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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 32

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32: Capítulo 32 32: Capítulo 32 El fútbol es, probablemente, la única industria en el mundo donde los empleados de dos empresas competidoras se odian visceralmente por el simple color de su uniforme.

Yo nunca entendí ese tribalismo corporativo, pero sabía perfectamente cómo capitalizarlo.

Estábamos de vuelta en la capital del país.

Las semifinales del Torneo Clausura 2016 nos habían puesto frente a frente con el Club América.

El Clásico Nacional en la antesala de la gran final.

El escenario era la Cancha 1 de las instalaciones de Coapa, el cuartel general de las Águilas.

Si el ambiente en Verde Valle era exigente, Coapa era una trituradora de carne.

Las gradas de metal estaban pegadas a la línea de banda, repletas de aficionados locales, familiares de los jugadores y miembros de las barras bravas que habían madrugado este miércoles para venir a insultarnos.

Mientras terminaba de abrocharme los botines en el minúsculo vestidor visitante, mi mente procesaba los números.

Estábamos a tres partidos de asegurar la cláusula de campeonato.

Tres turnos laborales más de esfuerzo máximo y mi cuenta bancaria recibiría una inyección de capital que me permitiría diversificar mi portafolio de inversiones antes de cumplir la mayoría de edad.

El Profe Coyote terminó su charla técnica, golpeando la pizarra con el puño.

—¡Es el América, señores!

¡Aquí no hay amistosos, aquí no hay tregua!

¡Quiero que muerdan cada pelota!

Carlos —se giró hacia mí, bajando un poco el tono—, te van a querer comer vivo.

El “Pelado” Almeyda y los directivos del primer equipo nos están viendo por circuito cerrado.

Este es tu examen profesional.

—Mi auditoría está en regla, Profe —le contesté, poniéndome de pie y dándome dos golpes suaves en los muslos para activar la circulación—.

Ejecutaremos el plan de contención y liquidaremos en los espacios vacíos.

Rentabilidad pura.

Salimos al campo.

El calor de mayo en la Ciudad de México era sofocante, pero yo había adaptado mi hardware.

Tras la serie contra Pumas, había intensificado mis sesiones de cardio y fuerza en el gimnasio.

Había comprendido que el talento era mi materia prima, pero mi capacidad física era la maquinaria de producción; si la máquina se sobrecalentaba, la producción se detenía.

Estaba dispuesto a correr y a sudar más que nadie en esta cancha, no por amor al escudo del Guadalajara, sino porque el sudor es el lubricante del éxito financiero.

El árbitro dio el silbatazo inicial.

Tal como habíamos previsto al ver el partido del Atlético de Madrid, el América salió a jugar a ser el Bayern Múnich.

Su entrenador había dispuesto un esquema abrumador, con los laterales convertidos en extremos y los contenciones pisando nuestra área.

Querían resolver la eliminatoria en los primeros veinte minutos, impulsados por los gritos ensordecedores de su gente.

Retrocedimos.

Armamos dos líneas de cuatro apretadísimas al borde de nuestra propia área.

Valdés, nuestro capitán, gritaba órdenes y empujaba a sus compañeros para mantener el bloque compacto.

Yo me coloqué como un satélite solitario en el medio campo, pero no me quedé estático.

Empecé a correr.

Me movía de lado a lado, cerrando líneas de pase, persiguiendo al contención rival que intentaba distribuir el balón.

El sudor comenzó a brotar de mi frente, picándome en los ojos.

Mis pulmones se expandían, buscando el oxígeno que escaseaba a más de dos mil doscientos metros de altura.

Era un trabajo sucio, agotador, un esfuerzo defensivo que las estrellas del fútbol suelen delegar en los obreros del equipo.

Pero yo no era una estrella egocéntrica.

Yo era el CEO que estaba dispuesto a bajar a la línea de ensamblaje si eso garantizaba que el producto final saliera perfecto.

Al minuto quince, un volante del América intentó filtrar un balón por el centro.

Yo estaba calculando la trayectoria.

Aceleré a fondo, intercepté el pase con la punta del botín y recibí de inmediato una plancha durísima en el tobillo izquierdo por parte del jugador americanista que intentaba recuperar su error.

El impacto me derribó.

Rodé por el pasto seco de Coapa.

El árbitro pitó la falta pero, increíblemente, no sacó tarjeta.

Me levanté casi de inmediato, apretando los dientes para ahogar el dolor que me subía por la pierna.

No protesté.

Miré fijamente al volante rival, que me veía con los ojos inyectados en sangre.

—Tu margen de error se está reduciendo —le dije fríamente, respirando por la boca—.

Cada vez que intentas romperme, gastas energía que vas a necesitar cuando te toque correr hacia tu propia portería.

El asedio continuó.

América estrelló un balón en el travesaño en un tiro de esquina.

El arquero nuestro sacó una pelota imposible en la línea de gol.

Estábamos sufriendo el acoso constante de una empresa rival que intentaba absorbernos mediante una adquisición hostil.

Pero el reloj corría a nuestro favor.

Minuto treinta y cinco.

El ímpetu inicial del América comenzó a desinflarse.

Las piernas de sus laterales, que habían estado haciendo recorridos de setenta metros, empezaron a pesarles.

La circulación de su balón se volvió predecible y lenta.

Era el momento.

La escasez de energía del rival era mi oportunidad de inversión.

Sánchez bajó a ayudar en un tiro de esquina del América.

El centro fue deficiente y Valdés lo despejó con un cabezazo violento hacia el círculo central.

Yo estaba posicionado exactamente en el límite de la línea de medio campo, al borde del fuera de lugar.

Emprendí la carrera en el instante en que escuché el impacto de la cabeza de Valdés.

La pelota voló hacia mí.

El último defensa del América, un central grandote y corpulento, salió de su zona para intentar ganar el balón por alto y frenar la transición.

Calculé la parábola del balón y la inercia del defensor.

Si intentaba controlar la pelota, él me arrollaría con su tonelaje.

En lugar de detener mi carrera, dejé que el balón botara frente a mí.

El defensa saltó con todo para despejar.

Usando la misma técnica de eficiencia espacial que le había visto a Saúl Ñíguez la semana anterior, apenas desvié mi trayectoria unos centímetros hacia la derecha.

El defensa pasó volando a mi izquierda, cabeceando el aire, incapaz de frenar su masa en movimiento.

Controlé el balón con el pecho tras el bote y pisé el acelerador.

El estadio en Coapa soltó un grito de pánico colectivo.

Quedaban cincuenta metros de pasto por delante y solo el portero separaba mi inversión del retorno absoluto.

Mis piernas quemaban.

El esfuerzo físico defensivo que había hecho durante la primera media hora amenazaba con pasarme factura en forma de calambre, pero forcé a mi cerebro a anular las señales de dolor del cuerpo.

La zancada tenía que ser uniforme, económica y devastadora.

El segundo defensa central, que había estado cubriendo el otro lado del campo, venía en una carrera diagonal desesperada para cortarme el paso antes de que entrara al área.

Era rápido.

Su ángulo de intercepción era bueno.

A veinte metros de la portería, sentí su respiración a mis espaldas.

Vi su sombra proyectarse sobre el césped por el sol del mediodía.

Iba a barrerse.

Mi mente basquetbolera tomó el control.

Cuando llevas el balón en un contragolpe rápido y un defensa te pisa los talones, no puedes frenar de golpe o te atropellan.

Tienes que usar el movimiento de In-and-Out.

Toqué ligeramente la pelota con la parte externa del pie izquierdo hacia la banda, amagando con abrirme para un disparo cruzado.

El defensa americanista mordió el anzuelo, plantando su pie derecho con fuerza para estirarse en la barrida hacia ese lado.

En la misma fracción de segundo, antes de que él pudiera lanzarse, corregí la trayectoria del balón con la cara interna del mismo pie izquierdo, dándole un tirón violento hacia el centro, directo hacia el corazón del área grande.

El defensa intentó rectificar, pero la biomecánica de sus rodillas se lo impidió.

Sus piernas se cruzaron torpemente y cayó de bruces contra el pasto, tragando tierra a mis espaldas.

Quedé mano a mano contra el portero, que había salido a la desesperada intentando achicar el ángulo de tiro, abriendo los brazos y las piernas, haciéndose gigante.

No había margen para dudar.

No había espacio para la piedad.

Fijé la vista en el único hueco disponible: el pequeño espacio entre las piernas abiertas del guardameta.

Mantuve la frialdad corporativa, abrí el compás y solté un pase a la red raso, fuerte y seco, de primera intención, sin siquiera levantar la mirada.

El balón pasó silbando entre los botines del portero, que intentó cerrar las piernas demasiado tarde.

La pelota se estrelló contra la red del fondo con un sonido glorioso, seco y definitivo.

Cero a uno.

La explosión de alegría en mi cuerpo fue silenciosa pero absoluta.

Caminé hacia el banderín del córner respirando profundamente por la boca.

Sentía los latidos del corazón retumbando en mis sienes.

Estaba empapado en sudor, los músculos me temblaban por el esfuerzo titánico del contragolpe, pero había ejecutado el plan a la perfección.

Sánchez y Valdés llegaron corriendo como desquiciados, saltando sobre mi espalda, aplastándome contra el césped en una montonera eufórica.

—¡Eres un genio, carajo!

¡Los rompiste a todos!

—me gritaba el capitán al oído.

—Administración de la escasez, Valdés —le contesté, apenas pudiendo hablar por la falta de oxígeno, sintiendo el peso de mis compañeros encima—.

Ellos gastan, nosotros cobramos.

El resto de la primera mitad fue un ejercicio de control de daños para el América.

El gol en contra, anotado en el clímax de su dominio, los había destruido psicológicamente.

Intentaron llegar a nuestra portería, pero sus piernas ya no respondían con la misma frescura.

Yo seguí corriendo, presionando su salida, sacrificando cada gota de energía que tenía en el tanque.

Quería demostrarles que mi equipo no solo era más inteligente, sino que estaba dispuesto a trabajar el doble que ellos.

El árbitro hizo sonar su silbato marcando el final de los primeros cuarenta y cinco minutos.

Me dejé caer en el pasto por un segundo, mirando el cielo azul y contaminado de la capital.

El dolor en mis cuádriceps era intenso, la patada en el tobillo me palpitaba al ritmo de mi corazón, pero la hoja de contabilidad de la primera mitad era impecable.

Estábamos a medio camino de silenciar la aduana más difícil de la Liguilla.

Me puse de pie, sacudí la tierra de mi camiseta y caminé hacia el túnel de vestidores.

La primera parte de la auditoría estaba completada.

Era hora de rehidratarse, recalcular los vectores y prepararse para cerrar definitivamente la fábrica del América en los segundos cuarenta y cinco minutos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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