mil.

Todo facturado, todo transparente.

—Trato hecho —dije, extendiendo la mano por encima del escritorio.

Mendoza la estrechó con firmeza.

Su agarre era seco y profesional.

El acuerdo perfecto.

Pasamos los siguientes cuarenta minutos firmando un contrato de prestación de servicios legales.

Dejé un fondo de retención pagado por adelantado para que él comenzara a revisar una copia de mi contrato actual con la Sub-20.

Quería asegurarme de que no hubiera vacíos legales sobre mis derechos de imagen, ahora que mi nombre empezaba a sonar en el primer equipo.

Salimos del edificio con una carpeta bajo el brazo y una profunda sensación de paz.

Había externalizado el departamento legal.

Mi infraestructura corporativa estaba sólida.

—Bueno, señor Gómez —le dije a mi padre cuando volvimos al auto, sintiendo que el peso del estrés matutino desaparecía por completo—.

La burocracia ha terminado por hoy.

Es hora de cobrar dividendos.

Te invito a comer.

Mi padre sonrió, encendiendo el motor.

—Ya era hora de que hablaras de algo que no fueran contratos, mijo.

¿A dónde quieres ir?

—A la mejor parrilla que encuentres por la zona de La Minerva.

Quiero carne, y quiero mucha.

Quince minutos después, estábamos sentados en un restaurante de cortes argentinos, rodeados de meseros de delantal blanco y el sonido de la carne chisporroteando en las brasas.

Mi padre pidió una cerveza fría; yo, apegado a mi estricto control de combustible, pedí agua mineral y un corte de Ribeye término medio, rico en proteínas para reparar las fibras musculares destrozadas en Monterrey.

El ambiente era relajado.

Corté un trozo de carne, perfectamente jugosa, y la saboreé con lentitud.

En mi vida pasada, salir a comer a un lugar así era un lujo reservado para el aguinaldo.

Ahora, podía hacerlo cualquier día de la semana sin mirar los precios del menú.

—Tengo que admitirlo, Carlos —dijo mi padre, dándole un trago a su cerveza y limpiándose la espuma del bigote—.

Cuando le dijiste a ese representante de traje elegante que no lo necesitabas, casi me da un infarto.

Pero viéndote ahí, hablando con ese abogado viejo y calculando cada peso…

me doy cuenta de que sabes perfectamente lo que haces.

—Es matemática básica, papá.

En el fútbol, la carrera es corta y el riesgo de depreciación por lesiones es altísimo.

Un mal paso en la cancha y tu valor de mercado se va a cero.

No puedo permitirme regalar el quince por ciento de mis ingresos para mantener el estilo de vida de un tipo con reloj suizo.

Ese dinero es para nosotros.

Para la casa, para tu retiro, para el futuro.

Mi padre me miró con una suavidad que me desarmó un poco.

A veces olvidaba que, a pesar de mi mente de cuarenta y seis años, él seguía viendo a su hijo, al chico que le había dado los mayores sustos y alegrías.

—Tú has cambiado mucho, mijo.

Desde el día del accidente, desde que te golpeaste la cabeza…

despertaste siendo un adulto.

Ya no juegas a la consola de la misma forma, ya no sales a patear la pelota a la calle por pura diversión.

A veces tu madre y yo extrañamos a ese niño.

Pero luego te vemos tan enfocado, tan maduro y logrando cosas que nadie en nuestra familia soñó, que solo podemos estar orgullosos.

Detuve el cuchillo sobre el plato.

Esa era la carga emocional que intentaba evitar.

Yo no era su hijo original, o tal vez sí, pero fusionado con el alma de un oficinista cansado.

Sin embargo, el afecto era real.

Ellos eran mi familia en esta vida y mi deber fiduciario y moral era protegerlos.

—La diversión está sobrevalorada cuando no hay seguridad financiera, papá —le respondí en un tono mucho más suave del habitual—.

Prometo que cuando cumpla veintiuno, me retire y tengamos la cuenta de banco llena de ceros, volveré a ser el tipo más relajado del mundo.

Pero por ahora, tengo que ser una máquina.

—Veintiún años y retirado —mi padre soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza—.

Estás loco, muchacho.

Eres el mejor proyecto de fútbol del país y hablas de retirarte antes de tener barba.

Terminamos la comida en un ambiente cálido.

Hablamos de cosas triviales, de las reparaciones que necesitaba la casa y de cómo mi madre estaba lidiando con los vecinos que ahora pasaban a pedir autógrafos.

Fue un momento humano, necesario para no volverme completamente un robot.

Al llegar a la casa club de Verde Valle por la tarde, me despedí de mi padre con un abrazo.

Entré a mi habitación y el silencio fue mi mejor recompensa.

Corrí las cortinas para oscurecer el cuarto.

Fui a mi pequeño refrigerador, saqué una bebida isotónica, preparé un tazón con palomitas de maíz bajas en grasa y me dejé caer en mi santuario: el sillón reclinable de cuero negro.

Tomé el control remoto y encendí la pantalla 4K.

La interfaz del NBA League Pass iluminó la habitación.

Eran las ocho de la noche, el momento sagrado del día.

En la pantalla, el Oracle Arena de Oakland hervía de emoción.

Los Golden State Warriors, en plena campaña de la temporada 2016 buscando romper el récord de las 73 victorias, se enfrentaban a los San Antonio Spurs.

Era el choque de dos filosofías que yo adoraba: el talento revolucionario y perimetral de los Warriors contra la estructura táctica, fría y eficiente de los Spurs de Gregg Popovich.

Me recosté, subiendo el reposapiés.

El dolor de los moretones de Monterrey desapareció mientras me sumergía en el análisis de la duela.

El balón se puso en juego.

Mi vista no seguía la pelota, seguía los movimientos sin balón.

Veía cómo Stephen Curry corría por la línea de fondo, atrayendo a dos defensores de San Antonio por puro pánico a su tiro de tres puntos.

Su simple presencia en una esquina abría un cráter en el centro de la zona pintada, permitiendo que Draymond Green cortara hacia el aro sin oposición.

—Gravedad —murmuré, metiéndome un puñado de palomitas a la boca—.

Es pura gravedad.

Esa era la lección del día.

En la Sub-20, los defensas ya no me daban un metro de distancia.

Sabían que, si me dejaban pensar, los liquidaba.

Iban a intentar asfixiarme con marcajes dobles en la próxima jornada.

Pero viendo jugar a los Warriors, la solución era obvia: no tenía que huir del marcaje doble, tenía que atraerlo a propósito para liberar a mis compañeros.

Sánchez, nuestro delantero, era rápido, pero le costaba crearse sus propios espacios.

Si yo me botaba hacia las bandas en el próximo partido contra Tigres, arrastraría a los contenciones centrales conmigo, desfigurando su línea de cuatro.

Solo necesitaba que Valdés o los volantes entendieran el espacio que iba a quedar vacío en el centro.

El partido de baloncesto estaba en un punto crítico en el tercer cuarto.

Kawhi Leonard, de los Spurs, robó un balón y comandó un contragolpe.

Su forma de correr no era aparatosa ni buscaba la espectacularidad; era económica, usando el menor número de pasos posibles para llegar de un lado a otro.

—Eficiencia de movimiento —anoté mentalmente.

El fin de semana en Monterrey había gastado demasiada energía acelerando de cero a cien.

Necesitaba mantener una velocidad crucero que engañara al rival, un trote que no pareciera amenazante hasta que estuviera en zona de definición.

El tiempo se detuvo en esa habitación.

Durante dos horas y media, no hubo presiones de directivos, no hubo patadas de universitarios frustrados, ni contratos que leer.

Solo el sonido de las zapatillas rechinando contra la duela, el rebote rítmico del balón naranja y la red chasqueando ante un triple perfecto.

Al finalizar el juego, apagué la pantalla.

La habitación quedó a oscuras, iluminada solo por la luz de la calle que se filtraba por el borde de las cortinas.

Respiré profundo.

Estaba mentalmente descansado.

La defensa legal estaba asegurada con el bufete de Mendoza.

Mi padre estaba tranquilo.

Y yo acababa de recibir una clase magistral de posicionamiento espacial por parte de los mejores basquetbolistas del mundo.

La Jornada 3 estaba próxima.

El equipo de la UANL vendría a Guadalajara buscando cortar nuestra racha.

Venían con disciplina y orden táctico norteño.

Pero no sabían que, en el ajedrez del césped, yo no estaba moviendo piezas de fútbol; yo estaba jugando en una duela de baloncesto virtual, y las matemáticas del espacio-tiempo estaban estrictamente de mi lado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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