[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 28
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28: Capítulo 28 28: Capítulo 28 La rutina, cuando está bien remunerada, deja de ser tediosa y se convierte en una maquinaria perfecta.
Entre febrero y marzo de 2016, mi vida se transformó en un ciclo de producción ininterrumpido.
De lunes a viernes, asistía a Verde Valle, cumplía con mis horas de entrenamiento, optimizaba mis movimientos en los interescuadras y gestionaba el capital humano de mis compañeros con asistencias milimétricas.
Los fines de semana, viajaba a diferentes estados de la República para auditar las defensas rivales y cobrar mis cheques.
A mis diecisiete años, el desarrollo biológico de mi cuerpo empezó a darme un respiro.
Gané un par de centímetros más de estatura y, gracias a la estricta dieta y al trabajo de gimnasio que realizaba con la misma frialdad con la que llenaba hojas de cálculo, desarrollé una masa muscular magra que me permitía soportar los choques sin salir volando como en mi primer partido de pretemporada.
No me convertí en un tanque, pero dejé de ser de cristal.
El resto de la fase regular del Torneo Clausura fue, estadísticamente hablando, un abuso de mercado.
Jornada tras jornada, los equipos intentaban descifrar el algoritmo.
Algunos, como Santos Laguna en la Jornada 7, intentaron ponerme una marca personal doble por toda la cancha.
Mi respuesta fue alejarme hasta la línea de banda y quedarme completamente quieto durante veinte minutos, anulando a dos de sus jugadores y permitiendo que Valdés y Sánchez destrozaran su defensa con superioridad numérica en el centro.
Ganamos tres a cero.
Otros, como el Pachuca en la Jornada 12, intentaron cerrarse atrás con una línea de seis defensores.
Rompí su esquema forzando tiros de esquina y ejecutando jugadas prefabricadas que había diseñado en mi libreta de apuntes la noche anterior, mientras veía los bloqueos ciegos de la NBA.
La prensa deportiva local ya no sabía qué escribir.
Me llamaban “El Androide”, “El Calculador”, o simplemente, el mayor prospecto en la historia de las fuerzas básicas de México.
El cuerpo técnico del primer equipo bajaba a los entrenamientos de la Sub-20 casi todos los días solo para verme.
Mi valor como activo subía como la espuma.
Pero lo más importante es que mi infraestructura legal funcionaba a la perfección.
El Licenciado Mendoza, el abogado gris y aburrido que había contratado, resultó ser la mejor inversión de mi vida.
Revisó mis contratos con una lupa, encontró un par de cláusulas abusivas sobre mis derechos de imagen, redactó anexos y negoció directamente con la directiva de Chivas cobrando solo su tarifa por hora.
Me ahorré cientos de miles de pesos que un representante tradicional me habría quitado como “comisión”.
Mi cuenta bancaria estaba blindada.
Y así, en un abrir y cerrar de ojos corporativo, el calendario marcó el mes de abril de 2016.
La fase regular de las diecisiete jornadas había llegado a su fin.
Estaba en la sala de análisis de video de Verde Valle, un martes por la mañana.
El aire acondicionado zumbaba suavemente.
Estaba solo en la habitación, sentado en la primera fila, con un proyector iluminando la pared blanca.
En mis manos tenía un reporte impreso que el cuerpo técnico nos había entregado.
Le di un sorbo a mi botella de agua mientras revisaba la tabla de clasificación final.
Club Deportivo Guadalajara, Súper Líderes invictos.
Diecisiete partidos jugados: quince victorias y dos empates.
Luego, bajé la mirada hacia mis estadísticas individuales.
El “Reporte Trimestral de Ganancias”.
Goles anotados en fase regular: 24.
Asistencias proporcionadas: 18.
Había destrozado el récord histórico de la categoría Sub-20.
Y lo más hermoso de esos números no era el orgullo deportivo, sino lo que significaban en mi contrato.
Había superado la barrera de las cuarenta participaciones directas de gol.
Mi bono de productividad, con el aumento del veinte por ciento que había exigido, se había activado cuatro veces completas.
Las finanzas del 2016 estaban superando mis proyecciones más optimistas.
La puerta de la sala de video se abrió de golpe, interrumpiendo mi lectura.
Entró el Profe Coyote, seguido de Valdés y Sánchez.
—Aquí estás, Vela —dijo el entrenador, encendiendo las luces principales—.
Llevamos buscándote media hora.
Te perdiste la charla motivacional en el vestidor.
—Estaba revisando los números del cierre de temporada, Profe.
La charla motivacional es un recurso psicológico para levantar el ánimo del equipo, algo que nuestro capitán Valdés sabe hacer mejor que yo.
Mi trabajo es analizar el sistema del próximo rival.
Valdés soltó una carcajada ronca, tirándose en uno de los asientos junto a mí.
El capitán y yo habíamos forjado una sociedad perfecta.
Él era el músculo y el corazón del equipo; yo era el cerebro y la calculadora.
—Ya te dije, Profe, a este güey no le hables de pasión, háblale de bonos —bromeó Valdés, dándome un empujón amistoso en el hombro—.
¿Ya viste contra quién nos toca, chamaco?
Asentí, señalando la parte baja de la tabla impresa en mi mano.
La Liguilla.
Los playoffs.
La fiesta grande del fútbol mexicano.
En la Liguilla, el formato cambia.
Es un torneo de eliminación directa.
Partidos de ida y vuelta.
El que pierde, se va a su casa.
El nivel de estrés se multiplica por diez, los árbitros dejan correr más las faltas y los jugadores se juegan su futuro profesional en noventa minutos.
Para mí, la Liguilla significaba otra cosa: cláusulas de campeonato.
Si ganábamos el título de la Sub-20, mi contrato estipulaba un bono doble.
Era el equivalente a cobrar el aguinaldo y el reparto de utilidades el mismo día.
—Clasificamos como primeros de la tabla general —dije, ajustándome en mi asiento—.
Lo que significa que, por reglamento, enfrentamos al octavo lugar en los Cuartos de Final.
Nos tocan los Pumas de la UNAM.
El Profe Coyote asintió, cruzándose de brazos frente al proyector.
—Exactamente.
Pumas se coló a la Liguilla en la última jornada.
Vienen motivados, sin nada que perder y con una cantera que siempre se ha caracterizado por correr hasta reventar.
El partido de ida es este jueves en la Ciudad de México, en las instalaciones de La Cantera.
Al mediodía.
Sánchez, nuestro delantero, soltó un silbido de preocupación.
—A las doce del día en el Pedregal…
nos vamos a ahogar, Profe.
El calor y la altura de la Ciudad de México a esa hora están brutales.
Nos van a querer presionar desde la salida para fundirnos los pulmones.
—Esa es la táctica predecible —intervine, levantándome de mi asiento y caminando hacia la pantalla en blanco—.
Si ustedes corren al ritmo de ellos, se van a quedar sin oxígeno a los quince minutos.
La altura reduce la capacidad aeróbica, pero no afecta la velocidad de procesamiento mental ni la velocidad de la pelota sobre el pasto.
Tomé un marcador de agua y tracé un esquema rápido en el pizarrón que estaba al lado del proyector.
—En la ida, no vamos a buscar golear.
Vamos a congelar las acciones —les expliqué, dibujando flechas que se movían en círculos cerrados—.
Necesitamos que el balón circule entre nuestros defensas y nuestros contenciones a dos toques.
Posesiones de dos o tres minutos sin intención de avanzar.
Los Pumas van a correr detrás de la pelota desesperados por robárnosla bajo el sol.
Cuando su medidor de estamina colapse por el esfuerzo y el clima, su línea defensiva dejará espacios.
Solo entonces, aceleramos.
El Profe Coyote me miró en silencio durante un largo momento.
Luego, se giró hacia Valdés y Sánchez.
—Ya lo escucharon.
Quiero líneas juntas el jueves.
Nada de piques largos en los primeros veinte minutos.
Carlos, necesito que seas la válvula de escape.
Cuando te llegue el balón, no arriesgues, escóndelo, desespera al rival.
—Considérelo un hecho.
Optimización de energía en su máxima expresión —afirmé, tapando el marcador.
Dos días después, estábamos en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, esperando abordar nuestro vuelo hacia la capital del país.
El ambiente en la sala de espera era denso.
Mis compañeros estaban nerviosos.
La Liguilla era una vitrina nacional.
Un error aquí podía costarte el contrato para la siguiente temporada.
Yo me mantenía apartado, sentado cerca de un enchufe para cargar mis audífonos de cancelación de ruido, revisando las noticias de las eliminatorias de la NBA que también estaban a punto de comenzar.
Abril era un mes espectacular para los negocios y el baloncesto.
Cuando llamaron para abordar, tomé mi mochila y me formé en la fila.
La fase regular había sido un éxito rotundo, pero ahora venía el verdadero cierre fiscal.
Los Cuartos de Final estaban a menos de veinticuatro horas de distancia.
Pumas nos esperaba en la asfixiante altura de la capital, creyendo que su físico y su garra serían suficientes para contrarrestar nuestra técnica.
No sabían que el partido no se iba a ganar con los pulmones, sino con una calculadora y un plan de negocios diseñado a prueba de fallos.
Estaba listo para la auditoría de la Liguilla.
Y no planeaba dejar un solo peso sobre la mesa.
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