[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 27
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27: Capítulo 27 27: Capítulo 27 Llevo yendo a Verde Valle desde que mi abuelo me llevaba de la mano en los años noventa.
He visto pasar a cientos de promesas que decían que iban a ser el próximo Chicharito, el próximo Ramón Ramírez o el próximo Bofo Bautista.
Chicos que corrían como demonios, que besaban el escudo y que luego se perdían en la Primera División A o terminaban de oficinistas.
Pero lo que me hizo levantarme a las ocho de la mañana este sábado, arrastrando a mi hijo adolescente para conseguir un lugar en las pequeñas gradas de la cancha principal, no era una promesa.
Era un mito urbano.
Todo Guadalajara hablaba del número 42 de la Sub-20.
Carlos Vela.
Decían que era un niño de diecisiete años recién cumplidos que jugaba como si tuviera cuarenta, que no sudaba, que no sonreía y que estaba humillando a hombres que le sacaban una cabeza de estatura.
El partido de hoy no era cualquiera.
Era el Clásico Tapatío de la categoría.
Chivas contra Atlas.
Los rojinegros traían la sangre hirviendo porque este mismo chamaco les había arrebatado el campeonato en la Sub-17 hacía unos meses con una humillación que aún dolía en La Academia.
El calor ya rajaba las piedras cuando los equipos salieron a calentar.
Desde la grada, me fijé de inmediato en él.
Era fácil distinguirlo.
Mientras los demás chicos de Chivas saltaban, gritaban para darse ánimos y se golpeaban el pecho, Vela estaba en una esquina, estirando los músculos de las piernas con la expresión de alguien que está esperando su turno en la fila del banco.
—Mira, papá, ahí está —me dijo mi hijo, señalándolo—.
Dicen que no es humano.
—Vamos a ver si es cierto, mijo.
Los del Atlas vienen a cazarlo.
Mírales la cara.
Y era verdad.
Los defensas del Atlas parecían leñadores.
Tipos enormes, de veinte años, con caras de pocos amigos.
Se notaba la instrucción de su entrenador desde el calentamiento: destruir al 42.
El árbitro dio el silbatazo inicial.
Yo, como siempre, me puse de pie, gritando a todo pulmón: “¡Venga, cabrones!
¡Pónganle huevos, que es el Clásico!”.
La afición estaba metidísima.
Pero Vela no.
En los primeros cinco minutos, me desesperé.
—¡Corre, muchacho, corre!
—le grité, agarrándome de la malla ciclónica.
El chamaco caminaba.
Literalmente iba al trote, por la línea de banda, viendo cómo el Atlas nos dominaba físicamente en el medio campo.
Parecía que le daba flojera jugar.
Pensé que la presión le había quedado grande, que el mito era puro humo.
Pero al minuto diez, entendí por qué la gente estaba aterrada de él.
Le mandaron un pase dividido.
Vela no corrió hacia la pelota; dio un paso atrás, calculando exactamente dónde iba a caer.
El contención del Atlas, un mastodonte rojinegro, vio la oportunidad y se lanzó como un tren sin frenos para reventarlo.
Yo cerré los ojos esperando escuchar el crujido de los huesos del chamaco.
El impacto sonó seco, durísimo.
Vela salió volando y rodó por el pasto.
La grada estalló.
—¡Árbitro, no seas ciego!
¡Lo van a quebrar!
¡Sácale la tarjeta!
—le grité al juez, rojo de coraje.
El árbitro marcó la falta, pero se guardó el cartón.
El jugador del Atlas se le quedó viendo a Vela desde arriba, escupiendo al pasto, intimidando.
Cualquier chico de diecisiete años se hubiera levantado a empujarlo, o se hubiera quedado llorando en el césped.
Vela se levantó despacio.
Se sacudió la tierra de los muslos.
No hizo ni una sola mueca de dolor.
No miró al agresor.
No le reclamó al árbitro.
Simplemente acomodó el balón con las manos, levantó la vista, y antes de que el Atlas se acomodara, dio un pase de tres dedos larguísimo, de cuarenta metros, que cayó exacto en el pecho de nuestro delantero centro.
La jugada terminó en un tiro al poste.
Casi cantamos el primero.
—Ese güey no siente nada —murmuró mi hijo, con los ojos muy abiertos.
El Atlas se dio cuenta de que la intimidación no servía.
Así que pasaron de la intimidación a la violencia pura.
La orden era que Vela no tocara el balón, y si lo tocaba, no podía darse la vuelta.
Minuto veinticinco.
Vela recibe de espaldas.
El central del Atlas le tira una patada directo al tendón de Aquiles.
Falta clarísima.
Vela cae, el árbitro pita.
Primera amarilla para el Atlas.
Minuto treinta y dos.
Vela arranca por la izquierda.
Hace un movimiento rarísimo, como si fuera a correr, pero frena en seco y la jala con la suela.
El lateral rojinegro, que venía a toda velocidad, se va de paso y, en su desesperación, estira el brazo y lo tumba con un manotazo en el cuello.
Segunda amarilla para el Atlas.
Yo ya no tenía voz de tanto mentarle la madre a los defensas rivales.
Me dolía el cuerpo nada más de ver los golpes que le estaban acomodando.
Pero el número 42 era un témpano de hielo.
Se levantaba, caminaba, cobraba la falta y seguía pidiendo la pelota.
Los estaba volviendo locos.
Minuto cuarenta.
El partido seguía cero a cero, pero el Atlas ya traía la lengua de fuera de tanto perseguir sombras.
Vela agarró la pelota en tres cuartos de cancha.
Un volante del Atlas, que ya estaba amonestado, le salió al paso.
Vela hizo un engaño con el hombro, algo tan sutil que casi no se vio desde la grada, pero el rojinegro se lo comió entero y plantó mal el pie.
Cuando quiso recomponer, Vela ya le había pasado la pelota por un lado.
El jugador del Atlas, frustrado, agarró a Vela de la camiseta y lo jaló con tanta fuerza que se escuchó cómo se rasgaba la tela.
¡Falta!
El árbitro llegó corriendo.
Le mostró la segunda amarilla y, acto seguido, la tarjeta roja.
—¡A las regaderas, carnicero!
—gritó la grada entera de Chivas.
El Atlas se quedaba con diez hombres antes del medio tiempo, y todo porque no podían controlar sus nervios frente a un niño que ni siquiera estaba sudando.
Vela se quitó la camiseta rota, fue a la banca por una limpia, se la puso y regresó al campo con la misma expresión de aburrimiento.
En la segunda mitad, presencié algo que no se me va a olvidar nunca.
Con un hombre más, Chivas era dueño del partido, pero el Atlas se metió atrás, defendiendo el empate a cero como si fuera la final de un Mundial.
Eran nueve hombres metidos en su área, tirando patadas a lo ciego.
Al minuto sesenta, Vela decidió que ya era hora de abrir el candado.
Empezó a conducir hacia la muralla de camisetas rojinegras.
Tres defensas se le dejaron ir al mismo tiempo.
Era un suicidio.
Yo pensé que le iban a arrancar la pierna.
El primer central se barrió con los tacos por delante.
Vela pisó la pelota y dio un saltito hacia atrás.
El central pasó de largo.
El segundo defensa le tiró una plancha brutal a la altura de la espinilla.
Vela, con una tranquilidad aterradora, metió la punta del pie por debajo de la pelota, levantándola apenas unos centímetros, justo por encima de la pierna asesina, y saltó el obstáculo.
El tercer defensa, viendo que Vela entraba al área, se lanzó con todo el cuerpo, un choque de hombro a hombro que haría temblar a un boxeador.
Pero Vela no fue al choque.
Frenó por completo.
El jugador del Atlas pasó volando, perdiendo el equilibrio, y terminó estrellándose contra su propio portero que venía saliendo.
Los dos jugadores del Atlas quedaron tirados en el suelo, enredados.
La portería estaba completamente vacía.
Vela quedó solo, a tres metros de la línea de gol, con la pelota a sus pies.
El estadio enmudeció.
Todos esperábamos que reventara las redes, que gritara, que se burlara.
Pero no.
El muy maldito no pateó.
Con los dos rivales tirados frente a él, simplemente caminó.
Dio un paso, luego otro.
Acompañó la pelota caminando hasta que cruzó la línea blanca.
¡Goooooooool!
¡Gol de Chivas!
El estadio estalló en un rugido ensordecedor.
Yo abracé a mi hijo, saltando, bañado en sudor y cerveza que alguien aventó de atrás.
Era una humillación poética.
No los venció con fuerza, los venció dejándolos en ridículo.
Y mientras nosotros nos desgarrábamos la garganta, Vela se dio la vuelta, levantó un pulgar hacia el compañero que le había dado el pase cincuenta metros atrás, y regresó al centro del campo trotando.
Sin sonrisas.
Sin besos al escudo.
Era puro trabajo cumplido.
El Atlas perdió la cabeza definitivamente.
Diez minutos después, Vela recibió un pase pegado a la banda.
Estaba acorralado.
El capitán del Atlas llegó y le acomodó una patada artera, cobarde, por detrás, directo a la corva.
Vela cayó al pasto, apretando los dientes por primera vez en todo el partido.
El golpe había sido criminal.
Me subí a la malla, mentando madres.
Mis manos temblaban de la rabia.
El árbitro no dudó: Tarjeta roja directa.
Segunda expulsión para el Atlas.
Se quedaban con nueve.
Estaban destrozados mentalmente.
Se habían vuelto locos intentando golpear a un fantasma.
Vela estuvo en el césped unos segundos.
Entró el masajista, le echó spray congelante.
Yo pensé que pediría su cambio.
Pero se paró, probó el pie y le hizo una seña al Profe Coyote de que estaba bien.
Cobramos la falta.
Era el minuto ochenta y el partido ya no era un juego de fútbol, era un rondo de entrenamiento.
Chivas paseaba la pelota de un lado a otro.
Los nueve de Atlas corrían ahogados, humillados.
Para poner el clavo final en el ataúd, al minuto ochenta y ocho, Vela cobró un tiro libre al borde del área.
Toda la barrera del Atlas saltó, esperando que colgara la pelota en el ángulo.
Vela, con esa mente retorcida y genial, le pegó raso.
La pelota pasó por debajo de los tacos de la barrera que estaba en el aire y se coló llorando, despacito, pegada al poste izquierdo del portero, que se quedó petrificado.
Dos a cero.
Partido terminado.
Cuando el árbitro dio el silbatazo final, los jugadores del Atlas se tiraron a llorar de pura impotencia.
Sus entrenadores los tuvieron que ir a recoger del pasto.
Habían recibido un total de nueve tarjetas amarillas y dos tarjetas rojas.
Su récord disciplinario del torneo arruinado en noventa minutos.
Me quedé en la grada, viendo cómo Vela se despedía de mano del árbitro, se acomodaba la camisa por dentro del pantalón corto, y se iba al vestidor rodeado de sus compañeros que lo trataban como a un Dios.
—Papá…
¿viste eso?
—me preguntó mi hijo, sin poder asimilar lo que acababa de presenciar.
—Sí, mijo.
Lo vi —le respondí, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano—.
He visto a muchos ídolos en esta cancha.
Pero a este…
a este muchacho no lo mueve la pasión.
Lo mueve algo más frío.
Es un genio, pero un genio de hielo.
Salimos de Verde Valle bajo el sol implacable de Jalisco.
Yo sabía, en ese momento, que estábamos viendo los últimos partidos de Carlos Vela en México.
Un jugador que cobraba las patadas con expulsiones y que liquidaba los Clásicos caminando, no iba a durar mucho en esta liga.
Estábamos siendo testigos del inicio de una leyenda, una leyenda que veía el fútbol no como un juego, sino como una matemática perfecta y brutal.
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