[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 31
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31: Capítulo 31 31: Capítulo 31 El miércoles 27 de abril de 2016, las instalaciones de Verde Valle estaban sumidas en esa calma pesada que sigue a una sesión de entrenamiento a tope.
Estábamos en plena semana de preparación para las semifinales de la Liguilla y el Profe Coyote no nos había dado tregua.
Trabajo táctico, espacios reducidos, resistencia aeróbica.
Mi cuerpo, aunque mucho más adaptado a las exigencias físicas de la Sub-20, exigía una pausa urgente.
Después de pasar por la tina de hielo y ponerme ropa limpia y holgada del club, me dirigí a la sala de descanso de la casa club.
Era poco más de la una y media de la tarde.
En circunstancias normales, habría ido directo a mi habitación a revisar las estadísticas de los playoffs de la NBA, pero mi estómago demandaba una ingesta inmediata de proteínas.
Al entrar a la sala, me encontré con un escenario atípico.
Casi toda la plantilla de la Sub-20 estaba amontonada frente al televisor principal.
Habían juntado sillas, algunos estaban sentados en el suelo sobre cojines y otros comían directamente de contenedores térmicos.
El ruido era ensordecedor.
Discutían, manoteaban y no le quitaban los ojos de encima a la pantalla.
Me abrí paso hasta la barra, serví un plato generoso de pechuga de pollo a la plancha con arroz blanco y me acerqué a la periferia del grupo.
—¿Qué evento deportivo justifica este nivel de improductividad laboral?
—pregunté en voz alta, acomodándome en un sillón individual en la parte trasera.
Valdés, que estaba sentado en primera fila devorando un sándwich, se giró para mirarme como si acabara de blasfemar.
—¡Es la Champions, Vela!
¡Semifinal de ida!
¡Atlético de Madrid contra el Bayern Múnich!
—respondió el capitán, señalando la pantalla con pasión—.
Juegan en el Vicente Calderón.
El Cholo Simeone contra Guardiola.
Es la guerra civil del fútbol, cabrón.
Asentí, dándole un bocado a mi arroz.
El fútbol europeo me resultaba interesante puramente desde una perspectiva financiera y táctica.
Por un lado, estaba el Bayern Múnich, una multinacional alemana con un presupuesto astronómico, una filosofía de posesión abrumadora y jugadores que costaban lo mismo que el PIB de una isla pequeña.
Por el otro, el Atlético de Madrid, un equipo con menos recursos económicos, estructurado como una fortaleza militar y enfocado en la máxima rentabilidad de la escasez.
En términos de negocios, Simeone era un genio de la optimización de recursos.
Guardiola era el CEO de una empresa de tecnología con presupuesto ilimitado.
El partido acababa de comenzar.
El ambiente en el estadio de Madrid, que se filtraba por las bocinas de la televisión, era una locura.
Los aficionados del Atlético no dejaban de cantar, creando una presión psicológica asfixiante.
—El Bayern los va a aplastar —comentó Sánchez, nuestro delantero, sin apartar la vista del televisor—.
Tienen la pelota casi el ochenta por ciento del tiempo.
Mira a Arturo Vidal, a Xabi Alonso.
Tienen a los del Atleti acorralados en su propia área.
—Tener el producto en el almacén no sirve de nada si no logras cerrar la venta, Sánchez —le corregí, usando mi tenedor para señalar la formación defensiva del equipo español—.
Observa el espaciamiento del Atlético.
Son dos líneas de cuatro absolutamente perfectas.
Están dejando que el Bayern tenga el balón en zonas donde no hay riesgo.
Ceden el control del esférico para mantener el control del espacio.
Es brillante.
Minimiza el desgaste físico y frustra al rival.
Valdés asintió efusivamente.
—¡Exacto!
¡Mira a Godín y a Giménez!
¡Son unos muros!
Si una mosca intenta entrar al área, le rompen las alas.
Así es como se defiende una eliminatoria, con los dientes apretados.
El partido se desarrollaba bajo esa misma tónica.
El equipo alemán movía la pelota de un lado a otro, hilvanando cuarenta, cincuenta pases seguidos, pero sin lograr penetrar la última línea.
Era un dominio estéril.
Y entonces, en el minuto once, la teoría de la rentabilidad máxima se materializó frente a nuestros ojos.
Un pase largo del Bayern Múnich fue rechazado por la defensa colchonera.
El balón cayó en el medio campo, cerca de la banda derecha, directamente a los pies de Saúl Ñíguez, un mediocampista del Atlético de Madrid.
Saúl recibió rodeado por tres jugadores alemanes.
Cualquier manual de fútbol conservador habría indicado que pasara la pelota hacia atrás para asegurar la posesión y organizar el equipo.
Pero Saúl hizo exactamente lo opuesto.
—¡Mira, mira, mira!
—empezó a gritar Sánchez, levantándose del suelo a medias.
Saúl pisó la pelota, hizo un amague brutal con el cuerpo y dejó sembrado a Thiago Alcántara.
Arrancó en diagonal hacia el centro, directamente hacia la línea defensiva del Bayern.
Mi mente empezó a calcular los vectores y las probabilidades.
Velocidad del portador: alta.
Defensas en zona de impacto: tres.
Espacio disponible: mínimo.
Bernat salió al cruce.
Saúl, con un toque suave de zurda, la pasó por un lado del defensa y corrió por el otro, eludiéndolo con una facilidad pasmosa.
Xabi Alonso se barrió desesperado intentando cortar el avance, pero Saúl simplemente hizo un pequeño recorte hacia adentro, ganando el espacio en la frontal del área grande.
Toda la sala de la casa club estaba conteniendo la respiración.
Mis compañeros tenían los puños apretados.
Saúl entró al área por el lado derecho.
Alaba, el último gran defensor del Bayern, se le plantó enfrente.
El portero Manuel Neuer, uno de los mejores del mundo, estaba cubriendo su poste con su imponente presencia.
El jugador español no tenía ángulo para un disparo de potencia.
En lugar de reventar la pelota, Saúl hizo un freno casi imperceptible, apenas un milisegundo que desbalanceó a Alaba.
Perfiló su cuerpo, abrió el pie izquierdo y acarició el balón con la parte interna.
No fue un zapatazo.
Fue un pase a la red.
El balón trazó una curva suave, perfecta, pasando a centímetros de los dedos estirados de Neuer y colándose mansamente junto al poste lejano.
¡Golazo!
La sala de descanso de Verde Valle estalló como si hubiéramos anotado nosotros.
Valdés tiró su sándwich a la mesa, gritando.
Sánchez se agarraba la cabeza, sin poder creer la jugada que acababan de ver.
—¡Qué maldito poema de gol!
—bramó el capitán, agitando los brazos—.
¡Se quitó a medio Bayern Múnich en una baldosa!
¡Qué clase!
Yo seguí masticando mi pollo, mirando la repetición en cámara lenta que pasaban en la televisión.
Mientras mis compañeros celebraban la espectacularidad del regate, yo analizaba la deficiencia táctica de la multinacional alemana.
—Es un fallo garrafal en el código defensivo del Bayern —comenté, llamando la atención de los más cercanos—.
Xabi Alonso llega tarde a la cobertura porque su línea estaba adelantada esperando tener la posesión.
Y Alaba comete un error de geometría básica.
Le da el lado fuerte a un jugador zurdo en lugar de obligarlo a salir por la línea de fondo.
Sánchez me miró con una ceja levantada.
—Vela, el güey se acaba de quitar a cuatro campeones del mundo y la pone al poste, ¿y tú estás hablando de geometría básica?
Tienes agua helada en las venas, te lo juro.
—No, Sánchez, tengo una apreciación objetiva del riesgo —le repliqué, apuntando a la pantalla con el tenedor—.
El gol fue estéticamente brillante, sí.
Pero la lección real aquí no es el regate de Saúl.
Es la filosofía del Atlético.
El Bayern tuvo el balón diez minutos seguidos, gastó energía rotando posiciones, y el Atlético, con un solo contragolpe bien ejecutado, una sola transición rápida aprovechando el espacio a la espalda de los mediocampistas, cobró el cheque.
Eficiencia pura.
El partido continuó y fue una clase magistral de supervivencia.
El Bayern Múnich se fue con todo al frente.
Dominaron, estrellaron un balón en el travesaño, bombardearon el área del Atlético con centros, disparos de media distancia y jugadas de pared.
Alaba soltó un disparo infernal desde treinta metros que hizo cimbrar el larguero de la portería rojiblanca.
Pero el marcador no se movió.
La defensa del equipo español operó como un candado impenetrable.
Obligaban al equipo alemán a mover la pelota en zonas estériles, forzaban los errores y limpiaban su área con una frialdad corporativa que yo admiraba profundamente.
Cuando el árbitro en Madrid pitó el final del partido con el 1-0 a favor del Atlético, mis compañeros soltaron un suspiro colectivo de agotamiento, como si ellos mismos hubieran estado defendiendo durante noventa minutos en el Vicente Calderón.
—Qué sufrimiento, carajo —dijo Valdés, secándose un sudor imaginario de la frente—.
Pero se llevaron la ventaja a Alemania.
Tienen la mitad del boleto a la final de Milán.
Me levanté de mi asiento, tomé mi plato vacío y lo llevé hacia la zona de lavado.
—Esa es la actitud que quiero que tengan ustedes en la semifinal de este fin de semana —les dije a mis compañeros, dándome la vuelta para mirarlos antes de salir de la sala—.
Vamos a enfrentar a un equipo que probablemente intente dominarnos con fuerza física o con posesión del balón en su estadio.
No me importa si ellos tienen la pelota el setenta por ciento del tiempo.
Si mantenemos las líneas juntas, si no cometemos errores de geometría como Alaba, y si me garantizan el balón en los espacios abiertos en las transiciones…
Hice una pequeña pausa, esbozando una de mis infrecuentes y calculadas sonrisas.
—…Les garantizo que yo voy a cerrar la venta como Saúl Ñíguez.
La posesión de la pelota es una métrica para el ego; los goles en el marcador son los que pagan los bonos.
Nos vemos mañana a las seis, señores.
Toca descansar el hardware.
Salí de la casa club con el eco del análisis futbolístico a mis espaldas.
El fútbol de máximo nivel me había regalado una lección visual invaluable.
La semifinal contra Pumas había sido física, de desgaste constante.
Pero la próxima ronda exigiría más cabeza fría que pulmones.
Y si el Atlético de Madrid podía ganarle a una superpotencia usando la lógica de la escasez y la rentabilidad, mis finanzas estaban más que seguras aplicando el mismo modelo de negocios en la Liga MX Sub-20.
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