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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 30

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30: Capítulo 30 30: Capítulo 30 El sudor me escocía en los ojos, mezclado con el bloqueador solar y la tierra levantada de la cancha de Verde Valle.

Sentía el ardor en los pulmones, ese fuego característico que te avisa que estás empujando la máquina al límite de sus revoluciones.

Había modificado mi plan de negocios.

Durante los primeros meses, mi estrategia se basaba en la “eficiencia energética”: caminar, flotar, dejar que el balón corriera por mí.

Pero tras analizar los datos de rendimiento de los atletas mejor pagados del mundo —tipos como LeBron James o Cristiano Ronaldo—, me di cuenta de un factor fundamental.

La longevidad y los contratos multimillonarios no se consiguen solo con talento cerebral; se consiguen construyendo un hardware indestructible y llevándolo al máximo en cada turno laboral.

El talento te da el puesto, pero el trabajo físico brutal y obsesivo te da el monopolio.

No me importaba el escudo que llevaba en el pecho, ni me interesaba ser el ídolo de la afición.

No tenía ego.

Pero si quería cobrar los bonos máximos y asegurar mi salto a Europa, tenía que convertirme en el empleado que más sudara en toda la empresa.

El partido de vuelta de los Cuartos de Final contra Pumas había comenzado hacía veinte minutos.

Teníamos una ventaja global de tres a cero, pero los universitarios habían venido a Guadalajara con la consigna de morir matando.

Su entrenador había ordenado una cacería humana.

Si no podían ganarnos en el marcador, iban a intentar quebrarnos el espíritu a patadas.

Yo era el objetivo principal.

Recibí un balón en el medio campo.

Apenas controlé con el muslo, sentí el impacto de un botín con tacos de aluminio directo en mi pantorrilla derecha.

El golpe fue violento, intencionado, cargado de la frustración de un equipo eliminado.

Caí rodando por el pasto, apretando los dientes para ahogar un grito.

El árbitro pitó la falta.

Tarjeta amarilla para el contención felino.

Sánchez corrió a ayudarme a levantar.

Mi respiración era agitada.

El corazón me latía a mil por hora.

Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo, dejando una mancha de tierra en mi rostro.

—Carlos, te están buscando los tobillos a propósito —me dijo Sánchez, preocupado, viéndome cojear un poco.

—Es su única herramienta de negociación, Sánchez —le respondí, tomando una bocanada de aire profundo y sacudiendo la pierna para disipar el dolor—.

Quieren que baje el ritmo.

Quieren que me esconda.

Pero si dejo de producir, el equipo pierde empuje y mis números caen.

Y eso no va a pasar.

Cobramos la falta.

En lugar de quedarme estático como solía hacer, encendí el motor al cien por ciento.

Empecé a correr por toda la cancha.

Bajaba a defender, le robaba el balón a los laterales, construía la jugada desde atrás y luego me lanzaba en piques a máxima velocidad hacia el área contraria.

Era un esfuerzo titánico.

Sentía los músculos de las piernas arder por la acumulación de ácido láctico, pero mi mente corporativa me empujaba.

Cada sprint era un depósito bancario a futuro.

Cada gota de sudor era una póliza de seguro contra el fracaso.

Los de Pumas estaban desconcertados.

Esperaban al chico calculador que caminaba; se encontraron con una máquina atlética dispuesta a dejar los pulmones en el césped.

Minuto treinta y cinco.

Pumas perdió el balón en nuestra área tras un tiro de esquina.

Yo estaba metido en nuestra propia media luna defendiendo.

El rebote me cayó en los pies.

Levanté la vista.

Había sesenta metros hasta la portería rival.

No busqué el pase largo.

Arranqué.

Aceleré con una potencia que hizo que mis cuádriceps protestaran.

Un mediocampista universitario intentó cerrarme el paso y tiró una barrida artera a la altura de la rodilla.

Yo ya iba a tal velocidad que simplemente salté, pasando por encima de sus piernas asesinas, aterricé sin perder el equilibrio y seguí conduciendo.

El estadio entero de Verde Valle se puso de pie, rugiendo ante el despliegue físico.

Llegué a tres cuartos de cancha.

El esfuerzo me tenía jadeando, pero el cerebro seguía calculando.

Dos centrales de Pumas me salieron al paso, decididos a hacerme falta costara lo que costara.

La venganza corporativa no es emocional, pensé.

La venganza es hacerles ver que todo su esfuerzo destructivo es inútil.

A cinco metros del impacto, no frené.

Toqué la pelota ligeramente hacia la derecha, obligando al primer central a desplazar su peso, y luego, usando toda la fuerza de mi pierna de apoyo, arrastré el balón hacia la izquierda con una “croqueta” violentísima.

El central chocó contra su propio compañero.

Ambos cayeron al pasto, humillados por la combinación de velocidad y técnica.

Entré al área.

El portero salió a achicar.

Mis piernas temblaban por el sprint de sesenta metros, pero mi pie izquierdo estaba firme.

Saqué un latigazo cruzado, potente, inatajable.

La red se infló con violencia.

Uno a cero en el partido.

Cuatro a cero en el global.

Me detuve cerca del banderín de tiro de esquina, apoyando las manos en mis rodillas, respirando por la boca mientras el sudor me goteaba por la barbilla y la nariz.

No hice festejos extravagantes, no me quité la camiseta ni grité al cielo.

Era trabajo puro y duro.

Valdés llegó corriendo y me abrazó por el cuello.

—¡Eres un monstruo, chamaco!

¡Qué carrerón te acabas de aventar!

—gritó el capitán, contagiado por la adrenalina.

—Defensa…

transición…

definición —jadeé, levantándome y chocando los cinco con él—.

Mantengan el cero atrás.

Quiero el bono de portería imbatida para el equipo.

El gol fue un golpe psicológico devastador para Pumas.

El segundo tiempo se convirtió en una espiral de frustración y violencia para ellos.

Al ver que yo no dejaba de correr, de presionar sus salidas y de barrerme para recuperar balones —algo que jamás hacía al principio de la temporada—, perdieron la cabeza por completo.

Minuto cincuenta y cinco.

Fui a presionar al lateral derecho de Pumas hasta el banderín de su propio campo.

Lo acorralé.

El tipo, desesperado y humillado de ver a la estrella del equipo rival haciendo el trabajo sucio de recuperación, me tiró un codazo descarado al rostro.

El impacto me dio de lleno en el pómulo.

Caí al suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre en el labio.

El silbato sonó.

El árbitro llegó corriendo y sacó la tarjeta roja directa.

Me levanté lentamente.

Valdés y Sánchez ya estaban empujándose con los de Pumas, defendiéndome.

Me acerqué al tumulto, limpiándome la sangre del labio con el dorso de la mano.

Mi camiseta estaba empapada en sudor y manchada de verde y rojo.

—Déjenlos, Valdés —ordené, con la respiración aún agitada pero la voz firme—.

No se ganen amonestaciones estúpidas.

El reglamento ya los está castigando.

Vamos a jugar.

Con un hombre más y el rival fundido físicamente, ejecuté mi segunda fase de venganza.

Si ellos querían golpear, yo iba a hacer que corrieran hasta que les fallaran las piernas.

Durante los siguientes veinte minutos, me convertí en el director de una orquesta sádica.

Pedía todos los balones, atraía a dos o tres marcadores, y cuando estaban a punto de patearme, soltaba el pase a un toque y picaba al espacio vacío, obligándolos a girar y perseguirme de nuevo.

Al minuto setenta y dos, la presión constante hizo implosionar a la defensa felina.

Filtré un pase al hueco para Sánchez.

El central de Pumas, asfixiado, llegó tardísimo y lo derribó dentro del área.

¡Penalti!

El árbitro señaló el manchón penal.

Los jugadores de Pumas ya ni siquiera reclamaron.

Estaban con las manos en las rodillas, con las miradas perdidas.

Tomé el balón.

Me limpié el sudor de la cara con la camiseta.

Sentía el cuerpo pesado, al borde del calambre, pero la oportunidad de sumar otro gol a mis métricas era irrechazable.

Me perfilé, ignorando el dolor punzante en la pantorrilla por la patada del primer tiempo.

Di tres pasos rápidos y le metí todo el empeine al balón, un disparo de pura rabia contenida, de pura potencia física, que casi arranca las redes del ángulo superior derecho.

Dos a cero.

Cinco a cero global.

Me di la vuelta y señalé a Sánchez, reconociendo su esfuerzo para conseguir la falta.

Éramos un equipo trabajando a destajo, cumpliendo con la cuota de producción exigida por la empresa.

Los últimos minutos fueron un calvario para los universitarios.

Al minuto ochenta y cinco, en un intento de contragolpe nuestro, un mediocampista de Pumas se lanzó con los dos pies por delante buscando mi tobillo.

Yo venía a máxima velocidad, sentí venir el golpe, punteé la pelota y recibí el impacto en la espinillera protectora.

Rodé espectacularmente, exagerando un poco la caída para asegurar la sanción.

Segunda tarjeta roja para Pumas.

Se quedaban con nueve hombres.

Cuando el árbitro finalmente pitó el final del encuentro, me dejé caer de espaldas sobre el pasto.

El cielo azul de Guadalajara giraba un poco sobre mí.

Me dolía absolutamente cada fibra muscular.

Mis pulmones quemaban y mi uniforme estaba irreconocible por la tierra, el sudor y un par de manchas de sangre.

Había corrido más de once kilómetros en noventa minutos.

Había dejado el alma en la cancha, no por amor a la camiseta rojiblanca, sino porque había entendido que el máximo esfuerzo físico era el mejor escudo contra el talento mediocre y la envidia.

El Profe Coyote entró a la cancha y me tendió la mano para ayudarme a levantar.

—Pareces un minero que acaba de salir del turno doble, muchacho —me dijo, palmeándome la espalda con evidente orgullo—.

Hoy no caminaste.

Hoy fuiste el corazón del equipo.

—Hoy aseguré mi inversión, Profe —le contesté, jadeando, mientras tomaba una botella de agua que me ofreció un utilero y me la echaba por encima de la cabeza—.

Querían quebrarme.

Les demostré que mi motor tiene más caballos de fuerza que sus patadas.

Caminé hacia el túnel de vestidores bajo los aplausos de la gente en Verde Valle.

Estábamos en las semifinales.

Mis KPI estaban por las nubes, mi bono estaba asegurado y, a pesar del dolor, mi cuerpo se sentía más fuerte que nunca.

La maquinaria corporativa de Carlos Vela estaba operando a su máxima capacidad física y mental.

Y esto era solo el comienzo de la Liguilla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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