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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 26

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26: Capítulo 26 26: Capítulo 26 La vida corporativa, cuando encuentras el sistema adecuado, se vuelve una cuestión de repetición y escala.

Una vez que dominas el mercado local, simplemente aplicas la misma fórmula a mayor volumen.

A mis recién cumplidos diecisiete años, mi cuerpo estaba alcanzando una madurez biológica que me permitía soportar un poco mejor los impactos físicos de la categoría Sub-20, pero mi mente seguía operando bajo el estricto régimen de la eficiencia.

La lección de “gravedad” que había tomado de los Golden State Warriors en mi sillón reclinable estaba a punto de ser implementada en el césped.

La Jornada 3 nos enfrentaba a los Tigres de la UANL en nuestras instalaciones de Verde Valle.

Tigres era un equipo moldeado a imagen y semejanza de su filial de Primera División: ordenados, tácticos, rígidos y extremadamente disciplinados.

Su entrenador plantó un 4-4-2 con dos líneas defensivas tan juntas que apenas había cinco metros entre ellas.

El plan era evidente: asfixiar el medio campo y no dejarme espacios para arrancar.

El árbitro pitó el inicio y, durante los primeros diez minutos, Tigres celebró su éxito.

No toqué el balón.

Pero no lo toqué porque no quise.

Estaba caminando por la banda derecha, muy lejos de mi zona de influencia habitual en el centro.

El director técnico de Tigres gritaba desde la banda, exigiendo a sus dos contenciones que no me perdieran de vista.

Esa era mi trampa.

Al minuto quince, caminé hacia el centro.

Literalmente caminé.

Al hacerlo, arrastré conmigo a los dos contenciones y a un defensa central que salió de su zona por puro pánico.

Atraer la marca.

Gravedad pura.

Al llevarme a tres hombres, dejé un hueco del tamaño de una piscina olímpica a la espalda de la defensa.

Valdés, nuestro capitán, entendió la jugada.

Mandó un trazo largo desde el fondo.

Yo ni siquiera intenté saltar por el balón; me agaché, dejando que los tres jugadores de Tigres chocaran entre ellos en el aire.

La pelota botó y le cayó a Sánchez, nuestro delantero, que entró solo y definió por debajo de las piernas del portero.

Uno a cero, y ni siquiera tuve que tocar la pelota.

Los jugadores de Tigres se miraron entre ellos, furiosos.

Su disciplina táctica acababa de ser hackeada.

A partir de ese momento, decidieron que la táctica ya no servía.

Si el sistema no podía detenerme, iban a intentar romper el hardware.

Al minuto veinticinco, recibí mi primer balón de espaldas.

Apenas lo controlé con la suela del zapato, sentí el impacto brutal de un mediocampista universitario en mi pantorrilla.

Caí al suelo.

El árbitro pitó la falta y sacó la primera tarjeta amarilla.

Me levanté sin decir una palabra, me limpié el pasto de los pantalones y me acomodé las medias.

—Si quieres jugar así, prepárate para irte temprano a las duchas —le dije al infractor, con voz monótona.

Diez minutos después, volví a pedir la pelota en la misma zona.

El mismo mediocampista, ya condicionado por la tarjeta, intentó ser más sutil.

Vino a presionarme por la espalda, intentando meter el pie para robar el balón.

Yo sentí su respiración en mi nuca.

En lugar de girar, pisé la pelota y la arrastré un milímetro hacia atrás justo cuando él estiró la pierna.

Su bota impactó de lleno en mi tobillo.

El sonido del golpe resonó en la cancha.

Volví a caer, esta vez rodando para disipar la energía cinética del impacto y proteger mis ligamentos.

El árbitro llegó corriendo.

Segunda tarjeta amarilla.

Tarjeta roja.

Tigres se quedaba con diez hombres en el minuto treinta y cinco del primer tiempo.

El entrenador de los universitarios pateó una botella de agua, rojo de furia, reclamándole a su jugador mientras este salía del campo con la cabeza gacha.

Con un hombre más en la cancha, el partido se convirtió en un trámite administrativo.

Tigres, desesperado, siguió cometiendo faltas tácticas para evitar mis pases filtrados.

Terminaron la primera mitad con tres amonestados más.

En el segundo tiempo, ejecuté la liquidación de la empresa rival.

Al minuto sesenta, tomé el balón en tres cuartos de cancha.

Un defensa central salió a mi paso, aterrado de cometer una falta cerca del área porque ya tenía tarjeta amarilla.

Dudó un microsegundo.

Esa duda fue su perdición.

Le hice una “elástica” inversa, pasando el balón por en medio de sus piernas, entré al área y, ante la salida del portero, la toqué suave por encima de su cuerpo.

Una vaselina perfecta.

Dos a cero.

Cerca del final, provoqué un tiro libre en el borde del área que clavé en la escuadra con la frialdad de quien sella un sobre.

El partido terminó tres a cero.

Tigres finalizó con un expulsado y seis tarjetas amarillas, todas cometidas en mi contra.

El reporte en los periódicos locales al día siguiente no hablaba de una victoria de Chivas, hablaba de una “masacre disciplinaria” orquestada por el número 42.

El ciclo de facturación no se detiene, y a la semana siguiente, la Jornada 4 nos obligaba a salir de nuestra zona de confort.

Nos tocaba viajar a Toluca.

Jugar en las instalaciones anexas a La Bombonera al mediodía es una experiencia miserable.

La altitud te quema los pulmones, el sol te calcina la piel y el equipo local, los Diablos Rojos, está genéticamente diseñado para ahogarte físicamente.

En el vestidor, antes de salir, el Profe Coyote nos dio la advertencia.

—Muchachos, el Toluca vio el video del partido contra Tigres.

Saben que no pueden dejar jugar a Carlos, pero también saben que el árbitro de hoy es de los que dejan correr mucho la pierna.

Van a salir a raspar.

Carlos, cuídate las espaldas.

—Mis espaldas están aseguradas, Profe —le respondí, ajustándome firmemente las espinilleras de fibra de carbono que había comprado por internet—.

Si el árbitro tiene el umbral de faltas alto, tendré que obligarlo a bajarlo.

Salimos a la cancha.

El calor era sofocante.

Desde el silbatazo inicial, Toluca implementó lo que en la NBA se conocía como el “Hack-a-Shaq”: una estrategia consistente en cometer faltas intencionales sobre el jugador más dominante para cortar el ritmo del juego.

No les importaba el balón, les importaba que yo no pudiera dar dos pasos seguidos.

En los primeros quince minutos, recibí cuatro faltas que rayaban en la agresión física.

Un empujón por la espalda, una zancadilla artera, un golpe con el hombro en las costillas y una barrida a destiempo.

El árbitro, fiel a su reputación, solo marcaba las faltas, pero se guardaba las tarjetas.

Mis compañeros empezaron a desesperarse.

Valdés corrió desde su zona central para reclamarle al juez.

—¡Lo están matando, árbitro!

¡Saca una tarjeta o lo van a mandar al hospital!

—le gritó mi capitán.

Lo tomé del brazo y lo aparté.

—Tranquilo, Valdés.

No gastes saliva —le murmuré, escupiendo un poco de pasto que se me había metido a la boca en la última caída—.

Está intentando aplicar un criterio laxo.

Si queremos que saque las tarjetas, tenemos que llevar las faltas a la “zona roja”.

Las faltas en el medio campo son faltas tácticas.

Las faltas al borde del área son oportunidades manifiestas de gol.

Cambié mi posicionamiento.

Dejé de pedir el balón en la zona de creación y me fui a plantar de espaldas a la portería contraria, justo en la media luna del área de Toluca.

Estaba rodeado de defensas vestidos de rojo, respirando el mismo aire viciado de la altitud.

Minuto veintiocho.

Un volante nuestro me mandó un pase tenso.

La controlé con la pierna izquierda, protegiéndola con mi cuerpo.

El central de Toluca, que ya me había dado dos patadas previas sin castigo, vio la oportunidad de mandarme un mensaje.

Vino con todo el impulso y me clavó la rodilla en el muslo por detrás, intentando desplazarme.

El impacto dolió como el demonio, pero en lugar de caer hacia adelante, giré sobre mi propio eje, llevando el balón conmigo.

El central quedó expuesto, y al ver que yo me metía al área con peligro de gol inminente, entró en pánico.

Se lanzó en una barrida desesperada y me enganchó el tobillo de apoyo con ambos pies, una “tijera” por detrás.

Caí pesadamente dentro del área, rodando sobre el pasto seco.

El silbato sonó con una fuerza ensordecedora.

El árbitro no tuvo opción.

Era una falta brutal por detrás, cortando una jugada manifiesta de gol.

Corrió hacia la acción con la mano en el bolsillo trasero.

Tarjeta roja directa y penalti a favor de Chivas.

Me quedé sentado en el pasto, masajeándome el muslo, esperando a que el dolor agudo disminuyera a una punzada sorda.

Las inversiones de alto riesgo a veces requieren un pequeño sacrificio de capital físico.

Sánchez me ayudó a levantarme.

—¿Estás bien, Carlos?

Te dio con todo —me preguntó, preocupado.

—Un daño colateral aceptable —le respondí, cojeando ligeramente hacia el manchón penal—.

Acabo de asegurar un penal y una ventaja numérica por el resto del partido.

El retorno de inversión es positivo.

Tomé el balón, esperé a que el portero terminara de intentar intimidarme con saltos inútiles en la línea de gol, y cobré con un disparo raso, seco y cruzado, imposible para el arquero.

Uno a cero.

El Toluca se desquició.

La expulsión los había sacado de sus casillas.

Para la segunda mitad, el partido se volvió una cacería de brujas, y yo era el objetivo principal.

Pero mi mente oficinista operaba en una frecuencia que ellos no podían comprender.

No había ego en mi juego, no había orgullo de barrio que defender.

Cuando veía venir una patada imposible de esquivar, yo simplemente tocaba el balón un milisegundo antes y relajaba el cuerpo para que el impacto fuera una falta escandalosa a la vista del árbitro, pero con el mínimo daño estructural para mí.

Al minuto sesenta y cinco, conduje el balón por la banda izquierda.

El lateral de Toluca se lanzó en plancha.

Yo levanté el balón por encima de su pierna extendida y salté.

El lateral, en su frustración por haber fallado, estiró el brazo y me tiró un manotazo al rostro.

El golpe me rozó el pómulo.

Caí al suelo, llevándome las manos a la cara.

El árbitro, que ya había perdido el control del partido, sacó la segunda tarjeta roja de la tarde.

Toluca se quedaba con nueve hombres.

El público en las gradas me abucheaba con un odio visceral.

Me gritaban “teatrero”, “llorón” y cosas mucho peores.

Para mí, esos gritos eran música corporativa.

Eran el sonido de una empresa rival yendo a la bancarrota.

Con dos hombres de más en la cancha, el desgaste físico fue nulo en los últimos veinte minutos.

Nos dedicamos a mover el balón de lado a lado, obligando a los nueve jugadores de Toluca a correr bajo el sol de altura hasta el agotamiento extremo.

Al minuto ochenta y ocho, sellé mi hoja de cálculo del día.

Recibí un pase en el centro, caminé —literalmente caminé— hacia el área rival porque nadie de Toluca tenía la energía ni el atrevimiento para acercarse a marcarme por miedo a una tercera expulsión.

Al ver que me daban todo el espacio del mundo, levanté la cabeza y saqué un disparo de zurda de media distancia, potente y con un efecto que se alejó del portero, colándose en el ángulo.

Dos a cero.

Partido liquidado.

Cuando el árbitro pitó el final, me quité la camiseta, la cual estaba empapada en sudor y manchada de tierra, y caminé hacia el túnel de vestidores.

Los moretones en mis piernas parecían un mapa topográfico, pero la satisfacción era absoluta.

Habíamos superado dos de las jornadas más físicas y agresivas del torneo.

Los equipos contrarios habían descubierto que no podían quitarme la pelota con fútbol, y habían intentado quitarme de la cancha a golpes.

La respuesta había sido un desastre para ellos: cuatro expulsados en dos partidos, docenas de tarjetas amarillas y cero puntos en su contabilidad, mientras nosotros manteníamos el liderato invicto.

Me senté en el autobús para el viaje de regreso a Guadalajara, saqué mi teléfono y abrí la aplicación de mi banca móvil para revisar el saldo de mis fondos de inversión.

Todo crecía a un ritmo constante.

Mientras el camión arrancaba, me puse los audífonos y cerré los ojos.

El dolor físico era real, pero el modelo de negocios era infalible.

Que siguieran intentando patearme; yo seguiría cobrando los cheques y hundiéndolos en el reglamento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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