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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 3

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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 La mañana del 7 de junio de 2015, mi habitación estaba a oscuras, iluminada únicamente por el brillo de la pantalla de mi computadora portátil.

En una pestaña de mi navegador, se reproducían los resúmenes del segundo partido de las Finales de la NBA entre los Cavaliers de Cleveland y los Golden State Warriors.

LeBron James estaba jugando como una bestia absoluta, y yo sentía una punzada de envidia al ver la forma en que picaba el balón contra la duela.

En la otra pestaña de mi navegador, sin embargo, tenía abierto algo mucho más deprimente: “Reglamento Básico del Fútbol de la FIFA – Edición para Principiantes”.

Había pasado toda la noche asimilando mi nueva realidad.

Si iba a usar este cuerpo para hacerme millonario y financiar mi vida como el mayor fanático del baloncesto del planeta, tenía que tratar el fútbol como lo que era: un empleo.

Y todo buen empleado, por más cínico que sea, necesita leer el manual de su puesto de trabajo antes del primer día.

El problema era que yo, Esteban, nunca en mis treinta años de vida pasada le había prestado atención a un partido de fútbol completo.

Sabía que se jugaba con once contra once y que la pelota debía entrar en la red.

Fuera de eso, era un ignorante total.

—A ver…

—murmuré, tomando un sorbo de café soluble y acercándome a la pantalla—.

“Regla 11: El fuera de juego”.

¿Qué demonios es esto?

Leí el párrafo tres veces.

Un jugador está en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario.

Me froté las sienes, sintiendo que me daba jaqueca.

En el básquetbol todo era más simple: si te quedabas tres segundos en la pintura, te pitaban falta.

Aquí tenías que estar calculando con escuadra y cartabón la posición de la defensa rival cada vez que alguien te mandaba un pase.

—Básicamente, no puedo quedarme acampando al lado del portero rival esperando a que me pasen la pelota —concluí, anotando la regla en una libreta amarilla de oficina que había encontrado en un cajón—.

Qué estupidez.

Eso arruina la eficiencia.

Tienes que estar corriendo de ida y vuelta para no quedar “inhabilitado”.

Mal diseño de juego.

Seguí leyendo durante un par de horas.

Faltas, tiros libres directos e indirectos, saques de banda, tarjetas amarillas y rojas.

Lo memoricé todo con la misma apatía con la que solía memorizar los códigos de facturación en mi antigua empresa.

No había pasión en mi lectura, solo el deseo de no cometer errores de novato que me hicieran perder mi “trabajo”.

Justo cuando estaba leyendo sobre las dimensiones exactas del área chica, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

—¡Vela!

¡Despierta, güey, ya es tarde!

—Gudiel entró como un huracán, llevando puestos unos pantalones cortos de fútbol y una camiseta de la selección mexicana.

Cerré rápidamente la pestaña del reglamento y dejé solo el video de la NBA a la vista.

—Toca antes de entrar, Gudiel.

¿Qué quieres?

—pregunté, girando mi silla de escritorio con lentitud.

—¿Cómo que qué quiero?

Es domingo, hermano.

Quedamos de vernos en las canchas de tierra de la unidad para echar la reta con los de la otra cuadra —dijo, mirándome de arriba a abajo—.

¿Y por qué sigues en pijama?

¡Ya vístete!

Hoy tenemos que demostrarles quién manda.

Lo miré con fastidio.

Ir a sudar bajo el sol del mediodía en una cancha llena de polvo no era mi idea de un domingo perfecto.

Yo quería quedarme viendo los análisis previos del Juego 3 de la NBA.

Pero, por otro lado, esta era la oportunidad perfecta.

Necesitaba un “periodo de prueba”.

Necesitaba ver cómo funcionaban las reglas que acababa de leer en un entorno real, sin la presión de un partido oficial, para entender cómo operaba mi cuerpo.

—Dame cinco minutos —suspiré, levantándome de la silla.

Me puse lo más parecido a ropa deportiva que encontré que no tuviera escudos de equipos de fútbol: unos pantalones cortos de baloncesto negros holgados, mis tenis de suela plana y una camiseta sin mangas de Los Angeles Lakers.

Cuando salí de mi cuarto, Gudiel me miró como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Vas a jugar fútbol con la playera de los Lakers y sin tachones?

—preguntó, arqueando una ceja—.

Güey, el golpe en la cabeza te dejó medio mal, ¿verdad?

—Es ropa cómoda.

Y no necesito zapatos especiales para ganarles a unos vagos del barrio —respondí, pasando por su lado con tono plano.

Era la verdad.

Por lo que había experimentado ayer en mi patio, mis pies hacían lo que querían independientemente del calzado.

Caminamos un par de cuadras bajo un sol que ya empezaba a picar.

Llegamos a la unidad deportiva.

Era un campo de tierra compacta, con un par de porterías sin red, cuyas áreas estaban marcadas por la falta de pasto y la acumulación de polvo.

Había unos quince chicos calentando, todos con camisetas de diferentes equipos europeos y sudando profusamente.

—¡Vela!

¡Qué milagro que te dejan salir del hospital!

—gritó uno de los chicos del equipo contrario, un tipo alto y robusto que parecía ser el defensa central.

—Sí, sí, muy emotivo todo —murmuré, acomodándome en el medio campo y metiendo las manos en los bolsillos de mis pantalones cortos—.

¿Vamos a jugar o vamos a platicar?

El partido se armó rápido.

Ocho contra ocho.

Yo me coloqué como mediocampista ofensivo, o al menos eso creí, basándome en lo que había leído.

Mi plan de negocios para este partido era simple: mínima inversión de energía, máxima ganancia.

No iba a correr como un perro detrás del balón.

El silbato, que era en realidad el grito de “¡Juega!” de uno de los chicos, dio inicio a la cascarita.

Durante los primeros diez minutos, me dediqué a observar.

Caminaba perezosamente por el círculo central, esquivando el polvo que levantaban los demás.

Mi cerebro de oficinista analizaba todo.

Veía cómo se formaban los triángulos de pase, cómo los defensas retrocedían torpemente y cómo el balón rebotaba de forma irregular en la tierra.

—¡Vela, muévete!

¡Pídesela!

—me gritó Gudiel, que ya estaba jadeando tras correr por la banda.

Eficiencia, me recordé a mí mismo.

Gudiel me mandó un pase raso que venía botando de forma horrible por culpa de las piedras del campo.

En lugar de correr hacia la pelota, me quedé quieto.

Dejé que el balón llegara a mí.

En cuanto el cuero sucio tocó la punta de mi zapato de suela plana, el mundo pareció detenerse.

La sensación de control absoluto regresó a mis piernas.

Era ridículo.

No tuve que mirar hacia abajo.

Sabía que la pelota estaba pegada a mi pie como si le hubiera echado pegamento.

El defensa robusto que me había saludado antes se lanzó hacia mí como un toro enojado, intentando robarme el balón.

Mi mente registró su velocidad, su peso y su ángulo de ataque.

Mi cuerpo, actuando con una independencia aterradora, simplemente pisó la pelota, la jaló hacia atrás unos centímetros y luego le dio un toque sutil hacia adelante, justo entre las piernas del defensa.

El famoso “túnel”.

El chico pasó de largo, tropezando con su propia inercia y levantando una nube de polvo.

Yo ni siquiera cambié la expresión de mi cara.

Di dos pasos lentos, alcancé el balón al otro lado del defensa y levanté la vista.

Recordé la “Regla 11”.

Miré la línea defensiva.

Había un hueco enorme entre el lateral izquierdo y el central.

Gudiel estaba corriendo hacia esa zona, pero si le daba el pase ahora, estaría más adelantado que el último defensor.

Fuera de juego.

Retuve la pelota un segundo más.

Otro jugador vino a presionarme.

Hice un amago con el cuerpo hacia la derecha, el chico se comió la finta por completo, y en ese instante, cuando Gudiel estuvo habilitado por centímetros, solté el pase.

No fue un pase normal.

Metí el empeine por debajo de la pelota de una forma que desafiaba la física, dándole un efecto de rosca que hizo que el balón rodeara a los defensores y le cayera a Gudiel directamente en el pie.

Gudiel no desaprovechó el regalo y cruzó su disparo.

Gol.

—¡Qué pase, güey!

¡Eres un monstruo!

—Gudiel vino corriendo a abrazarme, lleno de tierra y sudor.

Yo me encogí de hombros, apartándolo suavemente para no manchar mi camiseta de los Lakers.

—Solo corríjanme si me equivoco —dije, con voz monótona—.

Si le hubiera pasado el balón un segundo antes, ¿era fuera de lugar, verdad?

Gudiel me miró, extrañado.

—Eh…

sí.

Hubiera estado adelantado.

¿Por qué lo preguntas?

Tú siempre tienes los tiempos de pase perfectos.

—Por curiosidad corporativa —respondí, dándome la vuelta para caminar de regreso a mi posición.

El resto del partido informal fue mi campo de experimentación.

Descubrí que no necesitaba correr.

Mi nivel técnico era tan absurdamente alto en comparación con el de ellos, que podía jugar caminando.

Si me venían a marcar dos, simplemente pisaba la pelota y giraba sobre mi propio eje, dejándolos atrás.

Si intentaban quitarme el balón por la fuerza, mi cuerpo reaccionaba con pequeños toques anticipados que los hacían patear el aire.

Metí tres goles más en esa tarde.

Todos iguales: pases precisos, amagues económicos y tiros a las esquinas donde el portero improvisado no podía llegar.

Cero esfuerzo físico innecesario, cero celebraciones.

Yo solo quería terminar con esto, ir a ducharme y ver el Juego 3.

Cuando el sol empezó a ponerse, terminamos de jugar.

Estábamos sentados en la banqueta, bebiendo refrescos de cola en bolsa de plástico.

Los demás chicos no paraban de hablar de mis jugadas, exagerando cada regate que había hecho.

—Neta, Vela, el accidente te hizo mejor o algo así.

Juegas diferente, más…

frío —me dijo Gudiel, dándole un sorbo a su bebida—.

Pero bueno, qué suerte que ya estás listo.

El torneo relámpago de la unidad empieza en dos semanas.

Ya nos inscribí.

Levanté una ceja, sacando mi teléfono para ver la hora.

—¿Torneo relámpago?

¿Y hay premio económico?

—pregunté, yendo directamente al grano.

—Pues…

al primer lugar le dan uniformes nuevos y un trofeo de verdad —respondió Gudiel, rascándose la cabeza—.

Y el orgullo del barrio, obvio.

Solté un suspiro largo y pesado.

Trabajar sin cobrar no estaba en mi manual de empleado.

Pero si quería llegar al verdadero dinero, necesitaba currículum.

Y los ojeadores de los equipos grandes no me iban a venir a buscar a la banqueta de mi casa.

—Está bien —dije, poniéndome de pie y sacudiendo el polvo de mis pantalones de baloncesto—.

Jugaré su torneo.

Pero yo no defiendo, no corro a lo tonto y no cobro los tiros de esquina.

Yo solo hago los goles y me voy a mi casa.

¿Quedó claro?

Gudiel soltó una carcajada, pensando que yo estaba bromeando con mi actitud de diva.

—Lo que tú digas, su majestad —bromeó.

Comencé a caminar hacia mi casa.

Había completado mi primer día de entrenamiento.

Las reglas eran tediosas, mis compañeros de trabajo eran ruidosos y el uniforme apestaba, pero si este era el precio a pagar para poder disfrutar de mi amada NBA en el futuro, lo pagaría con la frialdad de un témpano de hielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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