[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 Pasaron un par de días desde mi primera “cascarita” en la cancha de tierra.
Aunque había dominado el juego caminando, mi mente oficinista no dejaba de darle vueltas a un problema fundamental.
Estaba recostado en mi cama, mirando el techo mientras lanzaba una pelota de tenis al aire con la mano izquierda (lo único que mi maldito cuerpo descoordinado me permitía hacer sin romper nada).
«Si quiero ganar dinero de verdad, caminar por el campo no va a ser suficiente», pensé.
En el mundo corporativo, el tipo que hace el mínimo esfuerzo rara vez llega a ser el CEO.
Si quería un contrato multimillonario que me permitiera comprar una mansión en Los Ángeles y tener pases VIP para toda la temporada de los Lakers, tenía que destacar de forma monstruosa.
Los ojeadores europeos no pagaban millones por un jugador talentoso pero perezoso.
Pagaban por máquinas de hacer goles.
Pagaban por el mejor trabajador de la empresa.
Me levanté de un salto y encendí mi computadora portátil.
Si el fútbol iba a ser mi profesión, necesitaba un modelo a seguir, un “mentor virtual” que me enseñara a optimizar mis recursos.
Abrí YouTube.
Escribí en el buscador: “Mejores jugadas de fútbol”.
Los primeros resultados me mostraron a Ronaldinho y a un joven Neymar.
Vi un par de videos, pero a los cinco minutos cerré las pestañas con fastidio.
—Demasiadas bicicletas, demasiados bailes —murmuré para mí mismo, anotando en mi libreta amarilla—.
Ineficiente.
Retienen el balón demasiado tiempo, se arriesgan a lesiones por lucirse y gastan energía en movimientos que no siempre terminan en la red.
Eso no es trabajar de forma inteligente.
Seguí buscando.
Quería encontrar a alguien que jugara al fútbol con la frialdad de un asesino a sueldo y la precisión de un ingeniero.
Alguien que no buscara el aplauso fácil, sino el resultado numérico.
Y entonces, lo encontré.
El título del video era: “Ricardo Kaká – El Prime del AC Milan”.
Le di al botón de reproducción.
Lo que vi en los siguientes diez minutos cambió por completo mi forma de entender mi nuevo “empleo”.
El brasileño no hacía malabares inútiles.
Recibía el balón en el medio campo, levantaba la cabeza e iniciaba una carrera recta, explosiva y devastadora hacia la portería rival.
Su zancada era larga, potente, elegante pero letal.
Los defensas parecían niños intentando detener a un tren de carga.
Cuando llegaba al área, no intentaba humillar al portero; simplemente definía con un toque sutil a la esquina o con un disparo fulminante.
Me incliné hacia la pantalla, fascinado por la pura eficiencia del hombre.
—Cero adornos.
Control, aceleración, disparo, gol.
Repetir —susurré, viendo cómo Kaká destrozaba al Manchester United en la Champions del 2007—.
No juega al fútbol, ejecuta un algoritmo perfecto de destrucción de defensas.
Este es mi modelo de negocios.
Cerré la computadora portátil.
Si mi cuerpo tenía el talento al máximo nivel, entonces podía replicar ese estilo.
Iba a convertirme en el oficinista más activo y despiadado que las canchas de Zapopan hubieran visto jamás.
Iba a correr, sí, pero no por “amor a la camiseta”, sino porque cada carrera era una inversión a corto plazo para inflar mis estadísticas.
A la tarde siguiente, llamé a Gudiel.
Nos vimos en el parque del barrio.
Él traía un par de balones y la misma actitud relajada de siempre, pensando que solo íbamos a reírnos un rato tirando a la portería.
—A ver, Carlos, ponte de portero a ver si es cierto que también eres bueno con las manos —bromeó mi amigo, pateándome el balón.
Lo detuve pisándolo con firmeza.
Lo miré con total seriedad.
—Gudiel, el torneo relámpago empieza la próxima semana.
Y necesito que me ayudes a practicar mi nuevo sistema operativo.
—¿Tu nuevo qué?
—preguntó, confundido, rascándose la cabeza—.
Güey, hablas como si fueras un robot a veces.
—Solo escúchame.
Ponte en el borde del área.
Yo voy a arrancar desde el medio campo.
Tu único trabajo es intentar quitarme la pelota con todas tus fuerzas.
No me tengas consideración.
Córtame el paso, empújame, haz lo que sea necesario.
Gudiel se encogió de hombros, asumiendo la posición defensiva.
—Si tú lo dices, loco…
pero luego no llores si te dejo moretones.
Caminé hasta el círculo central de la cancha de cemento.
Respiré hondo.
Visualicé la cancha de básquetbol por un segundo, imaginando que era LeBron James atacando el aro en un contraataque rápido.
Esa misma agresividad vertical era la que iba a aplicar aquí.
Toqué la pelota hacia adelante y arranqué.
Fue como encender los postquemadores de un jet de combate.
El “Sistema” que me había maldecido también me había dejado un físico absurdamente ágil y potente.
Con cada zancada, sentía el viento rugir en mis oídos.
No iba caminando como el domingo pasado.
Iba corriendo a toda velocidad, pero la pelota seguía cosida a la punta de mi botín izquierdo.
Gudiel se plantó firme, intentando achicarme el espacio.
Cuando estuve a un metro de él, no me detuve a hacer fintas lentas ni a pisar el balón.
Siguiendo el “Manual de Kaká”, di un toque largo hacia su derecha y aceleré por su izquierda con una explosividad que lo dejó congelado.
El famoso “autopase” en velocidad.
Gudiel ni siquiera tuvo tiempo de meter el pie.
Para cuando giró la cabeza, yo ya estaba frente a la portería vacía, golpeando el balón con el empeine para mandarlo al fondo de la red improvisada.
Regresé trotando hacia el medio campo.
Mi respiración estaba un poco agitada, pero no me sentía cansado.
—¿Qué demonios fue eso?
—exclamó Gudiel, con los ojos muy abiertos—.
¡Parecías un tren sin frenos!
¡Ni siquiera te vi las piernas!
—Eficiencia pura, Gudiel.
Ir del punto A al punto B en el menor tiempo posible —respondí, secándome una gota de sudor de la frente—.
De nuevo.
Ahora intenta barrerte si es necesario.
Durante las siguientes dos horas, repetimos el ejercicio.
Gudiel terminó tirado en el suelo, agotado, cubierto de polvo y frustrado.
No pudo quitarme el balón ni una sola vez.
Cada vez que él intentaba adivinar mi movimiento, yo cambiaba de ritmo con la brutalidad de un jugador de la NFL y la sutileza de un bailarín.
Cambios de dirección a máxima velocidad, tiros potentes desde fuera del área y arranques fulminantes.
A la mañana siguiente, sábado, mi equipo del barrio organizó un último partido amistoso de preparación contra unos chicos de otra colonia, conocidos por ser bastante agresivos.
Era el último ensayo antes de que empezara el torneo relámpago oficial.
El partido se jugó en una cancha de tierra rodeada de gradas de cemento pintadas de verde y blanco.
En cuanto el árbitro dio el pitazo inicial, puse mi plan en marcha.
Ya no me quedé esperando en el centro del campo.
Me convertí en el motor de mi equipo.
Si teníamos el balón, yo bajaba a pedirlo, me giraba rápidamente y empezaba la conducción hacia adelante, rompiendo líneas defensivas solo con mi zancada y mi velocidad.
Los defensas rivales empezaron a desesperarse.
Intentaban darme patadas en los tobillos, pero yo era demasiado rápido.
Cuando creían que me tenían acorralado, simplemente adelantaba el balón y los superaba en la carrera.
Marqué el primer gol al minuto cinco.
Recibí en tres cuartos de cancha, vi el hueco, aceleré dejando a dos defensas atrás y solté un latigazo cruzado raso.
Marqué el segundo al minuto quince.
Un rebote cayó cerca de nuestra área.
En lugar de despejar, controlé el balón de pecho, lo bajé y corrí setenta metros sin que nadie pudiera alcanzarme, definiendo con frialdad ante la salida del portero.
Para el medio tiempo, íbamos ganando 4-0.
Yo había metido tres y había asistido el otro.
Mis compañeros estaban eufóricos, bebiendo agua y riendo.
Yo estaba sentado en una hielera, analizando fríamente mi rendimiento.
Bien, pensé.
Este estilo requiere más energía, pero garantiza resultados contundentes.
Si mantengo esta tasa de productividad, el ascenso corporativo será inevitable.
—¡Eres una máquina, Vela!
—me felicitó el portero de nuestro equipo, dándome palmadas en la espalda.
Yo le di un sorbo a mi botella de agua y lo miré sin sonreír.
—Solo estoy haciendo el trabajo —respondí en tono neutro—.
Ahora descansen.
En la segunda mitad quiero que me den el balón en cuanto lo recuperen.
Terminemos nuestro turno rápido para que pueda irme a ver los resúmenes de la NBA.
El torneo relámpago estaba por comenzar.
Y yo estaba a punto de mostrarles a todos lo que sucedía cuando cruzabas el talento más grande del fútbol con la ética de trabajo despiadada de un oficinista que solo quiere su cheque para irse a casa.
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